CAPÍTULO 14
Entre las cenizas de Motu Mate
En Rapa Nui la brisa del Pacífico recorría lentamente los acantilados.
Habían pasado varios días desde el primer encuentro con el Camahueto.
Cada amanecer, Ariki regresaba a la laguna sagrada.
Y cada amanecer...
esperaba.
Sin pronunciar palabra.
Sin intentar llamarlo.
Solo permanecía allí, escuchando el movimiento del agua.
Küren observaba la escena desde una roca cercana.
—¿Cuánto tiempo más seguiremos esperando?
El anciano sonrió apenas.
—Hasta que deje de ser una espera.
Küyen frunció el ceño.
—No entiendo.
—Porque no somos nosotros quienes debemos encontrar al Camahueto.
Levantó lentamente la vista hacia Ariki.
—Es él quien debe decidir caminar junto a nosotros.
El silencio volvió a envolver la laguna.
Entonces...
una corriente comenzó a girar bajo la superficie.
Ariki abrió lentamente los ojos.
No sintió miedo.
Solo aquella misma presencia inmensa que había conocido días atrás.
El agua se abrió suavemente.
La gigantesca cabeza del Camahueto emergió una vez más.
Sus enormes cuernos brillaban bajo la luz del amanecer.
Esta vez no hubo rugido.
Ni olas.
La criatura permaneció inmóvil frente al joven.
Como si aguardara una respuesta.
Ariki respiró profundamente.
La Cloth del Pez Austral comenzó a emitir un resplandor azul.
Las corrientes de la laguna empezaron a elevarse lentamente alrededor de sus brazos.
No tomaban forma de armas.
Ni de cadenas.
Eran simples cintas de agua cristalina.
El mana fluía con ellas.
Como si el propio océano las estuviera tejiendo.
El anciano observó en silencio.
—Así era... —murmuró.
—Los antiguos guardianes jamás montaban al Camahueto.
Él los elegía.
Las cintas de agua comenzaron a entrelazarse.
Formando lentamente una delicada tiara líquida.
No era una rienda.
No imponía voluntad.
Solo un vínculo.
Ariki extendió ambas manos.
La tiara flotó lentamente hasta posarse entre la base de los inmensos cuernos del Camahueto.
Durante un instante...
nadie respiró.
La criatura cerró lentamente los ojos.
El océano entero respondió.
Las olas rompieron contra los acantilados.
Los moáis parecieron estremecerse.
Y una inmensa corriente de mana recorrió toda la isla.
Küren sintió un escalofrío.
—Lo aceptó...
El anciano negó lentamente.
—No.
Sonrió con serenidad.
—Desde hoy acaban de hacer un pacto.
—Entonces... ya no viajaremos solos.
El Camahueto inclinó lentamente la cabeza frente a Ariki.
Después giró hacia el océano.
Y comenzó a avanzar.
No nadando.
Las propias corrientes parecían abrirle un camino entre las aguas.
Ariki sonrió por primera vez desde que había recibido la Cloth.
—Ahora...
miró a Küren y Küyen.
—Sí podemos encontrar Death Queen.
Küren devolvió la sonrisa.
—Entonces será mejor que aprendamos a seguirle el paso.
El Camahueto lanzó un largo resoplido.
Como si hubiera comprendido aquellas palabras.
Y desapareció lentamente mar adentro.
Solo la tiara de agua continuó brillando entre sus cuernos.
Guiándolo.
Y siendo guiada por él.
***
La lluvia de ceniza descendía lentamente sobre los acantilados.
No era señal de una erupción.
Era el aliento constante del viejo volcán que dominaba el corazón de la isla desde tiempos tan antiguos que ni los propios ancianos recordaban cuándo había comenzado a respirar.
Los navegantes extranjeros acabarían llamándola siglos después Death Queen.
Pero quienes habían nacido entre aquellas rocas negras jamás utilizaron ese nombre.
Para ellos seguía siendo simplemente...
Motu Mate.
La Isla de la Muerte.
No porque la muerte gobernara aquellas tierras.
Sino porque allí descansaban los últimos recuerdos de un mundo que el océano había decidido sepultar.
A esa hora, la aldea despertaba lentamente.
Las embarcaciones regresaban desde las aguas del Pacífico cargadas de peces y mariscos. Las mujeres preparaban el alimento del día sobre hornos excavados en la roca volcánica, mientras los ancianos enseñaban a los más pequeños antiguos cantos que hablaban de corrientes invisibles, aves de fuego y una gran isla que una vez había unido el horizonte.
—Dicen que antes de Motu Mate existía una tierra donde el océano no tenía fin...
contaba un anciano a un grupo de niños.
—Una isla tan grande que podían pasar lunas enteras sin alcanzar sus costas.
Uno de los pequeños levantó la mano.
—¿Y por qué desapareció?
El anciano sonrió con tristeza.
—Porque los hombres olvidaron escuchar al mar.
La historia terminó allí.
Como siempre.
Nadie preguntaba más.
Porque todos sabían que aquellas respuestas pertenecían únicamente al Oráculo.
Una vieja campana de piedra resonó una sola vez desde lo alto del volcán.
Toda la aldea detuvo por un instante sus labores.
No por temor.
Por respeto.
El Oráculo había concluido la oración del amanecer.
Fue entonces cuando una embarcación apareció entre la bruma.
Los pescadores levantaron la vista.
La reconocieron de inmediato.
No hicieron falta palabras.
Kael descendió lentamente sobre la arena oscura.
Su armadura negra de Cetus aún conservaba marcas de la reciente batalla en Rapa Nui.
Entre ambas manos llevaba cuidadosamente la Piedra del Horizonte.
Las vetas azuladas de la reliquia emitían un tenue resplandor que parecía responder al propio océano.
Un anciano se acercó e inclinó ligeramente la cabeza.
—Has regresado...
Kael respondió con el mismo gesto.
No era un hombre de muchas palabras.
Comenzó a caminar hacia el interior de la aldea mientras los habitantes retomaban poco a poco sus actividades.
Nadie se arrodilló.
Nadie lo recibió con vítores.
Aquella isla no conocía reyes.
Solo guardianes.
Mientras avanzaba por el sendero principal, Kael observó el lugar con la serenidad de quien vuelve a casa después de un largo viaje.
Los niños entrenaban con lanzas de madera bajo la supervisión de los guerreros más veteranos.
Las mujeres tejían redes utilizando fibras vegetales y conchas marinas.
Las viviendas, construidas con roca volcánica, parecían surgir naturalmente del paisaje, como si la propia montaña hubiera decidido proteger a sus habitantes.
En los muros podían verse antiguos grabados.
Aves.
Corrientes.
Constelaciones.
Y una inmensa figura alada cuyas alas envolvían toda la isla.
El Fénix.
No como símbolo de guerra.
Sino como el eterno protector de Motu Mate.
Entonces escuchó una voz infantil.
—¡Kane!
Una pequeña figura atravesó corriendo la plaza de la aldea.
Tendría apenas nueve años.
Su largo cabello negro estaba sujeto por pequeñas conchas blancas, mientras una fina capa de ceniza cubría sus pies descalzos.
Entre sus manos llevaba una pequeña figura tallada en madera.
Corría directamente hacia un joven que ayudaba a varios pescadores a devolver una embarcación al mar.
Con un solo movimiento, Kane levantó la pesada proa de la nave, permitiendo que la corriente volviera a llevarla hasta el agua.
Los hombres sonrieron agradecidos.
Él simplemente respondió con una leve inclinación de cabeza.
No parecía un líder.
Parecía uno más de ellos.
La niña llegó finalmente hasta su lado.
—¡La terminé!
Kane dejó el barco y tomó con cuidado la pequeña talla.
—Buen trabajo, Mahina.
Era un ave.
Las alas estaban torcidas.
El pico apenas podía distinguirse.
La observó durante unos segundos.
—Todavía le falta aprender a volar.
La niña infló las mejillas.
—Entonces la volveré a hacer.
Kane negó suavemente.
Le devolvió la figura.
—No.
Ella levantó la vista.
—¿Aunque esté imperfecta?
Kane permaneció unos instantes contemplando el océano.
Después respondió con una tranquilidad que sorprendió incluso a Kael, quien observaba a lo lejos.
—Las cosas que sobreviven nunca son perfectas.
La niña abrazó la pequeña talla contra su pecho.
—Entonces... algún día también sobrevivirá.
Por primera vez desde su regreso...
Kael vio sonreír a Kane.
No fue una gran sonrisa.
Apenas un gesto.
Pero bastó para comprender por qué los habitantes de Motu Mate lo seguían sin necesidad de juramentos.
Kane apoyó con suavidad una mano sobre la cabeza de la niña.
—Ve con tu abuelo.
La marea comenzará a subir.
Ella asintió alegremente antes de perderse nuevamente entre las viviendas.
Kael permaneció observando la escena.
Aquel hombre era el mismo Santo del Fénix que había dirigido la incursión sobre la aldea de las tierras del sur, en el pueblo de Antu.
Y, sin embargo...
allí parecía otra persona.
No un conquistador.
No un caudillo.
Sino el guardián de un pueblo que se negaba a desaparecer.
Solo cuando la niña desapareció entre la aldea, Kane volvió la mirada hacia Kael.
Sus ojos descendieron inmediatamente hasta la Piedra del Horizonte.
Su expresión cambió.
—Lo consiguieron...
Kael asintió lentamente.
—El Pez Austral despertó.
Hubo un breve silencio.
—Y el Camahueto... —hizo una pausa—. Aceptó un nuevo pacto.
Kane cerró lentamente los ojos.
Como si aquella noticia confirmara un temor que llevaba años esperando.
—Entonces...
murmuró.
—Las corrientes antiguas han comenzado a despertar otra vez.
Sin añadir una palabra más, ambos comenzaron a caminar hacia el antiguo templo construido sobre las laderas del volcán.
La Piedra del Horizonte seguía brillando entre las manos de Kael.
Y, por primera vez en siglos...
Motu Mate volvía a sentir que la memoria del océano estaba despertando.
Kael y Kane ascendieron lentamente por el sendero que conducía hacia el templo.
A medida que se acercaban al volcán, la aldea iba quedando atrás. Los sonidos del mar fueron sustituidos por el murmullo constante de las fumarolas que escapaban entre las grietas de la montaña.
El templo no había sido construido.
Había sido excavado.
Los antiguos habitantes de Motu Mate habían abierto cámaras directamente en la roca volcánica, siguiendo las formas naturales de la montaña, como si aquella estructura hubiese existido desde antes de la llegada del hombre.
A ambos lados del sendero descansaban enormes estatuas erosionadas por el tiempo.
No representaban dioses.
Ni guerreros.
Mostraban hombres y mujeres observando el océano con las manos extendidas hacia el horizonte.
Kael detuvo brevemente la mirada sobre una de ellas.
—Cada vez son menos...
Kane comprendió inmediatamente a qué se refería.
Muchas habían terminado derrumbadas por los terremotos y la erosión del mar.
La memoria de Motu Mate desaparecía poco a poco.
Llegaron finalmente al gran salón del templo.
En su centro se abría una inmensa grieta que descendía hacia las profundidades del volcán.
No podía verse el fondo.
Solo oscuridad.
Y un lento aliento cálido que emergía desde su interior.
Frente a aquella abertura permanecía una figura cubierta por largos mantos blancos ennegrecidos por la ceniza.
No llevaba corona.
Ni cetro.
Solo una antigua máscara ceremonial tallada en madera volcánica ocultaba su rostro.
El Oráculo.
No volvió la cabeza cuando sintió llegar a los dos Santos Negros.
Parecía escuchar otra cosa.
Algo mucho más profundo que las voces humanas.
Kael avanzó hasta el altar de piedra.
Con extremo cuidado depositó sobre él la Piedra del Horizonte.
La reliquia emitió un tenue resplandor azulado.
Durante unos segundos...
el volcán entero respondió.
Una vibración recorrió lentamente el suelo.
El Oráculo extendió ambas manos sobre la piedra.
Sus dedos apenas rozaron su superficie.
—Las corrientes...
susurró.
—Han vuelto a encontrarse.
Kane permanecía inmóvil.
El Oráculo abrió lentamente los ojos y volvió finalmente la mirada hacia él.
—Has sentido el cambio...
No era una pregunta.
Kane asintió.
—Desde hace días.
El océano ya no respira igual.
El Oráculo inclinó apenas la cabeza.
—Porque ha despertado uno de los antiguos guardianes.
Kael dio un paso adelante.
—El Pez Austral eligió un nuevo portador.
—Lo sé.
—Y el Camahueto aceptó guiarlo.
Por primera vez...
el sacerdote guardó silencio.
Después bajó lentamente la cabeza.
—Entonces...
Motu Mate aún conserva una esperanza.
Kael frunció ligeramente el ceño.
—¿Esperanza?
El Oráculo caminó lentamente hasta el borde de la gran grieta.
El calor ascendía desde las profundidades envolviendo toda la sala.
—Mucho antes de que estas islas existieran...
hubo una sola tierra rodeada por el océano.
No era un continente.
Era la gran isla que dio origen a todas las demás.
Nuestros ancestros la llamaban simplemente...
el Hogar.
Kane levantó lentamente la vista.
—Mu...
El sacerdote asintió.
—Cuando aquella tierra desapareció por el fuego...
sus hijos se dispersaron.
Algunos conservaron la memoria del cielo.
Otros...
aprendieron a escuchar el océano.
Sus ojos descendieron hacia la Piedra del Horizonte.
—Hiva...
Motu Mate...
Rapa Nui...
No son mundos distintos.
Son los últimos fragmentos de una misma historia.
Durante un largo instante nadie habló.
El silencio fue interrumpido únicamente por el murmullo del volcán.
El Oráculo volvió lentamente finalmente el rostro en dirección a Kane.
—¿Sabes por qué llevas ese nombre?
Kane permaneció en silencio.
—Porque ningún hombre nace siendo Kane Aca.
Kael levantó lentamente la vista.
Incluso él desconocía aquella tradición.
—Hace incontables generaciones...
el primer guardián del Fénix juró proteger la memoria de nuestra tierra cuando Mu desapareció bajo una catástrofe.
Desde entonces...
cada nuevo portador de la Armadura del Fénix recibe el mismo nombre.
No hereda la vida de aquel hombre.
Hereda su juramento.
Kane cerró lentamente los ojos.
Por un breve instante...
una imagen cruzó su mente.
Un guerrero.
Otra armadura.
El mismo fuego.
Pero un rostro completamente desconocido.
La visión desapareció tan rápido como había llegado.
El joven llevó una mano al pecho.
Las vetas oscuras de la Armadura del Fénix parecieron extenderse apenas unos milímetros.
Solo él lo sintió.
La máscara del Oráculo ocultaba cualquier emoción.
Como si hubiera esperado aquella reacción.
Después volvió lentamente la mirada hacia la enorme grieta.
—Las corrientes se han puesto en movimiento.
Los guardianes también.
Pronto las antiguas rutas volverán a abrirse.
Y cuando eso ocurra...
los hijos de Mu decidirán si su memoria desaparece para siempre...
o vuelve a caminar sobre este mundo.
En ese instante, unos pesados pasos resonaron en el corredor del templo.
Cada uno hacía vibrar la piedra volcánica.
Una gigantesca figura apareció en la entrada.
Su armadura negra era descomunal.
Mucho más pesada que cualquiera de las que Kane había visto portar a otro Santo Negro.
El hombre permaneció inmóvil.
No hizo reverencia.
No habló.
Solo aguardó.
Kane volvió apenas la cabeza.
—Hércules...
El guerrero cruzó un puño sobre el pecho en señal de respeto.
El Oráculo sonrió detrás de su máscara.
—Ha llegado el momento.
Miró nuevamente a Kael.
—Descansa.
Pronto volverás a partir.
Porque las reliquias antiguas ya no permanecerán ocultas por mucho tiempo.
La Piedra del Horizonte volvió a emitir un tenue resplandor.
Y, desde las profundidades del volcán...
algo pareció responder.
***
El templo volvió a quedar en silencio.
Kael y Hércules abandonaron lentamente la cámara.
Solo permanecieron Kane y el Oráculo frente a la enorme grieta.
El sacerdote observó el resplandor de la Piedra del Horizonte.
—Dime...
¿Aún dudas?
Kane permaneció unos segundos contemplando la oscuridad.
—Cuando era niño...
creía que protegíamos únicamente esta isla.
El Oráculo no respondió.
—Ahora descubro que existen otros guardianes.
Otros pueblos.
Otros fragmentos de Mu.
Levantó lentamente la vista.
—¿Por qué no buscamos unirnos a ellos?
El silencio pareció prolongarse más de lo habitual.
La máscara del Oráculo ocultaba cualquier emoción.
—Porque el mundo ya olvidó quiénes somos.
Dio un paso hacia la grieta.
—Cuando Mu desapareció...
cada fragmento eligió un camino distinto.
Hiva eligió el Mana.
Otros eligieron las estrellas.
Nosotros...
elegimos custodiar aquello que nadie debía despertar.
El Oráculo apoyó lentamente una mano sobre el borde del abismo.
—Pero las generaciones pasan.
Los recuerdos desaparecen.
Y cuando el último guardián muera...
Motu Mate desaparecerá con él.
Kane cerró lentamente los ojos.
—Entonces...
¿todo esto...
es para salvar nuestra historia?
El Oráculo permaneció inmóvil tras la mascara.
—No. Porque ya enterré demasiados nombres.
Hizo una pausa.
—Es para que algún día vuelva a existir.
Kane permaneció inmóvil.
No respondió.
Pero tampoco discutió.
Por primera vez...
aceptó aquella respuesta.
Muy por encima del templo...
la lluvia de ceniza continuaba cayendo sobre Motu Mate.
Como lo había hecho desde hacía siglos.
***
Las primeras luces del amanecer comenzaban a teñir de dorado los acantilados de Rapa Nui.
La lluvia había desaparecido.
El océano volvía a mostrarse sereno, como si la batalla librada apenas unos días atrás hubiera sido solo un recuerdo lejano.
El Horizonte Austral permanecía anclado junto a la costa.
Los habitantes de la isla se habían reunido en silencio alrededor de la embarcación.
No había festejos.
Solo respeto.
Los ancianos avanzaron lentamente hasta situarse frente a Ariki.
El joven Caballero del Pez Austral permanecía de pie, con la mirada fija en el mar.
El anciano que había guiado a Küren y Küyen desde su llegada dio un paso al frente.
—Durante generaciones...
—nuestro pueblo creyó que el destino del Pez Austral era permanecer aquí.
Levantó lentamente la vista hacia el horizonte.
—Hoy comprendemos que nunca fue así.
El anciano apoyó ambas manos sobre los hombros de Ariki.
—No abandonas tu hogar...
—lo estás extendiendo.
Ariki inclinó respetuosamente la cabeza.
—Prometo regresar.
El anciano sonrió con serenidad.
—Nunca lo dudamos.
Se volvió entonces hacia Küren y Küyen.
—Desde el momento en que el Mana los reconoció...
ustedes también dejaron de ser simples visitantes.
Los tres jóvenes guardaron silencio.
El anciano continuó.
—Existe una diferencia entre el cosmos y el Mana.
Muchos creen que ambas fuerzas son iguales.
Negó lentamente.
—Se equivocan.
Küyen observó nuevamente el océano.
—¿Cuál es la diferencia?
El anciano levantó una pequeña vasija de piedra y dejó caer unas gotas de agua sobre la arena.
—El cosmos nace del interior de cada ser.
Las gotas comenzaron lentamente a desaparecer entre la tierra volcánica.
—El Mana...
miró hacia el mar.
—...nace del vínculo.
Del hombre con la tierra.
Del hombre con el océano.
Del hombre con los espíritus que aceptan caminar junto a él.
Ariki comprendió inmediatamente aquellas palabras.
Dirigió su mirada hacia la inmensa figura que permanecía inmóvil más allá de la bahía.
El Camahueto.
La gigantesca criatura aguardaba pacientemente.
No parecía un animal domesticado.
Parecía esperar la decisión de un igual.
—Por eso...
continuó el anciano...
—ningún hombre puede ordenar a un guardián ancestral.
Solo puede caminar a su lado.
Küren observó la tiara cristalina formada por corrientes de agua que unía los enormes cuernos del Camahueto.
—Entonces...
¿esa tiara no lo controla?
El anciano negó con una leve sonrisa.
—No.
La corriente une sus espíritus.
No sus voluntades.
Mientras el Mana permanezca puro...
ambos recorrerán el mismo camino.
Küyen levantó lentamente la vista.
—¿Y él sabe adónde debemos ir?
El anciano permaneció unos segundos contemplando el océano.
—No.
Conoce algo mucho más importante.
Los tres aguardaron en silencio.
—Recuerda.
Mucho antes de que existieran rutas marítimas...
Mucho antes de que el Santuario conociera estas aguas...
el Camahueto ya recorría el Pacífico.
Conoce corrientes que desaparecieron cuando la gran isla ancestral se fragmentó.
Su memoria pertenece al océano.
No a los hombres.
Küren sintió un leve estremecimiento.
—Entonces...
¿nos conducirá hasta Death Queen?
El anciano negó lentamente.
—No los conducirá hacia una isla.
Los conducirá...
por el único camino que aún recuerda cómo llegar hasta ella.
Un profundo silencio envolvió nuevamente la costa.
El Camahueto comenzó a avanzar lentamente.
Las aguas alrededor de sus enormes cuernos comenzaron a girar formando espirales luminosas.
Las cintas cristalinas que nacían de la tiara se extendieron suavemente hasta la proa del Horizonte Austral.
No parecían cuerdas.
Parecían corrientes vivas.
El barco respondió inmediatamente.
Sin remos.
Sin velas.
Como si el propio océano hubiera decidido empujarlo.
Ariki dio el primer paso hacia la embarcación.
Después lo hicieron Küren y Küyen.
Antes de subir, Küren volvió una última vez la vista hacia los gigantescos moáis.
Ahora comprendía por qué siempre miraban hacia el interior de la isla.
No vigilaban el mar.
Custodiaban el recuerdo de Hiva.
Del fragmento de una tierra aún más antigua.
La gran isla que un día había unido a todos los pueblos del Pacífico.
El anciano levantó lentamente su bastón.
Todos los habitantes de Rapa Nui hicieron lo mismo, inclinando la cabeza.
No despedían únicamente a tres jóvenes.
Enviaban consigo una parte de la memoria de su pueblo.
El Camahueto lanzó un largo y profundo bramido.
No sonó como el rugido de una bestia.
Sonó como el llamado de una corriente ancestral que despertaba después de siglos.
Entonces comenzó el viaje.
El Horizonte Austral abandonó lentamente la costa.
Guiado no por el viento...
sino por la memoria del océano.
Mientras la silueta de Rapa Nui desaparecía poco a poco entre la bruma, Ariki permaneció observándola en silencio.
No sabía cuándo volvería.
Pero por primera vez desde que vistió la Armadura del Pez Austral...
comprendía cuál era realmente su misión.
No proteger una isla.
Sino todas aquellas que aún conservaban el legado de la antigua Hiva y de la gran isla madre que el océano había reclamado para sí.
***
El frío fue lo primero que sintió.
No era la humedad del océano.
Era un aire limpio y seco que descendía desde montañas tan altas que parecían sostener el cielo.
Medea abrió lentamente los ojos.
Durante unos instantes permaneció inmóvil, tratando de reconocer el lugar.
Las paredes estaban construidas con enormes bloques de piedra perfectamente ensamblados. No había columnas de mármol ni muros decorados como los del Santuario. Cada roca parecía haber sido colocada siguiendo un orden preciso, como si la propia montaña hubiera permitido que aquel edificio naciera de ella.
Intentó incorporarse lentamente.
Un leve dolor recorrió su espalda.
Los recuerdos regresaron de golpe.
Chris...
Aclla...
Los cabellos escarlatas.
Y aquella presencia invisible que había inmovilizado al Caballero de Plata.
Después...
oscuridad.
El sonido de unos pasos interrumpió sus pensamientos.
Una puerta de piedra se abrió lentamente.
La joven de cabellos rojos entró en la habitación llevando un pequeño cuenco de barro.
Sus ojos se cruzaron apenas un instante.
—Has despertado...
Medea permaneció observándola en silencio.
—Aclla... ¡Hermana!
Su hermana dejó el cuenco sobre una mesa de piedra.
—Me alegra ver que recuperaste el conocimiento.
Medea desvió la mirada.
No había miedo.
Solo preguntas.
—¿Dónde estoy?
Aclla caminó lentamente hasta una amplia abertura del muro.
Más allá se extendía un paisaje completamente distinto al que Medea conocía.
Montañas interminables.
Terrazas de piedra que descendían por las laderas.
Y un cielo tan transparente que incluso con el amanecer todavía podían distinguirse algunas estrellas.
—Este lugar...
respondió finalmente.
—Es el Observatorio estelar.
Medea frunció ligeramente el ceño.
—Nunca escuché hablar de él.
—Porque pocos llegan hasta aquí.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Medea respiró profundamente.
—¿Dónde queda?
Aclla permaneció unos segundos contemplando las montañas.
Después respondió con serenidad.
—En las antiguas tierras de los incas. Medea ya has olvidado dónde empezó tu primera formación, aunque no es de extrañarse, el maestro te acondicionó después de abandonarnos y dejarte en el Santuario.
—¿Dónde está nuestro maestro?
—Nuestro maestro Illari, el caballero dorado de Virgo, está aquí. Siempre lo ha estado.
Los ojos de Medea se abrieron apenas.
No alcanzó a formular otra pregunta.
Un cosmos inmenso envolvió lentamente toda la estancia.
No era un poder agresivo.
Tampoco intimidante.
Era una presencia serena.
Tan vasta que parecía confundirse con el propio cielo.
Instintivamente levantó la vista.
Al otro extremo del observatorio, de pie frente a una gran abertura orientada hacia las estrellas, permanecía inmóvil la silueta de un hombre.
La luz del amanecer apenas delineaba el contorno de una armadura cuyos reflejos parecían mezclarse con el firmamento.
No volvió la cabeza.
Continuó contemplando el cielo.
Como si hubiese esperado aquel momento desde mucho antes de que Medea despertara.
Ella sintió un leve estremecimiento recorrer su cosmos.
Sin conocer siquiera su rostro...
comprendió que se encontraba frente a un hombre cuya existencia parecía trascender el tiempo.
Aclla bajó respetuosamente la cabeza.
No pronunció su nombre.
No era necesario.
El viento descendió desde las altas montañas, recorriendo lentamente el antiguo observatorio.
Las primeras luces del alba comenzaron a iluminar las cumbres nevadas.
Y, por un instante...
Medea tuvo la extraña sensación de que, en aquel lugar, los hombres no observaban el cielo para conocer el futuro...
Sino para recordar un pasado que el resto del mundo había olvidado.

Editado por ALFREDO, 30 August 2026 - 07:23 am.