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LOS GUARDIANES DEL PACIFICO

Época aproximada: Siglo XV

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48 respuestas a este tema

#41 ALFREDO

ALFREDO

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Publicado 16 August 2026 - 07:21 am

Saludos   Comentarios del Capítulo 9: La herencia del guardián.   Errores: "Brujula" en vez de "Brújula" "alucinante", igual es cosa del idioma, pero no siento que sea la palabra adecuada [...]

Hola Rex, gracias por pasar!

Creo q me concentro tan en el trasfondo de la historia que me olvido de los dedazos, trataré de estar mas atento.

Me alegra especialmente que te haya llamado la atención el misterio y elementos como el Horizonte Austral y el Santo de Brújula, porque una de las cosas que estoy intentando hacer con esta historia es que el viaje tenga identidad propia y que las reliquias, constelaciones y culturas que van apareciendo sean algo más que un escenario para los combates

Gracias por mencionar lo de Medea, esperaba que alguien me lo mencione ya q aquí es prácticamente la Sherlock Holmes del capitulo.

Con Chris y Medea. Justamente intento que los Santos no se diferencien únicamente por quién golpea más fuerte, sino también por sus habilidades, carácter y forma de entender lo que significa ser un Santo.

Me agrada que te guste el agregado del Horizonte Austral naturalmente algunos fans pensaba no les gustaría especialmente porque les recuerda al navío de la Esperanza del LC que en su gran mayoría lo encontraron aburrido, pero sí es una historia de rutas marinas, los elementos como un barco son infaltables.

Y sobre las fichas, no hay problema jaja. Las estoy haciendo como complemento visual para ordenar personajes, armaduras y algunos conceptos del fic. Me alegra que te gusten.

Gracias nuevamente por leer con tanto detalle. Varias de las cosas que mencionas van a tener bastante relevancia.


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#42 ALFREDO

ALFREDO

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Publicado 16 August 2026 - 07:38 am

                                          CAPÍTULO 14

      Entre las cenizas de Motu Mate

 

 

En Rapa Nui la brisa del Pacífico recorría lentamente los acantilados.

Habían pasado varios días desde el primer encuentro con el Camahueto.

Cada amanecer, Ariki regresaba a la laguna sagrada.

Y cada amanecer...

esperaba.

Sin pronunciar palabra.

Sin intentar llamarlo.

Solo permanecía allí, escuchando el movimiento del agua.

Küren observaba la escena desde una roca cercana.

—¿Cuánto tiempo más seguiremos esperando?

El anciano sonrió apenas.

—Hasta que deje de ser una espera.

Küyen frunció el ceño.

—No entiendo.

—Porque no somos nosotros quienes debemos encontrar al Camahueto.

Levantó lentamente la vista hacia Ariki.

—Es él quien debe decidir caminar junto a nosotros.

El silencio volvió a envolver la laguna.

Entonces...

una corriente comenzó a girar bajo la superficie.

Ariki abrió lentamente los ojos.

No sintió miedo.

Solo aquella misma presencia inmensa que había conocido días atrás.

El agua se abrió suavemente.

La gigantesca cabeza del Camahueto emergió una vez más.

Sus enormes cuernos brillaban bajo la luz del amanecer.

Esta vez no hubo rugido.

Ni olas.

La criatura permaneció inmóvil frente al joven.

Como si aguardara una respuesta.

Ariki respiró profundamente.

La Cloth del Pez Austral comenzó a emitir un resplandor azul.

Las corrientes de la laguna empezaron a elevarse lentamente alrededor de sus brazos.

No tomaban forma de armas.

Ni de cadenas.

Eran simples cintas de agua cristalina.

El mana fluía con ellas.

Como si el propio océano las estuviera tejiendo.

El anciano observó en silencio.

—Así era... —murmuró.

—Los antiguos guardianes jamás montaban al Camahueto.

Él los elegía.

Las cintas de agua comenzaron a entrelazarse.

Formando lentamente una delicada tiara líquida.

No era una rienda.

No imponía voluntad.

Solo un vínculo.

Ariki extendió ambas manos.

La tiara flotó lentamente hasta posarse entre la base de los inmensos cuernos del Camahueto.

Durante un instante...

nadie respiró.

La criatura cerró lentamente los ojos.

El océano entero respondió.

Las olas rompieron contra los acantilados.

Los moáis parecieron estremecerse.

Y una inmensa corriente de mana recorrió toda la isla.

Küren sintió un escalofrío.

—Lo aceptó...

El anciano negó lentamente.

—No.

Sonrió con serenidad.

—Desde hoy acaban de hacer un pacto.

—Entonces... ya no viajaremos solos.

El Camahueto inclinó lentamente la cabeza frente a Ariki.

Después giró hacia el océano.

Y comenzó a avanzar.

No nadando.

Las propias corrientes parecían abrirle un camino entre las aguas.

Ariki sonrió por primera vez desde que había recibido la Cloth.

—Ahora...

miró a Küren y Küyen.

—Sí podemos encontrar Death Queen.

Küren devolvió la sonrisa.

—Entonces será mejor que aprendamos a seguirle el paso.

El Camahueto lanzó un largo resoplido.

Como si hubiera comprendido aquellas palabras.

Y desapareció lentamente mar adentro.

Solo la tiara de agua continuó brillando entre sus cuernos.

Guiándolo.

Y siendo guiada por él.

***

 

La lluvia de ceniza descendía lentamente sobre los acantilados.

No era señal de una erupción.

Era el aliento constante del viejo volcán que dominaba el corazón de la isla desde tiempos tan antiguos que ni los propios ancianos recordaban cuándo había comenzado a respirar.

Los navegantes extranjeros acabarían llamándola siglos después Death Queen.

Pero quienes habían nacido entre aquellas rocas negras jamás utilizaron ese nombre.

Para ellos seguía siendo simplemente...

Motu Mate.

La Isla de la Muerte.

No porque la muerte gobernara aquellas tierras.

Sino porque allí descansaban los últimos recuerdos de un mundo que el océano había decidido sepultar.

A esa hora, la aldea despertaba lentamente.

Las embarcaciones regresaban desde las aguas del Pacífico cargadas de peces y mariscos. Las mujeres preparaban el alimento del día sobre hornos excavados en la roca volcánica, mientras los ancianos enseñaban a los más pequeños antiguos cantos que hablaban de corrientes invisibles, aves de fuego y una gran isla que una vez había unido el horizonte.

—Dicen que antes de Motu Mate existía una tierra donde el océano no tenía fin...

contaba un anciano a un grupo de niños.

—Una isla tan grande que podían pasar lunas enteras sin alcanzar sus costas.

Uno de los pequeños levantó la mano.

—¿Y por qué desapareció?

El anciano sonrió con tristeza.

—Porque los hombres olvidaron escuchar al mar.

La historia terminó allí.

Como siempre.

Nadie preguntaba más.

Porque todos sabían que aquellas respuestas pertenecían únicamente al Oráculo.

Una vieja campana de piedra resonó una sola vez desde lo alto del volcán.

Toda la aldea detuvo por un instante sus labores.

No por temor.

Por respeto.

El Oráculo había concluido la oración del amanecer.

Fue entonces cuando una embarcación apareció entre la bruma.

Los pescadores levantaron la vista.

La reconocieron de inmediato.

No hicieron falta palabras.

Kael descendió lentamente sobre la arena oscura.

Su armadura negra de Cetus aún conservaba marcas de la reciente batalla en Rapa Nui.

Entre ambas manos llevaba cuidadosamente la Piedra del Horizonte.

Las vetas azuladas de la reliquia emitían un tenue resplandor que parecía responder al propio océano.

Un anciano se acercó e inclinó ligeramente la cabeza.

—Has regresado...

Kael respondió con el mismo gesto.

No era un hombre de muchas palabras.

Comenzó a caminar hacia el interior de la aldea mientras los habitantes retomaban poco a poco sus actividades.

Nadie se arrodilló.

Nadie lo recibió con vítores.

Aquella isla no conocía reyes.

Solo guardianes.

Mientras avanzaba por el sendero principal, Kael observó el lugar con la serenidad de quien vuelve a casa después de un largo viaje.

Los niños entrenaban con lanzas de madera bajo la supervisión de los guerreros más veteranos.

Las mujeres tejían redes utilizando fibras vegetales y conchas marinas.

Las viviendas, construidas con roca volcánica, parecían surgir naturalmente del paisaje, como si la propia montaña hubiera decidido proteger a sus habitantes.

En los muros podían verse antiguos grabados.

Aves.

Corrientes.

Constelaciones.

Y una inmensa figura alada cuyas alas envolvían toda la isla.

El Fénix.

No como símbolo de guerra.

Sino como el eterno protector de Motu Mate.

Entonces escuchó una voz infantil.

—¡Kane!

Una pequeña figura atravesó corriendo la plaza de la aldea.

Tendría apenas nueve años.

Su largo cabello negro estaba sujeto por pequeñas conchas blancas, mientras una fina capa de ceniza cubría sus pies descalzos.

Entre sus manos llevaba una pequeña figura tallada en madera.

Corría directamente hacia un joven que ayudaba a varios pescadores a devolver una embarcación al mar.

Con un solo movimiento, Kane levantó la pesada proa de la nave, permitiendo que la corriente volviera a llevarla hasta el agua.

Los hombres sonrieron agradecidos.

Él simplemente respondió con una leve inclinación de cabeza.

No parecía un líder.

Parecía uno más de ellos.

La niña llegó finalmente hasta su lado.

—¡La terminé!

Kane dejó el barco y tomó con cuidado la pequeña talla.

—Buen trabajo, Mahina.

Era un ave.

Las alas estaban torcidas.

El pico apenas podía distinguirse.

La observó durante unos segundos.

—Todavía le falta aprender a volar.

La niña infló las mejillas.

—Entonces la volveré a hacer.

Kane negó suavemente.

Le devolvió la figura.

—No.

Ella levantó la vista.

—¿Aunque esté imperfecta?

Kane permaneció unos instantes contemplando el océano.

Después respondió con una tranquilidad que sorprendió incluso a Kael, quien observaba a lo lejos.

—Las cosas que sobreviven nunca son perfectas.

La niña abrazó la pequeña talla contra su pecho.

—Entonces... algún día también sobrevivirá.

Por primera vez desde su regreso...

Kael vio sonreír a Kane.

No fue una gran sonrisa.

Apenas un gesto.

Pero bastó para comprender por qué los habitantes de Motu Mate lo seguían sin necesidad de juramentos.

Kane apoyó con suavidad una mano sobre la cabeza de la niña.

—Ve con tu abuelo.

La marea comenzará a subir.

Ella asintió alegremente antes de perderse nuevamente entre las viviendas.

Kael permaneció observando la escena.

Aquel hombre era el mismo Santo del Fénix que había dirigido la incursión sobre la aldea de las tierras del sur, en el pueblo de Antu.

Y, sin embargo...

allí parecía otra persona.

No un conquistador.

No un caudillo.

Sino el guardián de un pueblo que se negaba a desaparecer.

Solo cuando la niña desapareció entre la aldea, Kane volvió la mirada hacia Kael.

Sus ojos descendieron inmediatamente hasta la Piedra del Horizonte.

Su expresión cambió.

—Lo consiguieron...

Kael asintió lentamente.

—El Pez Austral despertó.

Hubo un breve silencio.

—Y el Camahueto... —hizo una pausa—. Aceptó un nuevo pacto.

Kane cerró lentamente los ojos.

Como si aquella noticia confirmara un temor que llevaba años esperando.

—Entonces...

murmuró.

—Las corrientes antiguas han comenzado a despertar otra vez.

Sin añadir una palabra más, ambos comenzaron a caminar hacia el antiguo templo construido sobre las laderas del volcán.

La Piedra del Horizonte seguía brillando entre las manos de Kael.

Y, por primera vez en siglos...

Motu Mate volvía a sentir que la memoria del océano estaba despertando.

 

 

Kael y Kane ascendieron lentamente por el sendero que conducía hacia el templo.

A medida que se acercaban al volcán, la aldea iba quedando atrás. Los sonidos del mar fueron sustituidos por el murmullo constante de las fumarolas que escapaban entre las grietas de la montaña.

El templo no había sido construido.

Había sido excavado.

Los antiguos habitantes de Motu Mate habían abierto cámaras directamente en la roca volcánica, siguiendo las formas naturales de la montaña, como si aquella estructura hubiese existido desde antes de la llegada del hombre.

A ambos lados del sendero descansaban enormes estatuas erosionadas por el tiempo.

No representaban dioses.

Ni guerreros.

Mostraban hombres y mujeres observando el océano con las manos extendidas hacia el horizonte.

Kael detuvo brevemente la mirada sobre una de ellas.

—Cada vez son menos...

Kane comprendió inmediatamente a qué se refería.

Muchas habían terminado derrumbadas por los terremotos y la erosión del mar.

La memoria de Motu Mate desaparecía poco a poco.

Llegaron finalmente al gran salón del templo.

En su centro se abría una inmensa grieta que descendía hacia las profundidades del volcán.

No podía verse el fondo.

Solo oscuridad.

Y un lento aliento cálido que emergía desde su interior.

Frente a aquella abertura permanecía una figura cubierta por largos mantos blancos ennegrecidos por la ceniza.

No llevaba corona.

Ni cetro.

Solo una antigua máscara ceremonial tallada en madera volcánica ocultaba su rostro.

El Oráculo.

No volvió la cabeza cuando sintió llegar a los dos Santos Negros.

Parecía escuchar otra cosa.

Algo mucho más profundo que las voces humanas.

Kael avanzó hasta el altar de piedra.

Con extremo cuidado depositó sobre él la Piedra del Horizonte.

La reliquia emitió un tenue resplandor azulado.

Durante unos segundos...

el volcán entero respondió.

Una vibración recorrió lentamente el suelo.

El Oráculo extendió ambas manos sobre la piedra.

Sus dedos apenas rozaron su superficie.

—Las corrientes...

susurró.

—Han vuelto a encontrarse.

Kane permanecía inmóvil.

El Oráculo abrió lentamente los ojos y volvió finalmente la mirada hacia él.

—Has sentido el cambio...

No era una pregunta.

Kane asintió.

—Desde hace días.

El océano ya no respira igual.

El Oráculo inclinó apenas la cabeza.

—Porque ha despertado uno de los antiguos guardianes.

Kael dio un paso adelante.

—El Pez Austral eligió un nuevo portador.

—Lo sé.

—Y el Camahueto aceptó guiarlo.

Por primera vez...

el sacerdote guardó silencio.

Después bajó lentamente la cabeza.

—Entonces...

Motu Mate aún conserva una esperanza.

Kael frunció ligeramente el ceño.

—¿Esperanza?

El Oráculo caminó lentamente hasta el borde de la gran grieta.

El calor ascendía desde las profundidades envolviendo toda la sala.

—Mucho antes de que estas islas existieran...

hubo una sola tierra rodeada por el océano.

No era un continente.

Era la gran isla que dio origen a todas las demás.

Nuestros ancestros la llamaban simplemente...

el Hogar.

Kane levantó lentamente la vista.

—Mu...

El sacerdote asintió.

—Cuando aquella tierra desapareció por el fuego...

sus hijos se dispersaron.

Algunos conservaron la memoria del cielo.

Otros...

aprendieron a escuchar el océano.

Sus ojos descendieron hacia la Piedra del Horizonte.

—Hiva...

Motu Mate...

Rapa Nui...

No son mundos distintos.

Son los últimos fragmentos de una misma historia.

Durante un largo instante nadie habló.

El silencio fue interrumpido únicamente por el murmullo del volcán.

El Oráculo volvió lentamente finalmente el rostro en dirección a Kane.

—¿Sabes por qué llevas ese nombre?

Kane permaneció en silencio.

—Porque ningún hombre nace siendo Kane Aca.

Kael levantó lentamente la vista.

Incluso él desconocía aquella tradición.

—Hace incontables generaciones...

el primer guardián del Fénix juró proteger la memoria de nuestra tierra cuando Mu desapareció bajo una catástrofe.

Desde entonces...

cada nuevo portador de la Armadura del Fénix recibe el mismo nombre.

No hereda la vida de aquel hombre.

Hereda su juramento.

Kane cerró lentamente los ojos.

Por un breve instante...

una imagen cruzó su mente.

Un guerrero.

Otra armadura.

El mismo fuego.

Pero un rostro completamente desconocido.

La visión desapareció tan rápido como había llegado.

El joven llevó una mano al pecho.

Las vetas oscuras de la Armadura del Fénix parecieron extenderse apenas unos milímetros.

Solo él lo sintió.

La máscara del Oráculo ocultaba cualquier emoción.

Como si hubiera esperado aquella reacción.

Después volvió lentamente la mirada hacia la enorme grieta.

—Las corrientes se han puesto en movimiento.

Los guardianes también.

Pronto las antiguas rutas volverán a abrirse.

Y cuando eso ocurra...

los hijos de Mu decidirán si su memoria desaparece para siempre...

o vuelve a caminar sobre este mundo.

En ese instante, unos pesados pasos resonaron en el corredor del templo.

Cada uno hacía vibrar la piedra volcánica.

Una gigantesca figura apareció en la entrada.

Su armadura negra era descomunal.

Mucho más pesada que cualquiera de las que Kane había visto portar a otro Santo Negro.

El hombre permaneció inmóvil.

No hizo reverencia.

No habló.

Solo aguardó.

Kane volvió apenas la cabeza.

—Hércules...

El guerrero cruzó un puño sobre el pecho en señal de respeto.

El Oráculo sonrió detrás de su máscara.

—Ha llegado el momento.

Miró nuevamente a Kael.

—Descansa.

Pronto volverás a partir.

Porque las reliquias antiguas ya no permanecerán ocultas por mucho tiempo.

La Piedra del Horizonte volvió a emitir un tenue resplandor.

Y, desde las profundidades del volcán...

algo pareció responder.

 

 

***

El templo volvió a quedar en silencio.

Kael y Hércules abandonaron lentamente la cámara.

Solo permanecieron Kane y el Oráculo frente a la enorme grieta.

El sacerdote observó el resplandor de la Piedra del Horizonte.

—Dime...

¿Aún dudas?

Kane permaneció unos segundos contemplando la oscuridad.

—Cuando era niño...

creía que protegíamos únicamente esta isla.

El Oráculo no respondió.

—Ahora descubro que existen otros guardianes.

Otros pueblos.

Otros fragmentos de Mu.

Levantó lentamente la vista.

—¿Por qué no buscamos unirnos a ellos?

El silencio pareció prolongarse más de lo habitual.

La máscara del Oráculo ocultaba cualquier emoción.

—Porque el mundo ya olvidó quiénes somos.

Dio un paso hacia la grieta.

—Cuando Mu desapareció...

cada fragmento eligió un camino distinto.

Hiva eligió el Mana.

Otros eligieron las estrellas.

Nosotros...

elegimos custodiar aquello que nadie debía despertar.

El Oráculo apoyó lentamente una mano sobre el borde del abismo.

—Pero las generaciones pasan.

Los recuerdos desaparecen.

Y cuando el último guardián muera...

Motu Mate desaparecerá con él.

Kane cerró lentamente los ojos.

—Entonces...

¿todo esto...

es para salvar nuestra historia?

El Oráculo permaneció inmóvil tras la mascara.

—No. Porque ya enterré demasiados nombres.

Hizo una pausa.

—Es para que algún día vuelva a existir.

Kane permaneció inmóvil.

No respondió.

Pero tampoco discutió.

Por primera vez...

aceptó aquella respuesta.

Muy por encima del templo...

la lluvia de ceniza continuaba cayendo sobre Motu Mate.

Como lo había hecho desde hacía siglos.

 ***

Las primeras luces del amanecer comenzaban a teñir de dorado los acantilados de Rapa Nui.

La lluvia había desaparecido.

El océano volvía a mostrarse sereno, como si la batalla librada apenas unos días atrás hubiera sido solo un recuerdo lejano.

El Horizonte Austral permanecía anclado junto a la costa.

Los habitantes de la isla se habían reunido en silencio alrededor de la embarcación.

No había festejos.

Solo respeto.

Los ancianos avanzaron lentamente hasta situarse frente a Ariki.

El joven Caballero del Pez Austral permanecía de pie, con la mirada fija en el mar.

El anciano que había guiado a Küren y Küyen desde su llegada dio un paso al frente.

—Durante generaciones...

—nuestro pueblo creyó que el destino del Pez Austral era permanecer aquí.

Levantó lentamente la vista hacia el horizonte.

—Hoy comprendemos que nunca fue así.

El anciano apoyó ambas manos sobre los hombros de Ariki.

—No abandonas tu hogar...

—lo estás extendiendo.

Ariki inclinó respetuosamente la cabeza.

—Prometo regresar.

El anciano sonrió con serenidad.

—Nunca lo dudamos.

Se volvió entonces hacia Küren y Küyen.

—Desde el momento en que el Mana los reconoció...

ustedes también dejaron de ser simples visitantes.

Los tres jóvenes guardaron silencio.

El anciano continuó.

—Existe una diferencia entre el cosmos y el Mana.

Muchos creen que ambas fuerzas son iguales.

Negó lentamente.

—Se equivocan.

Küyen observó nuevamente el océano.

—¿Cuál es la diferencia?

El anciano levantó una pequeña vasija de piedra y dejó caer unas gotas de agua sobre la arena.

—El cosmos nace del interior de cada ser.

Las gotas comenzaron lentamente a desaparecer entre la tierra volcánica.

—El Mana...

miró hacia el mar.

—...nace del vínculo.

Del hombre con la tierra.

Del hombre con el océano.

Del hombre con los espíritus que aceptan caminar junto a él.

Ariki comprendió inmediatamente aquellas palabras.

Dirigió su mirada hacia la inmensa figura que permanecía inmóvil más allá de la bahía.

El Camahueto.

La gigantesca criatura aguardaba pacientemente.

No parecía un animal domesticado.

Parecía esperar la decisión de un igual.

—Por eso...

continuó el anciano...

—ningún hombre puede ordenar a un guardián ancestral.

Solo puede caminar a su lado.

Küren observó la tiara cristalina formada por corrientes de agua que unía los enormes cuernos del Camahueto.

—Entonces...

¿esa tiara no lo controla?

El anciano negó con una leve sonrisa.

—No.

La corriente une sus espíritus.

No sus voluntades.

Mientras el Mana permanezca puro...

ambos recorrerán el mismo camino.

Küyen levantó lentamente la vista.

—¿Y él sabe adónde debemos ir?

El anciano permaneció unos segundos contemplando el océano.

—No.

Conoce algo mucho más importante.

Los tres aguardaron en silencio.

—Recuerda.

Mucho antes de que existieran rutas marítimas...

Mucho antes de que el Santuario conociera estas aguas...

el Camahueto ya recorría el Pacífico.

Conoce corrientes que desaparecieron cuando la gran isla ancestral se fragmentó.

Su memoria pertenece al océano.

No a los hombres.

Küren sintió un leve estremecimiento.

—Entonces...

¿nos conducirá hasta Death Queen?

El anciano negó lentamente.

—No los conducirá hacia una isla.

Los conducirá...

por el único camino que aún recuerda cómo llegar hasta ella.

Un profundo silencio envolvió nuevamente la costa.

El Camahueto comenzó a avanzar lentamente.

Las aguas alrededor de sus enormes cuernos comenzaron a girar formando espirales luminosas.

Las cintas cristalinas que nacían de la tiara se extendieron suavemente hasta la proa del Horizonte Austral.

No parecían cuerdas.

Parecían corrientes vivas.

El barco respondió inmediatamente.

Sin remos.

Sin velas.

Como si el propio océano hubiera decidido empujarlo.

Ariki dio el primer paso hacia la embarcación.

Después lo hicieron Küren y Küyen.

Antes de subir, Küren volvió una última vez la vista hacia los gigantescos moáis.

Ahora comprendía por qué siempre miraban hacia el interior de la isla.

No vigilaban el mar.

Custodiaban el recuerdo de Hiva.

Del fragmento de una tierra aún más antigua.

La gran isla que un día había unido a todos los pueblos del Pacífico.

El anciano levantó lentamente su bastón.

Todos los habitantes de Rapa Nui hicieron lo mismo, inclinando la cabeza.

No despedían únicamente a tres jóvenes.

Enviaban consigo una parte de la memoria de su pueblo.

El Camahueto lanzó un largo y profundo bramido.

No sonó como el rugido de una bestia.

Sonó como el llamado de una corriente ancestral que despertaba después de siglos.

Entonces comenzó el viaje.

El Horizonte Austral abandonó lentamente la costa.

Guiado no por el viento...

sino por la memoria del océano.

Mientras la silueta de Rapa Nui desaparecía poco a poco entre la bruma, Ariki permaneció observándola en silencio.

No sabía cuándo volvería.

Pero por primera vez desde que vistió la Armadura del Pez Austral...

comprendía cuál era realmente su misión.

No proteger una isla.

Sino todas aquellas que aún conservaban el legado de la antigua Hiva y de la gran isla madre que el océano había reclamado para sí.

 

***

 

El frío fue lo primero que sintió.

No era la humedad del océano.

Era un aire limpio y seco que descendía desde montañas tan altas que parecían sostener el cielo.

Medea abrió lentamente los ojos.

Durante unos instantes permaneció inmóvil, tratando de reconocer el lugar.

Las paredes estaban construidas con enormes bloques de piedra perfectamente ensamblados. No había columnas de mármol ni muros decorados como los del Santuario. Cada roca parecía haber sido colocada siguiendo un orden preciso, como si la propia montaña hubiera permitido que aquel edificio naciera de ella.

Intentó incorporarse lentamente.

Un leve dolor recorrió su espalda.

Los recuerdos regresaron de golpe.

Chris...

Aclla...

Los cabellos escarlatas.

Y aquella presencia invisible que había inmovilizado al Caballero de Plata.

Después...

oscuridad.

El sonido de unos pasos interrumpió sus pensamientos.

Una puerta de piedra se abrió lentamente.

La joven de cabellos rojos entró en la habitación llevando un pequeño cuenco de barro.

Sus ojos se cruzaron apenas un instante.

—Has despertado...

Medea permaneció observándola en silencio.

—Aclla... ¡Hermana!

Su hermana dejó el cuenco sobre una mesa de piedra.

—Me alegra ver que recuperaste el conocimiento.

Medea desvió la mirada.

No había miedo.

Solo preguntas.

—¿Dónde estoy?

Aclla caminó lentamente hasta una amplia abertura del muro.

Más allá se extendía un paisaje completamente distinto al que Medea conocía.

Montañas interminables.

Terrazas de piedra que descendían por las laderas.

Y un cielo tan transparente que incluso con el amanecer todavía podían distinguirse algunas estrellas.

—Este lugar...

respondió finalmente.

—Es el Observatorio estelar.

Medea frunció ligeramente el ceño.

—Nunca escuché hablar de él.

—Porque pocos llegan hasta aquí.

El silencio volvió a llenar la habitación.

Medea respiró profundamente.

—¿Dónde queda?

Aclla permaneció unos segundos contemplando las montañas.

Después respondió con serenidad.

—En las antiguas tierras de los incas. Medea ya has olvidado dónde empezó tu primera formación, aunque no es de extrañarse, el maestro te acondicionó después de abandonarnos y dejarte en el Santuario.

—¿Dónde está nuestro maestro?

—Nuestro maestro Illari, el caballero dorado de Virgo, está aquí. Siempre lo ha estado.

Los ojos de Medea se abrieron apenas.

No alcanzó a formular otra pregunta.

Un cosmos inmenso envolvió lentamente toda la estancia.

No era un poder agresivo.

Tampoco intimidante.

Era una presencia serena.

Tan vasta que parecía confundirse con el propio cielo.

Instintivamente levantó la vista.

Al otro extremo del observatorio, de pie frente a una gran abertura orientada hacia las estrellas, permanecía inmóvil la silueta de un hombre.

La luz del amanecer apenas delineaba el contorno de una armadura cuyos reflejos parecían mezclarse con el firmamento.

No volvió la cabeza.

Continuó contemplando el cielo.

Como si hubiese esperado aquel momento desde mucho antes de que Medea despertara.

Ella sintió un leve estremecimiento recorrer su cosmos.

Sin conocer siquiera su rostro...

comprendió que se encontraba frente a un hombre cuya existencia parecía trascender el tiempo.

Aclla bajó respetuosamente la cabeza.

No pronunció su nombre.

No era necesario.

El viento descendió desde las altas montañas, recorriendo lentamente el antiguo observatorio.

Las primeras luces del alba comenzaron a iluminar las cumbres nevadas.

Y, por un instante...

Medea tuvo la extraña sensación de que, en aquel lugar, los hombres no observaban el cielo para conocer el futuro...

Sino para recordar un pasado que el resto del mundo había olvidado.


  

 

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Editado por ALFREDO, 30 August 2026 - 07:23 am.

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#43 Cástor_G

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Publicado 17 August 2026 - 01:39 am

Wena! Aquí vengo a dejar un breve review del capítulo 10, La isla donde el oceano recuerda.

 

Parece que Death Queen será el destino final, y no el siguiente punto como parecía en el anterior capítulo (que de hecho parece que llevan incluso días en altamar), pues aquí han llegado ni más ni menos que la Isla de Pascua.

 

En un principio no capté por qué uss otro nombre, pero ya después queda clarísimo. Lo que no queda clarísimo son los movimientos de los personajes, faltó un poco de detalle en como se desplazaban de un lugar a otro, porque primero estaban en la playa y de pronto ya estaban en la aldea, fue un cambio de escenario muy abrupto.

 

Asumo que Ariki se unirá al grupo de protagonistas, ya veremos en el siguiente capítulo, que promete traer violencia con la llegaba de más espectros negros. Por cierto al final del capítulo se repite la edscripción de la armadura negra.

 

Saludos! 



Capítulo 29: EL LAMENTO DE LA LIRA
(Pincha AQUI para Leer)

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Índice de Capítulos: Aquí

#44 ALFREDO

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Publicado 20 August 2026 - 20:38 pm

Wena! Aquí vengo a dejar un breve review del capítulo 10, La isla donde el oceano recuerda.   Parece que Death Queen será el destino final, y no el siguiente punto como parecía en el anterior c[...]

Hola Castor!

Me gusta hacer creer al lector algo q se viene venir y al después le doy un giro sorprendiendolo, en eso soy como Kuru jaja.

 Sobre el paso de la playa a la aldea, ahí haría una pequeña precisión: sí había dejado una transición cuando Ariki los conduce tierra adentro, pero revisándolo veo que la resumí demasiado y puede dar la impresión de que cambiaron de escenario de golpe. Tendré q mejorar más en ese tipo de transiciones.

Lo de la descripción de la armadura de Kael sí se me pasó completamente. Revisándolo ahora, efectivamente describo sus rasgos marinos antes de revelar su nombre y vuelvo a insistir prácticamente en lo mismo unas líneas después, así que corregiré esa repetición.

Me alegra que se haya entendido lo de Hiva/Rapa Nui y que Ariki te haya llamado la atención. Y sí, este desvío tiene bastante que ver con que el viaje por el Pacífico no va a resultar tan directo como parecía en un comienzo.

¡Gracias por leer y por las observaciones!


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#45 Cástor_G

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Publicado 24 August 2026 - 00:03 am

Wena!

 

Aquí vengo a dejar review del capítulo  11, El guardián del lago oculto.

 

-Tal como supuse, Ariki sería el nuevo prota revelado. Y creo que este diseño es el mejor hasta ahora sin duda alguna. Yo también tengo a un Santo de Pez Austral activo en mi fic, será curioso comparar los caminos de cada uno juju.

 

-En general estuvo bien el capítulo, salvo por unas frases repetidas como que el barco parecía observar la isla junto a los moais, y otras raras que olvidé al momento de estar escribiendo esto xD. Y el hecho de que visitaran aquel lago me pareció un poco random jeje

 

-Otro punto que no estoy seguro si considerarlo como a mejorar (porque entiendo que al tratarse de una cultura para Saint Seiya nueva, y muy rica en misticismo), el exceso de misticismo. Por ejemplo, el aire siempre esta enrarecido, denso, pesado, etc, nunca puede ser simplemente aire fresco. Entiendo que para la historia sea un punto importante, así que lo dejaré en un punto personal más que una queja, pero creo que el exceso de misticismo a veces provoca que este mismo se pierda y se vuelva monótono.

 

-Por lo demás no hay queja, creo que Ariki de momento es el prota más carísmatico, y posiblemente se convierta en mi favorito.

 

 

Saludos!



Capítulo 29: EL LAMENTO DE LA LIRA
(Pincha AQUI para Leer)

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#46 Rexomega

Rexomega

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Publicado 28 August 2026 - 15:39 pm

Saludos

 

Comentario del Capítulo 10: La isla donde el océano recuerda.

 

Este capítulo me dio vibras de una serie de Disney, Gargoyles, donde en el segundo arco algunos de sus protagonistas van en una barca por distintas tierras del mundo. Su destino es su hogar, claro, pero saben que lo que los impulsa antes quiere que resuelvan diversos problemas relacionados con toda clase de mitos y leyendas. Una de las tierras que visitaron, si no me falla la memoria, es la isla de Pascua.

 

Me parece que el estilo narrativo va evolucionado, aunque cuidado con estos problemas por el camino:

1) El abuso del "como si". Las veces que puedas afirmar algo, aprovecha y hazlo.

2) Las separaciones a veces son azarosas. Por ejemplo, si en el texto hay espacios en ocasiones, debería haber uno que separara la parte de la navegación de cuando llegan a la isla. A su vez, debería haber un espacio antes de la aparición de los caballeros negros.

 

Es curioso ver cómo Death Queen ha pasado de ser el entrante del arco del Santuario a un objetivo a largo plazo. O medio, al menos, pues no podría adivinar lo que tienes pensado. Me gustaron las menciones a Chris y Medea, le dan continuidad a los eventos de la historia; lo que ocurre pasa a ser algo importante, en lugar de una sucesión de escenas que están por estar.

 

Creo que estoy algo despistado, porque el abuelo de Ariki habla de que los mayores hablan del santo de Brújula. ¡Eso suena a mucho tiempo! ¿Qué tan viejas pueden ser esas rutas? ¿Será que la misión de los protagonistas no es llegar a algún sitio, sino restaurar esa senda? Interesante giro al "Viaje antes que destino" si fuera el caso. Más aún; o mucho me equivoco, o ha habido una velada referencia al continente Mu por ahí (fuentes no canon atribuyen a Death Queen haber sido parte de esas tierras), así que sería un propósito único y me atrevería a decir que original para una historia de SS.

 

Pocas cosas son más comprensibles que el dolor de la pérdida. Aun así, espero que Küren pueda dar la talla esta vez, porque se viene un combate y dudo que sea fácil. ¡Mucho ánimo a los Guardianes del Pacífico!

 

Siguiente capítulo:

https://saintseiya.c...fico/?p=2846952


Editado por Rexomega, 28 August 2026 - 15:42 pm.

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#47 ALFREDO

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Publicado 30 August 2026 - 07:15 am

Saludos   Comentario del Capítulo 10: La isla donde el océano recuerda.   Este capítulo me dio vibras de una serie de Disney, Gargoyles, donde en el segundo arco algunos de sus protagonist[...]

Hola Rex

¡Gracias nuevamente por la review!

Me alegra que notes una evolución en la narración. Tomo especialmente lo que mencionas sobre el abuso del «como si» y las separaciones entre escenas; son detalles de estilo que a veces se me escapan después de releer tantas veces el mismo capítulo, así que los tendré presentes para los siguientes.

Me dio curiosidad la comparación con Gargoyles, porque efectivamente quiero que el viaje tenga importancia por sí mismo y que los lugares por los que pasan no sean simplemente escalas antes de llegar a Death Queen.

Sobre lo que menciona el abuelo de Ariki, no estás necesariamente despistado jaja. Hay una pequeña diferencia entre hablar de Aukan y hablar del Guardián de Brújula. El anciano nunca conoció su nombre; de hecho, cuando Küyen menciona a Aukan, recién responde «entonces ese era su nombre». Prefiero dejar hasta ahí la aclaración porque la antigüedad de esas rutas y de quienes las custodiaban es parte de lo que todavía queda por descubrir.

Y sobre esa posible referencia a Mu... ahí sí no voy a confirmar ni negar nada xD. Me está gustando ver las teorías que van saliendo.

También me alegra que las menciones a Chris y Medea hayan servido para dar esa sensación de continuidad. Aunque algunos personajes salgan momentáneamente del foco, intento que lo ocurrido siga teniendo peso en lo que viene.

 

Wena!   Aquí vengo a dejar review del capítulo  11, El guardián del lago oculto.   -Tal como supuse, Ariki sería el nuevo prota revelado. Y creo que este diseño es el mejor hasta ahor[[...]

Hola Castor

Jajaja, al pobre aire de Rapa Nui tampoco lo dejé respirar tranquilo xD. Entiendo a qué te refieres con el exceso de misticismo; al ser una parte bastante cargada de elementos espirituales quizá abusé un poco de ciertas descripciones para mantener esa sensación. Lo tendré presente en los siguientes capítulos para que esos momentos destaquen más cuando realmente corresponda.

Lo del lago puede sentirse algo random por ahora, pero prefiero no decir mucho sobre eso todavía.

Y me alegra que te haya gustado Ariki. Justamente quería que se sintiera diferente a los protagonistas que ya habían aparecido. Ahora me dejaste con curiosidad por conocer a tu Pez Austral y ver qué tan distintos terminaron siendo ambos jaja.


Editado por ALFREDO, 30 August 2026 - 07:21 am.

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#48 ALFREDO

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Publicado 30 August 2026 - 08:42 am

Capítulo 15

Las rutas perdidas

 

Las primeras luces del alba comenzaban a descender sobre las montañas.

El Observatorio estelar permanecía envuelto en un silencio casi absoluto.

Solo el viento recorría lentamente las terrazas de piedra, haciendo vibrar los antiguos instrumentos orientados hacia el cielo.

Medea permanecía de pie junto a la gran abertura del recinto.

Desde allí podía contemplar un paisaje completamente distinto al del Santuario.

No había templos de mármol.

No había columnas.

Solo montañas interminables que parecían tocar las estrellas.

De pronto el lugar se deformó en el espacio tiempo, y la estancia donde estaban solo Medea y su hermana se distorsionó para trasladarlas a la superficie más alta del observatorio.

Y frente a ella estaba aquel que había sido su maestro, Frente a ella estaba quien había sido su maestro. Illari de Virgo, un hombre adulto de larga cabellera blanca y lisa y piel rosada, permanecía contemplando el cielo. Sus rasgos delataban su procedencia extranjera en aquellas tierras incas.

 

—¿Qué aprendiste durante estos años?

Medea guardó silencio.

—Aprendí que el Santuario protege a la humanidad.

Illari negó.

—No fue eso lo que pregunté.

Medea tardó unos instantes en responder.

—¿Qué aprendiste... del propio Santuario?

Medea permaneció inmóvil.

Después respondió con sinceridad.

—Que ya no escucha.

Aclla levantó lentamente la vista.

Illari cerró los ojos.

—Entonces ya comenzaste a comprender.

Medea dio un paso hacia él.

—Por eso me enviaste.

No fue una pregunta.

Virgo asintió apenas.

—Hace siglos...

el Santuario nació para interpretar la voluntad del Cosmos.

No para reemplazarla.

Su mirada permanecía fija en el horizonte.

—Con el paso del tiempo...

las leyes escritas por los hombres comenzaron a pesar más que el propio equilibrio del mundo.

Medea recordó inmediatamente el juicio contra Küren y Küyen.

El decreto.

La sentencia.

La orden de eliminarlos antes siquiera de comprender por qué las armaduras los habían elegido.

Illari continuó.

—Por eso te envié.

No como espía.

Sino como testigo.

Necesitaba saber si el Santuario seguía escuchando al Cosmos...

o solamente a sí mismo.

Medea bajó lentamente la mirada.

—Y ya conoces la respuesta.

—No.

La conoces tú.

Solo el viento continuó recorriendo las terrazas.

Illari dio unos pasos hacia ella.

—Nunca dejaste de ser mi discípula.

Solo caminaste por otro sendero.

Medea respiró profundamente.

—Entonces...

¿todo este tiempo...?

—Observaste.

Viviste.

Elegiste.

Eso era lo único que podía enseñarte el Santuario.

Yo no podía hacerlo desde aquí.

Aclla sonrió apenas.

—Por eso yo permanecí.

Illari volvió la mirada hacia las montañas.

—Tú debías conocer el mundo.

Ella debía conservar la memoria.

Solo así podríamos contemplar ambos lados del mismo cielo.

Medea comprendió entonces por qué las habían separado.

No había sido un abandono.

Había sido una decisión.

Una decisión dolorosa.

Pero necesaria.

Illari levantó una mano.

—Ahora...

ha llegado el momento de recordar aquello que dejé bajo tu custodia.

 

Illari permaneció observando el cielo.

—¿Sabes qué diferencia existe entre tú y esos jóvenes?

Medea guardó silencio.

—No hablas de su fuerza...

respondió finalmente.

—No.

Virgo negó con serenidad.

—Hablo de su destino.

El viento recorrió lentamente las terrazas del Observatorio.

—Las constelaciones no los eligieron por casualidad.

Cada una de esas armaduras perteneció a un cielo que desapareció hace miles de años.

Hoy...

han vuelto a despertar.

Illari continuó.

—Ellos ya caminan por un sendero que ningún hombre puede detener.

No importa cuánto intentemos alejarlos.

No importa cuánto el Santuario quiera destruirlos.

El Cosmos ya tomó esa decisión.

Hubo un largo silencio.

Entonces Medea preguntó:

—¿Y yo?

Illari la observó por primera vez.

—Tú eres distinta.

Tus pasos siguen perteneciendo a los hombres.

No al cielo.

Aclla bajó lentamente la mirada.

Ella conocía aquella respuesta desde hacía muchos años.

—Nuestra armadura fue conquistada.

No elegida.

La obtuvimos entrenando.

No porque una constelación extinguida nos llamara.

Por eso...

todavía podemos apartarnos del camino.

Medea frunció el ceño.

—Entonces...

¿quieres impedir que vuelva con ellos?

Illari cerró los ojos.

—Quiero impedir que mueras.

El silencio volvió a envolver el Observatorio.

—Si continúas siguiendo el mismo sendero...

terminarás compartiendo el mismo destino.

Pero ese destino...

no te pertenece.

Medea sostuvo la mirada de su maestro.

—¿Y si decido recorrerlo igualmente?

Por primera vez...

Illari dejó escapar un leve suspiro.

No era resignación.

Era tristeza.

—Entonces...

estarás desafiando incluso aquello que el Cosmos no escribió para ti.

Hubo un instante de absoluto silencio.

Después añadió:

—Y yo...

no puedo permitirlo.

Illari levantó una mano.

No hubo explosión de cosmos.

Sobre el suelo comenzó a dibujarse una inmensa Chakana luminosa.

Sus cuatro brazos parecían unir el cielo con la tierra.

—Perdóname, Medea... ¡Chakana Celestial!

susurró.

—Pero todavía no ha llegado tu momento de elegir.

La luz envolvió lentamente a la joven.

No sintió dolor.

Solo una inmensa paz.

Las montañas desaparecieron.

El viento dejó de soplar.

Y los recuerdos sellados durante tantos años comenzaron a despertar uno tras otro.

La última imagen que alcanzó a distinguir fue Aclla inclinando lentamente la cabeza.

Después...

el mundo quedó envuelto en silencio.

 

 

***

Durante varios días, el Horizonte Austral avanzó siguiendo una ruta que ningún mapa habría podido señalar.

No eran las velas las que impulsaban la embarcación.

Era el propio océano.

Frente al barco, el Camahueto nadaba con una serenidad majestuosa. la tiara formada por corrientes cristalinas unía sus enormes cuernos con la proa del navío, trazando un invisible sendero de agua entre ambos.

Ariki no necesitaba dar órdenes.

Bastaba con sentir el Mana.

Cada cambio de corriente, cada movimiento del viento y cada respiración del mar llegaban hasta él como si formaran parte de su propio cuerpo.

Küren permanecía apoyado sobre la borda.

—Jamás había visto el océano tan tranquilo...

Küyen sonrió mientras acariciaba la cubierta de madera.

—Parece que él también sabe que vamos por el camino correcto.

Ariki negó lentamente.

—No.

Miró al Camahueto.

—Solo recuerda un camino que nosotros olvidamos hace tiempo.

Ariki permaneció unos instantes observando la dirección de las corrientes.

—Estamos navegando más hacia el este de lo que esperaba.

Küyen levantó la mirada.

—¿Qué hay en esa dirección?

—Las tierras del Sol. Nuestros ancianos hablaban de navegantes que llegaron desde allí siguiendo a un gran gobernante llamado Túpac Yupanqui.

Küren buscó al hombre entre sus recuerdos.

—Ese nombre no me es del todo extraño. En el sur también han llegado historias de hombres provenientes de las grandes montañas.

Ariki volvió la vista hacia el océano.

—Quizás nuestras tierras nunca estuvieron tan separadas como pensamos.

 

El Camahueto se detuvo.

No fue un movimiento brusco.

Simplemente dejó de avanzar.

La corriente que lo unía al Horizonte Austral perdió fuerza por un instante, y el barco, que hasta entonces parecía deslizarse sobre un camino invisible, comenzó a balancearse suavemente sobre las olas.

Ariki levantó la mirada de inmediato.

—Algo viene...

Küren se incorporó desde la borda.

—¿Desde dónde?

El joven del Pez Austral no respondió.

Sus ojos permanecían fijos en el horizonte, allí donde el cielo y el océano parecían confundirse bajo una misma línea azul.

Entonces el aire cambió.

No fue el viento.

Fue otra cosa.

Una presión ardiente, lejana, que avanzaba sobre el mar como si una sombra hubiera extendido sus alas desde más allá del horizonte.

Küyen dio un paso atrás.

—Ese cosmos...

Küren apretó los dientes.

—¡Kane Aca!

Muy lejos, sobre los acantilados negros de Motu Mate, el Santo del Fénix permanecía inmóvil.

A su lado, Kael de Cetus observaba la ruta abierta por el Camahueto.

El Oráculo no apartaba la mirada de la Piedra del Horizonte.

La reliquia brillaba débilmente, señalando una única dirección.

—Ya encontraron el camino —murmuró el sacerdote.

Kane permaneció en silencio.

—No buscan destruir Motu Mate —dijo finalmente.

El Oráculo negó lentamente.

—No importa cuál sea su intención.

La ceniza caía entre ellos como una lluvia gris.

—Si pisan esta isla, el antiguo presagio comenzará.

Kael cruzó los brazos.

—Entonces debemos hundirlos antes.

El Oráculo no respondió de inmediato.

Su mirada descendió hacia Kane.

—Haz retroceder al guardián del océano.

Kane cerró lentamente los ojos.

Por un instante, la imagen de Mahina cruzó su mente.

La pequeña talla de madera.

Las alas torcidas.

Las cosas que sobreviven nunca son perfectas.

Cuando volvió a abrir los ojos, su cosmos había cambiado.

—Entendido.

El Fénix de armadura intermitente entre oscuridad y naranja extendió un brazo hacia el océano.

No hubo fuego al principio.

Solo plumas.

Miles de plumas oscuras surgieron a su alrededor y fueron arrastradas por el viento sobre la distancia imposible que los separaba del barco.

Küren las vio acercarse.

—¡Prepárense!

Pero las plumas no golpearon la madera.

No tocaron las velas.

No rozaron siquiera el cuerpo del Camahueto.

Atravesaron el aire como sombras.

Y entonces entraron en sus mentes.

—¡Phoenix Genma Ken Negro!

El mundo desapareció.

Küren volvió a sentir la lluvia sobre su rostro.

No era la lluvia de Rapa Nui.

Era la lluvia de su pueblo Antu, destruido.

Vio a Antü Rayén caer entre el barro.

Sintió la Piedra del Horizonte ardiendo en sus manos.

Escuchó nuevamente la voz de Kane Aca entre la lluvia:

Guardián del sur...

Küren intentó moverse.

No pudo.

A unos pasos, Küyen cayó de rodillas.

Sus ojos abiertos no veían el océano.

Veían raíces quebrándose.

El bosque hundiéndose bajo una tierra que respiraba.

Tyros desapareciendo entre la niebla del Caleuche.

Ariki también quedó inmóvil.

El Mana que lo unía al Camahueto comenzó a temblar.

Vio la laguna sagrada vacía.

Vio los moáis cubiertos de grietas.

Vio a Rapa Nui desaparecer bajo un océano negro.

El Horizonte Austral quedó sin defensa.

Las olas comenzaron a golpearlo con fuerza.

El Camahueto lanzó un bramido, como si también hubiese sentido aquella agresión invisible.

Pero Ariki logró abrir los ojos.

No completamente.

Apenas lo suficiente.

—No...

Sus manos temblaron.

—No escuchen sus voces...

 

El agua alrededor del barco comenzó a elevarse.

No como una barrera.

Como un sonido.

Una corriente viva rodeó la embarcación y el murmullo del mar empezó a imponerse sobre las imágenes del Fénix.

 

—Escuchen el océano...

El Mana respondió.

La ilusión comenzó a quebrarse.

Küren sintió el viento regresar a sus pulmones.

Küyen apoyó una mano sobre la cubierta, respirando con dificultad.

Ariki extendió ambos brazos.

—¡Manto Austral!

 

Las corrientes se alzaron alrededor del Horizonte Austral, formando un velo líquido que envolvió la embarcación y cortó las últimas plumas negras antes de que alcanzaran nuevamente sus mentes.

Desde los acantilados, Kane observó en silencio.

 

—Rompió el Genma Ken...

Kael lo miró de reojo.

—Entonces no basta con quebrar sus pensamientos.

El Santo de Cetus Negro avanzó un paso.

—Habrá que quebrar el mar bajo sus pies.

Levantó lentamente ambos brazos.

El océano respondió.

Al principio fue apenas una vibración bajo el casco.

Luego, una columna de agua emergió desde las profundidades a varios metros del barco, elevándose con la fuerza de una criatura gigantesca que respiraba desde el fondo del mundo.

Ariki sintió el peligro demasiado tarde.

 

—¡Abajo!

La columna estalló contra el Camahueto.

—¡Aliento Abisal de Cetus!

El impacto hizo rugir al mar.

El cuerpo del Camahueto fue lanzado hacia un costado, arrastrando con él parte de la corriente que lo unía al barco.

El Horizonte Austral quedó expuesto.

El Manto Austral absorbió una parte del golpe, pero la fuerza del ataque alcanzó igualmente el casco.

La madera crujió.

Una grieta recorrió la cubierta desde la proa hasta el mástil central.

Küyen cayó de rodillas.

 

—¡El barco!

Apoyó ambas manos sobre la madera.

Sintió las fibras.

Las vetas.

La vida antigua que aún permanecía escondida en aquellas tablas, aunque hubieran sido cortadas hacía años.

Su cosmos descendió lentamente por toda la embarcación.

Pequeñas raíces comenzaron a brotar entre las junturas del casco.

No eran raíces gruesas.

Eran delgadas.

Firmes.

Como venas que volvían a darle pulso al barco.

Las tablas se entrelazaron.

Las grietas dejaron de abrirse.

El Horizonte Austral respiró una vez más.

Küyen apretó los dientes.

 

—Mientras conserve una sola fibra...

Las raíces se expandieron por la cubierta.

—¡No dejaré que se hunda!

Kael observó como las raíces cerraban las grietas.

—La madera está resistiendo...

Kane no respondió.

El Oráculo permanecía inmóvil, con la Piedra del Horizonte brillando frente a él.

—No se detengan.

Kael levantó nuevamente los brazos.

Esta vez no apuntó al Camahueto.

Ni al barco.

Apuntó al océano mismo.

El mar comenzó a separarse bajo el Horizonte Austral.

No como una ola.

Como una herida.

Dos enormes paredes de agua se abrieron a ambos lados de la embarcación, dejando bajo el casco una oscuridad profunda, abisal.

Ariki abrió los ojos.

 

—¡Nos está quitando el mar!

El joven del Pez Austral cambió la forma del Manto Austral.

Las corrientes descendieron intentando cerrar la grieta, pero la técnica de Kael empujaba desde las profundidades con una fuerza monstruosa.

El barco comenzó a inclinarse.

Küren sujetó el mástil.

—¡Ariki!

—¡No puedo sostenerlo solo!

 

Entonces el Camahueto emergió de nuevo.

Herido.

Pero aún consciente.

Sus enormes ojos buscaron a Ariki.

El muchacho comprendió antes de que ocurriera.

 

—No...

El Camahueto se interpuso entre el barco y la abertura del océano.

El segundo Aliento Abisal de Cetus golpeó de lleno su cuerpo.

La criatura lanzó un bramido que hizo vibrar el cielo.

Las aguas se tiñeron de rojo por un instante.

La tiara cristalina comenzó a deshacerse.

Ariki sintió aquella herida atravesar también su propio cosmos.

—¡Camahueto!

Kael mantuvo la presión unos segundos más.

Pero entonces algo cambió.

El viento.

Küren cerró los ojos.

No podía ver a Kael.

No podía alcanzar aquel acantilado.

Pero el viento sí había llegado hasta allí.

El viento había tocado las rocas negras.

Había rodeado la armadura de Cetus.

Había sentido la sangre del hombro, el movimiento de los brazos, la dirección exacta desde donde nacía la técnica.

Küren levantó lentamente una mano.

El aire comenzó a girar alrededor de sus dedos.

No formó un tornado.

No formó una ráfaga.

Se curvó como un arco.

Una cuerda invisible apareció entre sus manos, tensándose con un sonido agudo.

En el centro, el viento se comprimió hasta formar una flecha delgada, casi transparente.

Küyen lo miró con sorpresa.

 

—Küren...

El Santo del Cóndor abrió los ojos.

—Si él puede atacar desde la distancia...

tensó el arco de aire.

—yo también.

El proyectil vibró.

—¡Picotazo del Cóndor!

Soltó la cuerda invisible.

La flecha desapareció.

Durante un instante no ocurrió nada.

Luego, a kilómetros de distancia, Kael sintió un dolor agudo atravesarle el hombro.

La flecha de viento perforó una de las placas negras de Cetus y lo obligó a retroceder.

 

—¿Qué...?

Su técnica se rompió.

El océano volvió a cerrarse bajo el Horizonte Austral.

Kael cayó sobre una rodilla, sujetándose el brazo herido.

Kane volvió lentamente la mirada hacia él.

Por primera vez, el Fénix Negro comprendió que aquellos jóvenes no eran simples intrusos arrastrados por una reliquia.

Estaban aprendiendo.

Demasiado rápido.

Una sombra cayó sobre ambos.

Kael levantó la vista.

Kane también.

En lo alto del acantilado, una figura gigantesca observaba el océano.

Su armadura negra era mucho más robusta que la de cualquier otro Santo de Death Queen. Cada placa parecía haber sido forjada para soportar el peso de una montaña.

No había elegancia en ella.

Solo fuerza.

Solo presencia.

Solo la certeza de que, si avanzaba, algo terminaría rompiéndose.

Kane abrió ligeramente los ojos.

 

—Tú eres Koa, el caballero de Heracles Negro.

Kael apretó los dientes.

—Espera todavía puedo continuar.

El recién llegado levantó una mano, interrumpiéndolo.

—Lo sé.

 

Su voz era grave.

Calma.

Sin burla.

Sin arrogancia.

—Pero proteger Motu Mate vale más que nuestro orgullo.

Kael guardó silencio.

Koa avanzó hasta el borde del acantilado.

Su mirada se fijó sobre el Horizonte Austral.

—Hasta aquí llega su travesía.

Kane dio un paso atrás al reconocer la postura.

Koa separó lentamente las piernas.

Llevó ambos brazos hacia atrás, flexionando los puños a la altura de la cintura.

El cosmos comenzó a concentrarse alrededor de todo su cuerpo.

El aire vibró.

Las rocas del acantilado empezaron a resquebrajarse.

Kane abrió los ojos con sorpresa.

—¿Acaso... ese es el puño más fuerte entre los santos negros?

 

Una gigantesca silueta apareció detrás de Koa.

No era una bestia.

Era un hombre colosal empuñando una clava, cuya presencia parecía sostener el cielo con sus propios hombros.

El héroe legendario.

Heracles.

Koa abrió violentamente ambos brazos.

—¡¡HERACLES MŌSHŪKEN!!

Los dos puños avanzaron al mismo tiempo.

No golpearon el aire.

Lo comprimieron.

Dos inmensos tornados de presión descendieron rugiendo sobre el océano, girando uno junto al otro como si fueran los brazos invisibles del propio Heracles.

El mar se abrió a su paso.

Las olas fueron pulverizadas.

La atmósfera tembló.

 

Ariki levantó desesperadamente el Manto Austral.

Küyen hizo crecer todas las raíces que aún sostenían el casco.

Küren intentó reunir nuevamente el viento.

Pero el ataque llegó antes.

El impacto sacudió el Horizonte Austral desde la proa hasta la popa.

La barrera de agua estalló.

Las raíces se rompieron una tras otra.

El mástil central se partió en dos.

La cubierta se abrió bajo sus pies.

El Camahueto, aún herido, lanzó un último bramido y se interpuso entre la onda restante y la embarcación.

 

—¡No! —gritó Ariki.

El golpe alcanzó a la criatura y la hundió violentamente bajo las aguas.

La tiara de Mana estalló en incontables gotas luminosas.

Ariki cayó de rodillas.

Sintió que algo dentro de él se desgarraba.

—¡¡Camahueto!!

No hubo respuesta.

Solo espuma.

El Horizonte Austral terminó por ceder.

El viejo casco se partió en dos.

Las velas fueron arrancadas por el viento.

Las tablas comenzaron a hundirse una tras otra.

Küren alcanzó a sujetar a Ariki antes de que cayera al mar.

—¡Küyen!

 

La joven de Tarandanus no respondió.

Permanecía arrodillada sobre los restos de la cubierta, con ambas manos apoyadas sobre la madera quebrada.

Su cosmos seguía fluyendo.

Las raíces que no habían sido destruidas comenzaron a moverse lentamente.

No intentaban salvar la nave.

Intentaban salvar a quienes viajaban en ella.

Fragmentos del casco.

Pedazos de mástil.

Tablas partidas.

Todo comenzó a entrelazarse bajo la voluntad de Küyen, formando una pequeña balsa improvisada.

El rugido del combate desapareció poco a poco.

Solo quedó el sonido del agua golpeando los restos del Horizonte Austral.

Küren ayudó a Ariki a subir sobre la improvisada balsa mientras Küyen mantenía unidas las tablas mediante las raíces de Dryada.

Ninguno habló.

El océano también había guardado silencio.

Entonces ocurrió.

El viento dejó de soplar.

No disminuyó.

Simplemente dejó de existir.

Las olas dejaron de avanzar.

Como si el Pacífico entero hubiese contenido la respiración.

Ariki levantó lentamente la cabeza.

 

—... ¿Lo sienten?

A kilómetros de distancia, Kane, Kael y Koa permanecían inmóviles sobre los acantilados de Motu Mate.

Incluso Kael olvidó el dolor de su hombro.

—¿Qué ocurre con el mar…?

El Oráculo observó fijamente la Piedra del Horizonte.

Su resplandor se extinguió lentamente.

No porque hubiera perdido su poder.

Sino porque había dejado de señalar un camino.

El Oráculo cerró los ojos.

—Las antiguas rutas...

 

Han despertado.

Tres inmensas corrientes comenzaron a desplazarse desde distintos puntos del Pacífico.

No formaban un remolino.

No chocaban entre sí.

Se dirigían hacia un mismo lugar.

Cuando finalmente se encontraron...

dibujaron un gigantesco triángulo sobre el océano.

Dentro de él...

el agua parecía desaparecer bajo una espesa niebla.

Kael dio un paso al frente.

—¿Qué clase de técnica es esa?

El Oráculo negó lentamente.

—No es una técnica.

Es una ruta.

Kane volvió la mirada hacia él.

—¿La conoces?

—Mucho antes de que Death Queen existiera...

 

Mucho antes de que Mu desapareciera bajo el océano...

esas rutas ya eran navegadas.

Guardó silencio unos instantes.

—No interfieran.

Las rutas antiguas no obedecen a Death Queen.

Ni siquiera a mí.

Las campanas comenzaron a sonar.

Lentas.

Profundas.

Como si emergieran desde el fondo del mar.

La niebla comenzó a abrirse.

No empujada por el viento.

Sino por una presencia que avanzaba desde su interior.

Primero apareció la proa.

Después el casco ennegrecido.

Finalmente...

un enorme navío abandonó lentamente aquella ruta imposible.

No parecía navegar.

Parecía atravesar el límite entre el mundo de los vivos y otro mucho más antiguo.

Kuren apenas pudo susurrar.

 

—... El Caleuche.

Sobre su cubierta permanecían inmóviles decenas de tripulantes.

Vestían ropas de distintas épocas.

Marineros.

Pescadores.

Guerreros.

Incluso algunos conservaban viejas armaduras corroídas por la sal.

Ninguno hablaba.

Ninguno apartaba la vista del horizonte.

Sus rostros eran pálidos.

No parecían cadáveres.

Pero tampoco hombres vivos.

El océano parecía haber detenido el paso del tiempo sobre ellos.

Junto al timón permanecía un hombre de cabello ceniza, cubierto por un largo abrigo de capitán.

No llevaba armadura.

Solo un viejo sextante colgaba de su cinturón y una brújula de bronce descansaba entre sus manos.

Su mirada recorrió lentamente los restos del Horizonte Austral.

 

—Hace muchos años...

Yo también navegué sobre esa cubierta.

No había tristeza en su voz.

Solo nostalgia.

—Fue un buen barco.

A un costado del timón permanecía otro hombre.

Su armadura de Plata seguía cubriendo su cuerpo.

Sin embargo, el brillo metálico había desaparecido.

Una tenue pátina gris parecía envolver cada una de sus placas, como si la niebla del Caleuche jamás hubiera abandonado aquella armadura.

Küren dio un paso al frente.

Le costó reconocer aquel rostro.

Hasta que la voz terminó por confirmar lo imposible.

—Has crecido...

—... ¿Maestro Tyros?

Una leve sonrisa apareció en el rostro del Santo de Plata.

—Todavía no ha llegado el momento de nuestro reencuentro.

Pero me alegra comprobar que sigues caminando.

El capitán apoyó una mano sobre el timón.

—Mi nombre es Aucán. Guardián de las rutas perdidas.

—Ya veo, tú eres el santo de brújula del que nos habló Medea —agregó Kuyen.

Ariki dio un paso adelante.

—¿Van a ayudarnos?

Aucán negó lentamente.

—No.

El Caleuche no pertenece a las guerras de los hombres.

No combate por ellos.

Ni decide su destino.

Solo vela por los caminos que el océano aún recuerda.

Levantó lentamente la mano.

Una tenue luz comenzó a brotar desde la brújula que sostenía.

La aguja giró una y otra vez.

Hasta detenerse.

Apuntando hacia el continente.

—Su sendero continúa allí.

Las corrientes comenzaron a cambiar silenciosamente de dirección.

La pequeña balsa fue arrastrada lentamente hacia el este.

 

 

 

Tyros observó una última vez a Küren.

—Cuando llegue el momento...

volveremos a encontrarnos.

Las campanas sonaron por última vez.

La niebla envolvió nuevamente al Caleuche.

Poco a poco, el enorme navío desapareció entre la bruma, como si jamás hubiera estado allí.

Solo la pequeña balsa continuó avanzando, empujada por una corriente invisible.

 

Ariki observó durante unos segundos la dirección que marcaba la corriente.

—Las tierras del Sol...

Küyen recordó inmediatamente la conversación de tiempo atrás.

—¿Las mismas de las que hablaste antes del ataque?

Ariki asintió.

—Las tierras del Inca.

Küren volvió la mirada hacia las montañas que comenzaban a dibujarse en la distancia.

No habían logrado llegar a Death Queen.

El océano había elegido otro destino.

 

Muy a lo lejos...

las primeras montañas de los Andes comenzaron a dibujarse bajo la luz del amanecer.

Entre aquellas montañas...

un antiguo observatorio aguardaba en silencio el momento de cruzar nuevamente sus destinos.

 

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#49 ALFREDO

ALFREDO

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Publicado 13 September 2026 - 20:48 pm

CAPÍTULO 16

LOS QUE AÚN RECUERDAN

 

En la isla de Death Queen, el interior del volcán respiraba.

No era el viento.

Cada cierto tiempo, una corriente de aire ardiente ascendía desde la grieta y hacía temblar las antorchas clavadas en las paredes. Kane Aca permanecía de pie frente al abismo, con las alas negras del Fénix plegadas sobre la espalda.

El sacerdote se encontraba al otro lado de la cámara.

Entre ambos flotaba una representación incompleta del Pacífico. Líneas rojizas atravesaban el océano y conectaban puntos separados por miles de kilómetros.

 

—La isla volvió a estremecerse —dijo Kane—. Ocurrió después del regreso de Kael.

—Era de esperar.

—Me aseguraste que destruir aquel sello detendría la propagación.

El sacerdote movió una mano.

Una luz apareció sobre la costa donde alguna vez se había levantado la aldea de Kuren.

—Detuviste una ruptura incontrolada. El sello llevaba generaciones acumulando una energía que ya no podía contener. Si hubiese cedido por sí solo, la onda habría recorrido las rutas hasta alcanzar Motu Mate.

Kane observó el punto luminoso.

 

Todavía podía recordar la tierra abriéndose bajo sus pies. Las casas cayendo. El fuego emergiendo desde una profundidad que ni siquiera su cosmos había conseguido medir.

—El pueblo quedó destruido —contó el Fénix.

—Pero tu isla continúa en pie —agregó el Oráculo.

Kane no respondió.

 

El sacerdote extendió las líneas desde la primera luz. Estas atravesaron el océano hasta llegar a Rapa Nui.

—La liberación de aquella presión reveló rutas que llevaban siglos cerradas. Kael siguió una de ellas.

—Y encontró la Piedra.

—Por accidente —reconoció el sacerdote—. No sabía que el pueblo de Antu había ocultado una reliquia capaz de responder al Horizonte.

Sobre el mapa apareció la Piedra azul.

—Entonces podemos localizar los demás sellos —dijo Kane.
—Todavía no.

 

Nuevos puntos surgieron alrededor del océano, pero ninguno permaneció estable. Aparecían bajo islas, montañas y fosas marinas antes de desaparecer nuevamente.
—La Piedra puede atravesar las rutas —continuó el sacerdote—, pero no sabe distinguirlas. Necesitamos la clave con la que el Observatorio aprendió a ordenarlas.
—¿Dónde está?
El sacerdote contempló las luces fluctuantes.
—El Observatorio Inca la ocultó antes de que el Santuario destruyera sus registros. No en un pergamino ni en una constelación. La grabaron dentro de un alma.
Kane volvió la mirada hacia él.
—¿Una persona?
—Una clave que todavía respira.
—¿Y cuando la encontremos?

 

El sacerdote cerró la mano. Los puntos desaparecieron, dejando únicamente la imagen de Motu Mate.
—Podremos interpretar las rutas antes de que la corrupción encuentre el camino hasta nuestra isla.
Kane observó el volcán.
—¿Eso bastará para proteger a nuestro pueblo?
—Para eso comenzamos todo esto.

 

La respuesta pareció satisfacerlo.

Kane inclinó apenas la cabeza y abandonó la cámara. Sus pasos se alejaron por el corredor hasta ser devorados por el sonido del magma.

El sacerdote esperó hasta que las llamas negras desaparecieron.

Después volvió a abrir la mano.

El mapa surgió nuevamente.

Esta vez las líneas no se alejaban de Motu Mate.

Convergían sobre la isla.

 

—El Fénix sigue creyendo que intenta salvar la isla.

Una figura permanecía oculta entre las rocas del pasadizo superior.

No se movió.

Desde el fondo de la grieta respondió una vibración profunda. Las paredes crujieron y algunas piedras se desprendieron del techo.

—Él abrió primero —continuó el sacerdote—. Kael encontró la Piedra. Solo falta hacer despertar la Clave.

—Cuando la Clave despierte, las rutas volverán a revelar su verdadero orden.

 

La figura oculta apretó una mano contra la piedra.

El sacerdote levantó el rostro, como si hubiera percibido algo, pero no miró hacia el corredor.

—Puedes continuar siguiéndome —dijo—. Tarde o temprano tendrás que decidir qué hacer con la verdad.

La sombra permaneció inmóvil.

En las profundidades de Motu Mate, algo volvió a respirar.

             ***

 

Medea volvió a abrir los ojos.

Pero ya no se encontraba en la sala del Observatorio.

Era de noche.

El cielo se extendía sobre ella con una claridad imposible. Miles de estrellas cubrían el firmamento, mientras las montañas parecían sumergirse en una inmensa oscuridad azul.

Medea bajó la mirada.

Sus manos eran pequeñas.

Sus brazos apenas alcanzaban a sostener el arco de entrenamiento que descansaba sobre sus piernas.

Era una niña otra vez.

 

—Llegaste tarde.

Medea volvió la cabeza.

Aclla permanecía sentada a pocos metros de distancia. También era una niña. Su largo cabello rojo caía libremente sobre sus hombros y entre sus manos sostenía una pequeña figura de piedra con forma de cruz escalonada.

La Chakana.

Medea observó el rostro de su hermana.

Durante años había creído haber olvidado aquella imagen.

Pero ahora recordaba cada detalle.

La pequeña cicatriz sobre su ceja.

La forma en que apretaba los labios cuando estaba molesta.

Incluso el viejo manto que ambas compartían durante las noches más frías.

 

—Illari dijo que no debíamos salir —respondió Medea.

Aclla levantó la mirada hacia las estrellas.

—Él dice demasiadas cosas.

Medea sonrió.

Era extraño.

No recordaba haber sonreído tanto cuando era niña.

Se sentó junto a su hermana y contempló el cielo.

Sobre ellas, cuatro estrellas comenzaron a brillar con mayor intensidad.

No formaban una constelación conocida.

Dibujaban los cuatro brazos de una Chakana luminosa.

Aclla extendió la mano hacia ellas.

 

—¿Crees que algún día podremos salir de aquí?

Medea miró las montañas que rodeaban el Observatorio.

—El maestro dice que el mundo todavía no está preparado.

—Eso no fue lo que pregunté.

Medea quedó pensativa.

Aquella frase.

La había escuchado hacía apenas unos instantes.

Pero no dentro del sueño.

Illari se la había dicho antes de atacarla.

El cielo comenzó a oscurecerse.

Las estrellas de la Chakana permanecieron suspendidas sobre ambas niñas.

Entonces una tercera sombra apareció detrás de ellas.

Illari.

No llevaba todavía la Armadura de Virgo.

Vestía una sencilla túnica blanca y su rostro parecía mucho más joven, aunque sus ojos conservaban la misma serenidad imposible de comprender.

 

—Las estrellas no existen para decirnos qué ocurrirá —dijo.

Las dos niñas volvieron la cabeza.

—Entonces, ¿para qué las observamos? —preguntó Aclla.

Illari caminó hasta situarse frente a ellas.

—Para recordar lo que ya ocurrió.

Medea sintió un escalofrío.

El cielo cambió.

Las estrellas dejaron de ser estrellas.

Se convirtieron en imágenes.

Un océano abriéndose.

Islas desapareciendo.

Guerreros cubiertos por armaduras desconocidas.

Una gran ave envuelta en llamas negras.

Y finalmente...

una Piedra azul flotando sobre un horizonte partido.

Medea se puso de pie.

 

—¿Qué es eso?

Illari no respondió.

Las imágenes continuaron atravesando el cielo.

La Piedra azul desapareció detrás de un horizonte partido.

Entonces otros puntos comenzaron a encenderse sobre el océano. Uno junto a una isla lejana. Otro bajo las montañas. Otro en medio de un territorio cubierto por fuego.

Delgadas líneas surgieron entre ellos hasta formar una Chakana luminosa.

Aclla levantó una mano.

La figura permaneció inmóvil.

Medea hizo lo mismo.

Las líneas descendieron de inmediato y rodearon su cuerpo.

Illari abrió los ojos. Por primera vez, su expresión perdió la serenidad.

 

 

—Así que eres tú...

Medea retiró la mano.

—¿Yo qué?

El recuerdo se quebró.

La noche desapareció.

Ahora se encontraba dentro de una habitación cerrada.

No podía ver a Aclla.

No podía mover los brazos.

Frente a ella, Illari dibujaba una Chakana luminosa sobre el suelo.

—No entiendo —dijo la niña—. ¿Por qué debo irme?

Illari permaneció en silencio.

—¿Por qué Aclla puede quedarse?

—Porque una de ustedes debe conservar lo que ocurrió aquí.

—¿Y la otra?

Illari contempló la Chakana dibujada sobre el suelo.

—La otra conservará la forma de encontrarlos.

—No entiendo.

—No necesitas comprenderla todavía. Solo impedir que la clave desaparezca contigo.

El cosmos de Virgo comenzó a envolverla.

—La otra debe aprender cómo vive el mundo cuando ha olvidado.

 

Medea sintió miedo.

Intentó retroceder.

—No quiero olvidarla.

Illari apartó la mirada.

—Lo sé.

La Chakana comenzó a ascender desde el suelo.

—Por eso debo pedirte perdón.

La luz cubrió el rostro de la pequeña Medea.

Los recuerdos comenzaron a desaparecer.

Aclla corriendo entre las terrazas.

Las noches observando el cielo.

La Piedra suspendida ante sus manos.

Su maestro.

Su hogar.

Todo se deshacía lentamente.

Pero justo antes de que desapareciera la última imagen, Medea escuchó la voz de Aclla detrás de una puerta.

 

—¡Medea!

La niña intentó volver la cabeza.

—¡No dejes que me olvide!

La luz se cerró sobre ella.

El recuerdo volvió a quebrarse.

Medea cayó dentro de una oscuridad absoluta.

Ya no era una niña.

Volvía a vestir la armadura de Serpiente.

Frente a ella aparecieron Küren y Küyen.

Los tres caminaban alejándose.

Medea intentó llamarlos.

Ninguno pudo escucharla.

Debajo de sus pies comenzó a dibujarse la misma Chakana.

Esta vez no la había creado Illari.

Nacía de su propio cosmos.

Una voz habló desde la oscuridad.

No era la de su maestro.

Era la suya.

 

—Una hermana debía recordar.

Medea alzó la vista.

Frente a ella apareció otra versión de sí misma.

Más joven.

Vestida con las ropas del Observatorio.

—La otra debía olvidar.

La joven extendió una mano hacia ella.

—Pero ninguna de las dos eligió.

Medea sintió cómo su cosmos comenzaba a agitarse.

—¿Qué intentaste hacerme olvidar?

 

La figura sonrió con tristeza.

Detrás suyo apareció nuevamente la Piedra del Horizonte.

Pero esta vez no estaba sola.

Otros fragmentos brillaban alrededor del océano.

Uno junto a Rapa Nui.

Otro sobre Death Queen.

Otro bajo las montañas.

 

Todos aquellos puntos comenzaron a unirse.

Las líneas atravesaron el océano hasta formar una inmensa Chakana.

Medea intentó seguir aquellas rutas con la mirada.
Pero algo cambió.
No eran los caminos los que estaban grabados dentro de ella.
Era su cosmos el que respondía a la forma en que se ordenaban.
Sus ojos se abrieron.

 

—No...

La Chakana se cerró violentamente.

Antes de que el sueño terminara, la voz infantil de Aclla volvió a atravesar la oscuridad.

—Despierta, hermana.

Medea abrió los ojos.

El Observatorio comenzó a reconstruirse ante sus ojos.

Aclla permanecía sentada junto a ella.

Illari observaba las estrellas de espaldas.

Medea intentó incorporarse, pero el cuerpo todavía no respondía.

Solo alcanzó a formular una pregunta:

—¿Qué me hiciste olvidar?

Illari no volvió el rostro.

—Aquello que el Santuario habría destruido si alguna vez lo hubiese encontrado.

El viento atravesó el recinto.

En algún punto distante de las montañas, una campana resonó.

 

 

Muy lejos del Observatorio, una pequeña balsa alcanzó finalmente las costas del continente. Exhaustos por la travesía, sus tres ocupantes apenas lograron alcanzar la arena antes de que sus fuerzas los abandonaran.

Frente a ellos, las montañas que habían contemplado desde el océano se elevaban como una muralla interminable.

 

 

Aclla levantó la mirada.

—Ya llegaron.

Illari cerró lentamente los ojos.

No necesitó preguntar quiénes.

Los portadores de las constelaciones olvidadas acababan de pisar las tierras del Tahuantinsuyo.

 

 

                      ***

Muy por encima del Observatorio, donde las montañas parecían tocar las estrellas, una figura permanecía inmóvil.
Durante años había custodiado aquellos senderos sin que ningún extranjero lograra atravesarlos.

No vigilaba ciudades.

No protegía reyes.

Custodiaba los senderos invisibles que unían el mundo de los hombres con el de los antiguos.

Cuando los portadores de las constelaciones olvidadas cruzaron el primer paso del Tahuantinsuyo, la figura abrió los ojos. Extrajo una punta de flecha y la contempló durante unos instantes. Entonces comenzó a susurrar…

—Hacía demasiado tiempo que ningún extranjero conseguía llegar tan lejos.

 

                              ***

Oscuridad.

No había cielo.

No había mar.

Y aun así…

Chris sentía que seguía flotando en el océano.

El rugido de la bestia todavía atravesaba su mente mientras fragmentos de agua negra flotaban a su alrededor en medio de un vacío imposible.

Entonces abrió los ojos.

Silencio absoluto.

Por un instante creyó haber muerto.

Pero algo estaba mal.

Las estrellas brillaban bajo sus pies.

Como si caminara sobre un reflejo infinito del universo.

Chris intentó incorporarse.

La Cloth de la Cruz del Sur seguía sobre su cuerpo, aunque parcialmente dañada por la distorsión dimensional del triángulo.

Miró alrededor.

Ruinas.

Columnas destruidas emergiendo desde aguas inmóviles.

Espadas clavadas sobre piedra erosionada.

Fragmentos de armaduras antiguas esparcidas como restos olvidados de una guerra interminable.

Y entonces escuchó voces.

Gritos lejanos.

Choques de cosmos.

Miles de ecos atravesando el vacío.

Chris recorrió las ruinas con la mirada.

 

—¿Dónde… estoy?

Una voz respondió detrás suyo.

—Algunos lo llamaron el Shura-Kai.

 

Chris giró violentamente.

A varios metros de distancia, una figura permanecía de pie sobre las aguas negras.

Cabello oscuro y despeinado. Tenía facciones endurecidas y una complexión atlética.
Una capa desgarrada se agitaba bajo un viento inexistente.
Vestía una armadura blanca de tonos violáceos, deteriorada por antiguas batallas. De cada hombrera surgían dos cuernos negros, aunque uno de ellos estaba roto.

 

—Soy Jäger de Orión. Un Santo de Plata, igual que tú.

Chris abrió ligeramente los ojos.

—¿Jäger… de Orión?

El hombre lo estudió durante unos instantes.

—Así que me conoces. Entonces supongo que los registros del Santuario todavía conservan algunos nombres.

—El tuyo lleva años asociado a misiones de las que pocos regresaron.

Jäger dejó escapar una breve risa.

—Curioso. Porque yo también conozco el tuyo.

Chris endureció la expresión.

—Christ de la Cruz del Sur.

El nombre quedó suspendido entre ambos.

—Ya no me llamo así.

Jäger percibió el cambio en su voz, pero no insistió.

—Chris, entonces.

Dio un paso sobre las aguas inmóviles.

—No importa cómo quieras llamarte aquí. Si las rutas te trajeron hasta el Shura-Kai, tendrás problemas más urgentes que tu nombre.

 

Chris apretó levemente los dientes.

—Esto no tiene sentido…

Jäger avanzó sobre las aguas inmóviles.

Cada paso producía ondas de luz bajo el vacío estrellado.

—Aquí pocas cosas lo tienen.

Chris observó nuevamente las ruinas alrededor.

Entonces comprendió algo.

No sentía el cosmos del mundo real.

Aquel lugar parecía existir separado de todo.

—¿Este lugar es el inframundo?

—No… Es un sitio entre rutas.

El santo de Orión levantó lentamente la mirada hacia el vacío.

—Un lugar donde terminan o comienzan de nuevo los guerreros que ya no pertenecen completamente ni a la vida… ni a la muerte. Este es el mundo de las almas guerreras.

 

El silencio se hizo presente nuevamente.

Chris observó las aguas infinitas bajo sus pies.

Y entonces vio reflejos.

Sombras antiguas moviéndose bajo la superficie.

Santos combatiendo.

Ejércitos destruyéndose.

Guerras Santas olvidadas.

Miles de años de conflicto atrapados bajo aquel océano espiritual.

 

Chris contempló las guerras reflejadas bajo sus pies.

—¿Todo esto… ocurrió realmente?

Jäger soltó una pequeña risa amarga.

—Y seguirá ocurriendo.

 

Una corriente imposible recorrió las ruinas.

Entonces recordó:
El triángulo dimensional,

El Dragón Marino,
las rutas,
las criaturas del océano,
las tierras perdidas.

Y por primera vez…

comenzó a comprender que aquello era mucho más antiguo que Atenea.

Mucho más antiguo incluso que el Santuario.

Jäger fijó la mirada en él.

 

—Los dioses siempre encuentran nuevos guerreros.

Aquella frase golpeó más fuerte que cualquier ataque.

Porque una parte de él…

sabía que era verdad.

 

Algo golpeó bajo las aguas.

Una mano cubierta por restos de metal emergió desde la superficie y se cerró alrededor de su tobillo.

El Santo de la Cruz del Sur sacudió violentamente la pierna y consiguió liberarse.

La figura comenzó a desprenderse del agua. Primero apareció el brazo, luego el torso y, finalmente, el cuerpo completo de un guerrero cubierto por fragmentos de una armadura que Chris no consiguió reconocer.

No estaba solo.

Otras siluetas comenzaron a levantarse alrededor de las ruinas. Algunas sostenían espadas rotas. Otras apenas conservaban las piezas de sus antiguas protecciones.

 

—¿Quiénes son? —preguntó Chris.

Jäger no se movió.

—Guerreros. Eso es lo único que todavía recuerdan.

La primera sombra inclinó la cabeza.

—Una batalla más…

Las demás repitieron aquellas palabras.

—Una batalla más…

Chris elevó su cosmos cuando las figuras se abalanzaron sobre él. Cuatro destellos iluminaron el vacío.

—¡Relámpago de la Cruz del Sur!

Los rayos atravesaron a los guerreros y dispersaron sus cuerpos sobre las aguas negras. Durante un instante solo quedaron partículas de luz girando entre las ruinas.

Chris mantuvo los brazos extendidos.

Entonces el agua comenzó a reunirse nuevamente.

Los torsos se reconstruyeron. Las espadas regresaron a sus manos. Las armaduras partidas volvieron a cubrirlos.

—Una batalla más…

Chris apretó los dientes.

—¿Cuántas veces tengo que derrotarlos?

—Todas las que estés dispuesto a seguir luchando —respondió Jäger.

Los guerreros corrieron otra vez.

El cosmos de la Cruz del Sur volvió a encenderse, pero Chris recordó las imágenes atrapadas bajo la superficie: ejércitos levantándose, cayendo y regresando para repetir una guerra sin final.

Lentamente bajó los brazos.

—No.

La primera espada se detuvo a centímetros de su rostro.

La sombra tembló.

—Una… batalla…

—No soy vuestro enemigo. Y tampoco voy a convertirme en uno de vosotros.

El metal oxidado comenzó a resquebrajarse. Una tras otra, las figuras regresaron a las aguas, hasta que solo quedó el eco de sus voces bajo el vacío.

Jäger esperó su reacción.

—Aquí no sobrevive el guerrero más fuerte. Sobrevive aquel que todavía recuerda por qué desenvainó su espada.

Entonces las aguas comenzaron a iluminarse.

Miles de flores negras emergieron desde el vacío.

 

El aire mismo pareció detenerse.

Jäger guardó silencio inmediatamente.

Chris alzó la vista.

A lo lejos…

una figura femenina permanecía sentada entre las flores negras.

El lugar alrededor suyo parecía completamente distinto al resto del Shura-Kai.

Más cálido.

Más silencioso.

Más peligroso.

Chris no podía sentir exactamente su cosmos.

Era como intentar percibir una tormenta escondida detrás de un océano inmóvil.

La mujer levantó su vista hacia él.

Cabello oscuro cayendo hasta la cintura.

Piel pálida.

Ojos brillando suavemente bajo la oscuridad.

Vestía una túnica antigua adornada con símbolos imposibles de reconocer:
griegos,
orientales,
y marcas pertenecientes a civilizaciones mucho más antiguas.

Chris dio un paso al frente.

Jäger simplemente retrocedió.

La mujer observó a Chris varios segundos antes de hablar.

 

—Has llegado más lejos de lo que esperaba.

Su voz era suave.

Demasiado suave para aquel lugar.

Chris sostuvo la mirada de la mujer.

—¿Quién eres?

La mujer sonrió apenas.

Una sonrisa tranquila.

Casi triste.

—He tenido muchos nombres.

Las flores negras comenzaron a mecerse a su alrededor.

—Hace siglos… algunos me llamaron Kali.

Chris sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

No entendía por qué.

Pero aquella presencia le resultaba aterradoramente antigua.

Entonces la mujer volvió la mirada hacia las aguas del Shura-Kai.

Y las imágenes comenzaron a aparecer.

Guerras.

Océanos destruyéndose.

Caballeros cayendo.

Islas hundiéndose.

Santos combatiendo contra dioses.

El mundo entero fracturándose lentamente bajo conflictos interminables.

Chris apretó los dientes observando aquello.

 

—¿Qué es todo esto…?

La mujer lo observó nuevamente.

—El destino de los guerreros.

La mujer hizo una pausa…

—Pelear hasta desaparecer.

Chris guardó silencio.

Las imágenes continuaban reflejándose bajo las aguas infinitas.

Entonces vio algo más.

Death Queen.

Gigantes moviéndose bajo tormentas.

Y una enorme sombra despertando lentamente bajo el océano.

Chris levantó abruptamente la mirada.

 

—¿Qué está ocurriendo en el mundo?

La mujer no respondió inmediatamente.

Solo lo observó.

Lo estudió con una curiosidad difícil de interpretar.

—Tú ya viste las rutas rotas —dijo la entidad femenina al acercársele—. Y aun así sigues buscando respuestas.

Las manos de Chris se cerraron en puños.

—No quiero seguir siendo una herramienta de nadie.

El silencio cayó completamente sobre el Shura-Kai.

Incluso las flores dejaron de moverse.

 

La mujer entonces sonrió nuevamente.

Pero esta vez…

la expresión parecía distinta.

Más genuina.

Más interesada.

—Entonces aún puedes elegir.

Chris abrió apenas los ojos.

¿Elegir...? Después de todo este tiempo... ¿todavía era posible?

La figura femenina comenzó a levantarse entre las flores negras.

Y por un instante…

su sombra detrás suyo pareció transformarse.

Alas oscuras.

Una silueta gigantesca.

Y el eco lejano de antiguas guerras atravesando el vacío.

Chris sintió el cosmos completo del Shura-Kai temblar alrededor.

Entonces la mujer extendió lentamente una mano hacia él.

 

—Vuelve, Cruz del Sur… Camina entre ambos mundos.

El vacío se quebró violentamente.

Las aguas explotaron alrededor suyo.

Y Chris desapareció entre las corrientes dimensionales del Shura-Kai.

 

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Editado por ALFREDO, 13 September 2026 - 20:50 pm.

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