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Saint Seiya Edad Oscura I: TERCERA GUERRA NEGRA

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55 respuestas a este tema

#1 Cástor_G

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Publicado 12 February 2026 - 00:22 am

                                                                               :aa121a2:

Saludos a los que quedan: compañeros, fantasmas y valientes que aún caminan por este lugar agónico. Les presento mi nuevo proyecto, una precuela situada una década antes de los eventos de "Cosmo Wars". En ella, narro el surgimiento de una era oscura y violenta donde los Santos de Athena deberán enfrentar a la oscuridad misma encarnada en los Santos Negros. !Espero que la disfruten!

 

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ÍNDICE

Prólogo

VOL. I: ISLA DE LA REINA MUERTE

Capítulo 01. ISLA DE LA REINA MUERTE

Capítulo 02. EL FANTASMA DEL CREPÚSCULO

Capítulo 03. CRATERIS

Capítulo 04. ECLIPSE

Capítulo 05. KRIMNOS PHIALA

 

VOL. II: EL OTRO TRAIDOR

Capítulo 06. REGRESO AL SANTUARIO

Capítulo 07. EL DÍA EN QUE LA CONFIANZA MURIÓ DESPACIO

Capítulo 08. ABADDÓN

Capítulo 09. LOS 5 INVENCIBLES

Capítulo 10. PASTOR DE LOBOS

Capítulo 11. RÓMULO Y REMO

Capítulo 12. FRAGMENTADO

 

VOL. III: 

Capítulo 13. UNA NOCHE EN EL CASTILLO 

Capítulo 14. 

Capítulo 15. 

Capítulo 16. 

Capítulo 17. 

Capítulo 18. 


Editado por Cástor_G, 14 May 2026 - 01:26 am.


Capítulo 13: UNA NOCHE EN EL CASTILLO
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#2 Rexomega

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Publicado 12 February 2026 - 12:45 pm

Saludos

 

¡No esperaba que publicaras tan pronto! Y encima con prólogo de lo más prometedor. 

 

Me llama la atención que los Santos Negros no sean simples conquistadores, así me lo imagino siempre. Gente a la que les mueve la codicia y otras emociones mundanas, razón por la que jamás podrían convertirse en Santos. Pero esa es la gracia de la Zona Fanfic, ¿no? Mil y una posibilidades.

 

Bienvenido de vuelta, Cástor.


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#3 Cástor_G

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Publicado 12 February 2026 - 14:59 pm

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PRÓLOGO

El siglo XVI nació ahogándose en sangre y humo de hogueras, con el eco de los mosquetes resonando entre ciudades que aún no sabían lo que era la piedad. Europa se desgarraba entre la inquisición y las guerras de fe, y la humanidad creía que sus mayores enemigos eran los hombres de dogmas distintos o los reyes de tierras lejanas. El viejo mundo era un hervidero de pestes, conquistas y una oscuridad moral que parecía no tener fondo; las sombras se alargaban en los callejones de Florencia y en los pasillos del Vaticano, pero eran sombras nacidas de la mano del hombre.

Sin embargo, tras el velo de lo cotidiano, en los picos olvidados de Grecia, la verdadera vigilia comenzaba.

Mientras los hombres se mataban por oro y dogmas, los doce templos del Zodiaco permanecían como centinelas silenciosos. En el Santuario, los Santos de Oro —aquellos revestidos con el fulgor del sol— afilaban sus sentidos y sus voluntades. No se preparaban para las guerras de los reyes, sino para contener un horror que ningún mortal debería presenciar. Porque en el horizonte no se divisaba una tormenta común, sino una marea negra.

No era un caos desordenado; era una marea organizada, dotada de un propósito gélido y armada con un vacío que la luz no podía iluminar. Los Santos Negros no venían por tierras ni por coronas. Eran los heraldos de la Noche Eterna, una procesión de sombras dispuesta a caminar sobre la realidad hasta que el mundo entero quedara sumido en el silencio absoluto y eterno.

El Santuario había enfrentado esta oscuridad antes, en tiempos que solo los más antiguos recordaban, pero nunca con esta determinación. Los Santos Negros no venían a conquistar el mundo; venían a transformarlo en algo irreconocible, un reino donde la luz fuera apenas un mito susurrado en la oscuridad eterna.

La Tercera Guerra Negra no sería una batalla por el mundo… sería una batalla por el derecho a que existiera un mañana.


Saludos   ¡No esperaba que publicaras tan pronto! Y encima con prólogo de lo más prometedor.    Me llama la atención que los Santos Negros no sean simples conquistadores, así me lo im[[...]

 

Gracias Rex, aquí seguimos. En cuestión de nada publicaré el primer capítulo.

Saludos!


Editado por Cástor_G, 16 February 2026 - 13:15 pm.


Capítulo 13: UNA NOCHE EN EL CASTILLO
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#4 ALFREDO

ALFREDO

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Publicado 12 February 2026 - 18:57 pm

Buenísimo prologo sigue así, ha esperar el cap 1 ya que aún no se puede deducir mucho todavía.
Veremos el origen de los santos negros?
Nunca se ha estipulado en q tiempos se estableció contacto ni cuando fue descubierta la isla con las armaduras negras.
En mi fic según yo debe ser en la misma época del contacto con America o quizás un poco antes...
Esperemos q veamos santos negros de diferentes constelaciones juji

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#5 Cástor_G

Cástor_G

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Publicado 16 February 2026 - 12:53 pm

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Capítulo 1: ISLA DE LA REINA MUERTE

 

Los vientos de la guerra aún no habían alcanzado al Santuario, pero ya susurraban en las sombras como presagios de muerte. En aquellos días previos al cataclismo, los Santos de Athena continuaban su rutina inmutable: entrenamiento al alba, meditaciones bajo el sol del medio día, patrullas nocturnas entre las columnas milenarias.

Convivían como camaradas, compartiendo pan, risas y juramentos de hermandad, ajenos a que aquella era la última vez que el ejército de la diosa estaría completo. Ninguna tumba reciente profanaba la tierra sagrada, ningún nombre era pronunciado en lamento, ninguna armadura yacía vacía en los templos.

La paz reinaba con su engañosa serenidad, ignorante de que las tinieblas ya se congregaban más allá del horizonte, hambrientas, pacientes, esperando el momento preciso para devorar la luz. Y cuando la tormenta finalmente llegara, cuando los cielos se desgarraran y la sangre manchara el mármol blanco del Santuario, muchos comprenderían demasiado tarde que aquellos últimos días de calma no habían sido un regalo, sino una cruel despedida.

 

1.         Eros de Piscis

En las inmediaciones del Santuario, bajo la sombra protectora de un enorme y frondoso pino que había presenciado siglos de historia, descansaban un par de Santos de Oro. El brillo dorado inconfundible de sus armaduras delataba su rango.

Sentado sobre una roca plana y desgastada por el tiempo estaba Feanor de Aries, un muchacho que apenas rozaba los catorce años. Su cabello albino caía sobre sus hombros en una cascada pálida, enmarcando un rostro de rasgos delicados y casi etéreos. Lo más distintivo de su apariencia eran sus orejas puntiagudas, que asomaban entre los mechones blancos como pétalos de un lirio exótico; una peculiaridad que lo distinguía entre los demás Santos. Con una calma casi hipnótica, arrojaba pequeñas piedras a una charca formada por las lluvias de días previos, observando cómo las ondas se expandían en círculos perfectos sobre la superficie turbia.

Recostado sobre el pasto estaba Lysander de Sagitario, de edad similar a su compañero. Yacía con las manos bajo la cabeza a modo de almohada improvisada, con los ojos cerrados y una ramilla de hierba seca entre los labios, vacilando al ritmo de su respiración pausada.

El silencio entre ambos era cómodo, fraternal. El tipo de silencio que solo puede existir entre hermanos de armas.

 

—Podría quedarme aquí todo el día —murmuró Lysander, sin molestarse en abrir los ojos. Su apariencia no era tan delicada como la de Feanor: lucía cabello castaño, cortado sin arte ni pretensión, y piel bronceada por incontables horas bajo el sol implacable del Santuario.

—Nuestro entrenamiento no fue muy agotador el día de hoy —respondió Feanor con voz tranquila, arrojando otra piedra que impactó el agua haciendo un plop satisfactorio—. Me temo que nos estamos convirtiendo en holgazanes.

Lysander soltó una risa breve, casi perezosa.

—Holgazanes con armadura de oro. No suena tan terrible.

Feanor no respondió de inmediato. Sus ojos de un azul glacial se perdieron en las ondas que se expandían sobre la charca, como si en ellas pudiera leer secretos que aún no se habían revelado. Una brisa suave agitó las ramas del pino ancestral, arrastrando consigo el aroma de resina y tierra seca.

Algo en el aire se sentía diferente, algo indefinible pero presente, como el olor metálico que precede a la tormenta. Pero Feanor no dijo nada, simplemente arrojó otra piedra y observó cómo el agua la tragaba sin dejar rastro.

Aquel descanso idílico fue interrumpido por la llegada de un tercer Santo de Oro, Eros de Piscis. Aunque era mayor que Lysander y Feanor, apenas pasaba los veinte años, y era considerado el Santo más hermoso entre los ochenta y ocho. Su cabellera larga y ondulada se derramaba sobre su espalda como seda líquida, casi albina, con reflejos de luz aterciopelada. La piel, blanca como leche recién ordeñada, contrastaba con sus labios rosados y carnosos. Sus ojos eran de un azul zafiro profundo y hechizante, capaces de desarmar con una sola mirada.

Su reputación de Santo implacable le precedía como un eco amenazador; aquella delicada apariencia no era más que el cascarón de porcelana que ocultaba a un guerrero temible e inexorable. Bajo esa belleza angelical latía un cosmos devastador, y quienes le subestimaban por su aspecto etéreo pronto descubrían que la muerte también puede tener un rostro hermoso.

—Jóvenes Santos de Oro, de pie. Hay deberes que cumplir —ordenó Eros con voz firme e imposible de ignorar—. Han sido elegidos para una misión de suma importancia.

Feanor se levantó de inmediato, y Lysander con una calma que rozaba la insolencia. La juventud de ambos se manifestaba de modos opuestos: el carácter apacible de Feanor contrastaba con la actitud rebelde y, a veces, desafiante de Lysander.

—Pequeño Lysander, tu actitud desafiante no me agrada —sentenció Eros con mirada teñida de hastío—. No quisiera tener que imponerte un poco de disciplina.

Lysander no respondió. Simplemente calló y clavó sus ojos en quien consideraba su igual. Pero, aunque el rango era el mismo, cada Santo de Oro desempañaba distintas funciones según la ocasión lo requiriera, por lo que a veces algunos quedaban bajo el mando de otros. Eso era algo que Lysander no soportaba, pues desde su perspectiva, el ego de ciertos Santos de Oro rozaba peligrosamente los límites del respeto, cuando no los cruzaba por completo. Y posiblemente Eros encabezaba esa lista.

Entre ambos ya había historia: roces anteriores, palabras ásperas apenas contenidas, miradas que prometían tormenta. Lysander lo consideraba un hombre egocéntrico, obsesionado con su propia imagen hasta el punto de la vanidad. Para el Santo de Sagitario, el campo de batalla exigía sacrificio; había que sangrar, había que ensuciarse, había que llevar el polvo de la guerra como insignia de honor. Pero Eros sostenía una filosofía diametralmente opuesta, pronunciada con esa sonrisa serena que tanto irritaba a Lysander: “La verdadera gracia de las batallas es mantenerse inmaculado”. Como si la guerra fuera un baile, como si la muerte pudiera esquivarse sin mancharse las manos.

Esa diferencia de credos había creado entre ellos una grieta invisible pero profunda, una tensión silenciosa que ahora vibraba en el aire. Lysander la sentía como la cuerda de su propio arco: tensa, temblorosa, a punto de liberarse.

Feanor, consciente de que la hostilidad entre ambos podía escalar en cualquier momento, decidió intervenir con su habitual diplomacia.

—Señor Eros —dijo con voz serena, inclinando levemente la cabeza en señal de respeto—. Agradeceríamos que nos informara sobre la naturaleza de esta misión.

Eros desvió su mirada hostil de Lysander y la posó sobre Feanor, suavizando apenas su expresión.

—Iremos a la Isla de la Reina Muerte —anunció con sequedad—. Yo lideraré esta misión.

Feanor frunció el ceño, sorprendido.

—¿Con qué propósito?

—A recuperar la armadura de plata de Crateris que ha sido robada —respondió Eros—. Anoche, un grupo de Santos fue atacado por una legión de Santos Negros en el trayecto de regreso desde Jamir, después de haber restaurado sus armaduras, maltrechas tras días de entrenamiento extenuante. En medio del caos, los atacantes se llevaron dicha armadura.

Feanor asintió lentamente, procesando la información.

—Ahora comprendo por qué debemos ir precisamente a esa isla. Es bien sabido que ese lugar es un nido de Santos Negros, una guarida donde se refugian tras sus fechorías.

 

Durante todo el intercambio, Lysander permaneció en silencio, con los brazos cruzados y la mirada fija en Eros. No intervino, pero su atención fue absoluta, como un cazador observando cada movimiento de su presa.

 

2.         La Oscuridad que Acecha

La carraca surcaba las aguas plomizas del Pacífico Sur con la terquedad de una bestia herida. Su casco de madera oscura, carcomido por la sal y el tiempo, crujía con cada embestida de las olas, mientras las velas remendadas se hinchaban perezosamente bajo un viento tibio que arrastraba olor a algas podridas y presagios. En la proa, erguido como mascarón de proa viviente, Eros de Piscis permanecía inmóvil, con su armadura dorada capturando los primeros rayos del amanecer como metal recién forjado, y la mirada fija en el horizonte. Más atrás, cerca de la popa, entre rollos de cuerda áspera y barriles manchados de brea, Lysander y Feanor aguardaban en silencio, con sus propias armaduras centelleando con destellos apagados; la distancia entre los Santos no era solo física. A lo lejos, apenas visible entre la bruma que se aferraba al horizonte como sudario, se alzaba la silueta irregular de la Isla de la Reina Muerte: un promontorio rocoso y hostil, coronado por acantilados negros que parecían dientes carcomidos emergiendo de las fauces del mar. En su centro, una columna de humo oscuro se elevaba perezosamente hacia el cielo. Faltaba muy poco para arribar.

—Me parece una exageración que tres Santos de Oro acudamos a la dichosa isla —dijo Lysander, con los brazos recargados en la borda del barco, observando el azul profundo del océano donde las olas morían en espuma blanca—. Los Santos Negros no suelen ser más que lacras cuyas hazañas se reducen a fechorías de poca monta.

—Te equivocas —respondió Feanor, acomodándose junto a él en el borde carcomido por la sal—. Mientras dormías en cubierta, sostuve conversación con Eros. Como bien sabes, el Gran Patriarca puede leer el movimiento de las estrellas y anticiparse a catástrofes que amenacen el equilibrio del mundo. Según sus palabras, los astros revelaron la congregación de un ejército de Santos Negros tan vasto que podría engullir al Santuario completo, como una marea negra devorando la luz.

Hizo una pausa, midiendo sus palabras.

—Si bien la misión oficial es recuperar la armadura de plata, nuestra verdadera tarea es investigar qué se gesta en esa tierra maldita.

—¿Tantos Santos Negros? —Lysander frunció el ceño, incrédulo—. ¿Es posible siquiera?

Normalmente rehuía de los libros y la teoría, prefiriendo templar su cuerpo en el campo de entrenamiento antes que pudrir su vista entre pergaminos mohosos. Si hubiera dedicado más tiempo a las polvorientas bibliotecas del Santuario, sabría que no solo era posible, sino que semejante cataclismo tenía nombre propio: Guerra Negra.

—Hace cuatro siglos —continuó Feanor con voz grave—, un cataclismo sumió al mundo en tinieblas. La guerra entre los Santos de Athena y los Santos Negros fue tan cruenta que los ríos corrieron rojos y las ciudades ardieron como piras funerarias. Ese evento fue bautizado como la Segunda Guerra Negra. Por las palabras de Eros, el Gran Patriarca teme que se esté gestando una tercera. El movimiento de las estrellas ha revelado esa oscuridad acercándose, paciente y hambrienta.

—¿Oscuridad? —Lysander soltó una risita seca, desprovista de humor—. ¿Sabes dónde yo veo oscuridad?

Dirigió la mirada hacia la proa, donde la figura solitaria de Eros se alzaba inmóvil contra el horizonte iluminado por el alba. El viento agitaba su cabellera plateada como estandarte de guerra, y su postura erguida, casi hierática, destilaba una arrogancia silenciosa que irritaba profundamente a Lysander. Ahí estaba: hermoso, inmaculado, intocable, como si la guerra fuera un espectáculo y él su protagonista indiscutible.

—¿Qué es lo que te provoca desconfianza? —preguntó Feanor, siguiendo la dirección de su mirada.

—La vanidad es un pecado capital —respondió Lysander sin apartar los ojos de la silueta dorada—. Además, no necesito descifrar los mensajes crípticos de las estrellas para ver la oscuridad en las personas. Me basta con mirarles a los ojos.

 

3.         La Isla de la Reina Muerte

La carraca encalló en una playa de arena negra con un crujido sordo que resonó como queja de bestia moribunda. Los soldados rasos del Santuario que fungían como tripulación se apresuraron a asegurar el navío, lanzando amarras y echando el ancla mientras las olas lamían el casco con lenguas espumosas. Eros fue el primero en descender. Sus botas se hundieron levemente en la arena volcánica que despedía un calor latente incluso bajo la luz pálida del alba. Lysander y Feanor le siguieron en silencio.

—Permanezcan aquí —ordenó Eros a los soldados sin voltear siquiera—. Nadie desembarca. Si no regresamos al atardecer, zarpen de vuelta al Santuario e informen al Gran Patriarca.

Los soldados rasos asintieron con expresiones sombrías, conscientes de que adentrarse en aquella tierra maldita era tarea que solo los Santos podían asumir. Observaron en silencio mientras las tres figuras doradas se alejaban hacia el interior de la isla, tragadas gradualmente por la bruma sulfurosa que emanaba de las entrañas de la tierra.

El paisaje que se extendía ante ellos era una visión del infierno mismo. El suelo abrasador irradiaba un calor sofocante que hacía vibrar el aire en ondas distorsionadas, como si la realidad misma se derritiera bajo el peso de aquel horno natural. A lo lejos, el volcán escupía columnas de humo negro hacia el cielo naciente y, de cuando en cuando, vomitaba rocas incandescentes que trazaban arcos de fuego antes de estrellarse contra la tierra con estruendos sordos. Una lluvia de ceniza caía constantemente, cubriendo todo con un manto grisáceo que ahogaba cualquier rastro de vida.

Los prados, si así podían llamarse, eran extensiones yermas de hierba calcinada y arbustos retorcidos que se aferraban a la existencia con desesperación patética. Ni un solo pájaro surcaba aquellos cielos cargados de azufre. Ni un insecto zumbaba entre las rocas ennegrecidas. Solo el silencio pesado, roto únicamente por el rugido lejano del volcán y el crujir ocasional de la tierra bajo sus pies. La Isla de la Reina Muerte hacía honor a su nombre.

Avanzaron en silencio durante varios minutos, con el crujir de sus pasos sobre la ceniza y las rocas chamuscadas como único sonido más allá del rugido distante del volcán. Finalmente, Eros se detuvo en un claro donde tres senderos apenas visibles se bifurcaban hacia distintas direcciones, marcados por formaciones rocosas ennegrecidas que se alzaban como centinelas pétreos.

—Nos separaremos aquí —anunció Eros, con su voz cortante como filo de espada—. Cubriremos más terreno y aumentaremos nuestras posibilidades de encontrar la armadura de Crateris o cualquier rastro de los Santos Negros que habitan esta isla.

Señaló hacia el norte, donde la silueta del volcán dominaba el horizonte con su presencia amenazante.

—Yo me dirigiré hacia el volcán. Es el lugar más probable donde establezcan su guarida.

Giró levemente hacia Feanor.

—Tú tomarás el camino del oeste.

Feanor asintió con calma.

—Entendido.

Eros clavó su mirada en Lysander.

—Y tú irás hacia el este.

Lysander sostuvo la mirada de Eros por un instante que pareció extenderse más de lo necesario. Finalmente asintió, seco y sin palabras.

—Manténganse alerta. Si encuentran algo, háganlo saber. Nos reuniremos aquí antes del atardecer; no debería tomarnos más tiempo cubrir el total de la isla —concluyó Eros—. Si alguno no regresa para entonces, los otros dos iniciarán la búsqueda.

Sin esperar respuesta, Eros se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el norte. Su figura dorada se perdió gradualmente entre las columnas de humo y ceniza. Feanor intercambió una breve mirada con Lysander, una despedida silenciosa entre hermanos de armas, antes de dirigirse hacia el oeste.

Lysander se quedó solo, observando cómo ambas figuras se desvanecían en direcciones opuestas. Finalmente, giró hacia el este y comenzó su propio camino, adentrándose en las entrañas de la Isla de la Reina Muerte.

 

4.         Dragones Negros

Lysander avanzaba por el borde de un acantilado que se alzaba sobre un abismo de roca negra y vapores sulfurosos. El sendero era angosto, apenas lo suficiente para caminar sin perder el equilibrio, y a su izquierda el vacío se abría como las fauces de un leviatán hambriento. La ceniza caía en copos silenciosos, cubriendo las piedras con un manto grisáceo que amortiguaba el sonido de sus pasos.

De pronto, percibió una presencia y se detuvo en seco. El silencio de la isla se quebró con un siseo grave, como el de mil serpientes desperezándose al unísono. Del cielo plomizo emergieron decenas de dragones negros, criaturas serpentinas y esqueléticas que flotaban en el aire con movimientos ondulantes, sus cuerpos alargados se retorcían como látigos vivientes. No tenían alas visibles, pero levitaban con una gracia antinatural mientras sus ojos carmesí brillaban con hambre voraz.

Se abalanzaron sobre él como una marea negra. Lysander reaccionó por instinto, su cosmos dorado estalló a su alrededor en una llamarada de luz cegadora. Cerró el puño y lo lanzó hacia adelante con fuerza devastadora:

—¡ATOMIC THUNDERBOLT!

Decenas de esferas de luz dorada se materializaron desde su puño, y se lanzaron hacia las serpientes oscuras como meteoros incandescentes, cruzando el aire en trayectorias perfectas. Los impactos fueron brutales; cada esfera explotó al contacto con los dragones negros, desgarrando sus formas serpentinas y haciéndolos retroceder con chillidos agudos y estridentes. Los dragones se dispersaron heridos, pero no destruidos; reptaban en el aire como sombras mutiladas.

Quedaron flotando en círculos sobre él, como buitres acechando carroña. Sus siseos se convirtieron en un coro siniestro que resonaba contra las paredes del acantilado.

De entre la masa ondeante de dragones negros emergió una criatura diferente, más grande y más poderosa. Un dragón serpentino cuyo cuerpo se retorcía con la fuerza de un torrente oscuro, y cuyas escamas negras brillaban como obsidiana pulida. Sus ojos carmesí ardían con inteligencia maligna, y de sus fauces abiertas brotaba una oscuridad tangible que parecía devorar la luz misma.

Lysander apenas tuvo tiempo de alzar la guardia cuando la bestia se lanzó sobre él como un rayo negro. El dragón lo embistió con la fuerza de un ariete divino y su masa compacta de cosmos oscuro se estrelló contra el pecho del Santo de Oro, el estruendo hizo temblar las rocas. Sintió cómo sus costillas crujían bajo la armadura y cómo el aire escapaba de sus pulmones en una exhalación violenta; su cuerpo salió despedido hacia atrás como una muñeca de trapo, cruzó el borde del acantilado y cayó.

Su figura dorada desapareció en las profundidades de humo y tinieblas, mientras arriba, los dragones negros seguían girando en círculos silenciosos, observando.

Lysander cayó durante lo que pareció una eternidad, el viento silbaba en sus oídos mientras el abismo lo devoraba. Finalmente impactó contra algo que cedió bajo su peso con un crujido seco y grotesco, como el de mil ramas quebrándose al unísono.

Se incorporó con dificultad, aún aturdido por el golpe. Su armadura dorada había absorbido la mayor parte del impacto, pero sus costillas protestaban con cada respiración. Entonces bajó la mirada y el horror lo golpeó como un puñetazo: cráneos, miles de ellos.

Se extendían en todas direcciones hasta donde la oscuridad del fondo del acantilado lo permitía, formando una montaña macabra de huesos humanos blanqueados por el tiempo. Cuencas vacías lo observaban desde todos los ángulos, mandíbulas rotas sonreían sin labios, fragmentos de cráneos infantiles se mezclaban con los de adultos en un mosaico de muerte indiscriminada.

—¿Qué demonios...? —murmuró Lysander. Su voz era apenas audible.

¿Una ofrenda? ¿Un sacrificio masivo a alguna entidad oscura? ¿Los restos de quienes habían osado pisar esta isla maldita antes que él?

El silencio del abismo fue roto por un siseo familiar y Lysander alzó la vista. Los dragones negros que momentos antes giraban como buitres sobre el borde del acantilado ahora descendían en espiral, serpenteando por el aire con movimientos hipnóticos, y uno a uno tocaron la alfombra de cráneos para transformarse. Las formas serpentinas se retorcieron, se compactaron y se solidificaron mientras la oscuridad tangible que las componía se moldeaba en figuras humanas. De las sombras emergieron hombres vestidos con armaduras negras como la noche, no simples guerreros, sino Santos Negros portando armaduras que remedaban las constelaciones sagradas pero corrompidas, retorcidas, manchadas por el cosmos oscuro que los animaba: Dragones Negros.

Docenas de ellos rodearon a Lysander en un círculo perfecto, con sus ojos brillando con la misma luz que habían tenido en forma de bestias, permaneciendo inmóviles mientras lo observaban en silencio como depredadores evaluando a su presa. Hasta que finalmente decidieron atacar.

El primero que se lanzó sobre él perdió la mandíbula de un puñetazo. El cosmos dorado de Lysander estalló a su alrededor como una llamarada descontrolada, y su puño se hundió en el rostro del Dragón Negro con la fuerza de un meteorito. El crujido del hueso fue grotesco, seguido por el chillido ahogado del guerrero mientras salía despedido hacia atrás, estrellándose contra la montaña de cráneos que explotaron en fragmentos blanquecinos bajo el impacto.

Los demás atacaron al unísono. Lysander giró sobre sus talones y su codo se estrelló contra el cráneo de otro atacante. La armadura negra se abolló como metal podrido, y el guerrero cayó de rodillas con los ojos en blanco antes de desplomarse entre los huesos. Un tercero intentó golpearlo por la espalda, pero Lysander lo interceptó con una patada giratoria que le destrozó las costillas con un chasquido seco y nauseabundo. El cuerpo voló varios metros antes de estrellarse contra la pared del acantilado, dejando una mancha oscura en la roca negra. Eran rápidos, coordinados, pero carecían de la fuerza verdadera de un Santo de Oro.

Dos Dragones Negros atacaron simultáneamente desde flancos opuestos. Lysander esquivó el primero con un movimiento mínimo, dejando que su puño cortara el aire vacío, y respondió con un gancho ascendente que le arrancó varios dientes y lo envió girando por los aires como muñeco roto. El segundo logró conectar un golpe contra su hombro, pero la armadura dorada absorbió el impacto sin inmutarse. Lysander lo agarró del brazo, lo jaló hacia sí y le estrelló la rodilla en el rostro con tanta fuerza que el casco de la armadura negra se partió en dos como cáscara de nuez: la sangre comenzó a manchar los cráneos bajo sus pies.

Cuatro más se abalanzaron en formación, intentando abrumarlo con números, pero Lysander los recibió sin retroceder un solo paso. Su puño izquierdo se hundió en el abdomen del primero, atravesando la armadura como si fuera papel, y el guerrero escupió sangre antes de doblarse sobre sí mismo. Un codazo lateral destrozó la nariz del segundo, seguido por una patada que quebró la pierna del tercero con un crujido repugnante que resonó en el abismo. El cuarto intentó esquivar, pero Lysander lo alcanzó con un uppercut que lo levantó del suelo antes de estrellarlo de vuelta contra la montaña de huesos con violencia brutal.

Uno tras otro caían, sus cuerpos se desplomaban entre los cráneos milenarios, añadiendo nuevos cadáveres a la pira de muerte que alfombraba el fondo del abismo.

Lysander se movía como una tormenta dorada entre sombras negras, cada movimiento calculado para destruir, cada golpe diseñado para quebrar. No había elegancia en su pelea, no había la gracia que Eros tanto alardeaba. Solo existía violencia pura, eficiente, letal. Un Dragón Negro intentó atacarlo por la espalda, y Lysander giró lo suficiente para atrapar su puño en el aire, retorció su brazo hasta que el hueso se quebró con un crujido húmedo, y lo lanzó contra dos de sus compañeros que venían en su ayuda: los tres se estrellaron en un montón de armaduras abolladas y extremidades rotas.

Diez cayeron, luego quince, luego veinte. Los cráneos bajo sus pies ahora estaban manchados de rojo y negro, la sangre se mezclaba con la ceniza en un lodo grotesco. Cuerpos de Dragones Negros yacían dispersos por todo el fondo del abismo, algunos retorciéndose débilmente, otros completamente inmóviles, con sus armaduras destrozadas y sus huesos quebrados asomando entre las grietas del metal corrupto.

Pero aún quedaban cerca de veinte en pie, reagrupándose con cautela, observándolo con ojos llenos de furia e incertidumbre.

Lysander respiraba pesadamente, no por cansancio sino por la adrenalina que rugía en sus venas. Su armadura dorada estaba salpicada de sangre ajena, y sus puños goteaban carmesí sobre los cráneos blanqueados. Clavó su mirada en los que quedaban en pie. Su rostro era tan implacable como la roca del acantilado.

—Suficiente —gruñó.

Su cosmos comenzó a arder con mayor intensidad, la luz dorada se expandía a su alrededor como un sol en miniatura. Los Dragones Negros retrocedieron instintivamente, sintiendo el poder que se acumulaba en el cuerpo del Santo de Oro.

Lysander levantó el puño, y su voz resonó en el abismo con autoridad absoluta:

—¡INFINITY BREAK!

Una energía cegadora de luz dorada envolvió su brazo como llamarada viva, y en un instante estalló en cientos de flechas luminosas que surcaron el aire en todas direcciones. Las saetas de cosmos puro atravesaron los cuerpos de los Dragones Negros como si sus armaduras fueran pergamino, perforando pechos y extremidades con precisión. Los guerreros se convulsionaron violentamente mientras la luz los traspasaba una y otra vez, mientras sus gritos se ahogaban en el rugido de la técnica.

Fue un espectáculo devastador y hermoso a la vez: una lluvia de estrellas fugaces cayendo en medio del abismo, cada destello dorado marcando el fin de un enemigo. Los cuerpos de los Dragones Negros se desplomaron simultáneamente, sus armaduras perforadas tintineaban contra los cráneos mientras la luz de las flechas se desvanecía lentamente, dejando solo humo y silencio.

—Creo que esos eran todos —Lysander bajó el brazo. Su respiración era controlada, y su cosmos aún ardía con poder residual.

El abismo quedó en silencio absoluto, roto únicamente por el crujir ocasional de alguna armadura destrozada. Hasta que el enorme dragón negro que lo había arrojado al abismo finalmente descendió también, serpenteando por el aire con movimientos lentos y deliberados. Al tocar la alfombra de cráneos, la criatura se retorció sobre sí misma y su forma se compactó, transformándose en figura humana. Pero cuando la oscuridad se disipó, lo que emergió no portaba una armadura que imitaba el bronce como sus subordinados caídos: imitaba el oro.

Lysander entrecerró los ojos.

—Finalmente te muestras, ahora que tus lacayos han caído —dijo con voz fría—. ¿Me dirás tu nombre, o morirás anónimo como ellos?

El Santo Negro inclinó levemente la cabeza. Una sonrisa sutil curvó sus labios, cargada de arrogancia tranquila.

—¿Tan ansioso estás de saber quién te enviará a la tumba? —Su voz era grave, casi cortés, pero destilaba veneno—. Pon atención, porque serán las últimas palabras que escuches —dio un paso adelante. Los cráneos crujieron bajo su bota—. Mi nombre es Mordred de Capricornio, la Espada Negra de la Noche Eterna.

 

En el fondo de un abismo olvidado, sobre una montaña de cráneos que testimoniaba siglos de muerte, un Santo de Oro enfrentaba la primera encarnación verdadera de las tinieblas que habían estado acechando en las sombras. Ya no eran susurros lejanos ni presagios vagos. Eran acero negro, cosmos corrupto y ojos carmesí ardiendo con hambre de destrucción.

Mordred de Capricornio no era un simple ladrón de armaduras ni un saqueador errante. Era la vanguardia de algo mucho más vasto, la punta de lanza de una oscuridad que se había estado congregando pacientemente más allá del horizonte, esperando el momento preciso para devorar la luz.

Y mientras Lysander preparaba su cosmos para el enfrentamiento que definiría si viviría para advertir al Santuario o si su nombre sería el primero pronunciado en lamento, la cruel verdad se volvió innegable: la paz había terminado. El ejército de Athena ya no estaba completo, aunque aún no lo supiera. Las tumbas pronto profanarían la tierra sagrada, y las armaduras vacías comenzarían a acumularse en los templos.

La guerra había comenzado, y la sangre ya manchaba las piedras de esta isla maldita. Aquellos últimos días de calma no habían sido un regalo. Habían sido, como siempre lo son, una cruel despedida.

 

 

 

"El destino baraja las cartas, pero nosotros jugamos la mano." — Arthur Schopenhauer.


Editado por Cástor_G, 16 February 2026 - 12:58 pm.


Capítulo 13: UNA NOCHE EN EL CASTILLO
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#6 seyga09

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Publicado 16 February 2026 - 17:26 pm

hola interesante el capitulo, yo en mi fic tambien tengo un personaje llamado Lysander, lo tengo como el caballero de plata de Orion, tu forma de narrar me gusta aunque sería bueno separar los dialogos con espacios de punto y aparte pero es cada quien su forma de escribir, animo. :edtd1:


Recuerda que no es lo que te pasa lo que te Afecta sino el como reaccionas a eso lo que te pasa 

Fic: https://saintseiya.c...dioses-vs-gaia/


#7 ALFREDO

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Publicado 16 February 2026 - 17:44 pm

Hola Castor por aquí andamos con la primera revisión del capitulo 1. En sí me parece un poco largo para el comienzo pero había olvidado q así escribías.

Se habló por ahí q hubo antes como dos guerras oscuras significa q el santuario tiene contacto con la isla deatqueen desde hace bastante tiempo si ya hubo dos conflictos antes y ahora se venía el tercero.

Recuerdo muy bien a tus dorados como Sagitario y Leo, pero creo q es primera vez q escribes de Capricornio Negro y Eros qué imagino se convertirá en santo negro en algún momento.

En si me pareció más un capítulo transitivo mas q un comienzonde historia jaja.
La misión por el robo del cloth de copa es solo fachada intuyo.
Me pareció bueno los combates contra los dragones negros, me agrada q salgan bestia ya q en este universo mitologico deberían ser muy común.

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#8 Cástor_G

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Publicado 16 February 2026 - 21:38 pm

hola interesante el capitulo, yo en mi fic tambien tengo un personaje llamado Lysander, lo tengo como el caballero de plata de Orion, tu forma de narrar me gusta aunque sería bueno separar los dialo[...]

 

Hola, bienvenido!

 

 

Gracias por comentar. Que curioso lo del nombre, porque realmente no tiene mucho peso mitológico, pero mucho significado. Un gran casualidad. Lo de los puntos no lo entendí muy bien, te refieres a un estilo más de "guión"? o.o


Hola Castor por aquí andamos con la primera revisión del capitulo 1. En sí me parece un poco largo para el comienzo pero había olvidado q así escribías. Se habló por ahí q hubo antes como dos guerr[...]

 

wena

 

-Si, efectivamente, ya ocurrieron dos Guerras Negras. En esta historia, aunque siempre haya Santos Negros rondando por ahí (En Death Queen o en otros lugares), no siempre existen Guerras Negras. Estas solo se denominan así cuando el ejercito de Santos Negros es tan vasto que pone en jaque al Santuario.

-Capricornio Negro aparece por primera vez en este fic, pero Eros de Piscis sí aparece en el fic principal, aunque brevemente.

-Es el inicio de un mini arco juju.

-Posiblemente.

-A mí también siempre me ha gustado el uso de bestias fantasticas/mitológicas, ya sean reales o como muestra del cosmos. Así que o serán casos aislados.

 

Saludos!



Capítulo 13: UNA NOCHE EN EL CASTILLO
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#9 Rexomega

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Publicado 18 February 2026 - 15:07 pm

Saludos

 

Me acuerdo de Feanor, aunque mi cabeza lo lee como Fëanor. No podría concebirse un mejor nombre para un santo de oro, ¡grande Tolkien!

 

Me acuerdo de Lysander, antes Deos. Cuesta creer lo hondo que meterá la pata este chico, como lo impulsivo y violento que es en este capítulo. Igual que te dije en su aparición en Cosmo Wars, leo ese nombre y me acuerdo de Lisandro, de la Saga de Eduardo Castro: hijo de Shaina e Ikki, esposo de Asuka Langley. 

 

Eros me quiere sonar. Ya veo que no es cosa mía.

 

Está muy bien el capítulo primero, con su toque de misterio y de acción. Todo en uno. Mi cabeza ya estaba pensando "¿Qué pintan tres santos de oro en una misión de este calibre, si los santos negros no son una amenaza tan grande?" y viene lo que más me gusta de una historia de SS. ¡Lore! ¡Mi propia historia habría durado la mitad de no ser por lo mucho que me gusta adentrarme en el trasfondo de un universo tan rico como lo es el de SS! O, bueno, como lo era, hasta que Kurumada hizo que se centrara todavía más en Hades con sus secuelas, precuelas y ediciones. Pero me desvío. Guerras Negras, hubo esta, una segunda que fue terrible y... ¿Qué hay de la primera? ¿Llegaremos a saber algo? Me causa mucho interés, más que Hades, aunque eso ya no es novedad hoy en día.

 

No sé si es mi subconsciente que recuerda algo de Eros, pero me huele más mal que pescado podrido todo esto. Como sea un traidor verás qué risas.

 

Toda la parte del dragón negro, 10/10, aunque abusas de la expresión "como" un tanto. ¡Bienvenidas sean las criaturas mitológicas en Saint Seiya! Y ver a tantos Dragones Negros me remonta a los Fénix Negros que producía Ikki en vaya uno a saber qué fábricas. La guinda del pastel está en Mordred de Capricornio Negro, no solo por las posibilidades de que haya guerreros del nivel del zodiaco en Reina Muerte, sino por el nombre escogido. ¿Cómo se llamarán los demás, si hay?

 

Por cierto, un viejo compañero del foro, Killcrom, te manda saludos y te desea mucho éxito en tu nueva obra.


Editado por Rexomega, 18 February 2026 - 15:20 pm.

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#10 Cástor_G

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Publicado 18 February 2026 - 23:42 pm

Saludos   Me acuerdo de Feanor, aunque mi cabeza lo lee como Fëanor. No podría concebirse un mejor nombre para un santo de oro, ¡grande Tolkien!   Me acuerdo de Lysander, antes Deos. Cuest[...]

 

Hola!

 

-En el fic original lo escribía así "Fëanor", pero decidí cambiarlo. o.o

-Lysander es muy joven aún, mi intencón es mostrar que su tecnica no está pulida, es brusco, pero no disfruta la sangre a pesar de verse violento en combate jeje.

-Eros aparece en Cosmo Wars (No así en la primera versión Three Wars), pero brevemente en dos o tres capítulos. Pero es mejor que no lo recuerdes, así no recuerdas en qué circunstancías está en la actualidad (del fic). :D

-Fue precisamente el estar pensando en el lore detrás de esa guerra diez años atrás, por lo que las ideas que venían iban más por ese lado, y no tanto del lado de Hades, hasta el punto que me pareció más interesante ahondar en esa "oscuridad" (Y todo lo que conlleva) y dejár descansar  Hades un rato. Tampoco pretendo extenderme mucho, solo lo suficiente...

-Muletilla anotada :D. De hecho justamente tomé en cuenta los clones del fénix para mostrar harta carne de cañón aquí. Habrá abundancia de dragones negros, cisnes negros, unicornios, andrómedas, etc. Un detalle que me gustó además del animé clásico, aunque sea relleno (el cual normalmente nunca defiendo), es que Docrates tuviera subordinados con armaduras oscuras similares a la suya. Por eso elegí a los dragones negros como subordinados de Capricornio Negro.

-Salúda a Killcrom de mi parte también! Invítalo, que salga del retiro! Revivamos este espacio agónico entre todos XD.

 

 

Gracias y Saludos!



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#11 seyga09

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Publicado 19 February 2026 - 17:21 pm

Hola, bienvenido!     Gracias por comentar. Que curioso lo del nombre, porque realmente no tiene mucho peso mitológico, pero sí mucho significado. Un gran casualidad. Lo de los puntos no l[...]

es correcto, si manejas guion, o sea que los personajes hablen por en la lectura, pero en mi caso por ejemplo, aparto las conversaciones de la narracion, con punto y aparte, te invito a leer algun capitulo de mi Fic y me comentas...


Recuerda que no es lo que te pasa lo que te Afecta sino el como reaccionas a eso lo que te pasa 

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#12 Cástor_G

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Publicado 24 February 2026 - 00:16 am

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Capítulo 2:

El Fantasma del Crepúsculo

 

Hay momentos en los que la historia no se escribe con palabras, sino con sangre. La primera gota derramada marca el inicio de algo que ya no puede detenerse, como una grieta invisible que recorre el mármol de un templo milenario. Aún no se ve el derrumbe, aún no se escuchan los lamentos, pero la fractura ya existe, profunda y silenciosa, esperando el momento preciso para ensancharse y tragarse todo lo que alguna vez fue sólido.

 

1. Serpientes Negras

Eros de Piscis avanzaba en silencio. Sus pasos se hundían en un sendero áspero de tierra oscura y piedra volcánica, un camino irregular que parecía haber sido moldeado más por la furia del mundo que por manos humanas. Cada pisada levantaba un polvo fino y grisáceo que se adhería a la base dorada de su armadura como ceniza antigua. El aire era denso y sofocante, saturado por el calor que emanaba de la isla misma. Bajo la corteza de piedra volcánica, corrientes de lava fluían sin descanso, calentando el suelo hasta hacerlo casi hostil al contacto. No era un calor sobrenatural, sino el aliento constante de un volcán que jamás dormía.

A cada paso, el terreno cambiaba. La tierra cedía lentamente su lugar a los restos de un pavimento olvidado: baldosas de piedra resquebrajadas, comidas por el polvo y el tiempo, cubiertas de grietas que parecían venas secas sobre la piel del mundo. No seguían un patrón reconocible; no eran griegas, ni romanas, ni pertenecían a civilización alguna que Eros hubiera estudiado en los registros del Santuario. Eran vestigios de algo que había existido antes de que los nombres actuales tuvieran significado, antes de que las armaduras respondieran al llamado de Athena y los Santos caminaran como tales por el mundo.

Los pilares aparecieron después. Columnas derruidas, partidas a la mitad, algunas apenas en pie, otras reducidas a fragmentos enterrados en la ceniza endurecida. No sostenían nada ya, pero aun así conservaban una dignidad silenciosa, como guardianes que se negaban a abandonar su puesto pese a que el reino al que servían había sido borrado de la historia. Entre ellas, el camino se estrechaba, obligando a Eros a avanzar por una especie de corredor funerario, flanqueado por ruinas que parecían observarlo.

Nada indicaba presencia reciente. Las ruinas yacían sumidas en un abandono solemne, como si el tiempo las hubiera reclamado por completo. Pero bajo esa quietud pesada, algo persistía: el lugar estaba lejos de estar muerto.

El cosmos de Eros vibró con una tensión casi imperceptible, como una cuerda afinada al límite. No era una amenaza abierta, sino una invitación. Una presencia que no se imponía… pero que esperaba.

Al final del corredor, entre pilares colapsados y los restos de un muro que alguna vez debió ser majestuoso, se alzaba un portal: dos estructuras de piedra oscura, altas y estrechas, enfrentadas entre sí, separadas por un vacío perfecto. No formaban un arco; no se tocaban.

Más allá del portal, el mundo no se extinguía. Entre las columnas enfrentadas, enmarcado como una visión deliberada, se alzaba el cono del volcán. Su silueta oscura dominaba el horizonte cercano, y desde su cima ascendía una columna constante de humo espeso que se confundía con el cielo ceniciento. Ríos de lava descendían por sus flancos, visibles incluso a la distancia, trazando venas incandescentes sobre la piel de la isla. El calor era tangible, pulsante, y el aire vibraba con una presión que parecía latir al mismo ritmo que la tierra.

Eros se detuvo frente al portal, y por primera vez desde que había puesto un pie en la isla, sonrió. No fue una sonrisa de burla ni de triunfo, fue un gesto leve, casi imperceptible, provocado por una sensación extraña en su pecho: como si su cosmos, sin que él lo ordenara, hubiera respondido a algo que lo estaba observando desde el otro lado.

Desde las sombras que se acumulaban entre los pilares derruidos, cuatro figuras emergieron sin anuncio alguno. No descendieron del cielo ni surgieron del suelo: simplemente estaban ahí, como si la isla los hubiera exhalado.

Vestían armaduras negras de líneas sinuosas, evocaciones corrompidas de la constelación de Andrómeda. Las cadenas que portaban no colgaban inertes; se deslizaban lentamente sobre la piedra, reptando con un sonido metálico bajo y constante, cual serpientes inquietas que olfatean sangre. Sus rostros estaban a la vista, tensos y concentrados, pero sus ojos carecían de emoción reconocible. Eros sintió sus miradas clavarse en él con una atención reverente y hostil a la vez.

Cerraron el cerco con pasos sincronizados, y las cadenas comenzaron a elevarse en el aire, vibrando suavemente, listas para atacar.

—Has caminado demasiado lejos, Santo de Athena —advirtió el más alto de los Santos Negros, con una sonrisa ladeada cargada de desprecio—. Este no es un sendero hecho para ustedes.

Eros no se inmutó. Sus labios se curvaron apenas, no en burla abierta, sino en una ironía serena que rozaba la condescendencia.

—¿Eso crees? —respondió con calma exquisita—. Y dime… ¿qué pretenden hacer al respecto?

Otro de los Santos Negros dio un paso al frente, tensando las cadenas que rodeaban sus brazos.

—Los Santos de Athena siempre han sido iguales —escupió—. Caminan hacia la boca del lobo creyéndose pastores, cuando no son más que corderos extraviados.

 

No hubo más advertencias. El aire vibró con un estallido de cosmos oscuro cuando los cuatro alzaron sus brazos al mismo tiempo.

—¡Black Mamba Spiral!

Las cadenas negras se dispararon en perfecta sincronía, cruzando el espacio como víboras liberadas de un mismo nido. No se limitaron a rodear a Eros: se enroscaron en su cuerpo con una precisión brutal, apretándose alrededor de sus extremidades, su torso y su cuello como serpientes vivas obedeciendo a una sola voluntad.

Por un instante, el Santo de Piscis quedó atrapado en una espiral de cadenas negras, aprisionado en el centro de un ritual de muerte perfectamente ejecutado. Pero Eros no se agitó cuando las cadenas negras se cerraron sobre su cuerpo. Permaneció erguido, inmóvil, como una estatua de mármol atrapada en un abrazo indigno. Solo entonces habló, y su voz fue suave, casi indulgente.

—¿Esto es todo? —dijo con una serenidad hiriente—. Creí que al menos habría algo de dignidad en quienes se atreven a interponerse en mi camino.

Las cadenas se tensaron, como si respondieran a una voluntad propia, apretándose con mayor fuerza alrededor de su torso y extremidades. El metal oscuro vibró, ansioso por quebrarlo, mientras que Eros, simplemente, suspiró.

—Pobres diablos… —añadió, con una leve sonrisa—. Ni siquiera son conscientes de lo lejos que están de merecer mi atención.

Entonces alzó apenas el rostro, y su cosmos se manifestó. No fue una explosión brutal, sino una floración.

De su armadura emanaron pétalos oscuros, suaves como terciopelo y afilados como cuchillas. Rosas negras brotaron alrededor de su cuerpo, girando con elegancia letal, exhalando un aroma dulce que impregnó el aire.

—¡Piranhan Rose!

Los pétalos envolvieron las cadenas negras. Al principio, estas resistieron, o lo intentaron. Luego, comenzaron a crujir.

—¿Qué… qué está pasando? —balbuceó uno de los Santos Negros, con la voz quebrándose mientras observaba cómo su arma era devorada.

 

Las rosas se aferraron al metal como enjambres hambrientos. Los pétalos rasgaron, mordieron, pulverizaron las cadenas, reduciéndolas a fragmentos ennegrecidos que cayeron al suelo como ceniza inútil.

Liberado, Eros dio un solo paso al frente, y las rosas negras cambiaron de objetivo. Se lanzaron sobre los cuatro Santos Negros con una gracia espantosa. Los pétalos se clavaron en las armaduras de Andrómeda, desgarrándolas como si fueran tela podrida. El metal chilló al abrirse, y debajo, la carne fue alcanzada sin piedad.

Gritos ahogados estallaron en el corredor de ruinas. Las rosas no cortaban: devoraban. Cada pétalo se movía cual piraña, arrancando fragmentos de carne, abriendo surcos sangrientos, despojando a los cuerpos de toda resistencia. Los Santos Negros cayeron de rodillas, atrapados en una danza de belleza y muerte imposible de detener.

En segundos, todo terminó. Los pétalos se disiparon lentamente en el aire, marchitándose antes de desaparecer.

Eros permaneció en pie entre los cuerpos destrozados, impecable. Ni una sola mancha de sangre había tocado su armadura.

—La verdadera tragedia —murmuró, observando los restos sin emoción— es confundir el atrevimiento con el valor.

El polvo volvió a asentarse sobre las baldosas rotas. Las ruinas quedaron en silencio otra vez, como si nada hubiera ocurrido… y, sin embargo, algo observaba desde más allá.

 

2. El Fantasma del Crepúsculo

No fue inmediato, pero Eros comenzó a sentirlo: una leve presión en el aire, como si la isla hubiera cambiado de ritmo. El viento seguía soplando entre las ruinas, el volcán continuaba rugiendo a lo lejos… y, aun así, algo estaba fuera de lugar.

Una vibración tenue alteró el espacio frente a él, como el espejismo que levanta el calor sobre la roca ardiente. La distorsión fue adquiriendo contorno hasta sugerir una silueta incierta, nacida del aire mismo.

La forma se definió poco a poco. Era una figura suspendida a escasa altura del suelo, inmóvil, con las piernas cruzadas en posición de loto. La túnica negra que la cubría parecía tejida con sombra y polvo antiguo, y sobre su superficie emergían símbolos dorados grabados con una precisión ritual: ojos abiertos y cerrados, círculos incompletos, patrones que no reclamaban ser leídos, sino sentidos.

A medida que la figura se volvía más nítida, aquellos símbolos comenzaron a emitir un brillo tenue, apagado, como oro viejo que aún conserva memoria del fuego.

La capucha ocultaba su rostro por completo; no había facciones bajo ella. Solo un vacío negro, profundo, que no reflejaba la luz del amanecer ni el resplandor del magma distante. Aquel espacio no pertenecía al mundo físico.

La figura flotaba en silencio absoluto, suspendida en el aire. Las leyes del peso parecían incapaces de reclamarla. La túnica negra que la envolvía se mecía con las corrientes calientes que ascendían desde la tierra volcánica, ondulando con una lentitud antinatural, como si el tiempo a su alrededor transcurriera a un ritmo distinto.

Permanecía inmóvil, ajena al paisaje de ruinas y cadáveres. El lugar no era su destino, apenas un punto de tránsito dentro de una geografía mucho más vasta.

No atacó, no habló, no reaccionó ante los cuerpos destrozados a su alrededor. Simplemente estaba allí. Sin embargo, su sola presencia alteraba el entorno. El aire parecía más denso, y el espacio entre ambos se sentía cargado de una expectativa incómoda, como el instante previo a una revelación inevitable.

Eros no retrocedió. Alzó la mirada con calma, estudiando aquella presencia sin apremio, sin desafío. No sintió hostilidad, pero tampoco alivio. Observó los símbolos dorados que recorrían la túnica, el fulgor apagado que latía en ellos como memoria antigua, y comprendió, sin saber por qué, que aquella entidad no había llegado tras la batalla: había estado observando.

La certeza se asentó en su mente con una claridad perturbadora: no estaba frente a un enemigo, ni ante un aliado, sino ante algo que medía, que sopesaba, que leía más allá de la carne y del cosmos.

La sensación de control, tan natural en él, cedió apenas, como un pétalo que acusa el peso de una lluvia demasiado fría.

—No todos los que empuñan la luz creen en ella —dijo la voz.

No surgió de un punto preciso, resonó a la vez en el aire, en las ruinas, en la quietud que separaba a ambos. Era un murmullo profundo, fragmentado por ecos superpuestos, como si varias gargantas hablaran al unísono desde una distancia imposible. No había boca que lo pronunciara. El vacío bajo la capucha permanecía inmóvil, insondable.

Eros entornó los ojos.

—No eres un Santo Negro —afirmó con calma—. Su presencia es burda, ruidosa. La tuya… no pertenece a este lugar.

La figura no se movió, pero la túnica onduló levemente, como si hubiera asentido sin necesidad de gesto alguno.

—Los nombres cambian según la era —respondió la voz—. Yo soy llamado el Fantasma del Crepúsculo.

Eros dio un paso al frente, sin bajar la guardia.

—Entonces dime qué eres en realidad —exigió—. Porque no hueles a sangre reciente, ni a ambición. Y, sin embargo, hay en ti algo más antiguo que esta isla… más viejo que nuestras guerras.

Hubo una pausa. No un silencio, sino una suspensión expectante, como si el mundo contuviera el aliento.

—He leído tu corazón —dijo el Fantasma—. No con palabras. No con juicios. Y he visto que no perteneces a nadie más que a ti mismo.

El gesto de Eros se endureció al instante.

—Cuidado —advirtió, con voz baja y peligrosa—. Hay límites que ni siquiera los dioses cruzan sin pagar un precio. Hurgar en la voluntad de un Santo de Athena es uno de ellos.

—No he buscado lealtades —replicó la voz, serena—. Las lealtades se juran, se heredan, se imponen. Yo he buscado convicción.

Eros esbozó una sonrisa fría, cargada de desprecio.

—Si necesitas buscarla entre los Santos de Athena, es porque tu causa carece de fuerza propia. Los ideales verdaderos no se mendigan.

La figura permaneció suspendida, impasible.

—No busco poder —respondió el Fantasma—. El poder siempre encuentra manos dispuestas a empuñarlo. Busco voluntades capaces de caminar más allá del bien y del mal… y de hacerlo sin mentirse a sí mismas. Cuando eso ocurre, incluso bandos opuestos pueden hallar provecho mutuo.

El viento caliente recorrió las ruinas. Las sombras parecieron alargarse.

—No tienes que responder ahora —continuó la voz—. Las decisiones que importan no nacen de la urgencia, sino de la claridad. El crepúsculo siempre regresa, Eros de Piscis.

La imagen comenzó a desvanecerse lentamente, como si se disolviera en la luz y el polvo al mismo tiempo. La túnica fue lo último en desaparecer, fundiéndose con el aire hasta no dejar rastro alguno.

Cuando todo terminó, el silencio volvió a reclamar el lugar. Eros permaneció inmóvil, con la mirada fija en el espacio vacío. No había aceptado nada, y tampoco había prometido nada. Sin embargo, por primera vez, una idea ajena había logrado atravesar su orgullo sin ser rechazada de inmediato.

 

3. Clarent

El silencio que siguió al nombre fue más peligroso que cualquier grito. El cosmos de Lysander respondió antes que su voluntad. Ardió en su pecho como una hoguera repentina, recorriéndole los brazos, tensándole los músculos, afinando los sentidos hasta volverlos casi dolorosos. El aire a su alrededor vibró, deformado por el choque de dos cosmos que aún no se tocaban, pero ya se reconocían como enemigos.

Mordred no adoptó postura de combate, ese fue el primer error. O al menos, así lo creyó Lysander.

El Santo Negro permanecía erguido sobre la montaña de cráneos, con una pierna adelantada, con el pie aplastando un cráneo resquebrajado bajo su peso. Su antebrazo descansaba con naturalidad sobre la rodilla alzada, relajado, como si aquel enfrentamiento no mereciera siquiera el gesto de prepararse.

—Te veo demasiado confiado —dijo Lysander, sin apartar la mirada—. ¿O es que no presenciaste cómo cayeron tus hombres?

Mordred ladeó apenas la cabeza, como si la pregunta le pareciera genuinamente curiosa.

—Ningún Santo de Athena puede amedrentarme —respondió con voz grave, serena—. Es más sencillo que tú caigas bajo el filo de mi espada… que yo bajo tus puños.

Sus palabras no eran una amenaza. Eran una constatación.

Mordred suspiró, casi aburrido, y retiró el antebrazo de su rodilla con un movimiento mínimo, perezoso, propio de quien aparta una molestia insignificante. No hubo estocada ni avance: solo un gesto breve, casi imperceptible, que trazó un arco en el aire.

Lysander sintió el impacto un instante después. Un silbido seco rasgó el espacio frente a su rostro, seguido de una presión súbita y helada. Dio un paso atrás por puro instinto, llevando la mano a la mejilla. Cuando apartó los dedos, estos estaban manchados de rojo. La herida era leve, apenas una línea fina, pero sangraba.

El dolor llegó tarde, punzante, acompañado de una certeza incómoda: aquel ataque no había sido dirigido a matarlo, había sido una advertencia.

—¿Qué… fue eso? —preguntó, sin apartar la mirada de Mordred—. Ni siquiera te vi atacar.

Mordred dejó escapar una exhalación lenta, controlada, como si el tiempo jugara a su favor. Sus ojos negros descendieron un instante hacia la sangre que ya oscurecía la ceniza, y luego regresaron a Lysander con una calma que no ofrecía concesiones.

—¿Te refieres a esto? —movió el brazo.

No fue un golpe, no fue un ataque reconocible: fue un destello.  Un rayo afilado atravesó el aire con un chasquido seco, invisible hasta que ya había pasado. Lysander sintió el impacto en la pierna un latido después. El dolor llegó como una quemadura súbita, precisa, y su cuerpo reaccionó antes que su mente. Retrocedió un paso y cayó de rodillas, llevando ambas manos al muslo; la armadura no cubría ese punto.

La sangre brotó entre sus dedos, oscura y caliente, empapando la ceniza bajo sus pies.

Lysander apretó con fuerza, respirando hondo, obligándose a no ceder. El suelo de cráneos crujió cuando tensó los músculos para mantenerse erguido. Y Mordred lo observaba sin prisa, con la misma calma con la que se contempla una grieta formándose en el hielo.

—No busques una hoja que no existe —dijo finalmente—. Clarent no se empuña, se manifiesta.

Levantó el brazo con lentitud deliberada, como si estuviera señalando algo que siempre había estado ahí, a la vista, esperando ser reconocido.

—En mis brazos y piernas habita Clarent —continuó—. La espada legendaria. Aquella que no solo corta la carne… sino la voluntad del hombre.

Sus ojos negros brillaron con un fulgor contenido.

—Y tú, Santo de Athena, ya has sentido su filo sin siquiera comprenderlo.

Lysander contrajo el rostro, obligando a sus piernas a responder. El dolor en el muslo era agudo, punzante, pero no insoportable. Había soportado cosas peores. Con un esfuerzo que hizo crujir los cráneos bajo sus pies, se incorporó lentamente, sin apartar la mirada de Mordred.

La sangre corría por su pierna, empapando la ceniza, tiñéndola de un rojo oscuro que se expandía en círculos irregulares. Respiró hondo, dejando que el aire caliente llenara sus pulmones, y su cosmos respondió con un rugido silencioso.

—Aunque veas la sangre correr de mi cuerpo como ríos —dijo, con voz firme pese al dolor—, no tienes la pelea ganada.

Dio un paso adelante, tambaleándose apenas, pero sin retroceder.

—Y aunque cortes mi cuerpo, Mordred… —su cosmos comenzó a arder con mayor intensidad, envolviéndolo en un aura dorada que hizo vibrar el aire a su alrededor— no voy a permitir que cortes mi voluntad.

Mordred no respondió, simplemente lo observó con esa calma inquebrantable, esperando.

Lysander cerró el puño derecho y lo lanzó hacia adelante con toda la fuerza que pudo reunir. Su cosmos estalló en una llamarada cegadora.

—¡ATOMIC THUNDERBOLT!

Incontables esferas de luz dorada se materializaron desde su puño, disparándose hacia Mordred como una lluvia de meteoros incandescentes. Cruzaron el espacio en trayectorias perfectas, cada una capaz de pulverizar roca, de atravesar armaduras, de desgarrar carne y hueso.

El aire silbó con el paso de los meteoros, y el abismo se iluminó como si el sol mismo hubiera descendido a sus profundidades.

Mordred no se movió de su posición, su cuerpo pareció danzar.

Sus brazos se alzaron con una fluidez imposible, trazando arcos en el aire que parecían seguir una coreografía antigua. Sus piernas se desplazaron en movimientos precisos, girando, pivotando, sin abandonar jamás la gracia de quien conoce cada paso de antemano. No había espada visible en sus manos, pero el aire a su alrededor estalló en destellos metálicos.

Cling. Cling. Cling.

Cada esfera de luz dorada fue interceptada y cortada. Dividida en fragmentos que se dispersaron como chispas antes de desvanecerse en la nada.

Los brazos de Mordred se movían como cuchillas fantasmales, describiendo figuras geométricas perfectas. Sus piernas completaban la secuencia con patadas que rasgaban el espacio, liberando filos invisibles que segaban los meteoros en pleno vuelo.

Lysander observó, atónito, cómo cada uno de sus ataques era desmembrado antes de alcanzar su objetivo. La lluvia dorada se extinguió tan rápido como había comenzado. Los últimos fragmentos de luz se apagaron en el aire, y el silencio regresó al abismo.

Mordred descendió su brazo lentamente, regresando a una postura relajada, casi indiferente. Ni siquiera respiraba con dificultad. Su armadura negra permanecía intacta, inmaculada, sin una sola marca.

Lysander sintió cómo la incredulidad se instalaba en su pecho como un puño de hielo.

—Imposible… —murmuró, con la voz apenas audible—. Cortaste… todos y cada uno…

Mordred inclinó levemente la cabeza, como si estuviera evaluando si la demostración había sido suficiente.

—Te advertí —dijo con voz serena—. Clarent no es una espada que se empuña. Es una extensión de mi voluntad. Cada movimiento de mis extremidades libera su filo. Y ese filo… —hizo una pausa deliberada— no conoce límites.

Levantó un brazo, señalando vagamente hacia Lysander.

—Tus ataques son predecibles y directos. Honestos, incluso. Pero contra una espada que corta antes de que puedas verla, la honestidad solo te condena.

Lysander sintió cómo la frustración trepaba por su pecho como hiedra venenosa. Cada ataque, cada golpe que había lanzado con la certeza de conectar, había sido reducido a nada. Cortado, desviado, anulado con una facilidad insultante.

Su respiración se volvió más pesada, no por cansancio, sino por la rabia contenida que comenzaba a hervir en sus venas.

—Suficiente —gruñó.

Su cosmos estalló con una violencia renovada, más brillante, más salvaje. La luz dorada que lo envolvía se intensificó hasta volverse casi cegadora, y el aire a su alrededor comenzó a vibrar con una presión insoportable. Los cráneos bajo sus pies se resquebrajaron, reducidos a polvo por la pura magnitud de su poder.

Alzó la diestra hacia el cielo, y su voz retumbó en el abismo como un trueno:

—¡INFINITY BREAK!

Una explosión de energía dorada envolvió su cuerpo, y de su puño brotaron miles de flechas destellantes, cada una tan brillante como una estrella fugaz. Eran muchas más que antes: eran legiones enteras de luz pura, lanzándose en todas direcciones, saturando el espacio, transformando el abismo en un firmamento de muerte incandescente.

El aire se llenó de silbidos agudos mientras las flechas surcaban el vacío, cruzándose entre sí, trazando constelaciones de destrucción. No había escapatoria posible. No había rincón del abismo que no estuviera bañado en luz dorada.

Pero Mordred no intentó esquivar. Su forma humana se deshizo como humo negro, disolviéndose en el aire. Y en su lugar emergió la bestia: el dragón negro, con su cuerpo serpentino retorciéndose en el vacío, con sus escamas de obsidiana brillando con un fulgor siniestro. Y comenzó a moverse.

No fue un vuelo, fue una danza letal. El dragón serpenteó por el aire con una gracia milenaria, ondulando su cuerpo alargado entre las flechas de luz. Giraba, se retorcía, ascendía y descendía en espirales imposibles, esquivando cada estrella fugaz por milímetros. Las flechas pasaban rozando sus escamas, dejando estelas doradas a su paso, pero ninguna lo alcanzaba.

Lysander observaba desde abajo, con los ojos muy abiertos, incapaz de apartar la mirada de aquella exhibición imposible de velocidad y control. Miles de flechas surcaban el abismo como una tormenta de estrellas, y el dragón negro las esquivaba todas, como si conociera de antemano cada trayectoria, cada ángulo, cada destello.

Finalmente, las últimas flechas se extinguieron en el aire, desvaneciéndose en partículas de luz que cayeron como ceniza dorada.

Lysander respiraba con dificultad, con el cosmos aún ardiendo a su alrededor, pero notablemente disminuido. Miró hacia arriba, buscando al dragón negro entre las sombras del abismo, pero no lo encontró.

Demasiado tarde, sintió la presencia a sus espaldas. Giró la cabeza apenas a tiempo para ver la figura de Mordred materializándose detrás de él, ya en forma humana, con el brazo derecho alzado en un arco descendente. Sus ojos negros brillaban con una intensidad fría e implacable.

—¡CLARENT!

El brazo cayó como un rayo. Lysander no tuvo tiempo de reaccionar. El filo invisible atravesó el espacio entre ambos con un chasquido seco, metálico. La armadura dorada de Sagitario brilló por un instante, resistiendo, pero algo atravesó su protección como si no existiera.

El corte fue profundo. Lysander sintió cómo la carne de su espalda se abría, desde el hombro derecho hasta la parte baja de las costillas. La sangre brotó instantáneamente, caliente y abundante, empapando el interior de su armadura.

El dolor llegó como una llamarada blanca, cegadora, insoportable.

—¡AAAAHHHH!

Su grito resonó en el abismo, rebotando contra las paredes de roca negra. Cayó de rodillas, con una mano llevada instintivamente a la espalda, sintiendo la sangre manar entre sus dedos. La armadura dorada no mostraba grieta alguna, no había señal externa del daño… pero la herida era real, profunda, sangrante.

Mordred permaneció de pie detrás de él, con el brazo aún extendido, observando cómo el Santo de Oro se desplomaba.

—Te lo advertí —dijo con voz serena, casi compasiva—. Ni siquiera una armadura de oro es capaz de frenar el filo de Clarent. Corta la carne… y la voluntad.

El dolor fue demasiado. La visión de Lysander se oscureció en los bordes, y el rugido del volcán a lo lejos se volvió un murmullo distante, amortiguado, como si el mundo entero se alejara de él. Sus brazos perdieron fuerza, y su cuerpo se desplomó hacia adelante sobre el polvo de huesos antiguos, levantando una nube blanquecina que se asentó lentamente sobre su armadura dorada.

Mordred lo observó en silencio durante un instante, con la misma calma con la que se contempla una tormenta que finalmente amaina. Luego, con movimientos pausados, se agachó en cuclillas junto al cuerpo inconsciente del Santo de Oro.

Extendió la mano derecha y pasó los dedos sobre la armadura dorada, donde la sangre había comenzado a manchar el metal sagrado. La recogió con delicadeza, casi reverencial, y la alzó frente a sus ojos. Frotó los dedos entre sí con lentitud, sintiendo la textura cálida y viscosa, observando cómo la luz tenue del abismo arrancaba destellos carmesí de aquel líquido precioso.

—Esta es la sangre inmaculada de un Santo de Oro —murmuró, como si pronunciara una plegaria antigua—. Derramada sin mancha, sin traición, sin doblez. Sangre que aún no conoce la sombra.

Cerró el puño lentamente, dejando que la sangre se filtrara entre sus dedos, manchándolos por completo.

—Sangre inocente —añadió, con una sonrisa apenas perceptible.

 

En la Isla de la Reina Muerte, bajo un cielo teñido de ceniza y fuego, la primera sangre inocente fue derramada. No cayó en tierra sagrada ni fue recogida por manos piadosas. Cayó sobre huesos antiguos, en un abismo olvidado, y fue reclamada por dedos que conocían su valor verdadero. Sangre de oro, sangre sin mancha, sangre que aún no conocía la sombra.

 

 

 

"La sangre inocente clama desde la tierra." - Génesis 4:10


Editado por Cástor_G, 10 March 2026 - 01:59 am.


Capítulo 13: UNA NOCHE EN EL CASTILLO
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#13 Rexomega

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Publicado 24 February 2026 - 15:07 pm

Saludos

 

Me detengo un momento para hacer algo de publicidad e invitarte también a pasarte por mi historia si encuentras un hueco. Hay un poco de todo: caballeros negros, monstruos mitológicos y, por supuesto, muchísima mitología. ¡Que los dioses bendigan el lore!

 

Dicho esto, hablemos sobre el último capítulo, con una portada espectacular.

 

No es algo muy común en el fandom, creo, pero desde la primera vez que vi la serie clásica que me ha gustado Afrodita de Piscis. No me gustó el uso que le dio Kurumada en Hades (carne de cañón para el lucimiento de Mu y Radamantis) y en general disfruto cuando destaca en otras obras. 

 

Supongo que eso me influye a la hora de disfrutar leyendo a Eros. Sí, hay una voz en mi cabeza que dice "Oh, otro Piscis traidor, ¡qué sorpresa!", pero tengo siempre muy presente que la visión que has querido transmitir con tus historias es una más, digamos, realista. Donde los guerreros de los dioses son primero hombres y luego héroes. Sobra decir que siento mucha curiosidad por qué es el Fantasma (¿Virgo Negro?) y cuál es su objetivo.

 

En la batalla entre Mordred y Lysander he visto menos la palabra "como", no sé si es que fue revisada, pero si es el caso bien logrado. Un combate breve, aunque intenso. Muy en sintonía con Saint Seiya con la forma de llevar los diálogos y presentar las técnicas. ¡Vas por muy buen camino ahí! Y Clarent es una técnica terrible. 

 

Lo que sí debo decir que Lysander inocente, lo que se dice inocente, no es, Mordred. Para ser inocente tienes que tener las manos limpias de sangre. 


Editado por Rexomega, 24 February 2026 - 15:09 pm.

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#14 Cástor_G

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Publicado 24 February 2026 - 23:39 pm

Saludos   Me detengo un momento para hacer algo de publicidad e invitarte también a pasarte por mi historia si encuentras un hueco. Hay un poco de todo: caballeros negros, monstruos mitológicos[...]

 

Hola!

 

-Ahí estaré amigo. :D

-La verdad es que a mí también siempre me ha gustado Afrodita, independientemente de si es poderoso o no, tan solo visualmente (Diseno y técnicas) me parece impresionante, de las mejores creaciones de Kurumada.

-Si Denon de Acuario era mi favorito en Cosmo Wars, te aseguro que en este fic mi favorito por lejos, está siendo Eros. También disfruto escribiendo sobre él.

-Sobre el Fantasma del Crepúsculo, se irá viendo poco a poco. 

-De hecho sí eliminé algunos "como"... xD.

-Aquí la inocencia va más por el camino de que no tiene maldad, aunque sea muy brusco para pelear juju. Es joven aún, no tiene mucha técnica, ni mucho menos elegancia.

 

Saludos,  y gracias!



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#15 Cástor_G

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Publicado 02 March 2026 - 00:35 am

                                                                                 

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                                                                                           Capítulo 3:

                                                                                       CRATERIS

 

La tentación no siempre se presenta como corrupción; a veces adopta la forma de una revelación. No exige ni amenaza: invita, seduce. Se reviste de razones nobles y se ampara en ideales elevados, hasta que la frontera entre convicción y traición se vuelve tan delgada que ya no es posible distinguirlas.

 

1. Star Hill

Star Hill se alzaba como un pilar de piedra antigua, una formación imposible que parecía brotar de la tierra más que elevarse sobre ella, estrecha y vertical, cual tronco petrificado de un árbol que hubiera crecido buscando a los dioses. En su cima reposaba el templo, asentado sobre la roca desnuda, dominando el vacío que lo rodeaba, tan cerca del firmamento que las estrellas parecían al alcance de la mano. Aquel era el punto más alto del Santuario, el umbral donde la tierra dejaba de reclamar su dominio y los cielos comenzaban a susurrar verdades que no estaban destinadas a los hombres.

No era un lugar al que se llegara por fuerza ni por mérito marcial. Incluso para los Santos de Oro, el ascenso a Star Hill era una travesía incierta, colmada de peligros que no podían medirse en combate. Los vientos que azotaban la aguja rocosa no eran simples corrientes de aire, sino presencias errantes, cargadas de una presión antigua que desafiaba el equilibrio del cuerpo y del cosmos por igual. No empujaban únicamente la carne, sino también la voluntad. Por esa razón, desde tiempos remotos, el acceso había sido reservado a uno solo: el Patriarca. Él era el único autorizado a escuchar sin intermediarios aquello que los cielos estaban dispuestos a revelar.

Aquella noche, Star Hill reposaba bajo un cielo inmóvil, donde las estrellas ardían con una claridad que no pertenecía al mundo de los hombres. Allí, lejos de los templos y del murmullo del Santuario, el Patriarca observaba en silencio.

No había dispuesto símbolos ni convocado ritual alguno. En Star Hill, tales gestos resultaban superfluos. Allí, donde la distancia entre la tierra y los cielos se volvía difusa, bastaba con sostener la mirada y permitir que el firmamento hablara por sí mismo.

En los días venideros, la luz sería interrumpida. No como castigo ni como señal extraordinaria, sino como parte del orden antiguo: el instante en que el sol permitiría que su rostro fuera cubierto y la luna bebería de su resplandor. Una noche breve, prestada, que caería sobre el mundo como un parpadeo contenido.

—Nada que los cielos no hayan repetido antes… —murmuró el Patriarca, sin apartar la vista—. La luz aprende a retirarse para volver a nacer.

El Patriarca lo vio con claridad, y no le inquietó. Había contemplado eclipses antes, registrados en las memorias del Santuario, descritos en pergaminos tan antiguos como las propias columnas que sostenían a los doce templos. La oscuridad pasajera no alteraba el curso del destino; venía y se marchaba, obediente al ritmo inmutable de los cielos.

Pero detrás de esa sombra, otra se insinuaba. No descendía del firmamento ni respondía al pulso de los astros. Era una oscuridad distinta, más densa, más consciente.

—Pero tú no sigues el compás de las estrellas —susurró—. Tú no esperas turno.

Aquello que se acercaba no era un accidente del orden natural, sino una obra deliberada: fuerzas reunidas con intención, voluntades alineadas no por destino, sino por elección. Una noche cultivada y alimentada, hambrienta; no buscaba cubrir el mundo por un instante, sino permanecer.

Un leve estremecimiento recorrió el aire de Star Hill, como si incluso las estrellas hubieran contenido el aliento. El Patriarca sintió el peso de esa visión asentarse en su pecho, no como miedo, sino como certeza.

Los hilos ya habían sido tensados y las piezas comenzaban a moverse. Y aunque no podía ver con claridad el rostro de aquella noche venidera, comprendía una verdad ineludible: el Santuario no podía permitirse ignorarla.

—Si la noche ha aprendido a organizarse —dijo al fin—, la luz no puede permitirse dudar.

Los Santos serían enviados con órdenes claras: reconocer la amenaza, contener su expansión y erradicarla si el equilibrio lo exigía. No hacía falta comprender por completo a la oscuridad para enfrentarla; bastaba con saber que, cuando esta se reúne con voluntad, la inacción se convierte en una concesión imperdonable.

Bajo el cielo eterno de Star Hill, el Patriarca bajó finalmente la mirada. El eclipse llegaría pronto y, detrás de él… algo más.

 

2. Campo de Flores

 Feanor avanzaba hacia el oeste, y durante un largo tramo la isla no ofreció variación alguna. La tierra seguía siendo negra, resquebrajada, caliente incluso a través de las botas. El aire arrastraba ceniza en remolinos bajos, y el horizonte permanecía deformado por el humo constante del volcán. Todo era repetición: piedra, grietas, un silencio hostil que parecía extenderse sin fin… hasta que dejó de serlo.

Más allá de una leve elevación, el mundo cambió sin previo aviso. Ante él se abrió un campo vasto y sorprendentemente verde, cubierto de hierba alta y flores en plena eclosión. El color era tan vivo que hería la vista acostumbrada a la ceniza. Tallos flexibles se mecían con una brisa suave que no existía en el resto de la isla, y entre ellos estallaban tonos blancos, rosados y dorados, como si la primavera hubiera sido depositada allí por una voluntad ajena al fuego.

Feanor se detuvo en seco. No hubo asombro inmediato, ni admiración ingenua. Su primera reacción fue la cautela. El cosmos de Aries se tensó en su interior, desplegándose con un murmullo silencioso, y los pétalos de cerezo aparecieron a su alrededor, suspendidos en el aire como fragmentos de una balanza invisible, atentos a cualquier señal de engaño.

Avanzó un paso, cruzando el límite invisible entre la ceniza y la hierba; nada ocurrió. El campo no reaccionó, no se desvaneció, no mostró fisura alguna. Dio otro paso, y el suelo cedió bajo su peso con una suavidad inesperada, fresca, viva. Feanor se agachó con lentitud y extendió la mano, permitiendo que sus dedos rozaran la hierba.

La sintió flexible, húmeda y real. Los tallos no temblaron ni se disolvieron como imágenes mal sostenidas. Tomó una flor entre los dedos y la acercó con cuidado; sus pétalos eran tibios, delicados, y al percibir su aroma —dulce, limpio, casi nostálgico— Feanor cerró los ojos un instante.

El perfume no engañaba, la textura no mentía, y su cosmos, atento y exigente, no protestaba.

Comprendió entonces que aquello no era una ilusión. Sin embargo, la sensación que se instaló en su pecho no fue alivio. No hubo consuelo en aquella vida inesperada, sino una inquietud más profunda. Algo en aquel campo no se ofrecía como refugio, sino como interrogante. Feanor se incorporó lentamente, recorriendo el lugar con la mirada. La vida allí no era salvaje ni caótica; estaba contenida, equilibrada, casi cuidada. Demasiado perfecta para ser casual.

Feanor permanecía inmóvil, aún recorriendo el campo con la mirada, cuando algo alteró la armonía del lugar. No fue una presencia clara ni una silueta definida, sino un movimiento bajo la hierba, un desplazamiento bajo y veloz que hacía ondular los tallos a su paso, como si una sombra se deslizara justo por debajo de la superficie verde.

Entrecerró los ojos y agudizó el oído. Entonces escuchó un sonido áspero, gutural, breve. No era un rugido pleno, sino un bufido animal, un gruñido contenido que parecía brotar de una garganta acostumbrada más a cazar que a hablar. No provenía de un punto fijo; se desplazaba, rodeándolo.

—Muéstrate —ordenó Feanor, girando lentamente sobre sí mismo, atento a cada vibración del aire—. Quienquiera que seas… deja de esconderte.

La hierba explotó en un estallido de movimiento negro. Una figura emergió de entre los tallos con una velocidad brutal, saltando en un arco imposible. Feanor apenas tuvo tiempo de alzar la guardia cuando la sombra pasó sobre él, pisando su cabeza con la ligereza de una bestia en carrera, y cayó al otro lado del campo con un giro limpio.

Feanor se giró de inmediato, pero la figura ya no estaba allí. Entonces la hierba volvió a agitarse, pero ahora en círculos.

El movimiento era rápido, irregular, burlón. La sombra trazaba anillos a su alrededor, cambiando de dirección sin patrón aparente, como si estuviera probando su equilibrio, su paciencia, su tiempo de reacción.

—Basta —gruñó Feanor, dando un paso atrás.

El ataque llegó en el mismo instante. Un gruñido animal rasgó el aire, y una forma negra se lanzó directamente hacia él. Feanor alcanzó a ver el destello de una garra oscura antes del impacto. El golpe le dio de lleno en el pecho, con una fuerza compacta y precisa que lo arrancó del suelo y lo lanzó hacia atrás.

Cayó sobre la hierba con un golpe seco, el aire escapaba de sus pulmones en una exhalación involuntaria.

Rodó una vez antes de detenerse, y al incorporarse apoyándose en un brazo, sus ojos se clavaron en su armadura. La superficie dorada presentaba varios rasguños recientes, marcas superficiales, irregulares, como si algo afilado hubiera rozado el metal con violencia sin llegar a atravesarlo. No eran profundas… pero estaban ahí.

Alzó la mirada y notó que la figura se había detenido por fin. Era humana… al menos en forma. Un muchacho no mucho mayor que él, de complexión ágil y mirada afilada, enfundado en una armadura negra que evocaba la constelación de Leo. Sin embargo, sobre el metal oscuro llevaba un faldón de piel animal que le caía desde la cintura, gastado y áspero, y en los hombros reposaban otras pieles, maltratadas por el tiempo, como si hubieran sido arrancadas con las manos desnudas. Aquellos restos no cumplían función defensiva alguna; eran trofeos, marcas de supervivencia.

Se encontraba en cuclillas, con una mano apoyada en el suelo y la otra colgando con descuido, el torso inclinado hacia adelante en una postura inequívocamente felina. No parecía posar ni adoptar una guardia formal: parecía listo para saltar, como una bestia que aún no ha decidido si su presa merece el esfuerzo.

Sonreía, pero no era una sonrisa cruel ni sádica. Era amplia, despreocupada, casi divertida, como la de una bestia que acaba de encontrar un juguete interesante. Y sus ojos brillaban con una chispa indómita mientras observaba a Feanor desde su posición baja.

El campo de flores permanecía intacto, meciéndose con la brisa suave, ajeno al primer choque de violencia que acababa de profanarlo. Hasta que algo cambió.

El bufido del Santo Negro salvaje se extinguió de golpe, como si algo hubiera cerrado el espacio a su alrededor. La hierba dejó de moverse; incluso el viento pareció desviarse, bordeando un punto invisible.

El muchacho felino alzó levemente la cabeza.

—…Tch.

A su costado, donde un instante antes solo había aire, algo estaba ahora ocupando el lugar. No había llegado, no se había desplazado, simplemente estaba allí, suspendido a unos palmos del suelo, con las piernas cruzadas y el cuerpo erguido en una quietud imposible.

Una túnica negra lo envolvía por completo. La tela no rozaba el campo ni seguía las corrientes del viento: se movía según un ritmo propio, lento, ajeno al entorno. Sobre ella, símbolos dorados se distribuían como miradas abiertas, patrones que parecían observar más de lo que decoraban. Y bajo la capucha… nada. Ni oscuridad, ni sombra. Solo un vacío sin fondo, como si la realidad se hubiera negado a completar ese rostro.

—Scar.

La voz no salió de una boca. Resonó alrededor, detrás y dentro a la vez, como un eco que no necesitara paredes.

El muchacho de la armadura negra giró apenas el rostro, aún sonriente, pero su cuerpo se tensó con una obediencia instintiva, casi animal.

—¿Así recibes a un Santo de Athena? —continuó la voz, sin elevarse, sin dureza, y aun así cargada de autoridad—. Tus modales siguen siendo… primitivos.

Scar dejó escapar un breve gruñido, más divertido que ofendido, sin apartar la mirada de Feanor.

—Solo estaba probando su olor —respondió—. Todavía respira como un guerrero.

—Y por eso mismo —dijo el Fantasma— no es una presa.

El vacío bajo la capucha se inclinó levemente hacia Feanor.

—Son obstáculos momentáneos, nada más. Pero incluso los obstáculos merecen respeto cuando han sido forjados en la guerra. Los Santos de Athena no son ganado.

Scar chasqueó la lengua con fastidio, pero no replicó.

Feanor, aún de rodillas, con la respiración contenida y la mirada fija en aquella aparición imposible, reunió el aliento.

—¿Quién… eres? —preguntó al fin—. Tú no eres un Santo Negro.

Aquella presencia oscura, sin avanzar un solo palmo, giró lentamente el torso, y con ese gesto imposible su atención se volcó hacia Feanor. La capucha se inclinó apenas, y el vacío donde debería haber un rostro pareció fijarse en él.

—No —respondió la voz—. No lo soy.

Una mano emergió de entre las mangas de la túnica: pálida, casi blanca, de dedos largos y delgados, casi cadavéricos. Con un gesto lento, la posó sobre la cabeza de Scar, deslizando los dedos entre su melena oscura en una caricia que habría sido impensable en cualquier otro.

Scar cerró los ojos un instante, dejando escapar un sonido grave, satisfecho.

—Este joven —prosiguió el Fantasma— es Scar de Leo. El León Indómito de la Noche Eterna. No conoce templos ni juramentos. No aprendió el combate en mármol ni bajo estatuas de dioses. Su ley fue la supervivencia.

La mano se retiró, y entonces la figura volvió su atención por completo hacia Feanor.

—Y yo… —dijo— soy aquel que camina entre los umbrales. El que observa cuando el sol declina y las sombras reclaman su lugar. Me llaman el Fantasma del Crepúsculo.

El eco de su nombre pareció extenderse por el campo, perdiéndose entre las flores sin perturbarlas.

Feanor no bajó la guardia. Su cosmos seguía fluyendo con cautela, tenso como una cuerda a punto de romperse, pero su mente iba un paso detrás de la escena que se desarrollaba frente a él. Aquel ser no se movía como un guerrero, ni respiraba como uno. Su presencia no imponía por fuerza, sino por certeza, como si el espacio mismo hubiera decidido concederle lugar.

—No entiendo qué eres —dijo Feanor, con la voz firme pese a la herida reciente—. No eres un Santo Negro… pero tampoco perteneces al Santuario.

Scar chasqueó la lengua, divertido, sin apartar la mirada de él.

—Habla mucho para alguien que aún no sabe si puede ponerse de pie —murmuró, con una sonrisa ladeada, casi infantil.

El Fantasma del Crepúsculo alzó apenas una mano, y Scar guardó silencio al instante, como un animal entrenado… o condicionado.

—La confusión es natural —respondió el Fantasma, y su voz volvió a resonar como un eco sin origen—. Has sido educado para pensar en bandos claros: luz y sombra, lealtad y traición, dioses y enemigos. Pero este mundo… —hizo un leve gesto alrededor, abarcando el campo imposible— rara vez se rige por líneas tan simples.

—Si no has venido a matarme, entonces habla claro. —dijo Feanor, frunciendo el ceño.

El vacío bajo la capucha pareció inclinarse apenas, como si aquella franqueza le resultara… interesante.

—Hablas como alguien que aún cree que todo encuentro debe resolverse con sangre —dijo—. Y, sin embargo, sigues aquí, escuchando.

Scar estiró los hombros con un crujido suave, casi placentero. La sonrisa no había abandonado su rostro; por el contrario, se ensanchó, mostrando un brillo impaciente en los ojos.

—Señor Fantasma —dijo, sin apartar la mirada de Feanor, con esa sonrisa indómita ensanchándose—. Me ha traído desde muy lejos para conocer a los Santos de Athena.

Hizo una pausa, y sus manos se alzaron lentamente. De las puntas de sus dedos emergieron garras oscuras, curvas y afiladas, brillando con un fulgor siniestro.

—Permita que terminemos de conocernos.

El Fantasma del Crepúsculo permaneció inmóvil por un instante, con el vacío bajo su capucha fijo en Scar. Luego, con un movimiento casi imperceptible, giró su atención hacia Feanor.

—Lo único que debes entender, Santo de Aries —dijo, con esa voz resonante que parecía venir de todas partes y de ninguna—, es que la Noche Eterna es inevitable —hizo una pausa—. Nuestros caminos volverán a cruzarse.

—¿Qué pretendes con todo esto? — Feanor tensó la mandíbula, sin bajar la guardia.

El Fantasma no respondió directamente. En su lugar, extendió una mano pálida hacia Scar, como si fuera a detenerlo... pero no lo tocó. Los dedos largos y blancos permanecieron suspendidos en el aire, a medio camino.

—No tengo intención de matarte —dijo finalmente—. Pero no me hago responsable de las acciones de Scar. Este joven... no suele seguir las reglas.

La mano se retrajo, desapareciendo entre las mangas de la túnica.

—No acostumbro a intervenir en lo que la naturaleza ya ha decidido.

Y sin más, la figura comenzó a desvanecerse. No se disolvió en humo ni se desvaneció gradualmente: simplemente dejó de estar allí.

Feanor respiró hondo, sin apartar los ojos de Scar, quien permanecía en cuclillas, con las garras extendidas y brillando a la luz del sol. La sonrisa en su rostro era ahora más amplia, más hambrienta.

—Ahora sí —murmuró Scar, con un tono casi juguetón—. Sin interrupciones.

Y se lanzó.

 

3. Reflejo

El sendero más allá del portal había sido testigo de violencia reciente. Seis cuerpos yacían dispersos sobre la piedra volcánica, inmóviles, con las armaduras negras destrozadas en un patrón que no seguía lógica de combate común. No eran cortes limpios ni impactos contundentes. Eran desgarros irregulares, como si algo hubiera arrancado fragmentos de metal y carne con una voracidad metódica, hambrienta.

La sangre se extendía en charcos oscuros que ya comenzaban a coagularse bajo el calor constante de la isla, mezclándose con la ceniza en un lodo rojizo y espeso. Algunas de las armaduras mostraban huecos donde antes había placas completas, y la carne expuesta presentaba el mismo patrón: mordidas, desgarros, ausencias.

Pétalos negros flotaban aún en el aire, suspendidos como recuerdos de una tormenta hermosa y letal. Se mecían con lentitud hipnótica, descendiendo apenas, girando sobre sí mismos en una danza silenciosa que parecía prolongar el eco del combate. Algunos se posaban sobre los cadáveres con delicadeza casi ceremonial, cubriendo los cuerpos cual ofrenda oscura que vestía la muerte con una belleza inquietante

Eros de Piscis caminaba entre los restos sin detenerse, sin mirar atrás. Su armadura dorada relucía inmaculada bajo la luz tenue que se filtraba entre las columnas de humo del volcán. Ni una sola mancha de sangre la tocaba.

Su expresión era serena, casi indiferente, como si aquellos cuerpos no fueran más que piedras en el camino. No había satisfacción en su rostro, pero tampoco remordimiento. Solo... indiferencia.

El sendero se ensanchó gradualmente, abriéndose hacia una explanada circular rodeada por formaciones rocosas que se alzaban como testigos mudos. El suelo era más liso aquí, casi pulido por siglos de viento y ceniza, y en el centro exacto del claro, como si hubiera sido colocada con propósito deliberado, descansaba una armadura plateada, brillante pese a la luz opaca: la armadura de Crateris.

Eros se detuvo en seco, entrecerró los ojos y recorrió el lugar con la mirada, buscando la trampa que sin duda debía estar ahí. Pero no había emboscada visible ni presencias ocultas. Solo la armadura, reposando sobre la piedra como ofrenda abandonada.

Una mueca apenas perceptible tensó sus labios.

—¿Así de fácil? —murmuró, con un tono que rozaba el desdén—. Tanto misterio, tantas advertencias del Gran Patriarca... y simplemente aparece frente a mí, como si me estuviera esperando.

Dio un paso adelante, luego otro. La armadura no emanaba poder, ni vibraba como trampa alguna; solo existía. Eros extendió la mano hacia la Copa que coronaba la armadura, sus dedos flotaban a escasos centímetros del metal plateado.

No hubo sonido, ni advertencia alguna. Pero de pronto, detrás de la armadura, aquella presencia se manifestó nuevamente. La misma figura que lo había confrontado entre las ruinas: el Fantasma del Crepúsculo.

Esta vez, Eros no sintió sorpresa, solo una certeza incómoda: había estado esperándolo. Quizás desde el momento en que había puesto un pie en la isla. Eros retiró la mano de inmediato, retrocediendo un paso.

El vacío bajo la capucha se inclinó apenas, como si aquel gesto le resultara predecible.

—No alces tu guardia, Eros de Piscis —dijo la voz, resonando desde todas partes y ninguna, como un eco antiguo—.  La violencia no ha sido convocada en este instante.

Eros no bajó la guardia. Sus ojos azul zafiro se clavaron en aquella figura imposible, buscando algún indicio, alguna debilidad, alguna señal de intención.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con voz fría y controlada—. ¿Vienes a perturbar otra vez aquello que ya conoces demasiado bien?

El Fantasma permaneció inmóvil, pero algo en su postura sugirió paciencia.

—Esto ha sido dispuesto para revelarse —respondió—. No como obsequio, ni como prueba… sino como reflejo. Aquello que ha de alcanzarte siempre encuentra su momento, aun cuando el recuerdo intente negarlo.

Eros no respondió de inmediato.

La voz del Fantasma se disipó en el aire como una marea baja, pero sus palabras quedaron suspendidas, insistentes, adheridas al silencio. Tras unos segundos, el Santo de Piscis volvió a avanzar, pero esta vez lo hizo con mayor cautela.

Cada paso era medido, consciente del terreno, del silencio que lo rodeaba, y de la presencia inmóvil que aguardaba más allá de la armadura. Se detuvo frente a la armadura de Crateris, observándola con atención renovada. El metal plateado no reflejaba su imagen como un espejo común; la distorsionaba apenas, como si el tiempo mismo se curvara en su superficie.

Entonces, el Fantasma habló de nuevo.

—Como bien debes saber —dijo—, la armadura de Crateris no fue forjada para la guerra, ni para la gloria. Guarda propiedades que incluso las armaduras de oro no poseen.

Eros entrecerró los ojos, sin apartar la mirada del cáliz.

—En su seno —continuó la voz— el agua trasciende el reflejo y se convierte en memoria y posibilidad; basta el líquido adecuado para que el cáliz revele no el ahora, sino lo que aún espera existir —El Fantasma giró levemente el rostro hacia la armadura, como si también la contemplara—. Futuro cercano y futuro distante no tienen distinción para ella; el tiempo, cuando se le obliga a mirarse a sí mismo, pierde la necesidad de avanzar en línea recta.

Eros apoyó una mano sobre el borde del cáliz, sin tocar aún la superficie del agua. El metal estaba frío.

—Acércate —dijo el Fantasma, con una serenidad que rozaba lo ceremonial—. Observa lo que el tiempo ha inscrito para ti. No como advertencia… sino como reflejo de aquello que ya habita en tu interior.

El mundo alrededor del Santo se extinguió. La explanada, la roca, el volcán, incluso la presencia del Fantasma se desdibujaron hasta fundirse en una negrura absoluta. Solo permanecían él… y la copa. Entonces supo, en lo más profundo, que una vez mirara, nada volvería a ser exactamente igual.

Eros se inclinó con una lentitud que no era cautela, sino resistencia. Su corazón latía con una fuerza incómoda, impropia de alguien como él; el pulso resonaba en sus oídos mientras su mirada descendía hacia el interior del cáliz. El agua no le devolvió una imagen de inmediato. Ondas suaves recorrían la superficie, deformando cualquier intento de reflejo, estirando y rompiendo las formas como si el tiempo mismo dudara antes de mostrarse. Sombras líquidas, fragmentos irreconocibles, un reflejo que se negaba a fijarse. Luego, el agua se aquietó, y la imagen apareció.

No fue confusa ni simbólica, fue brutalmente clara. Un rostro ajeno le devolvió la mirada y, sin embargo, no había error posible: era el suyo. La piel, antes perfecta, colgaba en pliegues cansados, marcada por surcos profundos que ni la luz podía suavizar. Los pómulos afilados parecían devorados por el tiempo, los labios adelgazados y quebrados, incapaces ya de sostener aquella sonrisa que alguna vez dominó corazones. Los ojos, opacos y hundidos en órbitas marchitas, conservaban apenas un eco apagado del azul que fue su orgullo.

El cuerpo que sostenía ese rostro era una afrenta. La postura vencida, los hombros caídos, la carne flácida allí donde antes hubo líneas impecables. Nada en él evocaba armonía, nada evocaba deseo. Era una forma humana sostenida solo por la costumbre de existir.

Eros retrocedió con violencia, como si algo hubiera intentado aferrarse a él desde el interior de la copa. Perdió el equilibrio y cayó de espaldas, el aire escapaba de sus pulmones en una exhalación rota. No era miedo a la vejez; la vejez era inevitable, comprensible, natural. Lo que lo había horrorizado era otra cosa: la certeza de verse privado de aquello que había amado por encima de todo: la belleza infinita de su propio cuerpo.

El templo perfecto que había venerado, reducido a una ruina que ni siquiera el recuerdo podía embellecer. Y en ese reflejo marchito, Eros comprendió algo que jamás había aceptado: que el tiempo no destruye, despoja.

El espasmo lo tomó sin aviso. Eros se giró sobre un costado y vomitó sobre la piedra volcánica, con el cuerpo sacudido por arcadas violentas que nada tenían de elegantes. El contenido amargo le quemó la garganta mientras su mano temblorosa se afirmaba contra el suelo, intentando sostener una dignidad que ya no sentía propia. Cuando logró incorporarse apenas, con el aliento roto, alzó el rostro con los labios manchados y la voz desgarrada por algo más profundo que el asco.

—¿Así es como voy a terminar? —escupió, más que preguntó—. ¿Anciano… marchito… reducido a esto?

El Fantasma del Crepúsculo no se movió. Su presencia parecía absorber la luz, hacía que incluso el silencio se volviera pesado.

—¿Qué otro desenlace concebías para una carne sometida al tiempo? —pronunció—. Ninguna victoria consagra al cuerpo. Ninguna gloria detiene la erosión de aquello que nace destinado a marchitarse.

La voz resonó alrededor de Eros, envolviéndolo.

—Las guerras que libras no fueron hechas para conceder permanencia —continuó—. Son ciclos. Son ofrendas al olvido. Incluso los nombres celebrados acaban erosionados por la misma fuerza que consume la carne. Ese cuerpo que veneras no es un templo eterno, sino un préstamo que se agrietará y se deformará. Se volverá irreconocible incluso para aquel que lo habita. Así ha sido dispuesto el orden que defiendes.

—¿Y qué propones entonces? —exigió Eros—. ¿Que traicione a Athena? ¿Que arroje todo por lo que he luchado?

—No existe traición allí donde la lealtad jamás fue absoluta —sentenció el Fantasma—. Tu fe siempre ha estado fragmentada. No por debilidad… sino por lucidez. Y eso, Eros de Piscis, te ha condenado a mirar aquello que otros se niegan a ver.

El vacío bajo la capucha se inclinó apenas.

—Quienes caminan bajo la noche eterna no heredan memoria ni estatuas —declaró—. Heredan continuidad. El tiempo deja de devorarlos y el desgaste pierde dominio. El cuerpo y el alma permanecen, intactos, más allá de la sucesión de los siglos.

Eros respiraba con dificultad, cada palabra se clavaba en su mente como una espina imposible de arrancar.

—Cuando el peso de esta visión te resulte insoportable —concluyó—, acude al pie del volcán. Allí reposan las ruinas de un altar anterior a tus juramentos. Allí será consumada una ceremonia que no solicita fe… solo presencia. Allí, volveremos a encontrarnos.

Antes de que Eros pudiera responder, la presencia comenzó a desvanecerse. La armadura de Crateris vibró apenas, como si obedeciera una voluntad superior, y luego se disolvió junto al Fantasma, dejando el centro del claro vacío, desnudo, silencioso. Pero las palabras no se fueron con él. Permanecieron, resonando una y otra vez en la mente colapsada del Santo de Piscis, como un reflejo imposible de borrar.

***

Porque toda revelación exige algo a cambio. No siempre fe, ni obediencia, ni siquiera lealtad. A veces, lo único que reclama es una grieta: una duda no resuelta, un deseo negado, una verdad que se ha decidido no mirar de frente. Allí es donde la tentación echa raíces. No destruyendo lo que uno cree, sino ofreciéndose como la única forma de preservarlo. Y cuando el reflejo devuelve un rostro que ya no se reconoce, la pregunta deja de ser si se ha traicionado un ideal… y pasa a ser cuánto tiempo llevaba ese ideal traicionándose a sí mismo.

 

 

 

“Las convicciones son cárceles.”— Friedrich Nietzsche, Humano, demasiado humano.


Editado por Cástor_G, 02 March 2026 - 00:40 am.


Capítulo 13: UNA NOCHE EN EL CASTILLO
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#16 Rexomega

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Publicado 02 March 2026 - 16:22 pm

Saludos

 

Star Hill, qué lugar más emblemático y oportuno para empezar una historia. Muy acertada tu forma de contarnos por qué escalarlo es toda una odisea, aunque no he parado de pensar en todo ese tiempo:  Pobre Shion, haciendo ese viaje con 261 años. A lo mejor hasta agradeció que Saga lo jubilase. 

 

Muy apropiado el nombre de Scar para Leo Negro. Enseguida supe que sería Leo (había pocas opciones al ser alguien capaz de poner en aprietos a Feanor), y estuve barajando nombres; Iolao fue uno de ellos. ¿Lo más curioso? Enseguida pensé en ese Scar en el que todos pensamos, pero también en el rey Claudio de Hamlet, en el que Scar está basado según dicen, porque no hace mucho vi una película que adapta libremente a este personaje y otros. Por cierto, gran diseño para este nuevo enemigo, temible y salvaje. 

 

El Fantasma del Crepúsculo tiene, desde luego, el aura digna de un villano. (Él dirá que las cosas no son tan simples, es su eslogan por lo que parecen, pero le diré así por el momento). No necesita de grandes muestras de poder, ni siquiera de discursos grandilocuentes, para hacer notar su presencia. Hasta la manera en que contiene a la fiera para hacer sus aportaciones, de modo que no bien se va Scar salta sobre su presa, indica ante quién estamos. Lo que más me intriga son sus objetivos: invoca el nombre de la Noche, menta un juramento anterior al Santuario y el Patriarca ha leído en las historias sobre algo que tapará la luz del sol (¿Referencias al Gran Eclipse? Espero que no, tendría gracia que Hades lleve miles y miles de años intentando el mismo plan), ¿será que el Fantasma del Crepúsculo sirve a la antiquísima Nix, a la que ni el mismo rey de los dioses piensa en importunar?

 

De Eros qué puedo decir, me olía mal desde un primer momento. Y es muy propio de un Piscis martirizarse con la vejez y fealdad. Me acordé de la escena de Afrodita en la película de Abel, infame por el hecho de que sabemos que Afrodita no fue un traidor en Hades y porque solo está para que Ikki se luzca (todo en las películas está para que Ikki se luzca al precio que sea), pero me vino a la mente de inmediato.

 

Puedo estar arriesgándome, pero me huele a que, o tenemos Piscis Negro, o el ejército de Hades tendrá un nuevo integrante. Solo el tiempo lo dirá.  :aa127a2:

 

Agrego dos cosas:

1) La portada quedó muy bien. La armadura de Copa y sus características son de las mejores ideas que dio de si Next Dimension y creo que le has dado un buen uso en este capítulo. Eros era muy obvio, cierto, pero le diste la tensión adecuada en el modo en que el necio miró al abismo.

2) No sé si fue casualidad, pero usaste la palabra certeza en cada parte. ¡Y quedó muy bien! Le da un sentido de unicidad al capítulo a pesar de estar fragmentado en tres partes.

 

Eso es todo por hoy. ¡Nos seguimos leyendo!


Editado por Rexomega, 02 March 2026 - 16:27 pm.

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#17 ALFREDO

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Publicado 02 March 2026 - 19:27 pm

Saludos Castor.

Bueno avancé con el capitulo 2.

Me impresiona mucho tu forma de describir, pero igual siento que demoras un poco en q las cosas pasen. Me gusto más este capitulo, ya que en sí hubo dos batallas.

Ahora empezamos con Eros de Piscis y su camino enfrentándose contra santos negros de Andrómeda. Hasta ahora no me había preguntado por qué hay tantos santos de dragón y de Andrómeda, si en parte solo existen copias negras de la armadura del Fénix, supongo q habrás pensando en una pequeña explicación o mención más adelante o tal vez no xd.

Me dejó la curiosidad quien era el fantasma de la opera, q diga del crepúsculo q le apareció a Piscis. No tiene pinta de ser un humano, por lo que descartaría que fuera un santo negro. Lo que sí esperaba q al final del capitulo dijeras su identidad, me harás esperar hasta el siguiente capitulo para saberlo jaja.

Al final parece que dejo a Eros tentado. Esperemos q ahora empiece a verse su verdadera personalidad.

Mientras tanto seguimos con el combate entre Sagitario y Mordred de Capricornio. Me gustó la espada q tiene, no conocía Clarent, no soy tan erudito en los mitos del rey Arturo. Pensé que utilizaría Excalibur. Una espada que roba la voluntad, muy buena. 

A Lysander ya solo le falta usar la flecha sombra q se vio en los gaiden de Aioros juju. Hasta ahora solo hace técnicas incanonicas jaja.

Ya me fije q hasta ya tienes publicado el 3, vas con un arranque ojalá continúes así, saludos. 


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#18 Cástor_G

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Publicado 03 March 2026 - 01:36 am

Saludos   Star Hill, qué lugar más emblemático y oportuno para empezar una historia. Muy acertada tu forma de contarnos por qué escalarlo es toda una odisea, aunque no he parado de pensar en to[[...]

 

Hola!

 

Has adivinado algo, pero no diré qué xD.

 

-Jajaj, sinceramente no me imagino a los viejos Patriarcas sorteando toda clase de retos físicos para llegar a Star Hill. Lo veo más como un desafío mental, que pueden superar por tantos años de experiencia. Para los demás sería un reto físico y mental.

-Elegí el nombre Scar por el camino más fácil, justo por ese que a todos se nos viene a la mente como dices jeje.

-No esperes recibir mucha información del Fantasma pronto. Es un personaje misterioso, y honestamente, hay cosas que me voy a guardar para el futuro (osea más allá de este precuela). Eso no significa que solo vaya a parecer y desaparecer como lo hace hasta ahora, solo que se irá descubriendo de manera ambigua... por lo menos hasta donde llevo la historia.

-Respecto a los juramentos  que mencionas, realmente no hay mística detrás jeje, solo me pareció una forma elegante de refererirme a dos cosas. Cuando el Fantasma dice que Scar no conoce de juramentos se refiere a que no conoce de lealtades juradas (Como los Santos que dan la vida por Athena), Scar es un muchacho salvaje, una fuerza de la naturaleza, que solo conoce de supervivencia, y aunque parezca que es leal al Fantasma, realmente no lo ve así, es más bien agradecimiento (Ya después se verá por qué), o incluso podría verlo como parte de su manada. Y la parte en la que el Fantasma se lo dice a Feanor: "Antes de tus juramentos", hago referencia a antigüedad.

-Respecto al Eclipse, si habrá uno en la historia, pero no como arma apocalíptica (como bien dis, eso se lo dejamos a Hades). La noche Eterna hace referencia a otra cosa que ya veremos m´´as adelante.

-Justo esa escena en la peli de Abel fue mi inspiración para la escena de Eros. :)

-Y no será lo único que veamos de la armadura de Crateris.

-Lo de certeza si fue casualidad :O

 

 

Saludos y gracias por leer!  :aa127b4:


Editado por Cástor_G, 03 March 2026 - 01:58 am.


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Publicado 03 March 2026 - 01:57 am

Saludos Castor. Bueno avancé con el capitulo 2. Me impresiona mucho tu forma de describir, pero igual siento que demoras un poco en q las cosas pasen. Me gusto más este capitulo, ya que en sí hubo d[...]

 

Wena!

 

-Como te comenté por otro medio, en este fic estoy tratando de desarrollar un poco más a los personajes, antes de adentrarme en las peleas largas. En el fic anterior muchas veces le daba desarrollo a un personaje (principalmente antagonistas), pero lo hacía dentro de un mismo capítulo. Esto lo hacía porque me gusta hacer capítulos que aunque sigan una historia larga, se puedan sentir como capítulos autoconclusivos. Me sigue gustando ese estilo y de cierta manera lo sigo manejando en esta precuela (Un tema central en cada capítulo, división por subcapítulos para hacer amena la lectura y saltar entre tiempos y lugares más fácilmente, reflexión inicial y final conectadas, frase celebre atemporal), pero a veces sentía que estaba escribiendo episodios semanales de Pokemón, donde cada capítulo presentaba a un pokemon nuevo. Y aunque sigo manteniendo la misma estructura narrativa, ya no quiero que se sienta como episodios de Pokemon. xD

-En esta versión de la historia, habrá Santos Negros clónicos de varias constelaciones, principalmente de bronce juju, que son los que pueden servir como carne de cañón. Los equivalentes a plata y oro sí serán únicos.

-Para ver la identidad del Fantasma falta un buen aún xD.

-Desde que diseñé a Láncelot de Capricornio por allá en 2009 ( x_x), siempre tuve en mente a Mordred de Capricornio y Clarent. Hasta Okada se me adelantó xD, creo que hay un personaje llamado Mordred en Episodio G. Lo que no sé es si es Capricornio también, y si usa a Clarent, eso si lo desconozco.

-Jajaja, ciertamente. Athomic Thunderbolt es del animé, y el Infinity Break es de Espisodio G. Culpa del maestro que ha querido envolver en tanto misterio a Sagitario.

 

Saludos y gracias por leer! :a28:



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Publicado 09 March 2026 - 13:08 pm

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Capítulo 4:

ECLIPSE

 

Cuando la luz vacila, el mundo deja de obedecer reglas simples. No es la oscuridad la que inaugura el cambio, sino el momento exacto en que el día ya no puede sostenerse a sí mismo. En ese umbral breve, todo converge: voluntades, destinos y promesas. Y lo que estaba destinado a ocurrir… encuentra por fin el momento adecuado.

 

1. Garras, Colmillos y Pétalos de Flor

Scar no midió distancia ni buscó ángulo. Se lanzó con la brutalidad de una bestia que confía más en el impulso que en la estrategia. El suelo se desgarró bajo sus pies cuando impulsó el salto, y su cuerpo cruzó el campo como una sombra viva, baja y veloz.

Feanor apenas tuvo tiempo de afirmarse. Su cosmos estalló en torno a él en una expansión súbita, con pétalos rosados girando en espiral como fragmentos de un mandala defensivo. Scar atravesó la primera capa sin vacilar. Las garras chocaron contra la energía condensada con un chasquido seco, arrancando chispas doradas y obligando a Feanor a retroceder medio paso.

—¡Demasiado rápido! —exclamó entre dientes.

Scar cayó frente a él y volvió a impulsarse de inmediato, encadenando un segundo ataque sin conceder espacio. Sus movimientos no seguían una forma reconocible; no había postura ni técnica depurada, solo una sucesión de embestidas precisas y feroces, guiadas por un instinto afinado en la caza.

Feanor desvió el primer zarpazo con el antebrazo. El impacto le recorrió el cuerpo como una descarga, obligándolo a girar sobre sí mismo para disipar la fuerza. El segundo ataque rozó su costado, y sintió el tirón metálico de las garras sobre la armadura. No penetraron, pero el sonido fue suficiente para tensar sus nervios.

—No pelea como un Santo —murmuró Feanor, retrocediendo—. Pelea como algo que quiere desgarrar.

Scar rio, con un sonido breve y áspero, sin apartar los ojos de él.

—¿Eso te sorprende? —dijo, ladeando la cabeza—. Los templos enseñan a ganar. El hambre enseña a sobrevivir.

—Suficiente —dijo Feanor, con voz firme y contenida; los rasguños en su armadura ardían recordándole que cada segundo perdido era terreno cedido—. No voy a permitir que destroces mi cuerpo como si fuera presa de caza.

Su cosmos estalló con una ferocidad que no había mostrado antes; algo en su interior había dejado de contenerse. Los pétalos de cerezo que flotaban dispersos a su alrededor comenzaron a multiplicarse, brotando del aire mismo como flores efímeras que florecían y morían en el mismo instante. No eran simples fragmentos de energía, eran recuerdos solidificados de primaveras imposibles, delicados y letales a partes iguales.

Feanor alzó ambas manos hacia el cielo, con los dedos extendidos como si intentara atrapar algo que solo él podía ver.

—¡VORTEX BLOSSOM!

El campo entero tembló. Los pétalos respondieron a su llamado con una obediencia absoluta, girando en espiral ascendente, acelerando, entrecruzándose en capas superpuestas hasta formar un remolino colosal que se alzó desde la tierra como una columna viva. El aire silbó al ser arrastrado hacia el centro, y las flores se desprendieron de sus tallos para sumarse a la danza furiosa.

Scar intentó retroceder, pero era tarde. El vórtice lo envolvió con la voracidad de una bestia hambrienta. Los pétalos rosados, antes hermosos y frágiles, se transformaron en fragmentos afilados que giraban con una velocidad imposible de seguir. No cortaban con el filo uniforme de una espada; lo hacían con la irregularidad brutal de mil dagas lanzadas al azar, rasgando desde todos los ángulos, sin patrón y sin piedad.

Scar rugió, cruzando los brazos frente a su rostro mientras su armadura negra comenzaba a astillarse bajo el asalto constante. Los pétalos golpeaban como martillos diminutos, cada impacto acompañado de un chasquido seco, y la suma de todos ellos creaba un estruendo continuo, ensordecedor, cual granizo cayendo sobre metal.

—¡Maldito...! —gruñó, intentando moverse, pero el viento del vórtice lo mantenía suspendido, girando en el centro de aquella tormenta floral.

El remolino lo arrastraba a la izquierda y luego a la derecha, como si el mundo entero hubiera decidido que su única función era ser molido por aquella belleza despiadada.

Feanor, de pie en el ojo inmóvil de la tormenta, observaba con expresión tensa. Su respiración era agitada, y pequeñas gotas de sudor resbalaban por su frente, pero su cosmos no vacilaba.

—Los templos enseñan a ganar —dijo Feanor, repitiendo las palabras de Scar con voz serena—. Pero también enseñan a no morir.

El vórtice rugió con mayor fuerza, y los pétalos comenzaron a brillar con un fulgor rosado, como si cada uno de ellos hubiera absorbido un fragmento del alma de Aries.

Scar, atrapado en el centro de aquel infierno florido, dejó escapar un grito que fue tragado por el estruendo de la tormenta.

El vórtice comenzó a desacelerarse gradualmente, perdiendo fuerza mientras los pétalos se dispersaban en el aire como ceniza rosada. El rugido ensordecedor cedió paso a un silencio expectante, roto solo por el susurro suave de las flores descendiendo.

Scar cayó de bruces sobre la hierba con un golpe sordo. Su armadura negra estaba cubierta de rasguños profundos y abolladuras irregulares que atravesaban el metal como cicatrices recientes. Sangre oscura manaba de varios cortes en sus brazos y rostro, empapando la tierra bajo él.

Feanor observó el cuerpo inmóvil de Scar con una expresión que no era triunfo, sino algo más cercano a la compasión.

—Lamento haber tenido que lastimarte de esa forma —dijo con voz calmada, casi melancólica—. No percibo en ti la ponzoña del odio, solo el instinto desnudo del depredador.

Dio un paso hacia adelante, dispuesto a verificar el estado de su oponente, pero algo le hizo detenerse. Un pensamiento incómodo, una advertencia sin palabras. Entonces giró sobre sus talones, decidiendo marcharse. Ya había perdido suficiente tiempo.

Apenas había dado tres pasos cuando una sombra negra le cerró el paso. Feanor se detuvo en seco, con los ojos muy abiertos; Scar estaba frente a él, de pie, tambaleándose levemente pero erguido. La sangre goteaba desde su barbilla, y sus ojos brillaban con una intensidad salvaje que no había disminuido ni un ápice. Sonreía… esa misma sonrisa indómita, ahora manchada de rojo.

—¿En serio creíste...? —escupió sangre al suelo— ¿...que la caricia de unas flores bastaría para amansarme?

Alzó ambas manos a la altura del rostro. Las garras negras emergieron de sus dedos, más largas que antes, vibrando con un cosmos oscuro que parecía pulsar con cada latido de su corazón.

—¡EBONY CLAW PRESSURE!

Scar se lanzó como una exhalación negra, más que un ataque fue una ráfaga. Sus garras se movieron tan rápido que el aire silbó con cada zarpazo, creando un patrón imposible de seguir. No atacaba desde un solo ángulo; atacaba desde todos a la vez. Diagonal ascendente, horizontal izquierda, descendente vertical, lateral derecha. Cada movimiento encadenaba con el siguiente sin descanso y sin misericordia.

Feanor intentó alzar la guardia, pero los zarpazos lo golpeaban más rápido de lo que podía reaccionar. Sintió cómo las garras atravesaban los puntos débiles de su armadura, rasgando la carne debajo: costado, muslo, brazo y cuello.

Cada impacto era una explosión de dolor.

—¡Ahh! —gritó, retrocediendo a trompicones, pero Scar no le daba tregua.

El Santo de Leo Negro avanzaba con cada zarpazo, acortando la distancia, eliminando cualquier posibilidad de escape. Sus garras se volvieron borrosas, transformándose en sombras afiladas que cortaban el aire y la carne con la misma facilidad.

Feanor sintió cómo sus piernas cedían. Intentó mantenerse en pie, pero la sangre resbalaba por su armadura en regueros calientes, empapando sus ropas y manchando la hierba bajo sus pies.

Cayó de rodillas primero, con las manos apoyadas en el suelo, respirando en jadeos entrecortados. Luego, incapaz de sostener su propio peso, se desplomó hacia un lado; la tierra suave del campo de flores lo recibió sin resistencia. Su visión se nubló, y el mundo comenzó a teñirse de rojo.

Scar se detuvo finalmente, de pie sobre él, con las garras aún goteando sangre. Respiraba con agitación, pero la sonrisa permanecía intacta.

—Eso estuvo mejor —dijo, casi con aprobación—. Aguantaste más que cualquier otra presa.

Feanor intentó hablar, pero solo salió un murmullo incoherente. La sangre llenaba su boca, y sus extremidades no respondían.

El campo de flores, antes intacto y hermoso, estaba ahora manchado de carmesí.

Scar se agachó lentamente, acuclillándose a la altura de Feanor con esa postura felina que le era natural. Acercó el rostro, y con un movimiento deliberado, posicionó las garras de su mano derecha contra el cuello del Santo de Aries. El filo oscuro rozó apenas la piel, sin cortar aún, solo presionando lo suficiente para que Feanor sintiera la amenaza latente.

—Tu carne ya huele a carroña —susurró Scar, con una intimidad casi obscena, como si compartiera un secreto que solo ambos comprendían.

Pero entonces, algo cambió en el aire. Los pétalos dispersos sobre la hierba comenzaron a vibrar, a levantarse del suelo obedeciendo a un llamado silencioso. Scar erizó ligeramente el pelaje de su nuca, sintiendo una presencia detrás de él, pero no tuvo tiempo de girarse.

Una mano colosal se materializó a sus espaldas. No era de carne ni de metal, era una construcción imposible formada enteramente por pétalos de cerezo, entrelazados con una densidad tal que parecían sólidos; los dedos se extendían como columnas rosadas, cada uno del grosor de un tronco de árbol.

La mano se cerró sobre Scar con la velocidad de una trampa disparándose.

—¡¿Qué...?! —alcanzó a exclamar antes de que los dedos florales lo atraparan.

Lo levantaron en el aire sin esfuerzo, alzándolo varios metros sobre el suelo mientras los pétalos se ajustaban alrededor de su cuerpo como grilletes vivos.

Feanor, aún tendido sobre la hierba empapada en sangre, se incorporó y alzó lentamente su brazo derecho. Temblaba por el esfuerzo, y la sangre seguía goteando desde sus heridas, pero su mano se extendió hacia adelante, con los dedos abiertos, tensos, como si sostuviera algo invisible.

—Blossom... Crush... —murmuró, con la voz ronca, quebrada, pero cargada de determinación.

Su mano comenzó a cerrarse, lentamente, milímetro a milímetro. Y la mano de flores obedeció.

Los dedos colosales comenzaron a contraerse alrededor de Scar, apretando, comprimiendo. Los pétalos que formaban la estructura se tensaron como músculos, ejerciendo una presión creciente que no dejaba espacio para la respiración ni para el movimiento.

Scar rugió; no fue un grito de dolor, sino un bramido salvaje, gutural, lleno de furia y desesperación. Intentó extender las garras para romper la prisión floral, pero la presión de aquella mano gigantesca lo aplastaba sin piedad. Cada zarpazo moría antes de nacer, contenido por la marea inagotable de pétalos que se cerraba sobre él con la paciencia implacable de una tumba.

Su armadura negra comenzó a crujir, primero con un sonido sutil, casi imperceptible, como el chasquido de una rama sometida a demasiada presión, pero pronto el crujido se intensificó y las placas de metal empezaron a protestar, doblándose lentamente bajo la fuerza implacable de aquella mano de pétalos que lo comprimía sin piedad.

—¡Maldito...! —gritó Scar, retorciéndose.

—El hambre no es exclusiva... de los depredadores... —susurró Feanor, con determinación, y cerró los dedos un poco más— La presa también aprende... a sobrevivir.

La presión aumentó; el crujido del metal se volvió ensordecedor, y grietas finas comenzaron a aparecer en la armadura negra, recorriendo el pecho, los hombros, los brazos. La estructura que lo protegía empezaba a ceder, a resquebrajarse bajo una fuerza que no venía de puños ni de cosmos directo, sino de la voluntad inquebrantable de un Santo de Oro que se negaba a caer.

Scar rugió una vez más, con los ojos inyectados en sangre, y la sonrisa borrada de su rostro, reemplazada por una mueca de dolor y rabia pura.

Y Feanor, desde el suelo, con el cuerpo destrozado pero la voluntad intacta, cerró el puño por completo.

—Se acabó —susurró.

El estruendo fue brutal. Un crujido múltiple, seco y definitivo, como el de ramas antiguas quebrándose bajo un peso insoportable. El sonido del hueso cediendo se mezcló con el chillido metálico de la armadura desintegrándose en pedazos irregulares que cayeron hacia el suelo como lluvia negra.

Scar dejó escapar un último grito ahogado antes de que su cuerpo se arqueara violentamente, y luego quedara inmóvil.

La mano de pétalos se disolvió en el aire, deshaciendo su forma como niebla arrastrada por el viento.  El cuerpo inerte de Scar cayó desde la altura, estrellándose contra la hierba con violencia. Su pecho subía y bajaba con dificultad, pero respiraba, estaba vivo. Inconsciente, pero vivo.

Feanor dejó escapar un suspiro entrecortado y, con un esfuerzo que hizo protestar cada músculo de su cuerpo, se acercó lentamente al cuerpo de Scar. La sangre goteaba de sus heridas sobre la hierba, tiñendo de carmesí los pétalos caídos. Cada paso era una agonía silenciosa, pero no se detuvo.

Cuando llegó a su lado, se arrodilló con cuidado, observando al Santo Negro caído. La armadura destrozada dejaba al descubierto gran parte de su torso, y lo que Feanor vio lo hizo contener el aliento.

El pecho de Scar estaba cubierto de cicatrices. No eran marcas recientes ni producto de este combate. Eran antiguas, profundas, distribuidas sin orden aparente sobre la piel bronceada. Algunas eran líneas finas, casi imperceptibles; otras, surcos gruesos que parecían haber sido dejados por garras o colmillos. Historias de supervivencia escritas en carne viva, testimonios mudos de una vida que no conoció la piedad.

Feanor extendió la mano con cuidado, palpando las costillas de Scar con delicadeza. Sintió las fracturas bajo la piel, los huesos desplazados, la respiración irregular.

—Algunos de tus huesos se han roto —murmuró, con voz calmada, casi compasiva—. Pero sobrevivirás. Eres demasiado terco para morir aquí.

Retiró la mano y observó el rostro inconsciente de Scar. Incluso dormido, había una tensión en sus rasgos, como si la guardia nunca pudiera bajar del todo.

—Me gustaría conocer la historia detrás de tu hostilidad —continuó Feanor, hablando más para sí mismo que para el cuerpo inmóvil—. Las cicatrices que llevas no fueron hechas por guerra... fueron hechas por hambre, por necesidad. Por un mundo que te enseñó a morder antes de que pudieras caminar.

Hizo una pausa, sintiendo el peso de aquellas palabras.

—Pero este no es el lugar ni el tiempo para tales conversaciones.

Se incorporó lentamente, sintiendo cómo sus propias heridas protestaban con cada movimiento. Miró una última vez a Scar, y algo en su expresión se suavizó.

—Si nuestros caminos vuelven a cruzarse —dijo con voz firme, a pesar del dolor—, espero que no sea en combate. Espero que sea en circunstancias donde puedas hablar sin garras... y yo sin necesidad de flores.

Giró sobre sus talones, tambaleándose apenas, y comenzó a alejarse. Sus pasos dejaban huellas de sangre sobre la hierba verde, marcando su partida como una herida más sobre aquel campo que ya había visto demasiada violencia.

Scar quedó atrás, inconsciente entre los restos de su armadura y los pétalos de cerezo que aún flotaban en el aire como testigos silenciosos.

 

2. Eclipse

Al pie del volcán, donde la tierra se resquebrajaba en venas de roca negra y el aire ardía con un aliento sulfuroso, yacían las ruinas de un altar antiguo. No seguía estilo alguno ni se dejaba encerrar en una era concreta, como si hubiese sido levantado fuera del hilo del tiempo que los hombres creen comprender. Sus piedras estaban erosionadas por el tiempo y el fuego, grabadas con símbolos incompletos, tallados por manos que no buscaban ser comprendidas, solo obedecidas.

El altar se alzaba en el centro del claro, una plataforma circular de piedra ennegrecida, manchada por antiguas quemaduras y fracturas abiertas por el calor constante del volcán. Sobre él reposaba la armadura de Crateris. Su brillo plateado contrastaba con la negrura del entorno, sereno, intacto, como si el caos que lo rodeaba no tuviera derecho a tocarla. La copa reflejaba una luz tenue y mutable, un resplandor que no provenía del cielo ni del fuego, sino de algo que parecía observar desde dentro.

Detrás de la armadura, inmóvil como una sombra anclada a la realidad, se erguía el Fantasma del Crepúsculo. Su presencia no necesitaba imponerse para resultar abrumadora; pesaba sobre el altar y la roca misma como una certeza antigua. No observaba la armadura ni las ruinas por separado, sino el conjunto entero, con la atención de quien contempla un mecanismo sagrado en el instante exacto previo a ponerlo en marcha.

A un costado del altar, tendido sobre la roca volcánica, yacía el cuerpo inconsciente de Lysander. Su respiración era débil, irregular, y su armadura mostraba señales claras del combate reciente. Sangre seca marcaba grietas en el metal y en su piel, como vestigios de una resistencia que había llegado demasiado tarde.

Junto a él, de pie y en silencio, se encontraba Mordred de Capricornio. Su postura era recta, casi marcial, y en brazos y piernas latía la presencia invisible de Clarent, contenida, lista, como una violencia dormida bajo la piel. No miraba a Lysander con compasión ni con desprecio, lo custodiaba, como se custodia un elemento necesario, como se vigila algo que aún debe cumplir una función.

Frente al altar, distribuidos en un semicírculo irregular, se encontraban los Santos Negros menores, una veintena de figuras arrodilladas sobre la piedra, con las cabezas inclinadas y los puños cerrados contra el suelo. Sus armaduras, dispares y desgastadas, apenas reflejaban el fulgor rojizo del volcán. Nadie hablaba ni se movía; no rezaban, solo esperaban.

Ningún sonido reclamaba espacio entre las piedras del altar, como si el lugar aguardara una señal precisa para volver a respirar. Mordred fue el primero en romper el silencio.

—He cumplido mi parte —dijo sin elevar la voz—. El Santo de Sagitario está aquí, con vida, tal como lo exigiste. Desde hace rato.

El Fantasma del Crepúsculo no respondió de inmediato, su atención seguía fija en el altar, en la armadura y en aquello que aún no se manifestaba. Cuando habló, su voz no pareció provenir de un punto concreto del espacio, sino del aire mismo que vibraba alrededor de las ruinas.

—Y, sin embargo, todavía no es el momento.

Mordred frunció apenas el ceño. No dio un paso, pero su incomodidad fue evidente.

—La ceremonia debía iniciar con su llegada. Eso fue lo acordado.

—La ceremonia inicia con la noche —respondió el Fantasma—. No antes.

Mordred alzó la mirada hacia el cielo abierto sobre el volcán. Allí donde antes el humo había impuesto su dominio, el aire parecía haberse replegado, como si las columnas oscuras hubieran sido empujadas a los márgenes por una voluntad invisible. El sol aún dominaba lo alto, cruel y abrasador, arrancando reflejos incandescentes de la roca negra.

—No estamos ni cerca del ocaso —replicó—. Falta demasiado.

El Fantasma giró entonces, lo justo para que su atención se posara en él. No hubo reproche, solo una paciencia antigua, casi condescendiente.

—No aguardamos la noche que llega tras el ocaso —dijo, con una voz que no admitía réplica, más cercana a una sentencia que a una respuesta—. La noche que necesitamos no desciende obedeciendo al cansancio del cielo. Llega cuando la luz es obligada a retirarse.

Alzó una mano, señalando el firmamento, aún dominado por la luz del sol.

—En cuestión de minutos, el sol será cubierto. No por voluntad divina ni por capricho natural, sino por el movimiento exacto de cuerpos que no se desvían jamás de su curso. La luna avanzará y, por un instante, la luz será negada al mundo.

Mordred asintió apenas, como si la explicación encajara en su mente con precisión matemática.

—Un eclipse —murmuró.

—Un umbral —corrigió el Fantasma—, el instante perfecto, ni día ni noche, un vacío breve en el que las leyes se aflojan y aquello que no debería cruzar puede hacerlo. Cuando la sombra caiga —concluyó—, la ceremonia comenzará por sí sola.

Mordred volvió a mirar a Lysander. El Santo de Sagitario seguía inconsciente, ajeno al peso de las palabras que se alzaban sobre él.

—Entonces esperaremos —dijo finalmente, sin ocultar el filo en su voz.

Muy arriba, en una altura imposible de alcanzar con la mirada, imperceptible aún para los ojos humanos, la luna ya había iniciado su avance, interponiéndose de forma gradual en el camino de la luz, marcando el comienzo silencioso del eclipse.

 

3. Interludio

Feanor avanzaba a paso rápido por el sendero de roca, pero su cuerpo no tardó en recordarle el precio del combate. Cada respiración era un tirón en el pecho, cada zancada un eco punzante en músculos que aún no habían terminado de cerrar sus heridas.

Se detuvo bajo la sombra de un árbol solitario, una silueta improbable en aquel terreno hostil. Sus raíces se aferraban a la tierra agrietada como una obstinación antigua, y su follaje, aunque ralo, se negaba a ceder ante el calor y la ceniza.

Feanor se inclinó ligeramente para recuperar el aliento, y la irregularidad de la sombra llamó su atención.

Sobre la roca, la sombra proyectada por las hojas no era continua. Se fragmentaba en decenas de pequeñas medias lunas, manchas curvas que se repetían con una precisión inquietante. Alzó la vista de inmediato; el sol seguía allí, alto aún, pero su luz había cambiado. No era la claridad franca de antes, sino un resplandor extraño, apagado, como si el mundo estuviera siendo iluminado a través de un velo.

—Ahora lo entiendo… —murmuró—. La luz se sentía extraña, como si el día hubiera perdido su firmeza.

No era un cambio brusco ni una oscuridad evidente, sino una negación sutil: el sol aún brillaba, pero algo ya se interponía en su dominio.

El reconocimiento no trajo calma, al contrario. Desde hacía un buen rato, incluso antes de detenerse, una sensación incómoda lo acompañaba: una presión sorda en el pecho, una certeza sin forma. Algo se había reunido al pie del volcán. No de manera accidental ni dispersa, sino con intención. Como si varias voluntades distintas hubieran decidido ocupar un mismo punto del mundo.

Feanor cerró los dedos, sintiendo cómo su cosmos respondía con un pulso tenue pero firme.

—Así que es ahí…

Sin decir nada más, abandonó la sombra del árbol y retomó el camino. El dolor seguía ahí, recordándole cada paso que daba, pero no era eso lo que lo inquietaba. Algo avanzaba sobre el cielo, y con ello, una sensación difícil de nombrar.

El eclipse no solo robaba luz, también comenzaba a robar calor. El aire, que hasta hacía poco ardía sobre la piel, empezó a volverse denso y frío. No de golpe, sino con una lentitud calculada, como si el mundo se enfriara a propósito, midiendo el efecto de cada grado perdido.

Para alguien que entendía el mundo desde la piel antes que desde la razón, el cambio era innegable. El frío no mordía, insinuaba su presencia, recorriendo la superficie del cuerpo y dejando tras de sí una ausencia de calor que no pertenecía al día.

Eros de Piscis se detuvo un instante.

El descenso de la temperatura no era natural. No seguía el ritmo del viento ni la lógica del terreno volcánico. Era un frío que descendía desde arriba, desde un cielo que comenzaba a negar su propia luz, filtrándose en la piel y apagando poco a poco la vitalidad del entorno.

Sintió el frío primero en los dedos, luego en la nuca, extendiéndose con la paciencia de algo que no tenía prisa. Pensó en los pétalos de una rosa expuestos al frío de la noche: tensos, frágiles, aferrados a una belleza que el mundo no siempre permite conservar.

Cerró los ojos un instante, dejando que el frío recorriera su piel sin resistencia.

—Toda mi vida perseguí la belleza que no se marchita —murmuró para sí mismo, con una voz apenas audible—. Y ahora camino hacia la única promesa que dice poder mantenerla eterna. ¿Será posible?

Abrió los ojos y miró sus propias manos, perfectas aún, inmaculadas pese a la violencia que habían sembrado.

—Las rosas más hermosas son las que nunca conocen el invierno —susurró—. Las que no se marchitan. Las que no necesitan temer al frío... ni al tiempo.

Alzó la mirada hacia el sol que se desvanecía lentamente, sintiendo cómo la sombra crecía sobre el mundo.

—¿Fui enviado a esta isla... o fui llamado por ella? —se preguntó, con una voz que apenas rozaba el silencio—. ¿Acaso el destino no es más que el camino que ya estaba trazado bajo nuestros pies, esperando que tuviéramos el valor de reconocerlo?

Reanudó la marcha hacia el volcán, sin haber encontrado respuesta... o quizás, sin querer admitir que ya la conocía.

Al pie del volcán, donde la luz comenzaba a fallar y las sombras se extendían con una voracidad antinatural, el Fantasma del Crepúsculo permanecía inmóvil tras la armadura de Crateris.

No observaba el cielo como los mortales solían hacerlo cuando algo los inquietaba. No alzaba el rostro ni buscaba confirmación en el avance de la luna, simplemente sabía. Sentía el cambio en el aire con la misma certeza con la que otros sentían el peso de su propia respiración.

El eclipse no era un evento que debiera ser observado: era una convergencia que debía ser reconocida.

A su alrededor, los Santos Negros arrodillados comenzaron a inquietarse levemente. Algunos alzaban la mirada hacia el cielo con aprensión mal disimulada. Otros permanecían rígidos, como si la quietud pudiera protegerlos de aquello que estaba por venir.

Mordred, de pie junto al cuerpo inconsciente de Lysander, no se movió, pero su atención también se dirigió hacia arriba. El sol, antes dominante e implacable, ahora parecía una moneda de oro siendo devorada por la boca invisible de la noche.

La temperatura continuaba descendiendo. Ya no era una insinuación, era una declaración: el calor del volcán cedía terreno ante algo más antiguo, más absoluto.

El Fantasma alzó una mano, lenta, deliberada, como si trazara una línea invisible en el aire.

—Prepárate, Mordred de Capricornio —dijo, y su voz no pareció viajar por el aire, sino surgir del propio descenso de la luz—. El rostro del sol está a punto de ser velado.

La sombra continuó avanzando, cerrándose sobre el mundo con una precisión implacable.

—Cuando la luna complete su paso, no habrá día ni noche, solo el instante. Y en ese instante… comenzaremos.

***

No todo cambio llega con estruendo. Algunos comienzan en silencio, cuando la luz todavía insiste en permanecer y la oscuridad aún no se atreve a reclamar su nombre.

En esos breves intervalos —cuando el mundo no es día ni noche— las voluntades se revelan, los juramentos se ponen a prueba y las decisiones tomadas pesan más que cualquier profecía.

Porque no es la sombra la que transforma a los hombres, sino lo que eligen hacer cuando la luz deja de ser suficiente.

 

 

 

 

"El carácter es lo que eres en la oscuridad." - Dwight L. Moody


Editado por Cástor_G, 09 March 2026 - 23:31 pm.


Capítulo 13: UNA NOCHE EN EL CASTILLO
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