
Capítulo 2:
El Fantasma del Crepúsculo
Hay momentos en los que la historia no se escribe con palabras, sino con sangre. La primera gota derramada marca el inicio de algo que ya no puede detenerse, como una grieta invisible que recorre el mármol de un templo milenario. Aún no se ve el derrumbe, aún no se escuchan los lamentos, pero la fractura ya existe, profunda y silenciosa, esperando el momento preciso para ensancharse y tragarse todo lo que alguna vez fue sólido.
1. Serpientes Negras
Eros de Piscis avanzaba en silencio. Sus pasos se hundían en un sendero áspero de tierra oscura y piedra volcánica, un camino irregular que parecía haber sido moldeado más por la furia del mundo que por manos humanas. Cada pisada levantaba un polvo fino y grisáceo que se adhería a la base dorada de su armadura como ceniza antigua. El aire era denso y sofocante, saturado por el calor que emanaba de la isla misma. Bajo la corteza de piedra volcánica, corrientes de lava fluían sin descanso, calentando el suelo hasta hacerlo casi hostil al contacto. No era un calor sobrenatural, sino el aliento constante de un volcán que jamás dormía.
A cada paso, el terreno cambiaba. La tierra cedía lentamente su lugar a los restos de un pavimento olvidado: baldosas de piedra resquebrajadas, comidas por el polvo y el tiempo, cubiertas de grietas que parecían venas secas sobre la piel del mundo. No seguían un patrón reconocible; no eran griegas, ni romanas, ni pertenecían a civilización alguna que Eros hubiera estudiado en los registros del Santuario. Eran vestigios de algo que había existido antes de que los nombres actuales tuvieran significado, antes de que las armaduras respondieran al llamado de Athena y los Santos caminaran como tales por el mundo.
Los pilares aparecieron después. Columnas derruidas, partidas a la mitad, algunas apenas en pie, otras reducidas a fragmentos enterrados en la ceniza endurecida. No sostenían nada ya, pero aun así conservaban una dignidad silenciosa, como guardianes que se negaban a abandonar su puesto pese a que el reino al que servían había sido borrado de la historia. Entre ellas, el camino se estrechaba, obligando a Eros a avanzar por una especie de corredor funerario, flanqueado por ruinas que parecían observarlo.
Nada indicaba presencia reciente. Las ruinas yacían sumidas en un abandono solemne, como si el tiempo las hubiera reclamado por completo. Pero bajo esa quietud pesada, algo persistía: el lugar estaba lejos de estar muerto.
El cosmos de Eros vibró con una tensión casi imperceptible, como una cuerda afinada al límite. No era una amenaza abierta, sino una invitación. Una presencia que no se imponía… pero que esperaba.
Al final del corredor, entre pilares colapsados y los restos de un muro que alguna vez debió ser majestuoso, se alzaba un portal: dos estructuras de piedra oscura, altas y estrechas, enfrentadas entre sí, separadas por un vacío perfecto. No formaban un arco; no se tocaban.
Más allá del portal, el mundo no se extinguía. Entre las columnas enfrentadas, enmarcado como una visión deliberada, se alzaba el cono del volcán. Su silueta oscura dominaba el horizonte cercano, y desde su cima ascendía una columna constante de humo espeso que se confundía con el cielo ceniciento. Ríos de lava descendían por sus flancos, visibles incluso a la distancia, trazando venas incandescentes sobre la piel de la isla. El calor era tangible, pulsante, y el aire vibraba con una presión que parecía latir al mismo ritmo que la tierra.
Eros se detuvo frente al portal, y por primera vez desde que había puesto un pie en la isla, sonrió. No fue una sonrisa de burla ni de triunfo, fue un gesto leve, casi imperceptible, provocado por una sensación extraña en su pecho: como si su cosmos, sin que él lo ordenara, hubiera respondido a algo que lo estaba observando desde el otro lado.
Desde las sombras que se acumulaban entre los pilares derruidos, cuatro figuras emergieron sin anuncio alguno. No descendieron del cielo ni surgieron del suelo: simplemente estaban ahí, como si la isla los hubiera exhalado.
Vestían armaduras negras de líneas sinuosas, evocaciones corrompidas de la constelación de Andrómeda. Las cadenas que portaban no colgaban inertes; se deslizaban lentamente sobre la piedra, reptando con un sonido metálico bajo y constante, cual serpientes inquietas que olfatean sangre. Sus rostros estaban a la vista, tensos y concentrados, pero sus ojos carecían de emoción reconocible. Eros sintió sus miradas clavarse en él con una atención reverente y hostil a la vez.
Cerraron el cerco con pasos sincronizados, y las cadenas comenzaron a elevarse en el aire, vibrando suavemente, listas para atacar.
—Has caminado demasiado lejos, Santo de Athena —advirtió el más alto de los Santos Negros, con una sonrisa ladeada cargada de desprecio—. Este no es un sendero hecho para ustedes.
Eros no se inmutó. Sus labios se curvaron apenas, no en burla abierta, sino en una ironía serena que rozaba la condescendencia.
—¿Eso crees? —respondió con calma exquisita—. Y dime… ¿qué pretenden hacer al respecto?
Otro de los Santos Negros dio un paso al frente, tensando las cadenas que rodeaban sus brazos.
—Los Santos de Athena siempre han sido iguales —escupió—. Caminan hacia la boca del lobo creyéndose pastores, cuando no son más que corderos extraviados.
No hubo más advertencias. El aire vibró con un estallido de cosmos oscuro cuando los cuatro alzaron sus brazos al mismo tiempo.
—¡Black Mamba Spiral!
Las cadenas negras se dispararon en perfecta sincronía, cruzando el espacio como víboras liberadas de un mismo nido. No se limitaron a rodear a Eros: se enroscaron en su cuerpo con una precisión brutal, apretándose alrededor de sus extremidades, su torso y su cuello como serpientes vivas obedeciendo a una sola voluntad.
Por un instante, el Santo de Piscis quedó atrapado en una espiral de cadenas negras, aprisionado en el centro de un ritual de muerte perfectamente ejecutado. Pero Eros no se agitó cuando las cadenas negras se cerraron sobre su cuerpo. Permaneció erguido, inmóvil, como una estatua de mármol atrapada en un abrazo indigno. Solo entonces habló, y su voz fue suave, casi indulgente.
—¿Esto es todo? —dijo con una serenidad hiriente—. Creí que al menos habría algo de dignidad en quienes se atreven a interponerse en mi camino.
Las cadenas se tensaron, como si respondieran a una voluntad propia, apretándose con mayor fuerza alrededor de su torso y extremidades. El metal oscuro vibró, ansioso por quebrarlo, mientras que Eros, simplemente, suspiró.
—Pobres diablos… —añadió, con una leve sonrisa—. Ni siquiera son conscientes de lo lejos que están de merecer mi atención.
Entonces alzó apenas el rostro, y su cosmos se manifestó. No fue una explosión brutal, sino una floración.
De su armadura emanaron pétalos oscuros, suaves como terciopelo y afilados como cuchillas. Rosas negras brotaron alrededor de su cuerpo, girando con elegancia letal, exhalando un aroma dulce que impregnó el aire.
—¡Piranhan Rose!
Los pétalos envolvieron las cadenas negras. Al principio, estas resistieron, o lo intentaron. Luego, comenzaron a crujir.
—¿Qué… qué está pasando? —balbuceó uno de los Santos Negros, con la voz quebrándose mientras observaba cómo su arma era devorada.
Las rosas se aferraron al metal como enjambres hambrientos. Los pétalos rasgaron, mordieron, pulverizaron las cadenas, reduciéndolas a fragmentos ennegrecidos que cayeron al suelo como ceniza inútil.
Liberado, Eros dio un solo paso al frente, y las rosas negras cambiaron de objetivo. Se lanzaron sobre los cuatro Santos Negros con una gracia espantosa. Los pétalos se clavaron en las armaduras de Andrómeda, desgarrándolas como si fueran tela podrida. El metal chilló al abrirse, y debajo, la carne fue alcanzada sin piedad.
Gritos ahogados estallaron en el corredor de ruinas. Las rosas no cortaban: devoraban. Cada pétalo se movía cual piraña, arrancando fragmentos de carne, abriendo surcos sangrientos, despojando a los cuerpos de toda resistencia. Los Santos Negros cayeron de rodillas, atrapados en una danza de belleza y muerte imposible de detener.
En segundos, todo terminó. Los pétalos se disiparon lentamente en el aire, marchitándose antes de desaparecer.
Eros permaneció en pie entre los cuerpos destrozados, impecable. Ni una sola mancha de sangre había tocado su armadura.
—La verdadera tragedia —murmuró, observando los restos sin emoción— es confundir el atrevimiento con el valor.
El polvo volvió a asentarse sobre las baldosas rotas. Las ruinas quedaron en silencio otra vez, como si nada hubiera ocurrido… y, sin embargo, algo observaba desde más allá.
2. El Fantasma del Crepúsculo
No fue inmediato, pero Eros comenzó a sentirlo: una leve presión en el aire, como si la isla hubiera cambiado de ritmo. El viento seguía soplando entre las ruinas, el volcán continuaba rugiendo a lo lejos… y, aun así, algo estaba fuera de lugar.
Una vibración tenue alteró el espacio frente a él, como el espejismo que levanta el calor sobre la roca ardiente. La distorsión fue adquiriendo contorno hasta sugerir una silueta incierta, nacida del aire mismo.
La forma se definió poco a poco. Era una figura suspendida a escasa altura del suelo, inmóvil, con las piernas cruzadas en posición de loto. La túnica negra que la cubría parecía tejida con sombra y polvo antiguo, y sobre su superficie emergían símbolos dorados grabados con una precisión ritual: ojos abiertos y cerrados, círculos incompletos, patrones que no reclamaban ser leídos, sino sentidos.
A medida que la figura se volvía más nítida, aquellos símbolos comenzaron a emitir un brillo tenue, apagado, como oro viejo que aún conserva memoria del fuego.
La capucha ocultaba su rostro por completo; no había facciones bajo ella. Solo un vacío negro, profundo, que no reflejaba la luz del amanecer ni el resplandor del magma distante. Aquel espacio no pertenecía al mundo físico.
La figura flotaba en silencio absoluto, suspendida en el aire. Las leyes del peso parecían incapaces de reclamarla. La túnica negra que la envolvía se mecía con las corrientes calientes que ascendían desde la tierra volcánica, ondulando con una lentitud antinatural, como si el tiempo a su alrededor transcurriera a un ritmo distinto.
Permanecía inmóvil, ajena al paisaje de ruinas y cadáveres. El lugar no era su destino, apenas un punto de tránsito dentro de una geografía mucho más vasta.
No atacó, no habló, no reaccionó ante los cuerpos destrozados a su alrededor. Simplemente estaba allí. Sin embargo, su sola presencia alteraba el entorno. El aire parecía más denso, y el espacio entre ambos se sentía cargado de una expectativa incómoda, como el instante previo a una revelación inevitable.
Eros no retrocedió. Alzó la mirada con calma, estudiando aquella presencia sin apremio, sin desafío. No sintió hostilidad, pero tampoco alivio. Observó los símbolos dorados que recorrían la túnica, el fulgor apagado que latía en ellos como memoria antigua, y comprendió, sin saber por qué, que aquella entidad no había llegado tras la batalla: había estado observando.
La certeza se asentó en su mente con una claridad perturbadora: no estaba frente a un enemigo, ni ante un aliado, sino ante algo que medía, que sopesaba, que leía más allá de la carne y del cosmos.
La sensación de control, tan natural en él, cedió apenas, como un pétalo que acusa el peso de una lluvia demasiado fría.
—No todos los que empuñan la luz creen en ella —dijo la voz.
No surgió de un punto preciso, resonó a la vez en el aire, en las ruinas, en la quietud que separaba a ambos. Era un murmullo profundo, fragmentado por ecos superpuestos, como si varias gargantas hablaran al unísono desde una distancia imposible. No había boca que lo pronunciara. El vacío bajo la capucha permanecía inmóvil, insondable.
Eros entornó los ojos.
—No eres un Santo Negro —afirmó con calma—. Su presencia es burda, ruidosa. La tuya… no pertenece a este lugar.
La figura no se movió, pero la túnica onduló levemente, como si hubiera asentido sin necesidad de gesto alguno.
—Los nombres cambian según la era —respondió la voz—. Yo soy llamado el Fantasma del Crepúsculo.
Eros dio un paso al frente, sin bajar la guardia.
—Entonces dime qué eres en realidad —exigió—. Porque no hueles a sangre reciente, ni a ambición. Y, sin embargo, hay en ti algo más antiguo que esta isla… más viejo que nuestras guerras.
Hubo una pausa. No un silencio, sino una suspensión expectante, como si el mundo contuviera el aliento.
—He leído tu corazón —dijo el Fantasma—. No con palabras. No con juicios. Y he visto que no perteneces a nadie más que a ti mismo.
El gesto de Eros se endureció al instante.
—Cuidado —advirtió, con voz baja y peligrosa—. Hay límites que ni siquiera los dioses cruzan sin pagar un precio. Hurgar en la voluntad de un Santo de Athena es uno de ellos.
—No he buscado lealtades —replicó la voz, serena—. Las lealtades se juran, se heredan, se imponen. Yo he buscado convicción.
Eros esbozó una sonrisa fría, cargada de desprecio.
—Si necesitas buscarla entre los Santos de Athena, es porque tu causa carece de fuerza propia. Los ideales verdaderos no se mendigan.
La figura permaneció suspendida, impasible.
—No busco poder —respondió el Fantasma—. El poder siempre encuentra manos dispuestas a empuñarlo. Busco voluntades capaces de caminar más allá del bien y del mal… y de hacerlo sin mentirse a sí mismas. Cuando eso ocurre, incluso bandos opuestos pueden hallar provecho mutuo.
El viento caliente recorrió las ruinas. Las sombras parecieron alargarse.
—No tienes que responder ahora —continuó la voz—. Las decisiones que importan no nacen de la urgencia, sino de la claridad. El crepúsculo siempre regresa, Eros de Piscis.
La imagen comenzó a desvanecerse lentamente, como si se disolviera en la luz y el polvo al mismo tiempo. La túnica fue lo último en desaparecer, fundiéndose con el aire hasta no dejar rastro alguno.
Cuando todo terminó, el silencio volvió a reclamar el lugar. Eros permaneció inmóvil, con la mirada fija en el espacio vacío. No había aceptado nada, y tampoco había prometido nada. Sin embargo, por primera vez, una idea ajena había logrado atravesar su orgullo sin ser rechazada de inmediato.
3. Clarent
El silencio que siguió al nombre fue más peligroso que cualquier grito. El cosmos de Lysander respondió antes que su voluntad. Ardió en su pecho como una hoguera repentina, recorriéndole los brazos, tensándole los músculos, afinando los sentidos hasta volverlos casi dolorosos. El aire a su alrededor vibró, deformado por el choque de dos cosmos que aún no se tocaban, pero ya se reconocían como enemigos.
Mordred no adoptó postura de combate, ese fue el primer error. O al menos, así lo creyó Lysander.
El Santo Negro permanecía erguido sobre la montaña de cráneos, con una pierna adelantada, con el pie aplastando un cráneo resquebrajado bajo su peso. Su antebrazo descansaba con naturalidad sobre la rodilla alzada, relajado, como si aquel enfrentamiento no mereciera siquiera el gesto de prepararse.
—Te veo demasiado confiado —dijo Lysander, sin apartar la mirada—. ¿O es que no presenciaste cómo cayeron tus hombres?
Mordred ladeó apenas la cabeza, como si la pregunta le pareciera genuinamente curiosa.
—Ningún Santo de Athena puede amedrentarme —respondió con voz grave, serena—. Es más sencillo que tú caigas bajo el filo de mi espada… que yo bajo tus puños.
Sus palabras no eran una amenaza. Eran una constatación.
Mordred suspiró, casi aburrido, y retiró el antebrazo de su rodilla con un movimiento mínimo, perezoso, propio de quien aparta una molestia insignificante. No hubo estocada ni avance: solo un gesto breve, casi imperceptible, que trazó un arco en el aire.
Lysander sintió el impacto un instante después. Un silbido seco rasgó el espacio frente a su rostro, seguido de una presión súbita y helada. Dio un paso atrás por puro instinto, llevando la mano a la mejilla. Cuando apartó los dedos, estos estaban manchados de rojo. La herida era leve, apenas una línea fina, pero sangraba.
El dolor llegó tarde, punzante, acompañado de una certeza incómoda: aquel ataque no había sido dirigido a matarlo, había sido una advertencia.
—¿Qué… fue eso? —preguntó, sin apartar la mirada de Mordred—. Ni siquiera te vi atacar.
Mordred dejó escapar una exhalación lenta, controlada, como si el tiempo jugara a su favor. Sus ojos negros descendieron un instante hacia la sangre que ya oscurecía la ceniza, y luego regresaron a Lysander con una calma que no ofrecía concesiones.
—¿Te refieres a esto? —movió el brazo.
No fue un golpe, no fue un ataque reconocible: fue un destello. Un rayo afilado atravesó el aire con un chasquido seco, invisible hasta que ya había pasado. Lysander sintió el impacto en la pierna un latido después. El dolor llegó como una quemadura súbita, precisa, y su cuerpo reaccionó antes que su mente. Retrocedió un paso y cayó de rodillas, llevando ambas manos al muslo; la armadura no cubría ese punto.
La sangre brotó entre sus dedos, oscura y caliente, empapando la ceniza bajo sus pies.
Lysander apretó con fuerza, respirando hondo, obligándose a no ceder. El suelo de cráneos crujió cuando tensó los músculos para mantenerse erguido. Y Mordred lo observaba sin prisa, con la misma calma con la que se contempla una grieta formándose en el hielo.
—No busques una hoja que no existe —dijo finalmente—. Clarent no se empuña, se manifiesta.
Levantó el brazo con lentitud deliberada, como si estuviera señalando algo que siempre había estado ahí, a la vista, esperando ser reconocido.
—En mis brazos y piernas habita Clarent —continuó—. La espada legendaria. Aquella que no solo corta la carne… sino la voluntad del hombre.
Sus ojos negros brillaron con un fulgor contenido.
—Y tú, Santo de Athena, ya has sentido su filo sin siquiera comprenderlo.
Lysander contrajo el rostro, obligando a sus piernas a responder. El dolor en el muslo era agudo, punzante, pero no insoportable. Había soportado cosas peores. Con un esfuerzo que hizo crujir los cráneos bajo sus pies, se incorporó lentamente, sin apartar la mirada de Mordred.
La sangre corría por su pierna, empapando la ceniza, tiñéndola de un rojo oscuro que se expandía en círculos irregulares. Respiró hondo, dejando que el aire caliente llenara sus pulmones, y su cosmos respondió con un rugido silencioso.
—Aunque veas la sangre correr de mi cuerpo como ríos —dijo, con voz firme pese al dolor—, no tienes la pelea ganada.
Dio un paso adelante, tambaleándose apenas, pero sin retroceder.
—Y aunque cortes mi cuerpo, Mordred… —su cosmos comenzó a arder con mayor intensidad, envolviéndolo en un aura dorada que hizo vibrar el aire a su alrededor— no voy a permitir que cortes mi voluntad.
Mordred no respondió, simplemente lo observó con esa calma inquebrantable, esperando.
Lysander cerró el puño derecho y lo lanzó hacia adelante con toda la fuerza que pudo reunir. Su cosmos estalló en una llamarada cegadora.
—¡ATOMIC THUNDERBOLT!
Incontables esferas de luz dorada se materializaron desde su puño, disparándose hacia Mordred como una lluvia de meteoros incandescentes. Cruzaron el espacio en trayectorias perfectas, cada una capaz de pulverizar roca, de atravesar armaduras, de desgarrar carne y hueso.
El aire silbó con el paso de los meteoros, y el abismo se iluminó como si el sol mismo hubiera descendido a sus profundidades.
Mordred no se movió de su posición, su cuerpo pareció danzar.
Sus brazos se alzaron con una fluidez imposible, trazando arcos en el aire que parecían seguir una coreografía antigua. Sus piernas se desplazaron en movimientos precisos, girando, pivotando, sin abandonar jamás la gracia de quien conoce cada paso de antemano. No había espada visible en sus manos, pero el aire a su alrededor estalló en destellos metálicos.
Cling. Cling. Cling.
Cada esfera de luz dorada fue interceptada y cortada. Dividida en fragmentos que se dispersaron como chispas antes de desvanecerse en la nada.
Los brazos de Mordred se movían como cuchillas fantasmales, describiendo figuras geométricas perfectas. Sus piernas completaban la secuencia con patadas que rasgaban el espacio, liberando filos invisibles que segaban los meteoros en pleno vuelo.
Lysander observó, atónito, cómo cada uno de sus ataques era desmembrado antes de alcanzar su objetivo. La lluvia dorada se extinguió tan rápido como había comenzado. Los últimos fragmentos de luz se apagaron en el aire, y el silencio regresó al abismo.
Mordred descendió su brazo lentamente, regresando a una postura relajada, casi indiferente. Ni siquiera respiraba con dificultad. Su armadura negra permanecía intacta, inmaculada, sin una sola marca.
Lysander sintió cómo la incredulidad se instalaba en su pecho como un puño de hielo.
—Imposible… —murmuró, con la voz apenas audible—. Cortaste… todos y cada uno…
Mordred inclinó levemente la cabeza, como si estuviera evaluando si la demostración había sido suficiente.
—Te advertí —dijo con voz serena—. Clarent no es una espada que se empuña. Es una extensión de mi voluntad. Cada movimiento de mis extremidades libera su filo. Y ese filo… —hizo una pausa deliberada— no conoce límites.
Levantó un brazo, señalando vagamente hacia Lysander.
—Tus ataques son predecibles y directos. Honestos, incluso. Pero contra una espada que corta antes de que puedas verla, la honestidad solo te condena.
Lysander sintió cómo la frustración trepaba por su pecho como hiedra venenosa. Cada ataque, cada golpe que había lanzado con la certeza de conectar, había sido reducido a nada. Cortado, desviado, anulado con una facilidad insultante.
Su respiración se volvió más pesada, no por cansancio, sino por la rabia contenida que comenzaba a hervir en sus venas.
—Suficiente —gruñó.
Su cosmos estalló con una violencia renovada, más brillante, más salvaje. La luz dorada que lo envolvía se intensificó hasta volverse casi cegadora, y el aire a su alrededor comenzó a vibrar con una presión insoportable. Los cráneos bajo sus pies se resquebrajaron, reducidos a polvo por la pura magnitud de su poder.
Alzó la diestra hacia el cielo, y su voz retumbó en el abismo como un trueno:
—¡INFINITY BREAK!
Una explosión de energía dorada envolvió su cuerpo, y de su puño brotaron miles de flechas destellantes, cada una tan brillante como una estrella fugaz. Eran muchas más que antes: eran legiones enteras de luz pura, lanzándose en todas direcciones, saturando el espacio, transformando el abismo en un firmamento de muerte incandescente.
El aire se llenó de silbidos agudos mientras las flechas surcaban el vacío, cruzándose entre sí, trazando constelaciones de destrucción. No había escapatoria posible. No había rincón del abismo que no estuviera bañado en luz dorada.
Pero Mordred no intentó esquivar. Su forma humana se deshizo como humo negro, disolviéndose en el aire. Y en su lugar emergió la bestia: el dragón negro, con su cuerpo serpentino retorciéndose en el vacío, con sus escamas de obsidiana brillando con un fulgor siniestro. Y comenzó a moverse.
No fue un vuelo, fue una danza letal. El dragón serpenteó por el aire con una gracia milenaria, ondulando su cuerpo alargado entre las flechas de luz. Giraba, se retorcía, ascendía y descendía en espirales imposibles, esquivando cada estrella fugaz por milímetros. Las flechas pasaban rozando sus escamas, dejando estelas doradas a su paso, pero ninguna lo alcanzaba.
Lysander observaba desde abajo, con los ojos muy abiertos, incapaz de apartar la mirada de aquella exhibición imposible de velocidad y control. Miles de flechas surcaban el abismo como una tormenta de estrellas, y el dragón negro las esquivaba todas, como si conociera de antemano cada trayectoria, cada ángulo, cada destello.
Finalmente, las últimas flechas se extinguieron en el aire, desvaneciéndose en partículas de luz que cayeron como ceniza dorada.
Lysander respiraba con dificultad, con el cosmos aún ardiendo a su alrededor, pero notablemente disminuido. Miró hacia arriba, buscando al dragón negro entre las sombras del abismo, pero no lo encontró.
Demasiado tarde, sintió la presencia a sus espaldas. Giró la cabeza apenas a tiempo para ver la figura de Mordred materializándose detrás de él, ya en forma humana, con el brazo derecho alzado en un arco descendente. Sus ojos negros brillaban con una intensidad fría e implacable.
—¡CLARENT!
El brazo cayó como un rayo. Lysander no tuvo tiempo de reaccionar. El filo invisible atravesó el espacio entre ambos con un chasquido seco, metálico. La armadura dorada de Sagitario brilló por un instante, resistiendo, pero algo atravesó su protección como si no existiera.
El corte fue profundo. Lysander sintió cómo la carne de su espalda se abría, desde el hombro derecho hasta la parte baja de las costillas. La sangre brotó instantáneamente, caliente y abundante, empapando el interior de su armadura.
El dolor llegó como una llamarada blanca, cegadora, insoportable.
—¡AAAAHHHH!
Su grito resonó en el abismo, rebotando contra las paredes de roca negra. Cayó de rodillas, con una mano llevada instintivamente a la espalda, sintiendo la sangre manar entre sus dedos. La armadura dorada no mostraba grieta alguna, no había señal externa del daño… pero la herida era real, profunda, sangrante.
Mordred permaneció de pie detrás de él, con el brazo aún extendido, observando cómo el Santo de Oro se desplomaba.
—Te lo advertí —dijo con voz serena, casi compasiva—. Ni siquiera una armadura de oro es capaz de frenar el filo de Clarent. Corta la carne… y la voluntad.
El dolor fue demasiado. La visión de Lysander se oscureció en los bordes, y el rugido del volcán a lo lejos se volvió un murmullo distante, amortiguado, como si el mundo entero se alejara de él. Sus brazos perdieron fuerza, y su cuerpo se desplomó hacia adelante sobre el polvo de huesos antiguos, levantando una nube blanquecina que se asentó lentamente sobre su armadura dorada.
Mordred lo observó en silencio durante un instante, con la misma calma con la que se contempla una tormenta que finalmente amaina. Luego, con movimientos pausados, se agachó en cuclillas junto al cuerpo inconsciente del Santo de Oro.
Extendió la mano derecha y pasó los dedos sobre la armadura dorada, donde la sangre había comenzado a manchar el metal sagrado. La recogió con delicadeza, casi reverencial, y la alzó frente a sus ojos. Frotó los dedos entre sí con lentitud, sintiendo la textura cálida y viscosa, observando cómo la luz tenue del abismo arrancaba destellos carmesí de aquel líquido precioso.
—Esta es la sangre inmaculada de un Santo de Oro —murmuró, como si pronunciara una plegaria antigua—. Derramada sin mancha, sin traición, sin doblez. Sangre que aún no conoce la sombra.
Cerró el puño lentamente, dejando que la sangre se filtrara entre sus dedos, manchándolos por completo.
—Sangre inocente —añadió, con una sonrisa apenas perceptible.
En la Isla de la Reina Muerte, bajo un cielo teñido de ceniza y fuego, la primera sangre inocente fue derramada. No cayó en tierra sagrada ni fue recogida por manos piadosas. Cayó sobre huesos antiguos, en un abismo olvidado, y fue reclamada por dedos que conocían su valor verdadero. Sangre de oro, sangre sin mancha, sangre que aún no conocía la sombra.
"La sangre inocente clama desde la tierra." - Génesis 4:10
Editado por Cástor_G, 10 March 2026 - 01:59 am.