
Capítulo 14:
BIENVENIDO A LA NOCHE ETERNA
Para Eros, dormir no era un viaje a través de mundos oníricos ni un refugio para el subconsciente; era, simplemente, una interrupción de la forma. En su descanso no había imágenes, ni ecos del pasado, ni el rastro de aquellas rosas que alguna vez cultivó en la casa de Piscis. El sueño de Eros era una negrura absoluta y pulida, un vacío simétrico donde el tiempo no transcurría, sino que se detenía ante la puerta de su conciencia.
1. Nhor
El amanecer encontró a Eros de Piscis tal como lo había dejado la noche: inmóvil, perfecto, inerte. Dormía en una de las habitaciones del castillo con la quietud absoluta de quien no necesita soñar porque su vigilia ya es suficientemente irreal.
Ya no era aquella habitación polvorienta en la que lo habían hospedado al llegar, la que olía a humedad y a siglos de abandono. Ahora tenía una cámara amplia, con muebles tallados, cortinas de terciopelo y una cama de dosel con sábanas de lino fino.
Y sin embargo, seguía sin ser suficiente para él.
La cama era grande, de estructura oscura con incrustaciones de ébano y bronce. Las sábanas blancas caían en pliegues impecables, y las almohadas de pluma de ganso formaban un triángulo simétrico bajo su cabeza. Todo en aquel lecho parecía haber sido dispuesto por una voluntad ajena que conocía sus obsesiones. No había una sola arruga fuera de lugar, ni un solo cojín desplazado de su eje imaginario.
Eros yacía boca arriba, con los brazos cruzados sobre el pecho de un modo que evocaba los sepulcros de mármol de las catedrales medievales. Los dedos largos y blancos descansaban entrelazados sobre el esternón. Sus párpados estaban cerrados con la misma perfección de los ojos de una estatua, sin el temblor del sueño profundo ni la contracción de la pesadilla. La respiración era tan leve que parecía casi inexistente; apenas un susurro que subía y bajaba sin esfuerzo, como el flujo de una marea mansa en una calma absoluta.
Su piel era de un blanco invernal, limpio como la nieve recién caída, sin mancha ni imperfección. Su cabello, blanco también pero de un matiz distinto —el de la seda cruda, antes de teñirse—, caía en bucles perfectos sobre la almohada, acomodados con una precisión que no parecía casual.
Las sábanas blancas acentuaban sus rasgos pálidos hasta el extremo de la irrealidad, como si el cuerpo que reposaba sobre ellas no fuera de carne, sino de una porcelana fría y perfecta que alguien había pulido durante siglos.
Y era precisamente ese conjunto —la postura hierática, las manos cruzadas, la piel de una blancura absoluta, la quietud de quien ni siquiera sueña— lo que lo hacía parecer un cadáver. Un cadáver hermoso y perfecto, velado en su ataúd de terciopelo y madera oscura.
El silencio sepulcral que envolvía la estancia, se vio interrumpido por una presencia que reclamaba paso con mesura. Tres golpes rítmicos, ejecutados con la precisión de quien conoce el valor de la propiedad ajena, vibraron contra la madera noble de la puerta; el eco no fue un estallido, sino una nota sostenida que se desvaneció con la elegancia de un susurro en una catedral.
En respuesta a esa llamada, los párpados de Eros se elevaron con una lentitud casi ritual. Bajo la penumbra, sus ojos se encendieron en un matiz de zafiro líquido, capturando la única y mínima rendija de luz que lograba profanar la estancia a través de las cortinas.
No hubo rastro de desorientación ni la fragilidad propia de quien regresa del olvido; se incorporó con una rigidez aristocrática, manteniendo la columna perfecta y el rostro impasible, demostrando que ni siquiera el despertar matutino tenía el poder de despojarlo de la gracia que le era inherente. Para él, la vigilia no era un regreso, sino la reanudación de una representación eterna.
La voz que se filtró a través de la madera no reclamó con la estridencia de un siervo ni con la arrogancia de un tirano.
—Abre, Eros de Piscis.
No había suavidad en el tono, pero tampoco la tosquedad autoritaria de quien necesita impostar su fuerza. Poseía una cadencia templada, una gravedad que Eros reconoció de inmediato: era la resonancia limpia y educada que debía caracterizar a un Santo de Oro, una dignidad fonética que contrastaba con la vulgaridad ruidosa y el habla arrastrada que predominaba entre los santos negros de baja estofa, e incluso entre algunos de alto rango que habían trocado el decoro militar por la crueldad más tosca.
Eros se incorporó con la misma lentitud calculada con la que hacía todo, dejando que las sábanas blancas se deslizaran sobre su regazo antes de girar las piernas hacia el borde de la cama.
Sus pies, largos y de una palidez marmórea, encontraron las pantuflas de terciopelo granate que descansaban junto al lecho —y junto a la Espada Ébano, cuyo ojo, vigilante y perturbador, no se había cerrado en toda la noche—. Las calzó con un automatismo aristocrático mientras alcanzaba la bata de seda negra que aguardaba sobre el respaldo de una silla. La tela, de una suavidad gélida al tacto, cayó sobre sus hombros con la precisión de una capa litúrgica.
Cruzó la habitación con la parsimonia de quien no reconoce la urgencia como una virtud, y al llegar a la puerta, su mano de porcelana rodeó el pestillo de bronce y lo hizo retroceder con un movimiento fluido que culminó en un clac metálico y seco; un sonido rotundo que dio por terminada la privacidad de su alcoba.
Abrió la puerta con una lentitud teatral, dejando que el quicio revelara poco a poco a la figura que aguardaba al otro lado.
La penumbra del pasillo reveló una silueta que se erguía con una verticalidad impecable. Era una figura cuya elegancia no nacía del narcisismo, sino de una disciplina ancestral, envuelta en una armadura negra que evocaba, como una sombra tallada en obsidiana, las líneas majestuosas de la armadura de oro de Aries.
Su cabellera, de un rubio solar y brillante, caía por su espalda con la pesadez sagrada del oro fundido, arrojando destellos cálidos que contrastaban de forma violenta con la sobriedad de su armadura negra y enmarcando un rostro de una serenidad imperturbable. A pesar del flequillo que rozaba su mirada, eran perfectamente visibles las marcas sobre sus cejas rasuradas: dos puntos simétricos y precisos en la frente que lo identificaban, sin lugar a dudas, como un habitante de las altas tierras de Jamir. Aquel rasgo, lejos de ser una excentricidad, le otorgaba un aire de sabiduría arcaica, el sello de una estirpe dedicada a desentrañar los secretos de la vida y la muerte de las armaduras.
—Buen día, Eros de Piscis —dijo Aries, y su voz volvió a sonar con ese equilibrio perfecto entre la cortesía y la firmeza—. Soy Nhor de Aries, el Cordero Penitente de la Noche Eterna —añadió, acompañando sus palabras con una inclinación de cabeza tan precisa que parecía calculada con un compás—. He venido por orden de Lord Sinister.
Eros sostuvo la puerta, permitiendo que su mirada zafiro recorriera la armadura oscura de Nhor con una mezcla de curiosidad y análisis estético. No se movió para invitarlo a pasar; en su lugar, se apoyó ligeramente en el marco, dejando que la seda negra de su bata contrastara con el brillo del ébano metálico de Aries.
—¿Nhor de Aries? —repitió Eros, saboreando el nombre como si fuera un vino nuevo—. Me pregunto cuántos de ustedes, los llamados Santos Negros de alto rango, pululan todavía por los rincones de esta isla. No creo haberlos conocido a todos aún, pues nadie ha tenido la decencia de presentarme de manera oficial.
Eros entornó los ojos, y una sonrisa lánguida, cargada de una ironía afilada, asomó en sus labios.
—El Santuario podrá estar obsoleto, sus muros podrán estar cayéndose a pedazos bajo el peso de su propia ingratitud hacia quienes realmente sostienen su gloria, pero al menos todavía guarda tradiciones —continuó Eros, acariciando el puño de seda de su manga—. Aún conservan rituales de respeto que logran que sus hombres de élite se sientan, efectivamente, como una verdadera élite. Aquí, en cambio, parecemos sombras tropezando unas con otras en la oscuridad de un pasillo.
Nhor recibió las quejas de Eros con una atención imperturbable, procesando cada palabra con la calma absoluta que impera en las cumbres del Tíbet. No hubo en él un gesto de ofensa ni de impaciencia; se limitó a sostenerle la mirada, nada más.
—Permíteme explicarte, Eros de Piscis, que tu inquietud es compartida por Lord Sinister —respondió Nhor con una voz que parecía templada al fuego—. Él es consciente de que un hombre de tu linaje no puede permanecer como un rumor en los pasillos. Precisamente, requiere tu presencia para que se lleve a cabo tu presentación oficial ante las fuerzas de la Noche Eterna.
Nhor hizo una breve pausa, permitiendo que la importancia de la noticia se asentara.
—El acto tendrá lugar en el Odeón del castillo. Allí, frente a todos los que ya habitan este bastión, serás presentado formalmente como el aliado de oro que eres. Lord Sinister desea que todos conozcan el rostro de quien ha decidido dejar atrás la luz del Santuario para abrazar la eternidad.
El comentario de Nhor produjo un cambio apenas perceptible en el rostro de Eros, pero suficiente para alterar por completo la atmósfera de la habitación. Sus ojos de zafiro adquirieron un brillo nuevo, más vivo; el destello silencioso de una vanidad profundamente complacida. Una presentación oficial, un Odeón, un público que por fin conocería su rostro y su nombre… No era el Santuario, pero era un escenario.
Nhor observó aquel fulgor con la paciencia de quien lee un pergamino cuyas letras ya conoce de memoria. Esperó a que el brillo se apagara, a que Eros volviera a sí mismo, y entonces habló.
—No es necesario que te vistas con formalidad, Eros. No acudas ataviado con las galas que tu rango exigiría en el Santuario. Puedes presentarte tal como estás ahora.
Eros arqueó una ceja, confundido.
—La presentación —continuó Nhor, con la misma cadencia templada— estará acompañada de un ritual. Un acto que trasciende la vestimenta y las formas externas. Las telas y los oropeles no son relevantes allí; de hecho, podrían ser un estorbo.
Eros sostuvo la mirada de Nhor durante un instante prolongado. Luego, sin decir palabra, se apartó del marco de la puerta y caminó de regreso hacia el interior de la habitación.
Al llegar junto al lecho, se detuvo. Sus dedos abrazaron el mango de la Espada Ébano, donde el ojo de la guarda lo observaba con su paciencia inhumana. No era parte de su indumentaria, ni una simple hoja afilada… Era parte de él. Una extensión de su voluntad, un testigo silencioso de su caída y su renacer. Por lo tanto, el ritual —fuese cual fuese— tendría que soportar su presencia.
—Muy bien —dijo al fin, sin volverse hacia Nhor—. Entonces no me entretendré más. Conduce el camino.
Nhor asintió desde el umbral, manteniendo una inmovilidad de estatua mientras esperaba que Eros terminara de prepararse. No había prisa en su postura, solo una paciencia mineral. Cuando el Santo de Piscis se giró por fin, Nhor se apartó sutilmente del marco de la puerta. Le sostuvo la mirada un segundo antes de realizar una leve inclinación lateral, invitándolo a cruzar el umbral.
—Después de ti —pronunció Nhor con suavidad.
Solo cuando Eros cruzó el umbral, Nhor se colocó a su izquierda, un paso por detrás, asumiendo su rol de guía. Juntos comenzaron a avanzar por el pasillo, pero la naturaleza de Nhor era tal que su presencia parecía diluirse en las sombras de las paredes, moviéndose con una eficiencia silenciosa que rozaba lo espectral. Era Eros quien, a pesar de la suavidad de sus pantuflas de terciopelo, dominaba el espacio; su caminar no buscaba el sigilo, sino la afirmación.
Había en el Santo de Piscis una cadencia de mando, una parsimonia que obligaba al entorno a gravitar a su alrededor. Nhor, por su parte, caminaba con una humildad sacerdotal, manteniendo una distancia que no era de servidumbre, sino de protocolo litúrgico, como si no estuviera recorriendo un lóbrego deambulatorio, sino oficiando el paso de una deidad hacia su propio altar.
Eros no necesitaba el ruido del metal para anunciar su llegada; su propia estela de seda negra y la rigidez imperturbable de su espalda eran suficientes para reclamar cada palmo del castillo como propio.
2. Chronostello
El Odeón se revelaba como un templo a la representación, un teatro de sombras donde la arquitectura clásica se rendía ante la oscuridad de la Noche Eterna.
Las gradas, dispuestas en un semicírculo perfecto, estaban ya pobladas por una masa de santos negros cuyas armaduras oscuras los asemejaban a una colonia de murciélagos apiñados en la penumbra, un enjambre de criaturas cuyos ojos —centenares de puntos luminosos y hambrientos— eran lo único que delataba su presencia en la oscuridad.
En el centro, el escenario se extendía con un piso de roble ahumado, cuyos tablones anchos y pardos conservaban el dibujo sinuoso de la madera, ofreciendo una superficie pulcra donde cada silueta se recortaba con absoluta nitidez
Frente a la multitud, un pesado telón de terciopelo granate —del mismo tono profundo y regio que las pantuflas que Eros calzaba en ese instante— ocultaba el fondo del estrado. Con una sincronía silenciosa, la tela comenzó a abrirse, y al tiempo que lo hacía, las antorchas repartidas por todo el Odeón empezaron a encenderse, una tras otra, como si el fuego respondiera a una voluntad invisible. La luz creció en oleadas, bañando las gradas, acariciando las armaduras oscuras, hasta concentrarse en el corazón del escenario, donde una silla negra y elegante aguardaba solitaria bajo el fulgor de un inmenso candelabro de bronce que pendía del techo, cuyas decenas de velas derramaban una luz vertical y temblorosa sobre el asiento.
Sin embargo, era lo que aguardaba al fondo lo que dictaba la verdadera jerarquía del lugar. Tras la silla, en una posición elevada que dominaba todo el anfiteatro, se alzaba un trono de proporciones imponentes. En él descansaba Lord Sinister, su máscara de porcelana blanca —impasible, casi infantil— capturando los reflejos de los grandes pebeteros que flanqueaban el trono con una inquietud que ningún rasgo humano podría explicar. A su lado, como una extensión de su propia voluntad sombría, permanecía el Fantasma del Crepúsculo, una figura etérea que custodiaba el flanco de su señor mientras el silencio del teatro se volvía tan denso que casi podía cortarse con el filo de la Espada Ébano.
Eros comenzó el ascenso por las escaleras laterales que conducían al estrado. Mientras subía, no permitió que la presión de las mil miradas en las gradas perturbara su paso; en su lugar, elevó el mentón, permitiendo que sus ojos de zafiro recorrieran los frescos que decoraban la inmensa cúpula del anfiteatro.
La cúpula se alzaba sobre el teatro como un firmamento cautivo. Desde las alturas, una media luna dorada de expresión ambigua —demasiado serena para ser benigna— observaba el escenario con una sonrisa delgada y fatigada. A su alrededor, estrellas de cinco puntas brillaban entre capas de nubes oscuras pintadas con el dramatismo de los frescos renacentistas. El azul profundo del fondo parecía moverse bajo la luz de las antorchas y los faroles, dando la impresión de que la noche respiraba lentamente sobre las cabezas de los asistentes. Desde los bordes emergía lo más inquietante: brazos ennegrecidos, largos y deformes, apenas humanos; se extendían desde la penumbra de las nubes con dedos crispados, cual almas condenadas intentando alcanzar el centro del cielo artificial.
Una vez sobre la plataforma, Eros avanzó hacia el centro del estrado. Al llegar junto a la silla, sus dedos de porcelana liberaron la Espada Ébano, clavándola con una delicadeza ritual sobre un pedestal de obsidiana dispuesto para tal fin. Una vez liberado del peso del metal, se acomodó en el asiento negro con una elegancia lánguida, cruzando las piernas mientras la seda de su bata se ceñía a su cuerpo, recortando su pálida silueta contra la penumbra.
Desde su posición privilegiada, Eros permitió que su mirada de zafiro barriera las gradas, analizando a la multitud con la frialdad de un tasador de joyas. A pesar de la solemnidad del momento, un vacío específico en aquel enjambre de sombras llamó su atención. Eros no era un hombre propenso a los afectos ni creía en la fragilidad de la amistad, pero en esa isla de niebla y traiciones, Remo de Géminis representaba lo más cercano a un ancla que poseía.
Resultaba casi irónico, una de las tantas distorsiones que la isla provocaba en la percepción del tiempo: apenas se habían conocido la tarde anterior, pero en la densa atmósfera de la Noche Eterna, unas pocas horas de conversación compartida pesaban más que años de camaradería hueca en el Santuario. Al buscar su rostro entre los Santos Negros, la ausencia de Remo se hizo evidente, destacando como una nota discordante en la perfecta coreografía de su presentación oficial.
En ese instante, el silencio del Odeón se hizo absoluto. Lord Sinister se puso en pie y descendió del trono con una ligereza que desafiaba su imponente estatura. Al llegar al nivel de Eros, se colocó a su lado, transformando la escena en un cuadro de devoción oscura. Sinister extendió los brazos, abarcando la congregación de sombras que lo observaba desde las gradas, y su voz emergió con la resonancia de un salmo ancestral, profunda y cargada de una autoridad casi divina.
—Hermanos de la sombra, hijos de la penumbra eterna —comenzó Sinister, y sus palabras vibraron en el pecho de los presentes de igual forma que el eco de una campana litúrgica—. Nos hemos reunido bajo esta cúpula no solo para observar, sino para testificar. Hoy, nuestra comunión de almas se fortalece con la llegada de un espíritu único en su tipo, una joya labrada en el orgullo que ha decidido romper sus cadenas de luz.
Hizo una pausa solemne, y el peso de su presencia —materializada en la máscara de porcelana que parecía orientarse hacia cada rincón de las gradas— recorrió las filas de Santos de la Noche Eterna antes de que señalara con la diestra, en un gesto imperioso, a la figura que ocupaba el asiento negro.
—Contemplen al otrora paladín del Santuario, aquel que porta la gloria de Piscis y que hoy renace como Santo de la Noche Eterna. No ha sido la casualidad quien lo ha traído a estas tierras, ni el simple azar de la guerra. —Sinister desvió entonces el índice hacia el pedestal de obsidiana, donde el metal oscuro aguardaba en silencio—. Ha sido la voluntad de la Espada Ébano la que lo ha reclamado como suyo.
En respuesta a la mención, el ojo vivo y acuoso incrustado en la guarda del arma giró con una rapidez espasmódica hasta quedar fijo en el público. El brillo húmedo de la pupila parecía juzgar a cada hombre en el teatro, recordándoles que el poder que Eros portaba era una entidad consciente y hambrienta.
—Él es el elegido de la hoja oscura —sentenció Sinister, bajando la voz a un susurro que alcanzó hasta el último rincón del Odeón—. Recíbanlo no como a un extraño, sino como al heraldo de la nueva era que estamos forjando en la oscuridad. ¡Eros de Piscis!
Nadie aplaudió. El reconocimiento de la Noche Eterna no pertenecía al mundo de los mortales. En las gradas, los hombres elevaron los brazos hacia la cúpula, uniendo las yemas de sus pulgares e índices para moldear con sus dedos la silueta de un ojo ciego. El gesto, severo y ritual, replicaba en la penumbra la misma geometría de la guarda que custodiaba la Espada Ébano.
De aquel enjambre de sombras brotó entonces un murmullo unísono, una vibración densa y marcial que sacudió la madera del escenario:
—Avíoti Nýchta.
Aquello no era una celebración, sino una comunión litúrgica; la ovación de los que solo sabían reconocer a través del símbolo y el decreto.
Mientras el eco del cántico sagrado se extinguía en las alturas de la cúpula, Lord Sinister comenzó su retirada con una parsimonia espectral hacia el fondo del escenario. Ascendió de nuevo hacia la posición elevada de su trono, dispuesto a observar el resto del ritual desde la inmovilidad de su máscara de porcelana blanca.
En ese momento de silencio expectante, una figura emergió de entre las sombras del lateral del estrado. Nhor de Aries entró en escena, manteniendo la misma verticalidad impecable y la serenidad de Jamir que había mostrado al despertar a Eros. Sus pasos, aunque firmes, parecían no querer perturbar la atmósfera sagrada del Odeón.
Cargaba entre sus manos una caja metálica de un negro absoluto. La superficie del cofre estaba trabajada con relieves minuciosos que esbozaban una abstracción geométrica del ojo abierto, el sello heráldico que la Noche Eterna imponía en cada una de sus posesiones.
Nhor avanzó hasta el centro del escenario y colocó la caja sobre un segundo pedestal, una pequeña columna dórica de mármol que contrastaba con la oscuridad reinante. El pedestal había sido dispuesto con precisión matemática justo al lado del que ya custodiaba el arma de Eros, creando un altar donde el metal y el mito se daban la mano ante la mirada hambrienta de los mil ojos apostados en las gradas.
Después, presionó un punto preciso en la superficie de la caja. No hubo clic, sino un gemido grave, casi inaudible. Luego, los bordes comenzaron a reconfigurarse y las paredes se plegaron en segmentos que giraban sobre ejes invisibles, retirándose como cortinajes metálicos que revelaron un escenario diminuto. Cuando el mecanismo se detuvo, la caja se había convertido en una plataforma abierta, y sobre ella, como un insecto de oro agazapado, yacía el Chronostello.
La forma del Chronostello evocaba la de un escarabajo inmóvil, pero no inerte. Tenía el tamaño de la palma de una mano, y su cuerpo era una obra de orfebrería que parecía desafiar el paso de los siglos: un carapacho de élitros articulados, grabados con una finísima red de líneas astronómicas y símbolos herméticos que no guardaban relación con la iconografía de la isla, sugiriendo un origen tan remoto como desconocido.
Sus patas, seis, delgadas y articuladas en filamentos de oro pulido, se plegaban bajo su abdomen con la quietud tensa de un animal que finge dormir. Estaban diseñadas con extremos sutilmente ganchudos, hechos para adherirse a la piel con una firmeza helada pero sin llegar a lastimarla. Pero no eran las patas lo que atraía la mirada, sino los pequeños engranajes —también de oro— visibles en las junturas de sus élitros, diminutas ruedas dentadas que giraban lentamente, sin cesar, como si dentro del escarabajo latiera un corazón mecánico que nunca había conocido el reposo.
Sus ojos, dos rubíes pulidos de un rojo profundo y turbio, no eran simples piedras preciosas; eran la manifestación de una conciencia mineral que parecía observar al Santo de Piscis, reconociendo en su belleza el lienzo perfecto para su obra eterna.
Nhor extendió una mano hacia la reliquia, pero no la tocó de inmediato; en su lugar, permitió que el silencio del Odeón enfatizara el girar rítmico de los engranajes de oro.
—Este artilugio no es una joya ni un adorno —sentenció Nhor. Su voz no buscaba la solemnidad de un sacerdote, sino la precisión de un maestro artesano—. Es una reliquia milenaria, forjada en una época en que los dioses aún caminaban entre los hombres y los metales guardaban memoria de la tierra de la que fueron arrancados.
Entonces, con una delicadeza que rozaba lo sagrado, Nhor tomó el Chronostello entre sus manos. Sus dedos, expertos en el trato con las fibras del cosmos y el metal, sostuvieron el cuerpo de oro viejo mientras avanzaba con pasos lentos y precisos hacia Eros. La luz de las antorchas arrancó destellos sangrientos de los ojos de rubí del escarabajo, que ahora parecía vibrar con una expectación hambrienta.
—Quien reciba su picadura —continuó Nhor, deteniéndose a la distancia justa para que Eros pudiera oler el aroma a metal antiguo y sangre seca que emanaba de la pieza—, verá cómo el tiempo suspende su imperio sobre su carne.
Nhor elevó un poco más la reliquia, nivelándola con el rostro de Eros, cuya blancura invernal buscaba desesperadamente la validación de ese pacto oscuro.
—La juventud eterna... —susurró Nhor, dejando que las palabras flotaran en el aire denso del teatro— la belleza que no conoce el ocaso.
Eros se puso de pie con lentitud; sus manos encontraron el nudo de la bata de seda y lo deshicieron con un movimiento limpio y sin apresuramiento. La tela resbaló de sus hombros como agua que abandona una orilla y cayó al suelo del estrado en un susurro oscuro, acumulándose en pliegues a sus pies.
Se sentó de nuevo en la silla negra con la misma elegancia lánguida de antes, pero ahora la piel invernal de su torso capturaba la luz de las antorchas con una nitidez que el terciopelo y la seda habían estado ocultando. Cada sombra encontraba su lugar en las clavículas, en el esternón, en la línea suave que descendía por el centro de su abdomen. Era un cuerpo que parecía esculpido con la intención deliberada de no tener defecto alguno.
Nhor se inclinó y sin mediar palabra, depositó el Chronostello sobre la pierna de Eros.
Al contacto, el escarabajo pareció despertar de su letargo milenario. Los engranajes aceleraron su rotación con un zumbido metálico, y sus seis patas de oro viejo se movieron con la agilidad nerviosa de un insecto real. Eros mantuvo la respiración, sintiendo el frío gélido de las extremidades del artilugio trepando por su muslo, recorriendo su abdomen y ascendiendo por su pecho. Cada paso del escarabajo dejaba una vibración latente, un hormigueo helado de cosmos antiguo que reclamaba su territorio.
La reliquia se detuvo finalmente a la altura del cuello, justo sobre la clavícula. Los ojos de rubí del insecto brillaron con una intensidad febril, fijos en la pulsación rítmica de una vena que se traslucía bajo la piel nívea del Santo de Piscis.
Entonces, de las fauces metálicas del escarabajo emergió una trompa larga y afilada, una aguja de metal que recordaba al pico de un insecto hematófago. Con una lentitud ceremonial, el estilete descendió hasta encontrar la vena. El pinchazo fue seco, una punzada de fuego frío que atravesó la carne de Eros.
Ni un solo músculo en el rostro de Eros traicionó la punzada; en su lugar, una laxitud casi devota relajó sus facciones. Se limitó a cerrar los ojos mientras sentía cómo el Chronostello comenzaba a succionar su vida para devolverle, a cambio, la esencia de la inmortalidad.
Bajo sus párpados cerrados, el mundo se redujo al latido de su propio corazón, que ahora encontraba un eco metálico en la garganta del escarabajo. Nhor permaneció atento, observando la transferencia con la atención de un alquimista que vigila una transmutación crítica. Sus ojos, fijos en la unión del metal y la carne, mostraban una fascinación técnica.
—Siente cómo el ciclo comienza, Eros de Piscis —murmuró Nhor, su voz apenas un hilo de seda en el aire cargado del Odeón—. No es una simple herida. La aguja actúa como un puente entre dos naturalezas: la orgánica y la eterna.
El fino estilete de oro sirvió como un canal de doble vía. La sangre de Eros, roja y mortal, ascendió con rapidez, desapareciendo por completo en las entrañas oscuras de la reliquia. Allí dentro, tras la fachada de los engranajes, un movimiento sordo y ajeno a la mecánica procesó el tributo vital, para luego bombear de regreso un fluido transmutado, espeso y cargado de eternidad, que volvió a internarse en las venas del Santo.
—El Chronostello reclama tu tiempo vital directamente de la fuente —continuó Nhor, con la mirada fija en el sutil temblor del armazón—. En su vientre oscuro, tu mortalidad es devorada; se deshace el nudo que te ata a las eras y te purifica de la condena de la carne. Lo que ahora regresa a ti, Eros, no es simple sangre, sino la linfa inmunda del hombre convertida en el elixir eterno de la noche. Para no morir jamás, se debe dejar de ser puramente humano.
En ese instante, el zumbido de los engranajes cambió de tono, volviéndose más agudo y vibrante mientras el rubí de los ojos del escarabajo parecía encenderse desde dentro. Nhor sentenció:
—Olvídate de los tejidos que se marchitan; lo que regresa a ti es una suspensión absoluta. Ya no eres un hombre que fluye hacia su tumba, Eros, sino una obra terminada que el tiempo ha renunciado a tocar.
Eros apretó ligeramente los dedos contra los brazos de la silla. Sentía un frío glacial extendiéndose desde su cuello hacia sus extremidades, una rigidez deliciosa que prometía convertir su belleza en un mito inalterable. La Noche Eterna le estaba dando, por fin, la única corona que realmente deseaba: la de no marchitarse jamás.
El Chronostello operaba sobre una mente que siempre había repudiado el mundo de los sueños. Para los mortales, el descanso es el terreno donde el inconsciente procesa las flaquezas del espíritu; para Eros, perder el control de su propia psique era una humillación intolerable que delataba su propia vulnerabilidad. Su vida entera había sido una vigilia de escenarios idealizados, un teatro donde él gobernaba cada reflejo.
Por eso, mientras el flujo de la reliquia reconfiguraba su carne, el ritual no hacía más que consagrar su auténtico sueño lúcido: la juventud eterna. No se trataba de los engaños de la almohada, sino de la culminación de su mayor anhelo de control; el artefacto fijaba su belleza en un punto inmutable, transformando al hombre en la obra perfecta que siempre había exigido ser, atrapando el instante de su máximo esplendor para siempre.
En las gradas, el silencio de los mil ojos se volvió reverencial. Lord Sinister, desde la inmovilidad de su máscara de porcelana, asintió levemente. El pacto estaba sellado. Eros de Piscis ya no era un invitado; era ahora una joya eterna incrustada en el corazón de la Noche.