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Saint Seiya Edad Oscura I: TERCERA GUERRA NEGRA

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#41 Rexomega

Rexomega

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Publicado 17 April 2026 - 13:41 pm

Saludos

 

Entramos con el comentario del Capítulo 9, los Cinco Mirones, encabezado por una imagen peculiar. ¡Ese es el Lionel drogadicto que yo recordaba! Hablaría de la incorrección de estos tiempos si esto no ocurriera siglos antes de SS. 

 

Poco que decir de la primera parte, es Rómulo siendo obvio. Lo siento, Rómulo, llegaste tarde a la fiesta. Saga de Géminis empezó el camino como un clásico. Aizen Sousuke remató el tropo del traidor para el público moderno (¡Entonces era un público moderno!). Tú, bueno, tienes salud. #TeJuroQueNoSoyElTraidor. 

 

El corazón del capítulo es, por supuesto, la parte 2. Me evocó una historia que vi recién, donde décadas atrás un grupo de niños se hicieron llamar los Vengadores (eran cinco) y tenían también sus reuniones secretas. No espiaban doncellas, claro, buscaban desenmascarar a los nazis que terminaron por experimentar con ellos hasta matarlos, pero quién piensa en los detalles. Es entretenido, en parte por ver a Lionel fumándose una pipa del tamaño de media espada de Sephiroth, en parte porque uno juega al detective con ellos. Admito que por empecinamiento de pensar que Rómulo era una pista falsa estaba entre Remo y Keriot. Obvio que sabía que Denon no iba a ser, es el Severus Snape de esta historia, aquel en quien todos desconfían por ser... Ejem, ¿el carisma de un iceberg, Lysander? Si justo a Denon lo que le sobra es carisma. ¿Qué sería de nosotros sin su lengua serpentina? Como último apunte, qué bien que este grupo de pervertidos le hiciera hueco a Alrisha pese a no ser dorado como ellos (me suena que luego llega a serlo).

 

Como sabes, me gusta como a ti ver criaturas en Saint Seiya. Si son inventadas es dos veces interesante y el Mnemophago desde luego que llama la atención, en su diseño y lo peligroso que es. Aunque no termino de entender por qué Oleander detiene a Eros de matar a uno de esos, como si hacerlo no fuera mala idea. (¿El nombre de Oleander proviene por un casual del Nerium oleander?). Interesante personaje Oleander, en cualquier caso. Eres es simpático, es como el Afrodita de la película de Abel pero más personaje y menos caricatura (porque, con toda sinceridad, no me imagino a Afrodita soltando las cosas que dijo en esa película; lo sentí como un estereotipo nacido de su diseño, como le ocurre al pobre Shun en esa misma continuidad). Remata la escena la revelación más esperada por toda la Hispanidad unida: ¡El traidor era Rómulo! Querría decir que fue decepcionante, pero en estos tiempos en que el traidor no es el que parecía, que el traidor sea el que parece quizá sea la novedad. ¿No?

 

Siento envidia sana por las descripciones que te marcas, aun así, debo señalar que en la parte 2 hay un doble punto. ¡Los dedazos no perdonan a ningún escritor, por muchas veces que relea su texto!

 

Han pasado casi 10 años desde que empezaste Cosmo Wars y mejor ni pensar en lo que ha pasado desde que escribiste Three Wars. Yo creo que no importa si te marcas una Final Edition, eso sí, procura no arruinar tu historia como hizo la FE con algunos pasajes de SS.  


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#42 Cástor_G

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Publicado 21 April 2026 - 15:24 pm

Saludos   Entramos con el comentario del Capítulo 9, los Cinco Mirones, encabezado por una imagen peculiar. ¡Ese es el Lionel drogadicto que yo recordaba! Hablaría de la incorrección de estos t[...]

 

Hola!

 

-Lionel adelantado a la época. Bien podría haber sido un hippie 400 años en el futuro xD. Que basicamente es eso, una especie de hippie del siglo XVI.

 

-Dentro de la obviedad de Rómulo traidor, aún aguardan un par de matices en la revelación, que mostraré en los siguientes capítulos. Solo puedo prometer que no habrá lemures ni gotas de oscuridad. 

 

-Originalmente el subcapitulo 2 en el Synedrion era más largo, el repaso por los sospechosos era más extenso, pero decidí recortarlo porque el capítulo estaba quedando más largo que la pipa de Lionel. Los 5 Invencibles nacieron en Cosmo Wars, no existian como tal en Three Wars (El grupo de amigos sí, pero no el apodo). Ahora además he agregado su lugar de reuniones, el Synedrion. Éste no había sido mencionado hasta ahora.

 

-Sobre Alrisha, es correcto. En los eventos de Cosmos Wars Alrisha ya es un Santo de Oro.

 

-Los Mnemophagos son parte de un bestiario que apenas empieza a mostrarse. El estilo que pretendo en esta historia es una mezcla de varios géneros entre los que se encuentran la fantasía oscura y el horror cósmico. Así que veremos cosas muy raras que quizá choquen un poco con lo que uno está acostubrado a ver en Saint Seiya...

 

-La razón por la que Oleander detiene a Eros es simplemente porque los Mnemophagos no son monstruos errantes, sino que forman parte de la Noche Eterna. En cuanto al nombre así es, lo elegí por la planta Nerium Oleander, también conocida como adelfa, la cual es condiderada una planta venenosa. Curiosamente mi primera opción para su nombre fue Adelfa, pero creo que Oleander suena mejor xD. Es una contraparte interesante de Eros, porque en esencia parecen ser iguales, ambos son Piscis, ambos son bellos, pero sus diferencias se verán conforme veamos más interacción entre ellos.

 

-También me parece increíble voltear al pasado y ver cuánto tiempo ha transcurrido desde que nacieron personajes como Lysander (Antes Deos) o Denon, que estuvieron en los dos primeros capítulos de Three Wars. El tiempo supera la edad que tienen en esta precuela xD.

 

 

Saludos y gracias por leer!



Capítulo 13: UNA NOCHE EN EL CASTILLO
(Pincha AQUI para Leer)

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Índice de Capítulos: Aquí

#43 Cástor_G

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Publicado 23 April 2026 - 02:34 am

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Capítulo 10:

PASTOR DE LOBOS

 

Rómulo de Géminis permanecía inmóvil en el salón del trono, con la armadura dorada brillando bajo la luz espectral de las antorchas. Aquella pieza de oro brillante era la prueba irrefutable de legitimidad, el símbolo visible de que quien la portaba había ganado el derecho a llevar el nombre de su constelación.

Eros observaba aquella figura con una mezcla de fascinación y desconcierto. ¿Qué había llevado al Santo de Oro más poderoso y leal hasta ese sitio?

La respuesta, quizás, no residía en el presente sino en el pasado. En los años anteriores a que aquella armadura tuviera dueño. En el tiempo en que dos niños idénticos fueron forzados a pelear por el derecho a vestirla, sin saber que ambos—el que ganara y el que perdiera—quedarían marcados para siempre por aquella violencia fundacional.

 

1. Casta

En aquellos años, el mundo apenas podía distinguir dónde terminaba un hermano y dónde empezaba el otro. Rómulo y Remo compartían el mismo rostro de porcelana y la misma mirada plateada; parecían ser uno solo reflejado en un espejo invisible. En el coliseo del Santuario, solo el contraste de sus túnicas permitía a los demás identificar quién era quién: mientras Remo se movía envuelto en la suavidad de los tonos azul claro, como el cielo de un estío donde la tormenta parece una imposibilidad lejana, Rómulo destacaba con un rojo intenso y vibrante, el color de la sangre y del fuego que ya ardía en su interior.

El graderío se hallaba colmado hasta el último de sus niveles, convertido en un anfiteatro de miradas hambrientas. El Santuario entero parecía haberse congregado allí, asfixiando el espacio en su afán por presenciar el despliegue del joven prodigio. La presencia de Rómulo en la arena no era un simple entrenamiento; era un evento que paralizaba la vida militar del recinto.

El sol de la tarde caía implacable sobre la arena, pero ninguno de los dos se permitía flaquear. El bullicio que descendía de las gradas, los vítores y los elogios que coreaban el nombre de Rómulo, llegaban a sus oídos despojados de cualquier rastro de humanidad; para los gemelos, el clamor de la muchedumbre no era más que el estridular monótono y metálico de un enjambre de insectos, un ruido de fondo que carecía de sentido y de importancia. En aquel vacío sonoro, solo las palabras del Patriarca tenían peso. Él permanecía inmóvil en lo alto de la escalinata, con las manos ocultas en sus pesadas mangas, observándolos con la indiferencia de quien examina la casta de una jauría antes de enviarla a la matanza.

—Basta de titubeos —sentenció el Patriarca, y su voz, aunque contenida, vibró con una determinación que heló la sangre de los gemelos—. El firmamento no ofrece refugio a los indecisos. La armadura de Géminis reclama un portador, y solo uno podrá vestirla. Entréguenlo todo aquí y ahora, o ambos serán olvidados por la historia.

Rómulo no necesitó escuchar más. Sus ojos, antes plateados, parecieron encenderse con el reflejo de su túnica roja por un momento. Con un rugido que nació desde lo profundo de sus pulmones, se lanzó hacia adelante, transformado en una ráfaga de energía pura; la arena estalló tras su impulso. Antes de que Remo pudiera siquiera levantar la guardia, el puño de Rómulo impactó con la fuerza de un mazo en su estómago.

El aire escapó de los pulmones de Remo en un silbido agónico. El impacto fue tan seco que el niño de azul se dobló sobre sí mismo, retrocediendo varios metros mientras sus pies araban surcos profundos en el suelo. Sin embargo, justo antes de que Rómulo pudiera asestar el segundo golpe, la figura de Remo se desdibujó. Su cuerpo se volvió etéreo, una mancha de color azul pálido que se desvaneció en el aire como humo disipado por el viento.

Rómulo frenó en seco, buscando el rastro de su hermano.

—¡Detrás de ti! —la voz de Remo resonó desde el vacío.

Apareció súbitamente a la espalda de Rómulo, emergiendo de la nada misma. Remo lanzó un golpe ascendente, cargado con toda la frustración de quien se ve obligado a pelear, buscando el mentón de su gemelo. Pero Rómulo, cuya intuición para el combate físico era casi animal, no se dejó sorprender. Inclinó el torso con una torsión violenta, sintiendo el puño de Remo rozar apenas su mejilla, y aprovechó el propio impulso del giro para contraatacar.

Fue un golpe ejecutado con la maestría de quien conoce, mejor que los propios, los puntos débiles de su hermano. Rómulo descargó un revés directo al rostro de su gemelo. Se oyó un chasquido seco, como el de un látigo al romperse. Remo voló lateralmente hasta que la arena detuvo su caída, quedando inerte por un instante eterno.

El silencio se quebró en un estallido de júbilo. El graderío rugió, y el sonido de aquel enjambre de insectos se transformó en un clamor de voces sedientas de gloria. Los espectadores vitoreaban el nombre de Rómulo, celebrando la precisión del golpe con una euforia que helaba el aire; por un instante, sumidos en el fervor del espectáculo, parecían haber olvidado que los combatientes en la arena eran apenas dos niños de no más de once años. Para la masa, no eran hijos de nadie, sino dos piezas de oro bruto siendo golpeadas con saña hasta que tomaran la forma que el Santuario exigía.

Rómulo, con los nudillos ardiendo, no se unió al triunfo. Permaneció de pie, con la mirada fija en el cuerpo de su hermano, esperando a que el polvo se asentara.

—Levántate —masculló, aunque su voz temblaba ligeramente—. El Patriarca está mirando. ¡Levántate y pelea, Remo! ¡No me obligues a pelear solo!

Remo se apoyó sobre un codo, escupiendo un hilo de sangre que manchó la blancura de la arena. El sabor metálico y amargo del hierro inundó su boca, una calidez espesa que le recordaba que, a pesar de las pretensiones de gloria del Santuario, su cuerpo no era más que carne y fragilidad. Mientras recuperaba el aliento, observó a la figura que se alzaba frente a él y sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el dolor.

Aquel no era el Rómulo con el que compartía el pan por las mañanas ni el hermano que susurraba bromas antes de dormir. Remo siempre se asombraba, con un terror silencioso, de la facilidad con la que su gemelo podía transformarse. Era como si, al pisar la arena, Rómulo accionara la palanca de un mecanismo oculto, un engranaje frío que apagaba su humanidad para dejar paso al guerrero. En ese estado, sus ojos plateados no reflejaban afecto, sino la fijeza de un depredador que ha olvidado el nombre de su presa.

Desde lo alto de la escalinata, el Patriarca rompió su inmovilidad. Bajó los peldaños con una lentitud que parecía restarle peso a sus pasos, moviéndose como una aparición silenciosa entre el estruendo del coliseo. Se detuvo a escasos metros, justo a espaldas de Remo; la sombra de su túnica se extendió sobre el niño caído como una mancha de tinta que devoraba el azul de su ropa.

—Levántate —ordenó el Patriarca, y su voz fue un susurro que cortó el aire—. El suelo no es lugar para quien aspira a portar una armadura de oro. No has venido aquí para sangrar, sino para demostrar tus verdaderas aptitudes. El cosmos no arde en los que se rinden.

Remo, con el sabor amargo del hierro aún en la lengua, sintió la presión de aquella sombra. Pero antes de que pudiera responder, la voz de Rómulo restalló como un latigazo desde el centro de la arena.

—¡Levántate, Remo! —rugió. Su rostro mostraba la frialdad profesional del combatiente, la mirada despojada de toda consideración fraternal—. ¡Levántate ahora mismo o yo mismo te obligaré a hacerlo!

Rómulo no esperó. En un movimiento violento, elevó ambas manos hacia el cielo con las palmas extendidas. En ese instante, el aire alrededor de sus dedos comenzó a distorsionarse, girando sobre sí mismo hasta condensar una esfera de energía que crecía con una furia incontenible. La luz que emanaba era cegadora, imposible de mirar sin sentir el ardor en las pupilas; el orbe creció hasta alcanzar el tamaño de la piedra de un molino, vibrando con el poder contenido de un astro agonizante. Parecía un planeta en miniatura, un sol furioso a punto de estallar entre sus manos.

Los espectadores en las gradas no comprendían lo que estaban presenciando. Para ellos, aquel orbe resplandeciente era solo un espectáculo, una demostración del prodigio que Rómulo representaba. Observaban maravillados el fulgor cegador sin imaginar que, de estallar cerca de ellos, aquel astro furioso podría desintegrarlos antes de que pudieran siquiera comprender que estaban muriendo. Aplaudían su propia aniquilación potencial con la ignorancia beatífica de quien celebra fuegos artificiales sin percibir que las chispas caen sobre pólvora.

Con un grito que desgarró el bullicio de la grada, Rómulo lanzó aquel sol furibundo hacia su propio hermano.

—¡RISING SUPERNOVA!

La esfera de luz y muerte impactó con un estruendo ensordecedor, pero no encontró carne ni hueso. Solo atravesó un remanente visual de Remo, una imagen residual que se desvaneció como un espejismo. El niño de azul había movido su cuerpo de aquel punto en menos de un parpadeo, dejando tras de sí solo el rastro de su ausencia.

Sin obstáculos, el cuerpo celeste que había invocado siguió su curso directamente hacia el Patriarca, que apenas había descendido unos peldaños y permanecía aún cerca de la base de la escalinata, con el pecho expuesto a la trayectoria imparable de aquel astro.

Fue un instante de pavor para los pocos espectadores capaces de seguir la trayectoria de aquel destello —dado que eran soldados rasos en su mayoría, su vista no estaba entrenada para rastrear el movimiento de quienes aspiraban al oro —pero el verdadero horror radicaba en la figura de Rómulo, quien permaneció estático. No hubo un grito de advertencia, ni un gesto de arrepentimiento; mantuvo la mirada fija en el orbe con una frialdad absoluta, siguiendo su trayectoria hacia el Patriarca con los ojos bien abiertos, como si la vida de su mentor fuera un daño colateral irrelevante ante la necesidad de su victoria.

El Patriarca, impasible ante la amenaza que le quemaba el aire, no retrocedió ni un milímetro. Con un movimiento simple de su mano, casi como quien aparta una rama molesta en un sendero, golpeó la esfera. Esta se desvió violentamente hacia el cielo, donde explotó en un fulgor cegador que eclipsó el sol.

Un murmullo recorrió las gradas —no era el júbilo de antes, sino algo más parecido al espanto—, porque por un instante, antes de que el fulgor se desvaneciera, algunos comprendieron que aquella luz podía haberlos alcanzado.

El Patriarca bajó la mano, y sus ojos recorrieron brevemente los escombros imaginarios que aquel astro furioso habría dejado: el coliseo reducido a polvo, las gradas convertidas en ceniza, miles de vidas disueltas antes de comprender qué las había borrado. Todo ello evitado por un gesto casi casual de su muñeca.

Pero lo que le recorrió un leve escalofrío no fue la magnitud del ataque. Fue el silencio de Rómulo mientras el cuerpo celeste surcaba el aire hacia él. Sin un ademán de detenerlo, solo aquella mirada fija, calculadora, siguiendo la trayectoria como quien observa el resultado de un experimento.

Buscó los ojos de su hijo mayor.

—Mídete, Rómulo —dijo el Patriarca, y su voz resonó cual eco en una catedral vacía—. El poder despojado de piedad no es maestría.

Su atención de desplazó hacia Remo, cuya presencia aún fluctuaba entre la realidad y el vacío.

—Y tú, Remo... no busques refugio en los abismos de la inexistencia. Aquel que teme ser herido jamás podrá vestir el brillo del sol. Para portar este legado, debes ser capaz de contemplar tu propia destrucción sin parpadear. En la guerra, quien se oculta ya ha sido derrotado.

El suelo bajo los pies de Rómulo tembló apenas, una vibración sutil que pasaría desapercibida para cualquiera que no estuviera prestando atención. Pero Rómulo no tuvo tiempo de reaccionar.

Dos manos pequeñas emergieron de un hueco imposible en la arena, aferrándose a sus tobillos con una firmeza que no correspondía a su tamaño. No hubo forcejeo previo ni advertencia: simplemente tiraron hacia abajo con una determinación absoluta, arrastrándolo hacia el interior.

Rómulo lanzó los brazos hacia adelante por puro instinto, clavando los dedos en la arena, buscando algo a lo que aferrarse. Sus manos araron surcos desesperados mientras el agujero lo engullía centímetro a centímetro, implacable, sin prisa y sin piedad. La arena que intentaba retener se escurría entre sus dedos como si conspirara con lo que lo jalaba desde abajo.

El agujero se cerró sobre él con un chasquido. Donde Rómulo había estado, la arena quedó lisa, intacta, como si nunca hubiera ocurrido nada.

El silencio duró apenas un latido. A unos tres metros de altura sobre la arena, el espacio se rasgó con un destello azul que no pidió permiso para existir. Del desgarro emergió Rómulo, expulsado con una violencia que no le dio oportunidad de orientarse, y cayó al suelo con un impacto que levantó una nube de polvo dorado. Rodó una vez antes de detenerse, con la respiración cortada y la arena en la boca.

Desde el borde del agujero que lo había escupido, Remo lo observaba con aquella calma que era su forma más silenciosa de decir que no había elegido estar ahí, pero que no iba a rendirse.

Rómulo se incorporó de inmediato. Sus ojos pasaron del plateado al carmesí, encendiéndose como estrellas agonizantes, y de sus pupilas brotaron rayos de luz escarlata —lanzas que cruzaron el aire sin consultar al pensamiento, que se hundieron en el agujero donde su gemelo se resguardaba, como un ave pequeña en su nido.

Pero los rayos carmesí que Rómulo había lanzado contra su hermano, más que carne encontraron un pasaje. El agujero los tragó, y un instante después, media docena de nuevas grietas se abrieron en el aire, devolviendo aquellos haces de luz escarlata desde ángulos imposibles. Los rayos brotaban de puntos distintos, se desviaban, se partían, se multiplicaban, como si el espacio mismo hubiera aprendido a vomitar el poder que antes había contenido.

Salían en direcciones que ninguna voluntad humana podría haber previsto, cortando el suelo en grietas que se extendían como fracturas en cristal sometido a demasiada presión. Una columna recibió el impacto de lleno y estalló desde el interior, lanzando fragmentos de piedra en todas direcciones. Otra fue cortada a la mitad con una limpieza que hizo que la sección superior tardara un instante en comprender que ya no tenía nada que la sostuviera antes de desplomarse.

Las gradas, que apenas momentos antes rebosaban de miradas hambrientas y gargantas sedientas de gloria, se vaciaron en cuestión de segundos. Los espectadores que un instante antes aplaudían su propia aniquilación potencial ahora huían despavoridos, tropezando unos con otros, derramándose por las salidas del coliseo cual agua que encuentra por fin una grieta por donde escapar. Los vítores se convirtieron en gritos, y el espectáculo que habían venido a presenciar los había alcanzado demasiado cerca.

El polvo aún flotaba cuando los últimos rayos se extinguieron y el eco de las explosiones murió entre las piedras derrumbadas. El espacio cedió una vez más, y de un agujero que se abrió sin prisa emergió Remo con la calma de quien cruza un umbral conocido. Sin triunfo en la postura, sin provocación en la mirada.

Los dos hermanos quedaron frente a frente.

Entre ellos había el silencio de quienes se conocen demasiado bien para necesitar palabras, y han llegado al punto donde las palabras ya no alcanzarían.

Los ojos de Rómulo comenzaron a arder. El plateado cedió al carmesí  una vez más, con una lentitud que parecía dolorosa, como brasas que se avivan desde adentro, hasta que sus pupilas brillaron con el fulgor intenso y violento de Pólux, la estrella guerrera de la constelación, la que arde más roja y más furiosa.

Y entonces, como respuesta inevitable, los ojos de Remo respondieron. El plateado que compartían se disolvió en un azul profundo y sereno, el azul de Cástor, la estrella hermana, más fría, más distante, pero no menos intensa. Dos luces opuestas habitando el mismo cielo.

Los rayos brotaron al mismo tiempo. El carmesí de Rómulo surcó el aire con la violencia de algo que ha estado contenido demasiado tiempo. El azul de Remo lo encontró a medio camino con una precisión que no era casualidad sino destino. Los dos haces chocaron entre ellos con una negativa mutua a ceder que generó algo que ninguno de los dos había convocado.

La bola de energía que nació de aquel encuentro era púrpura. El color que surge cuando dos luces opuestas se niegan a aniquilarse y en cambio se funden, palpitando con una inestabilidad que hacía vibrar el aire a su alrededor. Era simultáneamente el rojo de Pólux y el azul de Cástor, dos estrellas gemelas comprimidas en un solo punto que no sabía hacia dónde expandirse.

El Patriarca observaba desde donde estaba, inmóvil, con los ojos fijos en aquella esfera imposible que ardía entre sus dos hijos.

La bola púrpura palpitó entre ellos durante un instante que pareció extenderse más allá del tiempo, sostenida por la voluntad igual de dos hermanos que no estaban dispuestos a ceder. Pero la voluntad, como toda cosa viva, tiene límites que el cuerpo conoce antes que la mente.

El azul comenzó a ceder.

No fue un colapso súbito sino una rendición gradual, casi imperceptible al principio: el frío sereno de Cástor retrocediendo milímetro a milímetro ante el empuje implacable de Pólux. La esfera se desplazó lentamente hacia Remo, el púrpura perdiendo su equilibrio, el carmesí reclamando territorio con la paciencia de algo que siempre supo que ganaría.

Remo sostuvo la mirada de su hermano hasta el final.

La explosión fue carmesí y absoluta. Lo alcanzó de lleno, envolviendo su figura en una llamarada escarlata que barrió la arena a su alrededor y lanzó los últimos escombros contra los muros del coliseo. Cuando el fulgor se disipó, Remo yacía en el suelo, con la túnica azul chamuscada en los bordes y el cuerpo inmóvil.

El carmesí en los ojos de Rómulo fue apagándose hasta recuperar el plateado de siempre; brasas que se enfrían después de haber consumido todo lo que tenían para quemar.

Había ganado.

Y sin embargo, de pie sobre aquella arena destruida, con su hermano tendido frente a él y las gradas partidas y vacías a su alrededor, la victoria tenía el peso exacto de algo que no podía celebrarse. Remo había dejado el nido, había salido del agujero donde se resguardaba, había enfrentado al lobo cara a cara, y el lobo lo había devorado.

 

2. Despedida

La cabaña que Rómulo y Remo compartían en los límites del Santuario era pequeña con la honestidad de lo que nunca pretendió ser más de lo que era: dos camastros de madera, una mesa desvencijada, y el espacio justo para que dos niños idénticos coexistieran sin estorbarse demasiado.

Desde afuera, antes de empujar la puerta, Rómulo reconoció el olor que escapaba por las rendijas —leña y hierbas secas, y algo más: el aroma inconfundible de cordero y berenjenas friéndose a fuego lento, mezclándose en el aire con el calor de las especias hasta formar ese olor denso y familiar que solo podía significar una cosa: se preparaba moussaka, su platillo favorito. Lo cual significaba que Remo estaba dentro, y que, al menos hasta ese momento, seguía siendo el mismo.

Aquel dominio de los fuegos y las especias no era un capricho, sino el vestigio de una autonomía forjada en la precocidad. Desde que la memoria les alcanzaba, ambos habían habitado la soledad de aquella cabaña como quien habita una isla sitiada, aprendiendo que la supervivencia no solo residía en la fuerza del puño, sino en la capacidad de transformar la carestía en sustento. En la casi orfandad de su infancia más temprana, Remo había convertido el acto de cocinar en una forma silenciosa de cuidado, una alquimia doméstica que protegía sus espíritus de la frialdad del mundo exterior. Para él, preparar un platillo complejo no era una tarea, sino la manera de erigir un refugio de vapor y aroma donde el destino del Santuario aún no tenía permitido entrar.

Rómulo se detuvo en el umbral con la mano apoyada sobre la madera áspera, dejando que la puerta cediera despacio bajo su peso, como si necesitara ver el interior revelarse de a poco para prepararse ante lo que pudiera encontrar.

No había visto a Remo desde el día anterior en la arena, desde el momento en que el carmesí lo había alcanzado y su figura había quedado tendida sobre la arena chamuscada. Desde que él, Rómulo, había ganado lo que ambos sabían que solo uno podía ganar.

No sabía qué encontraría en su mirada. Si sería el mismo de siempre, o si algo se había roto entre ellos con la misma limpieza con que los rayos escarlata habían partido las columnas del coliseo.

La puerta terminó de abrirse.

Remo estaba de espaldas, terminando de colocar los platos sobre la mesa con una parsimonia que no reconocía la urgencia como concepto válido. Tenía el brazo izquierdo vendado desde la muñeca hasta el codo, y una franja de lino limpio cruzaba su costado, visible bajo una túnica azul distinta a la que había vestido en el coliseo —más limpia, de uso cotidiano, que caía sobre las vendas con la comodidad de lo familiar—. Se movía con la cautela medida de quien ha aprendido a calcular cada gesto para no despertar el dolor que duerme bajo las vendas, pero se movía.

Y cuando giró la cabeza al escuchar la puerta, tenía la misma sonrisa de siempre. Aquella insinuación leve en las comisuras, tan suya, tan imposible de fabricar, que Rómulo no supo si sentir alivio o algo más parecido a la vergüenza.

Sobre la mesa, la moussaka humeaba en una fuente de barro con una generosidad que desmentía la modestia de la cabaña. El cordero y las berenjenas se habían fundido en capas que olían a especias y a tiempo invertido, y la corteza dorada de la superficie prometía exactamente lo que el olfato había anticipado desde el umbral.

—Me alegra que hayas tenido tiempo de venir a cenar —dijo Remo, con una naturalidad que no admitía drama—. Supongo que a partir de ahora las ocupaciones de un Santo de Oro no dejarán demasiado margen para estas cosas.

No había reproche en las palabras, tampoco esfuerzo por ocultarlo si lo hubiera habido. Solo la observación tranquila de alguien que ha procesado lo ocurrido y ha decidido que la moussaka no podía esperar más.

Rómulo cruzó la cabaña y ocupó su lugar en la mesa sin decir nada todavía. Remo se sentó frente a él con la lentitud cuidadosa que imponían las costillas vendadas, y por un momento los dos hermanos quedaron en silencio ante aquella cena que olía a todo lo que estaba a punto de cambiar.

Rómulo sirvió sin prisa, dejando que el silencio ocupara su lugar natural antes de romperlo.

—Fui demasiado lejos en el coliseo —dijo, sin alzar la vista del plato—. No era necesario.

—No tienes por qué disculparte —respondió Remo con calma—. De hecho... te admiro por eso. Esa capacidad que tienes —continuó, como si describiera algo que hubiera estado observando durante años con curiosidad genuina— de apagar todo lo demás cuando pisas la arena. Los sentimientos, la duda, la consideración. De convertirte en exactamente lo que padre exige. Yo no puedo hacer eso, nunca he podido.

No había amargura en las palabras. Solo el reconocimiento honesto de una diferencia que ambos conocían desde hacía tiempo.

—Pensé que estarías molesto —dijo Rómulo al momento de alzar la vista.

Remo negó con la cabeza, con una lentitud que tenía más de convicción que de gesto.

—¿Cómo voy a estar molesto por el logro de mi hermano? —preguntó, y la pregunta sonaba genuina, no retórica—. La armadura es tuya porque debe serlo. Si alguien tenía que perder, prefiero haber sido yo.

Tomó la cuchara y sirvió en su propio plato antes de continuar.

—Además... —hizo una pausa breve, como si sopesara las palabras antes de soltarlas— no estoy seguro de estar listo para lo que implica vestir esa armadura. Todavía no comprendo del todo lo que significa ser un Santo de Athena. Lo que se espera, lo que se exige y lo que se entrega. Quizás ser el suplente es exactamente lo que debo ser por ahora. Además, dudo que el resultado haya sido una sorpresa par alguien, ni siquiera para padre.

Rómulo permaneció un momento con la cuchara suspendida sobre el plato; las palabras necesitaran encontrar el orden correcto antes de salir.

—Yo no podría llamarlo padre —dijo al fin, con una voz que no era hostil sino simplemente honesta—. Nunca he podido.

Remo no respondió, dejando que el espacio entre ellos sostuviera lo que venía.

—Lo detesto —continuó Rómulo, y lo dijo con la misma calma con que se enuncia un hecho comprobado—. Nos crio como lobos. Nos puso en esa arena como si fuéramos animales de casta y esperó a ver cuál de los dos sobrevivía con más dientes. Para él no somos sus hijos, Remo.

Dejó caer la cuchara sobre el plato con un sonido sordo.

—Y sin embargo... —la pausa que siguió tenía el peso de algo que llevaba tiempo sin ser dicho en voz alta— siempre termino haciendo lo que él dice. Siempre. Por mucho que lo resista, por mucho que me diga que esta vez no, al final obedezco. Y cada vez que lo hago me veo un poco más en él. Como si poco a poco me estuviera convirtiendo en exactamente lo que quiere que sea. Hay veces que me gustaría irme —admitió, más bajo—. Lejos del Santuario, lejos de las armaduras y lejos de todo esto. Tener una vida que no gire alrededor de una guerra que ni siquiera hemos comenzado. Una vida normal, aunque no supiera qué hacer con ella.

Una sonrisa breve y sin humor cruzó su rostro.

—Pero siempre hay algo que me ancla. El deber o no sé qué. Quizás es que en el fondo ya no me imagino siendo otra cosa —miró a Remo directamente por primera vez desde que se habían sentado—. Empiezo a creer que este es mi destino. Y lo peor es que no sé si eso me consuela o me aterra.

Remo dejó reposar la cuchara sobre el borde del plato y miró a su hermano con una serenidad que no era resignación sino algo más activo, más deliberado.

—Los dos nos sentimos perdidos —dijo—. Tú dentro de un destino que no elegiste, yo fuera de uno que tampoco pedí. Pero mientras estemos juntos... podemos armar el nuestro propio. Aunque sea en los márgenes de lo que él decide por nosotros.

Rómulo lo escuchó en silencio. Luego bajó la mirada hacia la mesa y tardó un momento antes de hablar; necesitaba tomar distancia de lo que estaba a punto de decir para poder decirlo.

—Esta es la última noche que dormiré aquí.

Remo no respondió de inmediato. Sus ojos se posaron en los dos camastros, en la mesa desvencijada, en las paredes que olían a leña y a años compartidos.

—Por orden del Patriarca —continuó Rómulo—, a partir de mañana mi lugar estará en el Templo de los Gemelos. En las Doce Casas.

El silencio que siguió fue distinto a los anteriores. No era el silencio cómodo de quienes no necesitan hablar, sino el de quienes tienen demasiado que decir y ninguna palabra que alcance.

Remo asintió despacio. En sus ojos había una tristeza que no intentó ocultar, pero tampoco dejar caer sobre su hermano como carga.

—Lo entiendo —dijo finalmente, con una voz que era suave y firme a la vez, como siempre—. Es lo que corresponde.

Y volvió a su plato, porque la moussaka seguía ahí y la noche era la última, y algunas despedidas se digieren mejor en silencio y con el estómago lleno.

***

Hay órdenes que no necesitan declararse crueles para serlo. Basta con que funcionen: que entreguen guerreros donde antes había niños, que conviertan el sacrificio en rutina y la separación en protocolo. El Santuario era uno de esos órdenes. Perfecto en su lógica, implacable en su ejecución, indiferente ante lo que destruía.

Dos hermanos idénticos fueron arrojados a la arena como bestias, buscando al más fuerte. Quizás la pelea no era necesaria, pero el orden así lo exigía: solo había una armadura, y el portador debía ganársela sobre el cuerpo de alguien. Que ese alguien fuera su propio hermano no era crueldad deliberada, sino la consecuencia de un designio que nunca se había preguntado si había otra manera.

Cuando el combate terminó, el orden cumplió su siguiente función: separó a los gemelos con la misma eficiencia con que los había enfrentado. Uno al templo, otro a la choza. Uno al oro, otro a la sombra. Porque así ha sido siempre.

 



Capítulo 13: UNA NOCHE EN EL CASTILLO
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#44 Rexomega

Rexomega

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Publicado 23 April 2026 - 07:08 am

Saludos

 

Aquí vengo comentando el Capítulo 10, "Todo es culpa del Patriarca". Con una portada, cómo no, acorde. 

 

Como introducción del flashback (en dos partes, no tres como nos tienes acostumbrados), vemos que Eros está desconcertado porque no se ha visto la serie y no sabe que 5 de cada 10 Géminis son traidores. 

 

La primera parte fue una batalla espectacular. La acción me remontó un poco a una escena emblemática de Dragon Ball, mezclado con los inicios de Saint Seiya. Me hizo ruido en un inicio que fuera un combate, no parece que esa sea la norma ni siquiera entre los santos de bronce, donde la mayoría tuvo que pasar una Prueba de Armadura. Sin embargo, estamos hablando de dos personajes llamados Rómulo y Remo, quedaba bien la referencia. De propina, si bien me cuesta imaginar que todos los santos de oro obtengan su manto luchando, en el caso de Géminis le veo sentido desde que Kurumada abrió la puerta a la existencia de gemelos destinados a una misma constelación. Las habilidades de Remo, relacionadas con la manipulación espacial de los Géminis, me hicieron sonreír por razones sobre las que no puedo ahondar, y las de Rómulo, encarnaciones del poder cósmico de los Géminis, me hicieron reírme de los brutos que antes celebraban el pan y el circo de cada día. ¿No es tan divertido cuando es tu vida la que corre peligro, verdad, masa? Y qué decir del Patriarca, todo está mal con ese hombre, nepotista consumado y mal padre. Tiene suerte haber nacido medio milenio antes, que si no Asuntos Sociales se lo lleva preso.

 

Bromas aparte, me permitiré contradecirme para decir que me gusta la crudeza de la orden ateniense. En la serie dan a entender que el Patriarca malvado lo hizo todo peor, lo que es un tanto barato: el Santuario cogió a niños de 7 a 9 años y los mandó a recibir un entrenamiento espartano, o un resort en China con novia incluida, que siempre terminaba con una prueba con pocas posibilidades de supervivencia. No puedes dulcificar eso, ni falta que hace, porque deja la impresión de que los protagonistas tuvieron que hacer un gran sacrificio para convertirse en quiénes son. En otros universos se vuelven invencibles mientras van al instituto estos remedos de Spiderman... 

 

Ejem, me desvío y aún queda la segunda parte. No hubo acción, pero siento que es aún más reveladora que la anterior. Rómulo y Remo vivían más o menos como Rei Ayanami (referencia obligatoria a NGE) hasta que ocurrió la prueba y a uno le tocó emanciparse, que ya le tocaba con sus 11 años (¿Referencia a Harry Potter? ¿O quisiste apegarte a las edades de Kurumada y mantener cierto realismo a la vez?). Uno se queda en la pobreza, y el otro... ¿También? No me da la impresión de que los Templos del Zodiaco sean hoteles de lujo, salvo el del Patriarca con sus baños privado, aunque podría ser distinto aquí. Uno en la sombra, otro en el oro. Esto es asertivo y desde luego llama la atención cómo el que ganó es el que está enfado y el que perdió es el que está tranquilo. ¡Llama la atención en el buen sentido! Porque, desde luego, saberse el engranaje en una maquinaria nunca es grato. 

 

Con todo lo dicho, no sé si ya tengo las piezas de por qué Rómulo es traidor. ¿Por rebelarse contra su padre? No se me quita la sensación de que ahí faltaba una tercera parte para rematar. 


Editado por Rexomega, 23 April 2026 - 07:09 am.

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#45 Cástor_G

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Publicado 24 April 2026 - 01:59 am

Saludos   Aquí vengo comentando el Capítulo 10, "Todo es culpa del Patriarca". Con una portada, cómo no, acorde.    Como introducción del flashback (en dos partes, no tres como nos ti[[...]

 

Hola!

 

-Si analizamos seriamente, creo que el porcentaje de géminis traidores podría ser más alto xD.

 

-El combate por una armadura ciertamente no es una norma desde mi punto de vista en el manga original, y tampoco lo será en este fanfic. Salvo casos especiales como éste (y algunos más) donde no se podía excluir a un gemelo de aspirar al oro de su constelación protectora. Normalmente en las historias oficiales se podría intuir que la armadura se le entrega, sin mayor tramite, al hermano mayor. Siempre pensé que eso no era del todo justo (aún cuando personalmente los Géminis oficiales de cada obra son mis favoritos por encima del hermano menor que queda en la sombra).

 

-En Cosmo Wars aparecen muy fugazmente Rómulo y Remo. En ese entonces no tenía del todo claro su estilo de pelea. Recién desarrollando esta precuela me puse a pensar que regularmente los santos de Géminis siempre tienen el mismo estilo de lucha. No lo critico, es lógico de cierta manera. Pero quise hacer algo distinto; en esta historia aunque Romulo y Remo comparten casi las mismas técnicas (probablemnte cada uno tenga alguna técnica secreta), ambos tienen estilos de pelea distintos. Rómulo es especialista en destrucción, en técnicas de impacto físico, mientras que Remo es más hábil en el terreno mental y dimensional.

 

-El Patriarca es ese tipo de personaje que sin ser villano, cae mal xD. Sus decisiones y comportamiento son sumamente cuestionables a veces (ya se veía desde Three Wars y Cosmo Wars), sin embargo no se le debe juzgar bajo una ética moderna/paternal, sino una de sacrificio antiguo y de bien mayor. Puede parecer abusivo, pero esa es su estrategia porque genuinamente considera que Rómulo es (o será, si hablamos del flashback) el Santo de Oro más poderoso. Prefiere que sus hijos sufran y lo odien, a que en un futuro fallen y pongan en riesgo a Athena y a la humanidad. Aunque claro, según estamos viendo en estos capítulos parece que esto no ha salido del todo bien... xD.

 

-Referencias a la crudeza de la orden ateniense las encontraras mucho en esta historia, porque en el fondo el fanfic es una crítica al sistema del Santuario, el cual siempre me pareció, como mínimo, cuestionable!

 

-Respecto a la edad nunca me ha gustado el rango de edades que maneja Kurumada, sin embargo en el caso de los Santos de Oro estoy de acuerdo. Ellos no son como cualquier otro Santo, se supone que ellos dominan el séptimo sentido desde muy temprana edad, y he mantenido eso. Solamente he aumentado un poco la edad, mientras que en el MO los Santos de Oro ya lo eran a los 7 años, en mi historia el promedio es vestir la armadura alrededor de los 11 años (coincidencia con Harry Potter xD). 

 

-Otra cosa que será diferente aquí, es lo que mencionas respecto a la diferencia entre choza/templo. Aquí los Santos de Oro si viven con lujos en sus templos.  :ah3x37a2:  :ah99x115a1: . No sé aún si lleguen a tanto como tener mujerzuelas acompañantes, pero buena comida, buena cama (no un bloque de piedra como el que duerme Athena en la saga de Hades), y otros lujos, sí tienen. 

 

-Tienes razón al sentir que no tienes todas las piezas, y notar que este capítulo solo tuvo 2 subcapítulos. La razón es que esté capítulo originalmente era tan largo que decidí dividirlo en 2 partes. Y mientras editada, de forma misteriosa, se transformó en 3 capítulos xDD. Originalmente el capítulo 10 cerraba este segundo arco centrado en el segundo traidor, pero ahora se cerrará en el capítulo 12. 

 

-Edit: Aprovecho para dejar una imagen de portada descartada. El climax del enfrentamiento entre Romulo y Remo en el coliseo.

 

Romuloy-Remo-Coliseo4.png

 

Saludos y gracias por leer!


Editado por Cástor_G, 24 April 2026 - 02:25 am.


Capítulo 13: UNA NOCHE EN EL CASTILLO
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Publicado 28 April 2026 - 01:19 am

Remo-Cementerio3.png

 

Capítulo 11:

RÓMULO Y REMO

 

En la penumbra del salón del trono, ante la imperturbable máscara de porcelana de Lord Sinister, el encuentro se sintió como el encaje de una pieza perdida en un mecanismo perverso. Eros no ocultó su regocijo al ver la figura dorada de Géminis de pie entre las sombras del castillo; para él, aquello no fue una sorpresa, sino una apoteosis. Saber que aquel Santo de Oro había sido el arquitecto silencioso de su propia deserción, fue el ancla definitiva que terminó de amarrar su destino a la Noche Eterna.

Habían sido meses de mensajes cifrados, de movimientos estratégicos filtrados y de secretos entregados con la minuciosidad de un maestro relojero. Aquel Santo de Oro había sido el arquitecto de brechas que nadie más podía ver.

Tras una breve y gélida bienvenida bajo el trono de sombras, donde la fijeza de aquel rostro de cerámica parecía juzgar sus almas sin necesidad de pupilas, Eros hizo un gesto hacia las grandes puertas de madera negra. El aire allí dentro era demasiado denso incluso para quienes servían a la oscuridad; la opresión que emanaba de la figura silente del soberano exigía un respiro.

Salieron del castillo buscando la complicidad del viento, dejando atrás los pasillos que susurraban traiciones para adentrarse en la crudeza del paisaje exterior.

 

1. Rómulo

El aire fuera del castillo no era mejor que el de dentro; era húmedo, cargado de sal y neblina, con ese olor a piedra vieja y mar estancado que parecía haberse metido en cada rincón de la isla. Pero al menos era aire que fluía, que no estaba sofocado bajo la mirada de aquel rostro de porcelana que los había observado con la fijeza inmutable de una estatua funeraria; una presencia tan ajena a lo humano que no parecía buscar lealtades en sus corazones, sino medir la utilidad de sus almas.

Eros caminaba junto a Rómulo por un sendero irregular que bordeaba el acantilado. A su izquierda, el mar golpeaba las rocas con una monotonía hipnótica; a su derecha, la lejana masa sombría del castillo se alzaba como una mancha negra contra el cielo gris.

Eros se detuvo, observando el terreno con una mezcla de fastidio y desdén. Necesitaba sentarse, pero todo a su alrededor parecía diseñado para incomodar: rocas cubiertas de musgo húmedo, hierba empapada, tierra fangosa. Finalmente localizó una piedra que parecía menos repulsiva que las demás, aunque no por mucho.

Sacudió la superficie con el aire de su mano, observando cómo el polvo y la humedad se dispersaban sin entusiasmo. No mejoró gran cosa, pero tendría que bastar. Se sentó con una elegancia estudiada; aquel acto trivial parecía declaración de que incluso en medio de la desolación, él mantendría cierta compostura.

Rómulo permaneció de pie a pocos pasos con las manos reposando a los costados, la mirada fija en el horizonte. Su rostro sereno parecía una máscara —no de porcelana, pero igual de impenetrable.

Eros lo miró durante un instante antes de hablar.

—De entre todos los Santos de Oro —dijo al fin, con una voz que no ocultaba su sorpresa—, tú eres el último de quien hubiera imaginado que fuese traidor.

Hizo una pausa, dejando que las palabras se asentaran en el aire salado.

—Géminis es reconocido como el Santo de Oro más poderoso, y más leal.

Rómulo no apartó la vista del horizonte. Durante un instante pareció no haber escuchado, las palabras de Eros parecieron ser solo otro sonido más entre el golpeteo del mar y el lamento del viento. Luego, con una calma que parecía provenir de un lugar muy lejano, habló.

—La lealtad es fácil cuando no se cuestiona el propósito —dijo con voz baja pero firme—. Cuando se cree que la lucha tiene sentido y que cada sacrificio construye algo que perdurará.

Giró levemente la cabeza, sin llegar a mirar a Eros del todo.

—Pero cuando empiezas a analizar los patrones... cuando observas que durante generaciones aparecen Santos que dan su vida para contener amenazas que, siglos después, vuelven a reclamar nuevos adversarios... los deseos de justicia ateniense empiezan a menguar. Somos autómatas diseñados para nacer, pelear y morir cada dos siglos. Una y otra vez. El enemigo podrá cambiar de nombre, pero el ciclo no. Athena llama, nosotros respondemos, morimos, y doscientos años después todo se repite con nuevos rostros pero la misma historia.

Finalmente se giró para enfrentar a Eros directamente, y sus ojos —tan idénticos a los de su hermano, pero cargados de algo más oscuro— se clavaron en él.

—¿Y para qué? ¿Para preservar un mundo que nos olvidará antes de que nuestros cuerpos se enfríen?

Eros ladeó la cabeza, observando a Rómulo con una mezcla de sorpresa y algo cercano a la admiración.

—A pesar de ser compañeros desde hace años —dijo con una sonrisa ligera—, no había podido apreciar en ti la belleza de ese pensamiento.

Hizo una pausa deliberada, dejando que sus palabras flotaran en el aire salado antes de añadir, con una insinuación mordaz que no intentó disimular:

—Pareces la otra cara de la moneda. No sé si la que siempre mostrabas o la que ocultabas.

Rómulo no se inmutó. Si la provocación lo afectó, no lo demostró. Su expresión permaneció serena, casi indiferente; estaba acostumbrado a que lo observaran buscando grietas.

—No todos nos expresamos con el estruendo de un desfile triunfal. Algunos preferimos la introspección al espectáculo —respondió con calma cortante, y sus ojos se posaron en Eros con una frialdad desprovista de emoción—. Tú dices todo lo que piensas en el instante en que lo piensas. Yo elijo qué mostrar y cuándo mostrarlo. Esa es la diferencia entre actuar por impulso y actuar con propósito.

—Lo importante —respondió Eros, con una calma que rozaba la satisfacción— es que ahora ambos caminaremos bajo la penumbra de la Noche Eterna. Jóvenes y hermosos —continuó, y sus ojos azul zafiro brillaron con un destello de convicción genuina—. ¿No te parece un destino preferible a pudrirse lentamente en nombre de dioses que nunca responden?

Rómulo abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, una voz resonó en el aire. No venía de ningún punto específico, sino de todas partes a la vez, como si el espacio mismo la hubiera pronunciado.

—Estoy sumamente decepcionado de ti.

El aire se rasgó con una torsión silenciosa; un pliegue oscuro que se abrió en la realidad a pocos metros de donde ambos se encontraban. El espacio se quebró como cristal invisible, y de aquella fisura emergió una figura.

Vestía la armadura dorada de Géminis, idéntica en cada detalle a la que portaba el hombre que había estado conversando con Eros; el mismo brillo impecable, el mismo oro intacto y la misma presencia imposible.

Dos Santos de Géminis.

Eros se puso de pie de golpe; su mano voló hacia la empuñadura de la Espada Ébano. Sus ojos se abrieron con una mezcla de confusión y alarma, recorriendo a uno y luego al otro como si buscara alguna diferencia que le permitiera distinguirlos.

El hombre con quien había estado conversando —aquel que había filosofado sobre el ciclo de la guerra, que había confesado su desencanto— no se movió. Simplemente permaneció inmóvil, observando al recién llegado con una serenidad que no se alteró ni un milímetro.

El otro Géminis se erguía frente a ellos con una expresión que no dejaba lugar a dudas: no había venido a negociar. Su mirada, idéntica en forma, pero distinta en temperamento, se clavó en su doble con una frialdad glacial.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo?

 

2. Mar de Tumbas

Star Hill se alzaba en el punto más elevado del Santuario, coronado por un templo austero cuyas puertas rara vez se abrían. No era un lugar de ceremonias ni de audiencias públicas; era el santuario privado del Patriarca, el sitio desde donde observaba el firmamento y buscaba en las estrellas lo que la tierra no podía revelarle.

El Patriarca permanecía en el exterior, sobre la roca desnuda que precedía la entrada, donde el viento constante soplaba desde las alturas tratando de arrastrar los pensamientos de quien se atreviera a quedarse demasiado tiempo.

Allí, bajo el cielo abierto, con el casco ceremonial descansando a un lado sobre la piedra, su rostro normalmente oculto tras la sombra del yelmo de oro estaba expuesto al aire frío y a la vastedad del cosmos. No como líder del Santuario, sino como lo que era en aquel momento: un hombre agotado buscando respuestas que el firmamento no le daba.

¿Puede alguno de mis hijos estar involucrado?

La pregunta regresaba una y otra vez, como marea que no cesa. Había intentado descartarla, racionalizarla, encontrarle explicaciones menos dolorosas. Pero los hechos persistían, fríos e inamovibles como la piedra bajo sus pies.

Rómulo, su discípulo más brillante, su heredero designado. Un joven cuya presencia imponía respeto sin necesidad de alzar la voz, cuya mirada afilada cortaba mentiras antes de que fueran pronunciadas. Siempre había tenido un carácter intimidante, incluso de niño. Una severidad que los demás interpretaban como disciplina ejemplar.

Pero, ¿y si no era disciplina? ¿Y si ese carácter ocultaba algo más profundo, más oscuro? ¿Odio reprimido, quizás? ¿Resentimiento acumulado durante años de ser observado, medido y comparado con un estándar imposible de alcanzar?

Y luego estaba Remo. Remo, el hermano olvidado, el gemelo que había sido designado a vivir en las sombras, lejos del mármol y del oro, en una choza sencilla donde nadie lo buscaba ni lo necesitaba. Un ser pacífico, de voz suave y gestos medidos. Incapaz de dañar un insecto que se posara en su mano.

¿Cómo podría alguien así traicionar al Santuario?

Entonces, regresó a su memoria un episodio de ocho años atrás.

El cementerio del Santuario se extendía en una colina apartada, oculto tras un bosquecillo de cipreses que proyectaban sombras alargadas sobre las lápidas. Era un lugar tranquilo, casi olvidado, donde reposaban aquellos que habían servido a Athena. Santos de Bronce, Plata y Oro cuyos nombres se borraban con el tiempo.

El Patriarca caminaba entre las tumbas con paso lento, buscando algo que no sabía nombrar. Quizás silencio, quizás perspectiva, quizás solo un momento lejos de las decisiones que pesaban sobre sus hombros como armadura invisible.

Entre las lápidas, una figura llamó su atención: un niño de no más de ocho años, arrodillado frente a una tumba modesta. Su cabellera negra caía suelta sobre su espalda, y en sus manos sostenía un ramo de flores silvestres que parecía haber recogido en el camino. Las colocaba con cuidado sobre la piedra, una a una, como si cada tallo mereciera su propio lugar.

El Patriarca se detuvo a cierta distancia, observando en silencio. Tardó apenas un instante en reconocerlo; no fue por el cabello ni por la postura inclinada sobre la lápida, fue por la sonrisa. Aquella leve insinuación en los labios. Esa expresión serena que Remo siempre llevaba consigo; la paz de su alma parecía tener prohibido abandonarlo.

El Patriarca avanzó unos pasos, dejando que las hojas secas crujieran bajo sus sandalias.

—¿Qué haces aquí, Remo?

El niño se volvió al oír la voz. Sus ojos se abrieron con sorpresa nerviosa.

—Padre… —La palabra escapó antes de que pudiera contenerla. Después bajó la mirada de inmediato, como si hubiese cometido una falta grave—. Perdón… Gran Patriarca.

No había temor en su voz, solo respeto. El Patriarca lo observó en silencio mientras que Remo señaló con suavidad el paisaje que los rodeaba.

—Es un mar de tumbas… —dijo, y luego añadió—: Hay demasiadas y nadie viene a cuidarlas.

Sus dedos rozaron la piedra frente a él, limpiando con cuidado el polvo acumulado. Guardó silencio unos segundos más, contemplando las lápidas que se extendían colina abajo como una marea detenida en el tiempo.

—Es triste… —murmuró al fin—. Santos que entregaron su vida por Athena… que combatieron en generaciones pasadas para sostener este mundo… y ahora reposan aquí, en tumbas polvorientas que nadie visita y que nadie recuerda.

No había amargura en su voz. Solo una melancolía serena, casi reverente.

El Patriarca respondió con un discurso que parecía salido de un pergamino, con la cadencia segura de quien recita verdades que han sido repetidas tantas veces que ya no necesitan ser pensadas para ser pronunciadas.

—Los Santos no luchan por la memoria ni por la gloria —respondió con tono grave—. Luchan para preservar el orden del mundo. Para que la tierra continúe girando en equilibrio, aunque sus nombres se desvanezcan.

El viento recorrió las lápidas, levantando apenas el polvo.

—El olvido no disminuye su sacrificio —añadió, aunque esta vez sonaron más a bálsamo que a argumento.

Remo no respondió de inmediato. Sus dedos permanecieron apoyados sobre la piedra, como si aún sintiera el pulso lejano de quien descansaba bajo ella. Luego, muy despacio, habló:

—Pero si nadie los recuerda… ¿quién aprende de ellos? —preguntó, y en su voz había la perplejidad honesta de alguien que ha estado mirando las lápidas demasiado tiempo y no encuentra en ellas la respuesta que se supone que deberían dar—. Cada generación lucha… y cae. Y luego otra ocupa su lugar, y después otra. Siempre por el orden, siempre por el equilibrio.

Sus dedos se deslizaron por la piedra, limpiando una grieta apenas visible.

—Pero el equilibrio nunca parece terminar de alcanzarse —dijo, con una voz que simplemente nombraba algo que había estado observando durante años sin encontrarle explicación satisfactoria—. Si el mundo necesita que siempre haya más tumbas… ¿es realmente orden lo que estamos protegiendo?

El Patriarca permaneció en silencio.  Y por primera vez, la sonrisa serena de Remo pareció teñirse de algo más profundo. No era ira ni resentimiento, era una profunda tristeza.

—Yo no quiero que sigan olvidándolos —concluyó el niño—. Y no quiero que el Santuario sea solo una colina que crece con los muertos.

El Patriarca lo observó largamente. Había escuchado quejas antes —aspirantes que temían morir sin gloria, Santos que en momentos de debilidad cuestionaban el peso del deber—, pero aquello no era una queja; era algo distinto, era una convicción serena.

El Patriarca sintió que el viento parecía haberse detenido entre ellos.

—El mundo siempre ha exigido sacrificio —dijo al fin, con firmeza medida—. No porque sea imperfecto, sino porque está vivo. Y todo lo vivo lucha por mantenerse.

Sus palabras eran sólidas, doctrinales; las había aprendido en su juventud y las había repetido durante años sin vacilar.

Sin embargo…

Mientras las pronunciaba, notó que no lograban disipar del todo la pregunta que el niño había dejado suspendida en el aire.

Remo asintió con respeto, aceptando la respuesta sin discutirla. Pero su mirada volvió a las tumbas. Y el Patriarca comprendió, sin saber exactamente por qué, que aquella conversación no había terminado realmente allí.

El recuerdo se disipó lentamente como una bruma que se retira sin dejar de pesar. El Patriarca volvió al presente con el mismo viento golpeándole el rostro. Star Hill permanecía silenciosa bajo el cielo abierto, vasto y luminoso, indiferente a las dudas humanas. Las nubes avanzaban con lentitud, arrastradas por corrientes invisibles, mientras la luz se extendía sobre el Santuario como si nada en él estuviera a punto de fracturarse.

Habían pasado ocho años desde aquella conversación entre las tumbas, y sin embargo las palabras de Remo seguían suspendidas en su memoria con la misma claridad.

 

3. Remo

Géminis es la constelación de los gemelos, el reflejo perpetuo, la dualidad encarnada en oro sagrado. Pero existe una verdad inmutable que ninguna ilusión puede alterar: solo hay una armadura dorada de Géminis, una sola, y si dos hombres la portan al mismo tiempo, uno de ellos miente con cada centímetro de metal que cubre su piel.

El Santo de Géminis recién llegado no perdió tiempo en palabras. Su mano se alzó con un movimiento brusco, y el cosmos estalló a su alrededor en una oleada dorada que hizo vibrar el aire. La energía se condensó en su palma, y se proyectó hacia adelante como flecha de luz.

—¡Es hora de quitarse el disfraz!

La esfera de energía atravesó el espacio con un silbido agudo y golpeó a Rómulo en pleno pecho. Salió despedido hacia atrás, estrellándose contra el suelo rocoso con un golpe seco que levantó polvo y gravilla. Por un instante, la armadura dorada que lo cubría pareció resistir, brillando con la misma intensidad impoluta que antes. Pero entonces comenzó a cambiar.

La transformación fue lenta, como si la verdad misma estuviera despojándolo de una mentira que ya no podía sostener. El oro empezó a oscurecerse desde el centro del pecho, extendiéndose como mancha de tinta derramada sobre metal líquido. El brillo se apagó, la majestuosidad se corrompió, y en cuestión de segundos, lo que había sido una armadura dorada de Géminis se reveló como lo que siempre había sido: una armadura negra.

El hombre en el suelo no era Rómulo, era Remo.

Eros observó la escena con una mezcla de fascinación y desdén apenas contenido. Una sonrisa lenta, casi divertida, se dibujó en sus labios mientras contemplaba al hombre caído sobre las rocas.

—Así que tú eres ese hermano ermitaño del que alguna vez escuché hablar —dijo con una voz que destilaba ironía pulida—. El que vive en las sombras mientras su gemelo resplandece bajo el oro.

Inclinó levemente la cabeza, como si estuviera evaluando una obra de arte de dudoso gusto.

—Qué desfachatez... usurpar la identidad de un Santo de Oro genuino. Supongo que la envidia también puede vestirse de armadura si se le da el tiempo suficiente.

Hizo una pausa, dejando que sus palabras se asentaran con el peso exacto que pretendía. Luego, con un gesto elegante, dirigió su mirada hacía el Santo de Géminis recién llegado, el verdadero Rómulo.

—Y lo mejor de todo —continuó, con un deleite apenas velado— es que ese hombre ha estado espiando no sé cuánto tiempo sin que nos percatáramos de su presencia. Has sido completamente desenmascarado, Remo. Esto sin duda va a desembocar en un drama familiar muy interesante de presenciar.

Se acomodó sobre la roca con una calma casi escénica, cruzó una pierna sobre la otra y apoyó los puños bajo su barbilla, adoptando la postura de quien se dispone a disfrutar de un espectáculo que prometía ser memorable. La Espada Ébano descansaba a su lado, olvidada por el momento, mientras su atención se fijaba por completo en los dos hermanos.

—Adelante —dijo con una sonrisa ligera, y sus ojos azul zafiro brillaron con anticipación cruel—. No dejen que mi presencia los cohíba.

Rómulo no se movió de donde estaba. Su expresión, normalmente impenetrable, se había resquebrajado apenas, dejando entrever algo que no era ira sino decepción profunda, del tipo que solo puede nacer entre quienes comparten sangre y memoria.

—Remo —dijo, y su voz salió más grave de lo habitual—. ¿Por qué lo hiciste?

Remo se incorporó lentamente desde el suelo, sacudiéndose el polvo con movimientos medidos. No había vergüenza en su postura ni rastro de arrepentimiento. Solo una calma que parecía provenir de un pensamiento largamente sostenido.

—Desde niños nos hemos cuestionado por qué debemos luchar como Santos de Athena —respondió con voz firme pero sin alzarla—. Recuérdalo, Rómulo. Recuerda nuestra desdicha al comprender que éramos autómatas de guerra, obligados a llevar una vida de sangre y sacrificio sin posibilidad de cuestionarla.

Sus ojos plateados se clavaron en los de su hermano con una intensidad que no admitía evasivas.

—Éramos Santos destinados a pelear incluso antes de nacer. Nuestro destino fue escrito en las estrellas sin que nadie nos preguntara si lo aceptábamos.

Rómulo sintió las palabras de su hermano clavarse donde todavía dolían. Porque habían sido las suyas también, hacía años, antes de aprender a callarlas. Apretó la mandíbula, y por un instante algo titubeó en sus ojos —el eco de un niño que ya no existía, o que nunca había dejado de existir del todo. Luego exhaló, y aquel titubeo se extinguió.

—He aprendido que la vida no siempre es justa —dijo, y sus palabras tenían la rigidez de quien ha dejado que el deber le calcifique los huesos. Más que firmeza, era resignación—. Eso es parte de crecer. De convertirse en un hombre.

Dio un paso adelante, acortando la distancia entre ambos. Pero mientras el espacio se contraía, algo más vasto se expandía entre ellos: la distancia insalvable entre quien acepta su destino y quien lo rechaza, entre quien se inclina ante el orden y quien lo desafía.

—Nacimos bajo una estrella de sacrificio, Remo. Esa es nuestra verdad. Y nuestro destino no es para beneficio propio... es para que otros, aquellos que nacieron bajo una estrella más benévola, puedan gozar de la vida maravillosa y normal que a nosotros nos fue negada. Ese es el propósito. No es justo, pero tiene sentido.

Remo caminó con pasos medidos hasta quedar a apenas unos pasos frente a su hermano, enfrentándolo con una serenidad que no había abandonado ni siquiera tras haber sido desenmascarado.

Sus ojos se encontraron. Idénticos en forma, opuestos en todo lo demás.

—No lo acepto —dijo Remo con una calma que era, en sí misma, una declaración de guerra.

Remo no apartó la mirada. Su voz, habitualmente suave, adquirió un filo que Rómulo rara vez había escuchado en ella.

—No quiero convertirme en una tumba olvidada que doscientos años después nadie se molestará en cubrir aunque sea con una flor —dijo, y en su voz no había ruego ni súplica, solo la frialdad de una verdad que llevaba años esperando ser dicha—. He visto el cementerio del Santuario, lo he caminado cientos de veces. He leído nombres borrados por el tiempo y lápidas agrietadas que nadie visita. Eso es lo que nos espera. La Orden de Athena es un ciclo de guerra y muerte que ofrece simplemente una fantasía de paz —continuó—. Porque ni siquiera se atreve a acabar con los males desde la raíz. Solo los contiene, los aplaza, los deja crecer en las sombras hasta que otra generación tenga que derramar su sangre para repetir el mismo ritual inútil.

Sus ojos plateados brillaron con una determinación que no había estado ahí antes, o quizás siempre había estado pero nunca se había mostrado con tanta claridad.

—Quiero caminar en la Noche Eterna y descubrir por mí mismo el sentido real de las guerras. No el que me han enseñado a repetir como un dogma vacío, sino el que está oculto bajo las mentiras sagradas.

El silencio que siguió fue denso, cargado de todo lo que no podía decirse y de todo lo que ya se había dicho demasiado tarde.

Rómulo cerró los ojos durante un instante. Cuando los abrió, ya no había decepción en ellos. Solo resolución.

—Entonces tendré que detenerte —dijo con una voz que no vaciló—. Y llevarte de regreso al Santuario para que recibas el castigo que se te asigne.

 

En ese instante, en lo más profundo de su ser, se escuchó el eco de un engranaje antiguo volviendo a encajar. Fue un movimiento seco, una abolición de la voluntad propia en favor del deber sagrado. Aquella palanca invisible que de niño le permitía sobrevivir al coliseo volvió a accionarse, extinguiendo el calor de la fraternidad para dejar paso a la frialdad del guerrero.

Sus ojos, antes cargados de decepción, se volvieron dos espejos de plata bruñida que ya no reconocían el rostro de su hermano, sino solo el perfil de un transgresor. El cosmos dorado comenzó a arder con una intensidad sorda, una presión gravitatoria que hacía que las piedras del acantilado gimieran bajo sus pies.

A pocos metros, ajeno al peso del deber y entregado al deleite de la caída, Eros permanecía sentado sobre la roca con una elegancia depredadora. Esbozaba una sonrisa expectante, la de quien contempla la belleza de un incendio desde la seguridad de la orilla; se acomodó con parsimonia, preparándose para disfrutar del segundo acto de una función que, según dictaba la coreografía de los gemelos, solo podía culminar en un bautismo de sangre y tragedia.


Editado por Cástor_G, 28 April 2026 - 03:27 am.


Capítulo 13: UNA NOCHE EN EL CASTILLO
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#47 Rexomega

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Publicado 02 May 2026 - 15:31 pm

Saludos

 

Aquí vamos con el capítulo 11, "Rómulo y Remo", que de entrada está entre mis favoritos. Y qué decir de la portada, una síntesis perfecta de lo que nos espera en las siguientes líneas.

 

Has sido testigo, quizá con una sonrisa maliciosa, de cómo primero me empecinaba en que no podía ser tan obvio (Géminis el traidor, de nuevo) y cómo luego me sentí decepcionado. Durante la primera parte, estaba en esa línea, pero ahora con la perspectiva que me da haber leído el resto puedo hacer un par de comentarios. Primero: qué contraste con Eros, entre cuando cree que el número uno entre los santos de oro (confiemos que este tema no se vuelva un campo de batalla por cierta mención, ju, ju) es su cómplice y cuando se da cuenta que es el Géminis del Temu. ¡Eso es un cambio radical y no la bipolaridad de Saga! El segundo y más importante es: ¿a qué se refiere con mensajes cifrados y brechas? ¿Eros se hacía ideas sobre que Rómulo lo empujaba a ser un traidor? ¿O Remo es más listo de lo que suponía y estuvo manipulando al bueno de Eros?

 

Todavía en la segunda parte seguía bajo engaño. A veces, el cerebro nos ayuda a disfrutar las historias sin ver venir los giros, ¡porque se veía venir! Yo recuerdo estar pensando "El discurso de Rómulo a Eros se siente vacío, mientras que las palabras de Remo a su padre parecen genuinas". A uno y otro (el mismo, en realidad) le diría que una guerra cada 200 años en la que mueren unos cientos es poca cosa frente a toda la muerte y destrucción que provoca la humanidad en ese mismo período de tiempo. Sin embargo, me pongo en la piel de Remo y pienso que tiene un punto, sobre todo considerando su edad. Es una buena razón para luchar, hacerlo para que los muertos no sean olvidados...

 

... O lo habría sido si no resultara que Rómulo, ¡era Dio! Ejem, era Remo. Incluso con tu observación de que no puede haber dos santos de Géminis, cuando vi que "Rómulo" tenía una armadura negra, pensé antes que Rómulo nunca fue el verdadero santo de Géminis a que el traidor era Remo, después de todo. 

 

Ya es la segunda vez que el Patriarca observa las inquietudes de un niño de su orden y no es capaz de desentrañar su significado. ¿Así cómo quieres entender lo que dicen las estrellas, hombre?

 

Gran tercera parte, incluso si parte de un cliché visto muchas veces en la franquicia. El hermano bueno y el hermano malo, enfrentados. Y es que el sentido es diferente: Rómulo no es un héroe dechado de virtudes, sino un hombre que ha aceptado su destino; Remo no es un villano que quiere conquistar el mundo, sino alguien que desea poner fin a una tragedia eterna. No son, en definitiva, Saga y Kanon y sus variantes, no del todo al menos. En cuanto a Eros, él sí que es un villano, pero está bien, en la variedad está el gusto. Como comento arriba, es divertidísimo el contraste entre Eros del inicio (¡OMG, Rómulo está en el Night Team!) y Eros del final (Meh, Remo está en el Night Team...). 

 

Cierro diciendo que me ha gustado el giro y que aprecio lo que has hecho con Remo. No es el típico berrinche "¡Los dioses son los culpables de todo, así que los derrotaré y de paso conquisto el mundo!", sino que tiene planes al respecto. Planes que siento que justifican esta entrega al Lado Oscuro más que "Me hago viejo y no hay cirujanos". (Te queremos, Eros). 


Editado por Rexomega, 02 May 2026 - 15:32 pm.

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#48 Cástor_G

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Publicado 05 May 2026 - 02:14 am

Saludos   Aquí vamos con el capítulo 11, "Rómulo y Remo", que de entrada está entre mis favoritos. Y qué decir de la portada, una síntesis perfecta de lo que nos espera en las siguientes líneas[...]

 

Hola!

 

-Quizá la sonrisa maliciosa pueda ser verdad juju, a pesar de que intencionalmente encaminé la historia para que todo apuntara a Rómulo como traidor, dejé algunas pistas (algo ocultas, quizá hasta rebuscadas) que realmente llevaban hacia Remo. Pero como bien dices, se necesitaba el contexto completo para que las piezas encajaran. 

 

-Sobre la reacción de Eros, me encanta que lo expongas en tu review porque es un punto clave para entender su personalidad. Como bien dices su reacción ante una revelación y otra cambia radicalmente, y no es porque aprecie la traición como tal, lo que aprecia es la belleza en muchas de sus formas: la belleza física, el poder, el rango, el oro de una armadura dorada genuina, incluso la tragedia de un grande cayendo desde lo alto. Porque para él eso es Rómulo, un grande (el número 1 como bien dijiste), tenerlo en su bando para e'l representaba belleza. Pero Remo... para Eros Remo no tenía esa belleza, era un suplente, una sombra, un impostor. No había grandeza en su caída, por eso la decepción. Veremos en el siguiente capítulo si su percepción cambia...

 

-Sobre los mensajes cifrados y lo demás, te puedo decir que al ser Rómulo cercano al Patriarca, este tenía influencia sobre él. abía retroalimentación constante entre ambos, porque el Patriarca lo consideraba su sucesor. Y al mismo tiempo, Remo tenía influencia sobre su hermano Rómulo. Fue Remo quien a través de Rómulo, manipuló al Patriarca para que se orquestara todo lo que ocurrió en la Isla de la Reina muerte. Así que podemos decir que Remo facilitó la entrada de Eros a la Noche Eterna.

 

-No te culpo por dejar como última opción a Remo hasta el final xD. Porque incluso traté de escribir la escena para que también  pareciera que el Geminis que llega repentinamente pudiera ser una proyección del Patriarca je.

 

-En esta ocasión debo defender al Patriarca!!! La personalidad de Remo realmente complicaba poder vislumbrar una traición futura, bueno eso creo xD. 

 

-Algunas veces he comentado que es muy raro, pero a veces la historia misma te guía sin querer a hacer cosas parecidas al MO. Y es que aunque para muchos la historia pueda ser simple, la simbología es extraordinaria en todos los sentidos. A veces hasta es raro no ver a un géminis traidor, o como mínimo, ambiguo... pero está en manos de quien escribe la historia solo inspirarse y no simplemente hacer clones. Eso he tratado de hacer. Hay Géminis traidor? Si, pero con matices...

 

Saludos y gracias por leer! :a123:  :a63:



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#49 Cástor_G

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Publicado 05 May 2026 - 22:56 pm

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Capítulo 12:

FRAGMENTADO

 

Eros permanecía allí, fundido con la roca en una inmovilidad absoluta, deleitándose con la atmósfera de la que ya se sentía parte. Para sus ojos, la niebla perpetua de la isla y el rugido de sus acantilados no eran más que el escenario macabro de una función que apenas comenzaba a revelar su verdadera crudeza; el segundo acto de aquella tragedia familiar donde el Santo de Géminis y su hermano traidor se erigían como los protagonistas de una coreografía de sangre y sombras. Bajo el cielo plomizo que se negaba a ofrecer consuelo, el aire ya empezaba a saber a hierro.

Pronto, el murmullo del mar y el lamento del viento fueron sofocados por una vibración que parecía emanar del tejido mismo de la realidad. Era el espacio contrayéndose ante la inminencia de un poder que no parecía pertenecer del todo al mundo de los mortales. El cosmos de Rómulo, majestuoso y absoluto, comenzó a plegar la atmósfera a su alrededor, distorsionando la luz hasta que su armadura dorada se volvió una mancha borrosa contra la bruma.

 

1. Rómulo y Remo

Rómulo alzó los brazos entrelazados, y la realidad misma pareció responder a su llamado. La energía del universo se condensó en sus palmas, palpitante; una amalgama de materia estelar drenada del firmamento y forjada por su cosmos en un arma de destrucción absoluta.

—No quería que llegáramos a esto, Remo. Pero no me dejas otra opción.

La neblina se disipó, los árboles torcidos se desvanecieron, las rocas dejaron de existir. Todo en la isla fue reemplazado por una marea de nebulosas y polvo cósmico que estalló desde el cuerpo de Rómulo como si el universo mismo hubiera descendido a la tierra. Galaxias en miniatura giraban a su alrededor, constelaciones brillaban en el aire, y el espacio entre ambos hermanos se llenó de una vastedad imposible que no debería caber en un solo lugar.

Eros retrocedió de inmediato, apartándose con una velocidad que contradecía su elegancia habitual. Su ego podía ser descomunal, pero su instinto de supervivencia era más fuerte aún. Se alejó del epicentro con pasos largos, buscando refugio en la distancia, sin apartar la vista del espectáculo que estaba a punto de desatarse.

El cosmos de Rómulo rugió a su alrededor como bestia desencadenada.

—¡GALAXIAN EXPLOSION!

La explosión fue cataclísmica; más que un destello o una ráfaga de energía, fue un colapso estelar contenido y proyectado hacia adelante —la aniquilación misma manifestada en forma física—. La energía arrancó la gravedad de su sitio, succionando el aire y las rocas hacia un centro ardiente antes de lanzarlos en una onda expansiva que reescribió el paisaje. Por un instante, el cielo de la isla fue reemplazado por la visión de una cosmogonía agonizante; un firmamento de planetas en llamas colapsando uno tras otro en una sinfonía del terror que desafiaba la cordura.

El suelo se resquebrajó, el mar retrocedió por un instante ante la onda expansiva, y un pedazo entero de la isla fue arrancado de tajo, desintegrándose en fragmentos que cayeron al océano como lluvia de piedra pulverizada. El aire ardió, la luz lo consumió todo.

Y sin embargo... Cuando el resplandor se disipó y el polvo comenzó a asentarse, lo primero que se hizo evidente fue la ausencia de Remo. El punto exacto donde había estado segundos atrás ya no era más que un vacío irregular en el perfil de la isla; un bocado arrancado de tajo, cuyos fragmentos caían hacia el mar con la lentitud grotesca de una herida abierta sangrando piedra.

El suelo había desaparecido. Remo, aparentemente, también.

Pero entonces —a unos metros del epicentro, sobre una sección de acantilado que aún resistía— una presencia se hizo tangible sin ruido ni advertencia. Y allí estaba él. De pie sobre roca firme, intacto, observando a su hermano con una serenidad que no se había alterado ni un milímetro; el espacio mismo parecí haber conspirado para preservarlo.

Porque si el poder explosivo de Rómulo era brutal, capaz de borrar islas enteras del mapa, las habilidades psíquicas y dimensionales de Remo lo superaban en un aspecto fundamental: no necesitaba enfrentar la fuerza, simplemente no estaba ahí cuando llegaba.

Se había movido entre planos de realidades imposibles, deslizándose a través de grietas en el espacio que solo él podía percibir, esquivando la aniquilación no con velocidad sino con ausencia. Había dejado de existir en el punto de impacto por una fracción de segundo, y cuando regresó, ya no había nada que lo amenazara.

Rómulo lo observó en silencio durante un instante, con una expresión que no era desprecio sino algo más cercano al reconocimiento.

—Tus habilidades son excepcionales, Remo —dijo con voz firme—. Siempre lo han sido. Pero hay una razón por la cual yo soy el genuino Santo de Géminis y tú el suplente.

Bajó los brazos lentamente, aunque su cosmos seguía vibrando a su alrededor como advertencia contenida.

—No quiero dañarte más de lo necesario para llevarte de regreso al Santuario. No te resistas.

Remo no se movió. Su expresión permaneció serena, casi melancólica; parecía haber aceptado que las palabras entre ellos habían dejado de tener sentido hacía mucho tiempo.

—No me subestimes, Rómulo —respondió con calma—. Te diré algo: me di cuenta de tu presencia desde el momento en que llegaste a esta isla —continuó, y sus ojos plateados brillaron con una claridad inquietante—Decidí ignorarte. No porque te temiera, sino porque ya no pretendía seguir ocultando mi verdadera convicción. Si habías venido a buscarme, era hora de que supieras quién soy realmente.

Alzó una mano con lentitud, y el aire a su alrededor comenzó a distorsionarse con algo más sutil y profundo que las explosiones o los destellos cegadores; el espacio mismo comenzó a rasgarse.

— ¡ANOTHER DIMENSION!

La realidad se quebró; fue una ruptura violenta, un desgarro en el tejido del mundo que se abrió detrás de Rómulo como una mandíbula invisible. El portal se expandió con una voracidad imposible, creciendo sin límite aparente hasta dominar el horizonte inmediato, y desde su interior brotó una oscuridad absoluta, densa y opresiva que no reflejaba luz ni sonido que pudiese ser entendido por oídos del hombre.

Era una extensión semejante al espacio mismo: una negrura profunda, salpicada de destellos lejanos —estrellas sin nombre, planetas sin órbita—, pero carente de horizonte o referencia. No había arriba ni abajo, solo una vastedad silenciosa que parecía prolongarse más allá de toda medida, un laberinto de infinito donde cada dirección conducía a ninguna parte y donde perderse significaba no tener jamás un punto al cual regresar.

Rómulo intentó reaccionar, pero ya era demasiado tarde. El portal lo engulló con una fuerza irresistible, arrastrándolo hacia su interior como si la gravedad misma hubiera sido reescrita. La armadura de Géminis brilló por un instante antes de ser tragada por la oscuridad, y luego Rómulo desapareció, consumido por aquella negritud espacial.

La rasgadura permaneció abierta apenas un latido más, hasta que los bordes comenzaron a contraerse sobre sí mismos. La negrura se plegó en silencio, el espacio recuperó su forma, y no quedó rastro alguno de la fractura.

 

2. Eros

Eros se acercó nuevamente. Observó el punto donde Rómulo había desaparecido y luego fijó la vista en Remo, evaluándolo con un interés nuevo.

—Para ser un Santo suplente —dijo con una sonrisa leve—, eres bastante hábil.

Entonces, desde el suelo agrietado, brotó un sonido. Un crujido casi inaudible al principio, pero que fue creciendo en intensidad hasta convertirse en el chirrido inequívoco de roca siendo desplazada desde dentro. Remo y Eros clavaron la mirada en el punto de origen, y vieron emerger a un Mnemophago.

La esfera carnosa y húmeda se alzó lentamente de entre los escombros, con sus tentáculos reptando en el aire. Su ojo descomunal se abrió con lentitud, parpadeando apenas, cubierto de polvo. Había quedado atrapado bajo los escombros tras la explosión, pero ahora, con una paciencia casi admirable, se liberaba sin prisa alguna.

Eros lo observó con un gesto de desagrado, aunque la criatura había logrado algo poco frecuente: captar por completo su atención.

—Los Mnemophagos son criaturas horribles —comentó con voz despreocupada—. Pero hay que reconocer que son diligentes. Se toman en serio su trabajo de vigilantes, y lo siguen desempeñando incluso cuando el entorno se vuelve... inconveniente.

El Mnemophago flotó unos centímetros más alto, sacudiéndose los últimos restos de polvo con un movimiento ondulante de sus tentáculos, mientras una segunda presencia estaba a punto de emerger, aunque desde otro punto.

A unos pasos de donde ambos se encontraban, el espacio vaciló. No con la violencia anterior, sino con una precisión casi calculada: una abertura mínima se delineó en el espacio, un punto semejante a una incisión en la trama invisible del mundo.

Desde su interior brotaron unos dedos. Eran humanos, cubiertos por el guante dorado de una armadura, y se aferraron a los bordes del agujero con una fuerza desesperada. Empujaron, tiraron, forzaron la apertura desde dentro, obligando al espacio a ceder centímetro a centímetro. El agujero se ensanchó con un sonido que no era ruido sino presión, cual quejido de la realidad misma al ser violentada.

Y de aquella fisura emergió, primero una mano, luego un brazo, después un hombro, hasta que finalmente la figura completa de Rómulo de Géminis se abrió paso de regreso al mundo.

El Mnemophago, que hasta ese momento había permanecido flotando con su ojo fijo en la escena, giró sobre sí mismo con un giro brusco que delataba algo parecido al pánico. Sus tentáculos se recogieron de inmediato, y sin mayor ceremonia, comenzó a alejarse flotando con prisa evidente, buscando cualquier formación rocosa que pudiera ofrecerle cobertura antes de que otro cataclismo lo redujera a pulpa.

Rómulo terminó de atravesar la abertura antes de que esta se sellara tras él. Avanzó hacia Remo con pasos lentos pero firmes; nada en su porte sugería vacilación.

—Aunque mis habilidades dimensionales no superan a las tuyas —dijo con voz ronca pero controlada—, son suficientes para no perderme en la Otra Dimensión. No importa cuántas veces me envíes allí, Remo. Siempre encontraré la salida.

Antes de que pudiera dar un paso más, el suelo bajo sus pies se resquebrajó; tallos espinosos brotaron de la tierra como serpientes hambrientas, enredándose en su cuello, aprisionando sus muñecas, ciñéndose a su torso y sus pies con una velocidad que no le dio tiempo a reaccionar. Las espinas se clavaron en los huecos de la armadura, atravesando piel, y en cuestión de segundos Rómulo quedó completamente inmovilizado, suspendido apenas sobre el suelo como ofrenda sacrificial envuelta en zarcillos venenosos.

Eros bajó la mano con una elegancia indolente, y sus labios se curvaron en una sonrisa leve.

—Thorny Crown —susurró.

La técnica era suya, por supuesto. El Santo de Piscis no solo invocaba rosas de belleza inmaculada; dominaba ambas caras del rosal: los pétalos que seducían y las espinas que desgarraban. Si las rosas eran el reflejo de su apariencia —exquisita, intocable, diseñada para cautivar—, los tallos espinosos eran el reflejo de lo que habitaba bajo ella: retorcido, venenoso, y desprovisto de toda piedad.

Remo observó la escena con los ojos abiertos de par en par, sorprendido por la intervención súbita. Eros había entrado en la pelea de hermanos sin que nadie se lo pidiera y sin que nada lo obligara.

Pero Eros no se acercó a Rómulo ni desenvainó la Espada Ébano. Simplemente se quedó allí, observando al Santo de Oro sangrante e inmovilizado con una curiosidad inquietante.

Luego giró la cabeza hacia el horizonte, donde el Mnemophago aún flotaba a cierta distancia, observando la escena con su ojo descomunal.

—¡Tú! —gritó Eros, señalándolo con un gesto imperioso—. ¡Acércate!

El Mnemophago no se movió de inmediato. Su ojo parpadeó una vez, considerando si obedecer o alejarse definitivamente.

—No es una sugerencia —sentenció Eros, y la leve sonrisa que asomó a su rostro fue más elocuente que cualquier grito, una promesa silenciosa de dolor si no era obedecido.

La criatura pareció comprender que no había escapatoria posible ante aquel mandato. Entonces comenzó a flotar de regreso con lentitud, deslizándose por el aire hasta quedar suspendida a pocos metros de Eros, con sus tentáculos ondulando en un rítmico gesto de nerviosismo.

Eros se acercó a la criatura con pasos medidos, sin apartar la vista de Rómulo. Los tallos espinosos de la Thorny Crown no solo lo aprisionaban con la determinación de raíces que se aferran a la piedra hasta fracturarla, sino que sus espinas —finas como agujas de cristal— segregaban una toxina adormecedora que buscaba doblegar el sistema nervioso del Santo de Oro. Era un veneno destinado al aletargamiento, una niebla química que intentaba nublar la conexión entre su voluntad y su cosmos, apagando la llama interior que sostenía su resistencia.

Pero Eros no era ingenuo; sabía que aquellas ataduras vegetales, por muy mortíferas que fueran, no eran más que un cepo efímero para alguien que portaba la armadura de Géminis. El resplandor dorado de Rómulo aún vibraba bajo la maleza oscura, implacable, una advertencia de que el fuego de su cosmos pronto consumiría aquella prisión como leña seca. Si quería incluir al Mnemophago en la obra de horror, debía actuar con la presteza de quien esculpe en cera antes de que el calor lo derrita todo.

—Quiero presenciar esas habilidades tuyas… tan singulares —dijo con una serenidad inquietante—. Tengo entendido que quien sostiene la mirada de ese ojo demasiado tiempo no pierde la vida… sino la mente.

Señaló a Rómulo con un gesto displicente.

—Sostén su mirada. Despoja uno a uno sus pensamientos. Vacíalo hasta que no quede en él más que la estructura —hizo una breve pausa, apenas un susurro de sonrisa—. Me interesa saber cuánto tarda un Santo de Oro en convertirse en una simple envoltura.

 

3.  Fragmentado

El Mnemophago flotó más cerca, y su ojo comenzó a fijarse en Rómulo con una atención que no parpadeaba. Remo observaba la escena con el rostro desencajado, paralizado por la comprensión de lo que estaba a punto de ocurrir.

El ojo de la criatura se dilató hasta ocupar casi toda su forma mientras una fuerza intangible se proyectaba hacia la mente de Rómulo. Los ojos del Santo de Géminis se abrieron sin permiso y se tornaron completamente blancos; su cuerpo se tensó contra los tallos espinosos que lo aprisionaban y su cosmos comenzó a fluctuar como una llama acosada por el viento. Algo estaba entrando, atravesando sus defensas mentales, intentando vaciarlo desde dentro.

Eros contemplaba la escena con una curiosidad casi artística, inclinando apenas la cabeza como quien evalúa una obra en proceso.

—Interesante… —murmuró, ignorando el sufrimiento de Rómulo.

Durante un instante, pareció que Rómulo se apagaba. Su cabeza cayó hacia adelante y el brillo de su cosmos se redujo a un pulso débil, inestable, como si la criatura ya estuviera arrancando fragmentos de su conciencia.

Entonces el blanco de sus ojos comenzó a fracturarse desde el centro. Un rojo profundo emergió lentamente, primero como un destello, luego como una combustión contenida que crecía con cada latido. Más que furia descontrolada, era una voluntad que se reordenaba, que reconstruía su laberinto interno mientras expulsaba al intruso.

El fulgor se concentró en su mirada y, sin previo aviso, dos rayos escarlata surgieron desde sus pupilas con una precisión absoluta. Atravesaron el núcleo del Mnemophago y lo deshicieron en el aire antes de que pudiera retroceder. La criatura se fragmentó en una dispersión grotesca que cayó sobre la roca y salpicó a Eros, manchando parte de su armadura y su rostro.

El Santo de Piscis retrocedió con evidente disgusto, llevándose ambas manos a la cara.

—Esto es… francamente desagradable —masculló mientras intentaba limpiarse—. Qué poca consideración.

Rómulo respiraba con dificultad, pero el carmesí en sus ojos ardía con intensidad renovada. Su cosmos se expandió en una onda firme y controlada; los tallos espinosos comenzaron a agrietarse bajo esa presión hasta romperse en una serie de crujidos secos que resonaron sobre el acantilado. Liberado, dio un paso al frente, todavía inestable, aunque erguido.

Remo no desperdició ni un latido. Movido por una urgencia que parecía doblar el espacio a su paso, se deslizó tras su hermano aprovechando el instante exacto en que la guardia de Rómulo vacilaba tras el esfuerzo de su liberación. Sabía que el tiempo era un lujo que no poseía; cada segundo que pasaba, el cosmos dorado se recomponía con una ferocidad renovada. Sin ruido ni advertencia, extendió el índice mientras una concentración de energía, densa y cargada de una intención gélida, se comprimía en la yema de su dedo hasta que fue expulsaao con la sutileza de un cabello luminoso.

—¡IMPERIUS CONFRACTIO!

El rayo impactó en la parte posterior del cráneo de Rómulo y se hundió en su interior. El efecto fue inmediato: Rómulo cayó de rodillas y llevó ambas manos a la cabeza, sintiendo cómo una presión brutal se expandía dentro de su mente, como si su cerebro estuviera siendo comprimido y fracturado desde adentro. El carmesí de sus ojos titiló violentamente hasta apagar su fulgor, mientras su respiración se volvía irregular y el cosmos que instantes antes había brillado con dominio comenzó a desestabilizarse.

No era solo dolor físico; era una fractura interna, un crujido silencioso en la arquitectura de sus pensamientos. Sentía recuerdos desplazándose, certezas desanclándose, conexiones rompiéndose como hilos tensados hasta el límite.

Remo se mantuvo de pie a su lado, imperturbable, observando el colapso con una serenidad casi académica. La energía aún vibraba en la punta de su dedo, conectada a la mente de su hermano como una aguja invisible que reescribía lo que tocaba.

—Fragmentación Imperiosa —dijo con voz firme, sin alzarla—. La técnica de dominio mental definitivo.

Se inclinó apenas, lo suficiente para que sus palabras descendieran directamente sobre Rómulo.

—No se limita a someter la voluntad, eso sería burdo. Lo que hace es desarticular la estructura misma de la conciencia… separar sus pilares, reorganizar sus ejes, desplazar los cimientos hasta que la identidad deja de ser una verdad y se convierte en una construcción maleable.

Rómulo intentó aferrarse a algo sólido dentro de sí mismo —un ancla, una certeza, cualquier cosa que le recordara quién era—, pero cada pensamiento que alcanzaba se deslizaba entre sus dedos mentales como arena.

Entonces comprendió, con un terror que era más profundo que cualquier dolor físico, que su esencia se estaba diluyendo en una oscuridad que lo absorbía sin dejarle siquiera la dignidad de pelear. En aquel momento, mientras sentía los contornos de su identidad borrarse uno a uno, Rómulo entendió que aquello era peor que morir. Esto era desaparecer de la existencia, dejar de haber sido.

Remo continuó, casi con compasión.

—Puedo controlar tu mente, sí… pero eso es apenas el principio. También puedo reordenarla a mi conveniencia. A diferencia de los Mnemophagos que convierten al cuerpo en un cascarón vacío sin mente, yo puedo reinterpretar los recuerdos, reescribir los vínculos, alterar las causas, invertir las culpas. Lo que fuiste… lo que crees haber sido… todo puede ser desplazado.

El cosmos oscuro de Remo pulsó una vez más.

—A partir de ahora, tú serás el Santo traidor —Las palabras no eran una amenaza; eran una sentencia—. Serás quien me trajo hasta este lugar, quien me condujo hacia la sombra, quien me convirtió en Santo Negro bajo el pretexto de una verdad superior. Yo… —hizo una pausa mínima— seré la víctima de tu ambición.

Rómulo dejó escapar un gemido ahogado cuando una nueva oleada atravesó su mente. Las memorias comenzaron a reorganizarse como piezas forzadas a encajar en un patrón distinto. Rostros cambiaban de lugar; decisiones se invertían e intenciones se deformaban.

Remo observó a su hermano como quien contempla un lienzo recién terminado. Había pintado sobre lo que ya estaba pintado, reemplazando trazo a trazo, color a color, hasta que la imagen original apenas se distinguía bajo la nueva. Finalmente, proclamó:

—Esta será tu nueva identidad —concluyó, con una calma aterradora—. El traidor del Santuario. El gemelo que vendió su lealtad por poder.

Sus ojos descendieron hacia él.

—Rómulo de Géminis.

***

Sobre el acantilado, el telón caía sin ruido, como siempre cae sobre las mejores tragedias: sin anuncio, sin fanfarria, con la misma indiferencia con que el mar sigue golpeando las rocas mientras el drama humano se consume en la orilla. El Rómulo que había llegado a aquella isla ya no existía. En su lugar, sobre el escenario manchado de polvo y sangre, solo quedaba el personaje que Remo había escrito para él.

El único espectador que aún permanecía, con una sonrisa que no había abandonado su rostro en ninguno de los tres actos, contemplaba los restos de la función con algo más que satisfacción. Había esperado una tragedia familiar, el predecible enfrentamiento entre dos hermanos destinados a destruirse. Lo que obtuvo fue algo considerablemente más refinado: no una destrucción, sino una sustitución. Y eso, reconoció Eros mientras el último eco del cosmos se disipaba sobre el acantilado, era infinitamente más interesante.

 

 

 

 



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Publicado 07 May 2026 - 15:13 pm

Saludos

 

Aquí con mis comentarios del capítulo 12, Fragmentado.

 

El inicio es muy Saint Seiya, en el buen sentido. Hay muchísimas técnicas de Saint Seiya, pero las de Géminis son especialmente complicadas de trasladar al texto. Me refiero a trasladarlas de verdad, que se sienta toda esa manifestación cósmica, en lugar de quedarse en "Hubo una gran explosión" y "Se abrió un portal". Algo hay de eso, pero el detalle con el que lo haces hace que valga la pena. Se siente el poder de la Galaxian Explosion (¿De verdad existen esos astros, o es una ilusión?) y se percibe el terror ante la Another Dimension (Esta supongo que sí que es un portal real hacia el cruce entre dimensiones, ¡no hay de otra!).

 

Tengo sentimientos encontrados con la intervención de Eros. Por un lado, me gusta, me remonta una idea que querría ver planteada, pero que ni yo mismo pude llevar a cabo: Que los santos de oro fueran pares entre sí, sin ningún miembro fuera de la liga de los demás. Por otro, cuando vi que Rómulo se liberó, no pude evitar suspirar de alivio. Figurativamente. ¡No podía ser que Rómulo cayera por eso! De hecho, percibí ese pulso entre ambas ideas en el texto, no sé si por imaginaciones mías, o por intención del autor.

 

Fuera como fuese, la tercera parte no deja lugar a dudas: ni Eros, ni Mnemophago, ni nada. Remo, que en algún momento pensé que estaba enfadado por la intervención de su compañero de maldades (ruin y cobarde, aunque inteligente, como nos tiene acostumbrados), mata a su hermano. No físicamente, pero sí en todo lo demás, lo que es peor, mucho peor. Nunca terminé de ver a Remo como una figura trágica por lo que ya comenté, de que magnifica el peso de las Guerras Santas. Sin embargo, de aquí en adelante ese puente ardió. Y es que, sí, puedes matar a alguien en combate por tus ideales, ha pasado desde el principio de los tiempos y seguirá pasando, pero entre eso y lo que Remo hizo hay más distancia que la que puedes recorrer una vez mandado a la Another Dimension. 

 

Dicho esto, no deja de ser un gran capítulo, que cierra esta grata sorpresa. Yo asumiendo que Rómulo mataría a Remo (primero como el malo, luego como el bueno) y pasó al revés. También Eros parece sorprendido. ¿Habrá cambiado su punto de vista sobre su personaje, o solo sobre la obra de teatro?

 

:a63:  :aa63a2:

 

Errores:

1) "parecí".

2) "inquietante—Decidí ignorarte".

3) "expulsaao".  


Editado por Rexomega, 07 May 2026 - 15:16 pm.

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#51 Cástor_G

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Publicado 11 May 2026 - 02:22 am

Saludos   Aquí con mis comentarios del capítulo 12, Fragmentado.   El inicio es muy Saint Seiya, en el buen sentido. Hay muchísimas técnicas de Saint Seiya, pero las de Géminis son especia[...]

 

Hola!

 

-Es muy cierto lo que mencionas, no es fácil trasladar muchas de las técnicas de SS, y más las de géminis! Respecto a sí es una ilusión, puede verse así, aunque también sería valido el termino representación. Porque desde mi punto de vista las técnicas son representaciones del impacto pero a menor escala. Y lo mismo a la inversa, cuando se describe por ejemplo "como la mordida de un lobo hambriendo", aquí funcionaría a la inversa, quizá la mordida de un lobo no sería gran cosa para un Santo, pero si elevamos la escala a niveles cósmicos de Santo, esa mordida gana fuerza. Bueno así lo veo yo, espero haberme explicado xD.

 

-En mi caso te podría decir que aunque lo he intentado, siempre un santo termina sobresaliendo sobre otro porque la trama así te guía. La forma en la que desarrollo esta historia, muestra que algunos santos de oro sí están por encima de otros en términos generales, pero eso no implica que otros "menos hábiles"  pudieran darles problemas o incluso derrotarlos. 

 

-Tanto Remo como Eros sabían que Rómulo era un pez gordo, así que ambos aprovecharon el momento oportuno para hacer lo suyo. En el caso de Eros, seguramente pensó que después de Remo seguiría él, así que más valía intervenir mientras hubiera opornidad de un 2 vs 1. Sin embargo se puede ver que aún en esta situación, esa curiosidad artística inherente a él, lo hizo utilizar al Mnemophago. Y aúnque su experimento no pudo ser completado, sirvió para que Rómulo bajara la guardía y Remo pueda atacarlo con la Fragmentación Imperiosa.

 

-Te puedo decir que sin duda su punto de vista sobre Remo cambió. Aunque como bien dices, Eros es el protagonista de su propia obra. Por lo que no estoy seguro de si es capaz de sentir aprecio por alguien aunque superen sus espectativas.

 

 

Saludos y gracias por leer! 



Capítulo 13: UNA NOCHE EN EL CASTILLO
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#52 Cástor_G

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Publicado 14 May 2026 - 01:19 am

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Capítulo 13:

UNA NOCHE EN EL CASTILLO

 

La violencia de la tarde había dado paso a la quietud de la noche.

Donde el cosmos había rugido con la furia de estrellas colapsando, ahora solo cantaban las cigarras con su zumbido monótono y obsesivo. Donde el espacio se había rasgado en portales hambrientos, ahora solo vibraba el chirrido de los grillos escondidos entre raíces y el croar gutural de las ranas arbóreas que despertaban con la oscuridad. Los escarabajos golpeaban las lámparas de aceite que colgaban en las entradas del castillo, atraídos por la luz con una devoción suicida.

El aire nocturno era denso, cargado de humedad que se pegaba a la piel como sudor ajeno. Olía a tierra mojada, a flores que solo se abrían después del ocaso, a sal arrastrada desde el mar. Las hojas anchas de la vegetación tropical goteaban con el rocío que ya comenzaba a formarse, y cada gota al caer resonaba en el silencio con una claridad casi violenta.

Dentro del bastión, los pasillos de piedra negra absorbían aquellos sonidos y los devolvían como susurros distorsionados.

 

1. Corteza de Sauce Blanco y Valeriana

El almacén de suministros —uno de los tantos que se hundían en las entrañas del castillo— era una caverna de sombras que parecía exudar la misma antigüedad que los mitos. Las paredes de piedra rezumaban una humedad salobre, típica del Caribe, pero el ambiente se mantenía preservado gracias a la ventilación constante de las aspilleras superiores. El aire era denso, pero limpio, dominado por el aroma seco y punzante de las especias, el perfume resinoso de la madera de cedro de los estantes y la fragancia herbácea de los manojos colgados. Del techo abovedado descendían ristras de ajos y hierbas curadas que proyectaban sombras alargadas sobre el suelo de piedra perfectamente barrido.

En las estanterías de madera tosca, junto a los sacos de arpillera con pimienta y canela, descansaban grandes jarrones de cerámica sellados con paños de lino que contenían leche fresca, traída al atardecer para evitar que el calor la estropeara. Al lado, se alineaban pesados tarros de miel silvestre, cuya densidad ámbar brillaba bajo la luz de la antorcha como oro líquido.

Remo se movía entre los estantes con una calma que desentonaba con la atmósfera opresiva del lugar. Sus dedos largos y finos examinaban los manojos de plantas secas con delicadeza, bajo la mirada atenta de Eros, quien se mantenía a una distancia prudente, observando el inventario con el aire de un aristócrata visitando las cocinas.

—Acabas de destruir mentalmente a tu propio hermano —rompió Eros el silencio, y su voz, aunque baja, resonó con una mezcla de fascinación y extrañeza entre los muros de piedra—. Y ahora estás aquí, buscando no sé qué entre estas ruinas, con esa sonrisa serena que… —hizo una pausa, pasando un dedo por el borde de uno de los tarros de miel—, que incluso a mí me inquieta.

Remo ni siquiera se giró. Sus dedos se cerraron sobre un ramillete de hojas pálidas.

Reescritura, Eros. No destrucción —corrigió Remo, y la suavidad de su tono era más aterradora que cualquier grito—. No hay nada roto en la mente de Rómulo, solo cabos sueltos que necesitaban un nuevo orden.

Remo se dio la vuelta finalmente, sosteniendo la corteza de sauce blanco y la valeriana con una reverencia casi religiosa.

—Busco hierbas para prepararle un té —explicó, ignorando el interés de Eros por los suministros de lujo—. La reescritura es un proceso exigente para el espíritu. Rómulo tiene una jaqueca terrible, y como su hermano, es mi deber aliviar su sufrimiento.

Eros observó los jarrones de leche y los tarros de miel, visualizando ya su propio uso para ellos, mientras Remo pasaba por su lado, dejando tras de sí el rastro amargo del sauce y la certeza de que para él, la mente humana era solo otro lienzo que corregir.

Cuando ambos cruzaron el umbral del almacén, el negro absoluto de las paredes cobró forma y desprendió de sí la figura de Oleander. Apoyado contra el muro de piedra, con una expresión de aburrimiento letal, se encontraba el Santo Negro de Piscis. Su presencia allí no era casual; parecía un depredador esperando a que sus presas salieran de su madriguera.

—Vaya, qué escena tan pintoresca —masculló Oleander, su voz arrastraba una ironía afilada—. ¿Es costumbre entre los ilustres Santos de Oro andar a hurtadillas por los rincones, royendo víveres como alimañas a deshoras de la noche? Me pregunto si Lord Sinister sabe que sus altos mandos asaltan el almacén en la oscuridad.

Eros revoleó la mirada con una condescendencia exasperada; la sola presencia de Oleander era un ruido molesto en su sinfonía personal. Pero fue Remo quien se adelantó con una parsimonia que desarmaba cualquier intento de provocación. Sostenía la bandeja con una mano, mientras que con la otra ajustaba los manojos de hierbas secas.

—Solo buscaba ingredientes para preparar un té —respondió Remo calmadamente, al momento de extender la mano y mostrar los manojos de hierbas secas.—. Mi hermano padece una jaqueca severa. Si gustas, Oleander, puedo prepararte una infusión relajante a ti también; pareces necesitarla.

Oleander no sabía jugar al ajedrez de las palabras, carecía de ese barniz de control aristocrático que envolvía a los Santos de Oro; era, en esencia, un soldado de choque visceral, propenso a una rabia contenida que amenazaba con desbordarse ante el menor roce. Dio un paso hacia adelante, mientras su compostura se agrietaba para revelar una acechanza mucho más primitiva y peligrosa.

—¿Te estás burlando de mí, estúpido? —preguntó, y su voz descendía hasta convertirse en una amenaza sorda—. Rómulo, Remo... o quienquiera que seas de los dos.

Remo no retrocedió. Mantuvo aquella sonrisa serena e imperturbable que incluso a Eros le resultaba inquietante.

—En absoluto. La cortesía es una virtud que no debería perderse, incluso en este castillo de sombras —concluyó Remo, pasando por al lado de Oleander sin esperar respuesta, dejando al Santo Negro sumido en un silencio cargado de una furia contenida.

La tensión en el pasillo se volvió asfixiante cuando Remo se alejó, dejando a Eros de Piscis frente a frente con su contraparte oscura. Eros no permitió que el silencio se apoderara del espacio; en su lugar, avanzó hacia Oleander con una elegancia depredadora, reduciendo la distancia entre ambos hasta que el aroma de las rosas —una fragancia que en él siempre parecía preceder a la tragedia— se mezcló con el olor a especias que escapaba del almacén a sus espaldas.

—Me pregunto, Oleander —comenzó Eros, su voz era un susurro aterciopelado que cortaba más que una hoja de afeitar—, en qué momento tu lealtad a Lord Sinister se transformó en esta obsesión casi servil por las vidas ajenas. ¿Cómo es que un rastreador de tu calaña ha llegado a desentrañar los hilos de la usurpación y la integración del verdadero Rómulo a nuestra Noche Eterna?

Eros ladeó la cabeza, observando la armadura negra de Oleander con un desprecio apenas disimulado.

—Resulta irónico que hables de alimañas que rondan a deshoras —continuó, recorriendo con la mirada el rostro del Santo Negro—. El único que parece vivir en las grietas, alimentándose de secretos que no le pertenecen y metiéndose donde nadie ha solicitado su presencia, eres tú. Hay una línea muy delgada entre ser un vigía y ser un ocioso que husmea por los rincones para dar sentido a su propia insignificancia.

Eros se inclinó ligeramente, forzando una cercanía que resultaba casi un agravio. Su mirada analizó el rostro de Oleander desde una distancia que solo se permite a un siervo o a un condenado, con la confianza ciega de quien ha comprendido el verdadero peso del poder en esta isla.

—Un consejo de caballero, si es que puedes comprender el concepto: No intentes seguir el vuelo de los halcones cuando tus pies están hundidos en la ciénaga. No querrías que tu curiosidad terminara siendo la soga que apriete tu cuello antes de que la guerra siquiera comience.

Sin esperar respuesta, Eros le dio la espalda con un gesto de desdén soberano, siguiendo los pasos de Remo hacia los niveles superiores del castillo.

Oleander no se movió. Dejó que el eco de los pasos de Eros se extinguiera en la piedra y que el olor de las rosas —siempre las rosas— se diluyera en la humedad del pasillo.

Entonces sonrió. No era una sonrisa de triunfo, sino la mueca de quien reconoce una maleza porque ha pasado años arrancándola. Y Eros era una maleza, al igual que Rómulo y Remo. Tres tallos distintos brotando de la misma raíz podrida, extendiéndose por la Noche Eterna con la avidez de lo que nunca tuvo jardín propio.

Pero las malezas se cortan, pensó Oleander mientras se apartaba del muro, y la suya era una hoja que no sabía esperar. Dejó que Eros se alejara con su aroma a rosas, sabiendo que el veneno de las suyas terminaría por asfixiar aquella fragancia muy pronto.

 

2. Una Taza de Té

Era su primera noche tras los muros del bastión, aunque la lógica de los días chocara de frente con una certeza parásita que germinaba en su conciencia. La reescritura mental seguía tejiendo una cartografía de recuerdos donde antes no los había. Ahora, aquellos muros de ladrillo negro le devolvían una familiaridad asfixiante, aunque el espíritu de Rómulo se resistiera a encontrar comodidad en aquel abrazo de roca y tinieblas.

La habitación era amplia; dos camas de dosel con estructuras de madera negra pulida ocupaban extremos opuestos de la estancia. Las sábanas de lino fino y las mantas de terciopelo — azul oscuro en una, rojo intenso en la otra — caían en pliegues pesados hasta rozar el suelo de piedra con la gravedad silenciosa de banderas en un campo sin viento. Entre ambas camas, un arcón tallado con motivos geométricos servía tanto de almacenamiento como de frontera simbólica del espacio compartido.

Sobre el arcón descansaban una jarra de cerámica negra colmada de agua y un cuenco de frutas reunidas sin esmero: manzanas de piel pálida, uvas del tamaño de cuentas, alguna pera magullada en un costado. No lucían apetitosas, no como las del Santuario, ni las que abundaban en cestas de mimbre en los mercados de Rodorio, todavía húmedas del rocío de la mañana.

La cama de Remo estaba intacta. Las almohadas sin arrugar, las mantas de terciopelo azul todavía plegadas con una pulcritud casi ceremonial. Remo había salido de la habitación en algún momento mientras Rómulo lograba conciliar un sueño fugaz, y no había regresado.

Las cortinas que enmarcaban la ventana eran del mismo azul profundo que las mantas de Remo, lo suficientemente gruesas para bloquear la luz del día, pero ahora corridas para dejar pasar el aire nocturno.

Un par de sillones de respaldo alto flanqueaban una mesa baja cerca de la chimenea apagada. Candelabros de hierro forjado descansaban sobre repisas talladas en la piedra, con velas a medio consumir que proyectaban sombras irregulares sobre el techo abovedado.

Era elegante, lujoso, incluso. Y sin embargo, se sentía frío. No era el frío del clima —allá afuera, la brisa nocturna arrastraba el aliento cálido y salobre del mar Caribe, sin el menor de los hielos—, sino algo más profundo. Una frialdad que emanaba de los muebles demasiado perfectos, de las cortinas demasiado finas, de la simetría demasiado calculada. No había marcas de uso, no había objetos personales fuera de lugar, no había nada que sugiriera que alguien realmente vivía allí desde hacía tiempo.

En la cabaña de su niñez, las paredes eran de piedra tosca y las camas no eran más que camastros con mantas desgastadas. Pero había calor. Había la sensación de que aquel lugar, por precario que fuera, les pertenecía.

El ladrillo era de un color distinto, oscuro y ávido de luz, pero la atmósfera que lo llenaba era la misma soledad fría que imperaba en el interior del Templo de los Gémelos.

Rómulo yacía en la cama, con los ojos cerrados, intentando forzar un sueño que se le escapaba entre los dedos. Cada vez que el silencio de la habitación parecía espesarse lo suficiente para sumergirlo en el olvido, la jaqueca lo arrastraba de vuelta a la vigilia con una violencia renovada. El dolor había comenzado hacía horas, primero como una presión sutil detrás de los globos oculares, pero ahora se había transformado en algo vivo, un latido metálico que le aplastaba el cráneo como si alguien estuviera apretando su cabeza entre dos placas de hierro.

Cansado de dar vueltas sobre sí mismo y de luchar contra la asfixia de aquel lujo estéril, apartó las mantas de terciopelo rojo con un gesto brusco.

Se puso de pie, tambaleándose apenas mientras la pulsación en sus sienes dictaba el ritmo de su respiración, y se dirigió hacia el balcón. Necesitaba aire, necesitaba que el mundo exterior fuera más real que el rompecabezas de sombras que la Fragmentación Imperiosa seguía montando dentro de su conciencia. Sus pies encontraron una alfombra gruesa de lana y seda que amortiguaba sus pasos, tejida en un patrón de estrellas y lunas menguantes que se repetía hasta perderse bajo los pies de las camas.

Al cruzar el umbral, el cambio fue inmediato. La brisa nocturna del Caribe, cargada de salitre y de una humedad que prometía tormentas lejanas, golpeó su rostro con una fuerza casi violenta. Rómulo se apoyó en la balaustrada de piedra negra, dejando que el viento entumeciera su piel y que el rugido sordo del mar ahogara, aunque fuera un poco, el estrépito interno que amenazaba con quebrarlo.

Frente a él, el horizonte se extendía en una paleta de grises y negros. No había estrellas visibles; el cielo estaba cubierto por una capa de nubes densas que bloqueaban cualquier luz celestial. El paisaje era desolado, desprovisto de color, como si alguien hubiera drenado toda la vida del mundo y dejado solo la estructura vacía.

Y más allá, donde las colinas descendían hacia valles invisibles, una marea de neblina espesa se arrastraba sobre las montañas con una lentitud hipnótica. Era densa, opaca, casi sólida en su consistencia, y avanzaba con la paciencia de algo que tiene toda la eternidad para devorar el mundo. Las montañas que aún se distinguían eran apenas siluetas oscuras contra aquella masa gris que las consumía poco a poco, borrando sus contornos hasta que dejaban de existir.

Rómulo observó cómo la neblina seguía avanzando. Tragaba picos, valles, bosques enteros. Nada escapaba. Todo lo que tocaba desaparecía bajo su manto denso, como si nunca hubiera estado allí.

La jaqueca seguía pulsando detrás de sus ojos, pero al menos allí, bajo el azote del viento y frente a aquel paisaje desolado, el dolor parecía... distante.

Cerró los ojos y dejó que el viento siguiera golpeando su rostro. Aunque no recordaba exactamente cuándo había decidido traicionar, sabía que lo había hecho —los hechos estaban ahí, innegables— pero los detalles se desdibujaban cuando intentaba aferrarlos. Como si hubieran ocurrido detrás de un velo de niebla similar al que ahora devoraba las montañas. No comprendía que esos vacíos no eran olvido, sino los últimos ecos de su verdadero ser, fragmentos de una identidad que se aferraba inútilmente a la existencia antes de ser consumida por la arquitectura de sombras que Remo había diseñado para él.

El silencio, denso y cargado de salitre, se quebró bajo el eco rítmico de unos pasos que Rómulo reconoció antes incluso de que el primer sonido llegara a sus oídos. Remo emergió de la penumbra con una fluidez casi espectral, portando entre sus manos una bandeja de metal oscuro.

Se detuvo al lado de su hermano, compartiendo el borde de la balaustrada como si fueran dos centinelas vigilando el fin del mundo. Sin decir una palabra, Remo depositó la bandeja sobre la piedra negra. Sobre ella descansaba una tetera de porcelana opaca y una única taza, cuyo interior parecía un pozo de sombras a la espera de ser llenado.

Con movimientos lentos y precisos, Remo tomó la tetera. El chorro de líquido humeante cayó en la taza con un susurro constante, liberando un vapor espeso que se mezcló brevemente con el aire del balcón. El aroma era extraño: una mezcla de hierbas amargas y algo más profundo, algo que recordaba al olor de la tierra después de una tormenta, diseñado para apaciguar no solo el cuerpo, sino los bordes deshilachados de la memoria de su hermano.

—Corteza de sauce blanco con valeriana —dijo con la misma serenidad de siempre—. Ayudará con el dolor.

Rómulo bajó la mirada hacia la taza, luego hacia su hermano. No había urgencia en el gesto de Remo, ni preocupación exagerada. Solo la naturalidad de quien ofrece algo útil sin esperar gratitud a cambio.

Tomó la taza entre sus manos. El calor del líquido se filtró a través de la cerámica, y por un instante, un recuerdo cálido pareció asomarse en su memoria. Aquella calidez en sus palmas le devolvió un eco de su niñez; era el mismo calor que desprendían las tazas de barro en su antigua cabaña, cuando el fuego de la chimenea era lo único que los protegía del mundo. Fue la primera sensación genuina que Rómulo experimentó en aquel bastión.

—Gracias —murmuró antes de llevársela a los labios.

El sabor era amargo, terroso, con un toque dulzón al final que suavizaba el conjunto. Bebió despacio mientras Remo se apoyaba en la balaustrada a su lado, adoptando la misma postura contemplativa que él había tenido momentos antes.

Permanecieron en silencio durante un rato, observando cómo la neblina seguía avanzando, devorando colina tras colina con una lentitud hipnótica.

Finalmente, Remo habló.

—Tengo noticias que no pude compartir contigo antes —dijo sin apartar la vista del horizonte—. Esta tarde, Lord Sinister ha dictado su voluntad: es el momento de lanzar el primer ataque directo contra el Santuario.

Rómulo giró la cabeza hacia su hermano con una chispa de asombro que le atravesó la jaqueca. En la cartografía deformada de su memoria, él era el arquitecto de aquella traición; él era quien había tomado la mano de Remo para arrastrarlo y conducirlo hacia las sombras de la Noche Eterna. Ver ahora a su hermano menor —a quien creía haber corrompido— tomar la iniciativa con tal determinación, le provocó un vértigo extraño.

—¿Lord Sinister te ha dado el mando? —preguntó Rómulo, intentando que su voz no delatara la confusión que bullía bajo la superficie de sus recuerdos sembrados.

Remo negó con la cabeza levemente, y por un segundo, la luz de los candelabros del interior pareció bailar en sus ojos con una frialdad que Rómulo no recordaba haberle enseñado.

—Al mando estarás tú —respondió—. Es el momento de demostrar que no nos equivocamos al elegir este camino, hermano —añadió, devolviéndole a Rómulo sus propias palabras, o al menos, las que la Fragmentación Imperiosa le hacía creer que eran suyas.

—¿Cuándo?

—Pronto —respondió Remo con calma—. Pero antes, hay un lugar que debes visitar.

Hizo una pausa breve, dejando que el silencio se asentara entre ambos antes de continuar.

—Debo mostrarte un lugar —dijo con voz pausada—. Una dimensión más allá de los planos que conocemos.

Remo giró levemente la cabeza hacia Rómulo, y una sonrisa insinuada curvó sus labios. Prometía maravillas, jardines secretos, rincones que ningún ojo humano había visto.

Pero sus ojos, de un plateado que siempre había sido cálido, se habían vuelto fríos. No miraban a Rómulo. Miraban a través de él, hacia algo que no estaba allí.

Cuando eran niños, antes de que la armadura de oro les dictara destinos opuestos, Remo y Rómulo habían jugado en los pliegues del universo como otros niños jugaban en jardines. Los rincones dimensionales no eran herramientas para ellos; eran territorios vírgenes que conquistar, laberintos que construir, mundos efímeros donde las reglas las dictaban ellos y solo ellos. Habían tallado fortalezas en el vacío, y corrido sobre archipiélagos de cristal que flotaban en mares de tinta de todos los colores. Habían perseguido reflejos de sí mismos a través de corredores de espejos infinitos y saltado sobre abismos donde el tiempo llovía hacia arriba en forma de ceniza dorada, aprendiendo a caminar entre las grietas del cosmos antes incluso de aprender a temer la muerte.

La dimensión de la que hablaba debía ser sin duda especial.

—Allí pululan criaturas que para el mundo solo podrían existir en pesadillas —continuó Remo—. Criaturas que ansían conocer el Santuario.

Rómulo frunció el ceño, procesando la información. Pero antes de que pudiera articular pregunta alguna, su cuerpo empezó a tambalearse a la vez que su vista se nubló.

El alivio que el calor del brebaje le había proporcionado se transformó, en un latido, en una trampa herbolaria. Rómulo sintió un pinchazo en la boca del estómago que se extendió con la rapidez del rayo hacia sus extremidades. La taza de cerámica, que momentos antes era su única conexión con la realidad, resbaló de sus dedos entumecidos y se hizo añicos contra la piedra del balcón, salpicando el líquido amargo sobre sus pies.

Se llevó una mano al rostro, intentando masajear sus sienes, pero sus dedos ya no obedecían; eran piezas de mármol ajenas a su voluntad. Había un tercer componente en aquel té, un veneno adormecedor, sutil y devastador, que empezó a invadirlo con una somnolencia extrema, apagando sus sentidos uno a uno. El estrépito de la jaqueca fue sustituido por un silencio blanco y pesado que le nubló la vista.

Antes de que su cuerpo se desplomara sobre el suelo, siguiendo el destino de la taza rota, sintió la presencia firme de su hermano. Remo, con una precisión que delataba que cada segundo de aquel colapso había sido calculado, lo sostuvo por los hombros. No había brusquedad en su contacto, solo esa eficiencia espectral que lo caracterizaba.

Rómulo intentó articular una palabra, pero su lengua era un peso muerto en su boca. Remo lo cargó con calidez fraternal, conduciéndolo de regreso al interior de la habitación, lejos del viento salobre del Caribe. Con una delicadeza casi ritual, lo depositó sobre la cama de mantas de terciopelo rojo.

Mientras la conciencia de Rómulo se hundía en el abismo de la oscuridad, lo último que percibió fue la figura de su hermano recortada contra la luz de los candelabros, observándolo con la paciencia de quien espera que una crisálida termine de romperse.

Remo arrastró un taburete de cuero junto al lecho de su hermano con un movimiento silencioso. Se sentó, observando por un instante el rostro de Rómulo, ahora relajado por el veneno, y colocó la punta de su dedo índice con suavidad justo en el centro de su frente. El contacto fue leve, pero cargado de una autoridad invisible.

Entonces, comenzó a hablar en un susurro que no buscaba los oídos de su hermano, sino las grietas de su conciencia:

—Duerme profundamente, hermano, pues yo seré el guardián de tu descanso y el tejedor de tus recuerdos. Velaré cada latido de tu sueño para que nada de lo que fuiste regrese a reclamarte.

Hizo una pausa, dejando que su cosmos rozara los fragmentos dispersos de la mente de Rómulo.

—Mi labor ahora es limpiar el rastro de tus tormentos. Corregiré esas pequeñas imprecisiones que aún se atreven a vibrar en tu cráneo y que te provocan este dolor insoportable. Son solo ecos de una vida que ya no te pertenece, cabos sueltos que el viento del deber intenta agitar en vano. Aprovecharé la quietud de esta noche para trenzar de nuevo tu historia; reescribiré cada duda y sellaré cada grieta hasta que la Fragmentación Imperiosa sea la única verdad que reconozcas.

Se inclinó un poco más, su sombra cubriendo por completo el rostro de su gemelo.

—Cuando el primer rayo de luz toque este bastión, despertarás renovado. No habrá más dolor, ni más vacíos, ni esa incertidumbre que te hace dudar de tu propia mano. Mañana, Rómulo, serás exactamente el hombre que este mundo necesita que seas.

***

Las palabras de Remo se disolvieron en el aire pesado de la estancia, fundiéndose con el aroma amargo del sauce que aún impregnaba sus dedos. Fuera, en los límites del bastión, la noche no se detuvo ante la tragedia silenciosa que acababa de consumirse sobre las mantas de terciopelo rojo.

Las cigarras continuaron su zumbido monótono, ajenas a que un universo entero acababa de ser reordenado entre cuatro paredes de piedra negra. Los escarabajos seguían golpeándose contra las lámparas de aceite, buscando una luz que los consumiera, con la misma ceguera con la que Rómulo ahora abrazaba su nueva verdad.

Mientras la neblina terminaba de devorar los valles, un silencio nuevo se asentó sobre el castillo. No era el silencio de la paz, sino el de una habitación vacía que espera a ser llenada con una historia distinta. Bajo el cielo plomizo de la isla, el Santo de Géminis ya no era más que un eco; una sombra más entre las sombras, esperando el primer rayo de luz para despertar convertido en el arma perfecta de una ambición que no le pertenecía.


Editado por Cástor_G, 14 May 2026 - 01:23 am.


Capítulo 13: UNA NOCHE EN EL CASTILLO
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#53 Rexomega

Rexomega

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Publicado 17 May 2026 - 15:49 pm

Saludos

 

Heme aquí con mis comentarios sobre el Capítulo XIII: Una noche en el castillo.

 

No te mentiré, tengo sentimientos encontrados. A nivel de lo que ocurre, siento que lo que se cuenta ya se ha contado. Si lo pienso, tal y como acababa el capítulo anterior, ya daba por sentado que Rómulo se había convertido en un traidor en virtud del vil ataque de Remo. Si hubiese habido algún evento posterior en que Rómulo dudara, lo entendería, pero que ocurra este remate inmediatamente después fue algo extraño, excepto por dos detalles. Descripción e introspección.

 

Dejando de lado la primera parte (¡Esos capítulos de dos partes hacen que mi ToC se dispare!), en la que vemos que este grupo está destinado a colapsar sobre sí mismo, uno de los pilares del capítulo son las descripciones. Ambientación, paso del tiempo y un tormento y una esperanza. Aplaudo eso, porque no siempre se me da bien la descripción de los lugares, no cuando tengo que entrar en detalle. Y, por supuesto, valoro la parte en la que hablas de las dimensiones. ¡Hay que abrazar el lado sobrenatural de los santos de Atenea! En verdad sentí la magnitud del alcance de estos niños que no tenían nada de comunes, la clase de vida que tuvieron. Para rematar, me hablas de cosas en las dimensiones y me he imaginado a Cthulhu en las costas de Atenas. ¿Será?

 

Luego, la introspección. De un lado, con Remo estás creando a alguien perturbador, como ya me tienes acostumbrados. No es el santo de bronce (¿Cisne?) traidor de Three Wars/Cosmo Wars), sino algo distinto, estremecedor. Sin duda convencido de que hace lo correcto, y sin embargo, actúa con una perversidad que pocos villanos de la franquicia podrían superar. En la parte del té, me dieron ganas de que en un futuro alguien lo mande con Hades, sin redención mediante, lo que es mucho decir porque por regla general me gustan los villanos y es poco frecuente que los rechace. Rómulo, por su lado, me produjo un aguijonazo de compasión. Curioso, porque hace nada me lamentaba de que fuera el obvio culpable, y aquí me tienes, teniendo fe de que esa semilla de duda germinara con el tiempo en un giro determinante hacia el Lado Luminoso de la Fuerza. Es especialmente poderosa su reflexión sobre la calidez de la cabaña de su niñez y la frialdad de ese nuevo y impropio hogar, que lo define como alguien que supo crecer donde su hermano no pudo. Sin duda, él merecía ser el santo de Géminis. Fuera como fuese, Remo supo leer las dudas y decidió cortar por lo sano.

 

En resumen, que me lío como siempre, siento que fue algo apresurado mostrar a Rómulo con dudas y Remo atajándolas de un capítulo para otro, y va a pesar en la historia si más adelante Rómulo vuelve a tener dudas, vas a necesitar trabajarlo para que sea verosímil. Con todo, está tan bien descrito todo, en especial a nivel del interior de los personajes, que la lectura se disfruta mucho.


Editado por Rexomega, 17 May 2026 - 15:50 pm.

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Publicado 17 May 2026 - 17:02 pm

Hola Castor acá seguimos avanzando con tu historia. 

Parece estar mas de transición así q me aventé dos capitulos esta vez.

Después de la batalla, Lysander usa la armadura de Crateris para salvar a Feanor, y ambos empiezan a darse cuenta de que todo lo ocurrido en la isla fue planeado desde antes.

Sospechan que hay otro traidor dentro del Santuario, alguien con mucho poder e información.

Cuando regresan al Santuario, ya no sienten el lugar como un refugio, porque entienden que el enemigo también puede estar dentro.

Al final aparece Denon de Acuario, un Santo frío y arrogante que humilla a Lysander por el fracaso de la misión, dejando todavía más tensión y desconfianza entre los Santos de Oro.

 

Capitulo 7

El Patriarca empieza a sospechar de Rómulo de Géminis y deja claro que vigilará cualquier posible traición dentro del Santuario.

Mientras tanto, Eros llega al castillo de la Noche Eterna, conoce a Lord Sinister y prácticamente queda confirmado que ya se unió a su lado.

Hasta ahí quedamos, pronto volveremos y sigue con ese animo.


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#55 Cástor_G

Cástor_G

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Publicado Ayer, 12:31 pm

Saludos   Heme aquí con mis comentarios sobre el Capítulo XIII: Una noche en el castillo.   No te mentiré, tengo sentimientos encontrados. A nivel de lo que ocurre, siento que lo que se cu[[...]

 

Hola!

 

-Este primer punto que mencionas posiblemente tenga su origen en un cambio que hice a última hora. Este tercer arco que abarcará hasta el capítulo 18 (aproximadamente), no existía... El siguiente arco, que es el primer ataque al Santuario (El que Remo menciona en este capítulo  que ya fue ordenado por Lord Sinister), está escrito en borrador desde hace semanas o.o. Cuando hice el primer arco (Isla de la Reina Muerte), dejé muchas cosas fuera porque mi intención era solo hacer 5 capítulos por arco. Cuando el segundo (El Otro Traidor) se extendió a 7, entonces me arrepentí que haber omitido ciertas cosas en el prmero xD. Entonces, tuve algunas ideas que esta vez no quise omitir a pesar de ya tener un arco casi completo en borrador adelantado. Debo advertir que esta sensacion que tuviste con este capítulo, quizá también la tengas con uno que otro más en este arco o.oU.

 

-El siguiente capítulo también está dividido solo en dos partes xD. La parte de las dimensiones fue un agregado de última hora y es algo que siempre quise ver en la franquicia. Me parece super desaprovechado que los geminis puedan moverse entre dimensiones y lo que veamos siempre sea solo el portal. Existen otras dimensiones claramente, como Yomotsu, el Inframundo mismo, etc. Así que mi intención es que esta mención no quede solo en eso, sino mostrar también lugares raros en los confines del universo.

 

-La escena de la taza de té es una de mis favoritas. Creo que engloba perfectamente la esencia de Rómulo, que es capaz de hacer cosas terribles con toda la calma y la paciencia del mundo. Es capaz de infundir el terror psicológico no solo con sus despliegues dimensionales, sino hasta con una simple taza de té. Y esa ambigüedad en su intención... porque el té tenía dos funciones, aliviar el dolor y dormirlo para vulnerarlo.

 

-De momento no parece que haya dejado fisuras en la mente de Rómulo, ya veremos como termina esto . o.oU

 

Saludos y gracias por leer!


Hola Castor acá seguimos avanzando con tu historia.  Parece estar mas de transición así q me aventé dos capitulos esta vez. Después de la batalla, Lysander usa la armadura de Crateris para salv[[...]

 

Wena!

 

Denon de Acuario ya aparece desde Three Wars/Cosmo Wars. Aunque en estos primeros arcos tendrá apariciones esporádicas. Será hasta el cuarto arco cuando tenga su desarrollo juju.

 

Saludos y gracias por leer!


Editado por Cástor_G, Ayer, 12:35 pm.


Capítulo 13: UNA NOCHE EN EL CASTILLO
(Pincha AQUI para Leer)

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Índice de Capítulos: Aquí

#56 Cástor_G

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Publicado Ayer, 13:46 pm

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Capítulo 14:

BIENVENIDO A LA NOCHE ETERNA

 

Para Eros, dormir no era un viaje a través de mundos oníricos ni un refugio para el subconsciente; era, simplemente, una interrupción de la forma. En su descanso no había imágenes, ni ecos del pasado, ni el rastro de aquellas rosas que alguna vez cultivó en la casa de Piscis. El sueño de Eros era una negrura absoluta y pulida, un vacío simétrico donde el tiempo no transcurría, sino que se detenía ante la puerta de su conciencia.

 

1. Nhor

El amanecer encontró a Eros de Piscis tal como lo había dejado la noche: inmóvil, perfecto, inerte. Dormía en una de las habitaciones del castillo con la quietud absoluta de quien no necesita soñar porque su vigilia ya es suficientemente irreal.

Ya no era aquella habitación polvorienta en la que lo habían hospedado al llegar, la que olía a humedad y a siglos de abandono. Ahora tenía una cámara amplia, con muebles tallados, cortinas de terciopelo y una cama de dosel con sábanas de lino fino.

Y sin embargo, seguía sin ser suficiente para él.

La cama era grande, de estructura oscura con incrustaciones de ébano y bronce. Las sábanas blancas caían en pliegues impecables, y las almohadas de pluma de ganso formaban un triángulo simétrico bajo su cabeza. Todo en aquel lecho parecía haber sido dispuesto por una voluntad ajena que conocía sus obsesiones. No había una sola arruga fuera de lugar, ni un solo cojín desplazado de su eje imaginario.

Eros yacía boca arriba, con los brazos cruzados sobre el pecho de un modo que evocaba los sepulcros de mármol de las catedrales medievales. Los dedos largos y blancos descansaban entrelazados sobre el esternón. Sus párpados estaban cerrados con la misma perfección de los ojos de una estatua, sin el temblor del sueño profundo ni la contracción de la pesadilla. La respiración era tan leve que parecía casi inexistente; apenas un susurro que subía y bajaba sin esfuerzo, como el flujo de una marea mansa en una calma absoluta.

Su piel era de un blanco invernal, limpio como la nieve recién caída, sin mancha ni imperfección. Su cabello, blanco también pero de un matiz distinto —el de la seda cruda, antes de teñirse—, caía en bucles perfectos sobre la almohada, acomodados con una precisión que no parecía casual.

Las sábanas blancas acentuaban sus rasgos pálidos hasta el extremo de la irrealidad, como si el cuerpo que reposaba sobre ellas no fuera de carne, sino de una porcelana fría y perfecta que alguien había pulido durante siglos.

Y era precisamente ese conjunto —la postura hierática, las manos cruzadas, la piel de una blancura absoluta, la quietud de quien ni siquiera sueña— lo que lo hacía parecer un cadáver. Un cadáver hermoso y perfecto, velado en su ataúd de terciopelo y madera oscura.

El silencio sepulcral que envolvía la estancia, se vio interrumpido por una presencia que reclamaba paso con mesura. Tres golpes rítmicos, ejecutados con la precisión de quien conoce el valor de la propiedad ajena, vibraron contra la madera noble de la puerta; el eco no fue un estallido, sino una nota sostenida que se desvaneció con la elegancia de un susurro en una catedral.

En respuesta a esa llamada, los párpados de Eros se elevaron con una lentitud casi ritual. Bajo la penumbra, sus ojos se encendieron en un matiz de zafiro líquido, capturando la única y mínima rendija de luz que lograba profanar la estancia a través de las cortinas.

No hubo rastro de desorientación ni la fragilidad propia de quien regresa del olvido; se incorporó con una rigidez aristocrática, manteniendo la columna perfecta y el rostro impasible, demostrando que ni siquiera el despertar matutino tenía el poder de despojarlo de la gracia que le era inherente. Para él, la vigilia no era un regreso, sino la reanudación de una representación eterna.

La voz que se filtró a través de la madera no reclamó con la estridencia de un siervo ni con la arrogancia de un tirano.

—Abre, Eros de Piscis.

No había suavidad en el tono, pero tampoco la tosquedad autoritaria de quien necesita impostar su fuerza. Poseía una cadencia templada, una gravedad que Eros reconoció de inmediato: era la resonancia limpia y educada que debía caracterizar a un Santo de Oro, una dignidad fonética que contrastaba con la vulgaridad ruidosa y el habla arrastrada que predominaba entre los santos negros de baja estofa, e incluso entre algunos de alto rango que habían trocado el decoro militar por la crueldad más tosca.

Eros se incorporó con la misma lentitud calculada con la que hacía todo, dejando que las sábanas blancas se deslizaran sobre su regazo antes de girar las piernas hacia el borde de la cama.

Sus pies, largos y de una palidez marmórea, encontraron las pantuflas de terciopelo granate que descansaban junto al lecho —y junto a la Espada Ébano, cuyo ojo, vigilante y perturbador, no se había cerrado en toda la noche—. Las calzó con un automatismo aristocrático mientras alcanzaba la bata de seda negra que aguardaba sobre el respaldo de una silla. La tela, de una suavidad gélida al tacto, cayó sobre sus hombros con la precisión de una capa litúrgica.

Cruzó la habitación con la parsimonia de quien no reconoce la urgencia como una virtud, y al llegar a la puerta, su mano de porcelana rodeó el pestillo de bronce y lo hizo retroceder con un movimiento fluido que culminó en un clac metálico y seco; un sonido rotundo que dio por terminada la privacidad de su alcoba.

Abrió la puerta con una lentitud teatral, dejando que el quicio revelara poco a poco a la figura que aguardaba al otro lado.

La penumbra del pasillo reveló una silueta que se erguía con una verticalidad impecable. Era una figura cuya elegancia no nacía del narcisismo, sino de una disciplina ancestral, envuelta en una armadura negra que evocaba, como una sombra tallada en obsidiana, las líneas majestuosas de la armadura de oro de Aries.

Su cabellera, de un rubio solar y brillante, caía por su espalda con la pesadez sagrada del oro fundido, arrojando destellos cálidos que contrastaban de forma violenta con la sobriedad de su armadura negra y enmarcando un rostro de una serenidad imperturbable. A pesar del flequillo que rozaba su mirada, eran perfectamente visibles las marcas sobre sus cejas rasuradas: dos puntos simétricos y precisos en la frente que lo identificaban, sin lugar a dudas, como un habitante de las altas tierras de Jamir. Aquel rasgo, lejos de ser una excentricidad, le otorgaba un aire de sabiduría arcaica, el sello de una estirpe dedicada a desentrañar los secretos de la vida y la muerte de las armaduras.

—Buen día, Eros de Piscis —dijo Aries, y su voz volvió a sonar con ese equilibrio perfecto entre la cortesía y la firmeza—. Soy Nhor de Aries, el Cordero Penitente de la Noche Eterna —añadió, acompañando sus palabras con una inclinación de cabeza tan precisa que parecía calculada con un compás—. He venido por orden de Lord Sinister.

Eros sostuvo la puerta, permitiendo que su mirada zafiro recorriera la armadura oscura de Nhor con una mezcla de curiosidad y análisis estético. No se movió para invitarlo a pasar; en su lugar, se apoyó ligeramente en el marco, dejando que la seda negra de su bata contrastara con el brillo del ébano metálico de Aries.

—¿Nhor de Aries? —repitió Eros, saboreando el nombre como si fuera un vino nuevo—. Me pregunto cuántos de ustedes, los llamados Santos Negros de alto rango, pululan todavía por los rincones de esta isla. No creo haberlos conocido a todos aún, pues nadie ha tenido la decencia de presentarme de manera oficial.

Eros entornó los ojos, y una sonrisa lánguida, cargada de una ironía afilada, asomó en sus labios.

—El Santuario podrá estar obsoleto, sus muros podrán estar cayéndose a pedazos bajo el peso de su propia ingratitud hacia quienes realmente sostienen su gloria, pero al menos todavía guarda tradiciones —continuó Eros, acariciando el puño de seda de su manga—. Aún conservan rituales de respeto que logran que sus hombres de élite se sientan, efectivamente, como una verdadera élite. Aquí, en cambio, parecemos sombras tropezando unas con otras en la oscuridad de un pasillo.

Nhor recibió las quejas de Eros con una atención imperturbable, procesando cada palabra con la calma absoluta que impera en las cumbres del Tíbet. No hubo en él un gesto de ofensa ni de impaciencia; se limitó a sostenerle la mirada, nada más.

—Permíteme explicarte, Eros de Piscis, que tu inquietud es compartida por Lord Sinister —respondió Nhor con una voz que parecía templada al fuego—. Él es consciente de que un hombre de tu linaje no puede permanecer como un rumor en los pasillos. Precisamente, requiere tu presencia para que se lleve a cabo tu presentación oficial ante las fuerzas de la Noche Eterna.

Nhor hizo una breve pausa, permitiendo que la importancia de la noticia se asentara.

—El acto tendrá lugar en el Odeón del castillo. Allí, frente a todos los que ya habitan este bastión, serás presentado formalmente como el aliado de oro que eres. Lord Sinister desea que todos conozcan el rostro de quien ha decidido dejar atrás la luz del Santuario para abrazar la eternidad.

El comentario de Nhor produjo un cambio apenas perceptible en el rostro de Eros, pero suficiente para alterar por completo la atmósfera de la habitación. Sus ojos de zafiro adquirieron un brillo nuevo, más vivo; el destello silencioso de una vanidad profundamente complacida. Una presentación oficial, un Odeón, un público que por fin conocería su rostro y su nombre… No era el Santuario, pero era un escenario.

Nhor observó aquel fulgor con la paciencia de quien lee un pergamino cuyas letras ya conoce de memoria. Esperó a que el brillo se apagara, a que Eros volviera a sí mismo, y entonces habló.

—No es necesario que te vistas con formalidad, Eros. No acudas ataviado con las galas que tu rango exigiría en el Santuario. Puedes presentarte tal como estás ahora.

Eros arqueó una ceja, confundido.

—La presentación —continuó Nhor, con la misma cadencia templada— estará acompañada de un ritual. Un acto que trasciende la vestimenta y las formas externas. Las telas y los oropeles no son relevantes allí; de hecho, podrían ser un estorbo.

Eros sostuvo la mirada de Nhor durante un instante prolongado. Luego, sin decir palabra, se apartó del marco de la puerta y caminó de regreso hacia el interior de la habitación.

Al llegar junto al lecho, se detuvo. Sus dedos abrazaron el mango de la Espada Ébano, donde el ojo de la guarda lo observaba con su paciencia inhumana. No era parte de su indumentaria, ni una simple hoja afilada… Era parte de él. Una extensión de su voluntad, un testigo silencioso de su caída y su renacer. Por lo tanto, el ritual —fuese cual fuese— tendría que soportar su presencia.

—Muy bien —dijo al fin, sin volverse hacia Nhor—. Entonces no me entretendré más. Conduce el camino.

Nhor asintió desde el umbral, manteniendo una inmovilidad de estatua mientras esperaba que Eros terminara de prepararse. No había prisa en su postura, solo una paciencia mineral. Cuando el Santo de Piscis se giró por fin, Nhor se apartó sutilmente del marco de la puerta. Le sostuvo la mirada un segundo antes de realizar una leve inclinación lateral, invitándolo a cruzar el umbral.

—Después de ti —pronunció Nhor con suavidad.

Solo cuando Eros cruzó el umbral, Nhor se colocó a su izquierda, un paso por detrás, asumiendo su rol de guía. Juntos comenzaron a avanzar por el pasillo, pero la naturaleza de Nhor era tal que su presencia parecía diluirse en las sombras de las paredes, moviéndose con una eficiencia silenciosa que rozaba lo espectral. Era Eros quien, a pesar de la suavidad de sus pantuflas de terciopelo, dominaba el espacio; su caminar no buscaba el sigilo, sino la afirmación.

Había en el Santo de Piscis una cadencia de mando, una parsimonia que obligaba al entorno a gravitar a su alrededor. Nhor, por su parte, caminaba con una humildad sacerdotal, manteniendo una distancia que no era de servidumbre, sino de protocolo litúrgico, como si no estuviera recorriendo un lóbrego deambulatorio, sino oficiando el paso de una deidad hacia su propio altar.

Eros no necesitaba el ruido del metal para anunciar su llegada; su propia estela de seda negra y la rigidez imperturbable de su espalda eran suficientes para reclamar cada palmo del castillo como propio.

 

2. Chronostello

El Odeón se revelaba como un templo a la representación, un teatro de sombras donde la arquitectura clásica se rendía ante la oscuridad de la Noche Eterna.

Las gradas, dispuestas en un semicírculo perfecto, estaban ya pobladas por una masa de santos negros cuyas armaduras oscuras los asemejaban a una colonia de murciélagos apiñados en la penumbra, un enjambre de criaturas cuyos ojos —centenares de puntos luminosos y hambrientos— eran lo único que delataba su presencia en la oscuridad.

En el centro, el escenario se extendía con un piso de roble ahumado, cuyos tablones anchos y pardos conservaban el dibujo sinuoso de la madera, ofreciendo una superficie pulcra donde cada silueta se recortaba con absoluta nitidez

Frente a la multitud, un pesado telón de terciopelo granate —del mismo tono profundo y regio que las pantuflas que Eros calzaba en ese instante— ocultaba el fondo del estrado. Con una sincronía silenciosa, la tela comenzó a abrirse, y al tiempo que lo hacía, las antorchas repartidas por todo el Odeón empezaron a encenderse, una tras otra, como si el fuego respondiera a una voluntad invisible. La luz creció en oleadas, bañando las gradas, acariciando las armaduras oscuras, hasta concentrarse en el corazón del escenario, donde una silla negra y elegante aguardaba solitaria bajo el fulgor de un inmenso candelabro de bronce que pendía del techo, cuyas decenas de velas derramaban una luz vertical y temblorosa sobre el asiento.

Sin embargo, era lo que aguardaba al fondo lo que dictaba la verdadera jerarquía del lugar. Tras la silla, en una posición elevada que dominaba todo el anfiteatro, se alzaba un trono de proporciones imponentes. En él descansaba Lord Sinister, su máscara de porcelana blanca —impasible, casi infantil— capturando los reflejos de los grandes pebeteros que flanqueaban el trono con una inquietud que ningún rasgo humano podría explicar. A su lado, como una extensión de su propia voluntad sombría, permanecía el Fantasma del Crepúsculo, una figura etérea que custodiaba el flanco de su señor mientras el silencio del teatro se volvía tan denso que casi podía cortarse con el filo de la Espada Ébano.

Eros comenzó el ascenso por las escaleras laterales que conducían al estrado. Mientras subía, no permitió que la presión de las mil miradas en las gradas perturbara su paso; en su lugar, elevó el mentón, permitiendo que sus ojos de zafiro recorrieran los frescos que decoraban la inmensa cúpula del anfiteatro.

La cúpula se alzaba sobre el teatro como un firmamento cautivo. Desde las alturas, una media luna dorada de expresión ambigua —demasiado serena para ser benigna— observaba el escenario con una sonrisa delgada y fatigada. A su alrededor, estrellas de cinco puntas brillaban entre capas de nubes oscuras pintadas con el dramatismo de los frescos renacentistas. El azul profundo del fondo parecía moverse bajo la luz de las antorchas y los faroles, dando la impresión de que la noche respiraba lentamente sobre las cabezas de los asistentes. Desde los bordes emergía lo más inquietante: brazos ennegrecidos, largos y deformes, apenas humanos; se extendían desde la penumbra de las nubes con dedos crispados, cual almas condenadas intentando alcanzar el centro del cielo artificial.

Una vez sobre la plataforma, Eros avanzó hacia el centro del estrado. Al llegar junto a la silla, sus dedos de porcelana liberaron la Espada Ébano, clavándola con una delicadeza ritual sobre un pedestal de obsidiana dispuesto para tal fin. Una vez liberado del peso del metal, se acomodó en el asiento negro con una elegancia lánguida, cruzando las piernas mientras la seda de su bata se ceñía a su cuerpo, recortando su pálida silueta contra la penumbra.

Desde su posición privilegiada, Eros permitió que su mirada de zafiro barriera las gradas, analizando a la multitud con la frialdad de un tasador de joyas. A pesar de la solemnidad del momento, un vacío específico en aquel enjambre de sombras llamó su atención. Eros no era un hombre propenso a los afectos ni creía en la fragilidad de la amistad, pero en esa isla de niebla y traiciones, Remo de Géminis representaba lo más cercano a un ancla que poseía.

Resultaba casi irónico, una de las tantas distorsiones que la isla provocaba en la percepción del tiempo: apenas se habían conocido la tarde anterior, pero en la densa atmósfera de la Noche Eterna, unas pocas horas de conversación compartida pesaban más que años de camaradería hueca en el Santuario. Al buscar su rostro entre los Santos Negros, la ausencia de Remo se hizo evidente, destacando como una nota discordante en la perfecta coreografía de su presentación oficial.

En ese instante, el silencio del Odeón se hizo absoluto. Lord Sinister se puso en pie y descendió del trono con una ligereza que desafiaba su imponente estatura. Al llegar al nivel de Eros, se colocó a su lado, transformando la escena en un cuadro de devoción oscura. Sinister extendió los brazos, abarcando la congregación de sombras que lo observaba desde las gradas, y su voz emergió con la resonancia de un salmo ancestral, profunda y cargada de una autoridad casi divina.

—Hermanos de la sombra, hijos de la penumbra eterna —comenzó Sinister, y sus palabras vibraron en el pecho de los presentes de igual forma que el eco de una campana litúrgica—. Nos hemos reunido bajo esta cúpula no solo para observar, sino para testificar. Hoy, nuestra comunión de almas se fortalece con la llegada de un espíritu único en su tipo, una joya labrada en el orgullo que ha decidido romper sus cadenas de luz.

Hizo una pausa solemne, y el peso de su presencia —materializada en la máscara de porcelana que parecía orientarse hacia cada rincón de las gradas— recorrió las filas de Santos de la Noche Eterna antes de que señalara con la diestra, en un gesto imperioso, a la figura que ocupaba el asiento negro.

—Contemplen al otrora paladín del Santuario, aquel que porta la gloria de Piscis y que hoy renace como Santo de la Noche Eterna. No ha sido la casualidad quien lo ha traído a estas tierras, ni el simple azar de la guerra. —Sinister desvió entonces el índice hacia el pedestal de obsidiana, donde el metal oscuro aguardaba en silencio—. Ha sido la voluntad de la Espada Ébano la que lo ha reclamado como suyo.

En respuesta a la mención, el ojo vivo y acuoso incrustado en la guarda del arma giró con una rapidez espasmódica hasta quedar fijo en el público. El brillo húmedo de la pupila parecía juzgar a cada hombre en el teatro, recordándoles que el poder que Eros portaba era una entidad consciente y hambrienta.

—Él es el elegido de la hoja oscura —sentenció Sinister, bajando la voz a un susurro que alcanzó hasta el último rincón del Odeón—. Recíbanlo no como a un extraño, sino como al heraldo de la nueva era que estamos forjando en la oscuridad. ¡Eros de Piscis!

Nadie aplaudió. El reconocimiento de la Noche Eterna no pertenecía al mundo de los mortales. En las gradas, los hombres elevaron los brazos hacia la cúpula, uniendo las yemas de sus pulgares e índices para moldear con sus dedos la silueta de un ojo ciego. El gesto, severo y ritual, replicaba en la penumbra la misma geometría de la guarda que custodiaba la Espada Ébano.

De aquel enjambre de sombras brotó entonces un murmullo unísono, una vibración densa y marcial que sacudió la madera del escenario:

—Avíoti Nýchta.

Aquello no era una celebración, sino una comunión litúrgica; la ovación de los que solo sabían reconocer a través del símbolo y el decreto.

Mientras el eco del cántico sagrado se extinguía en las alturas de la cúpula, Lord Sinister comenzó su retirada con una parsimonia espectral hacia el fondo del escenario. Ascendió de nuevo hacia la posición elevada de su trono, dispuesto a observar el resto del ritual desde la inmovilidad de su máscara de porcelana blanca.

En ese momento de silencio expectante, una figura emergió de entre las sombras del lateral del estrado. Nhor de Aries entró en escena, manteniendo la misma verticalidad impecable y la serenidad de Jamir que había mostrado al despertar a Eros. Sus pasos, aunque firmes, parecían no querer perturbar la atmósfera sagrada del Odeón.

Cargaba entre sus manos una caja metálica de un negro absoluto. La superficie del cofre estaba trabajada con relieves minuciosos que esbozaban una abstracción geométrica del ojo abierto, el sello heráldico que la Noche Eterna imponía en cada una de sus posesiones.

Nhor avanzó hasta el centro del escenario y colocó la caja sobre un segundo pedestal, una pequeña columna dórica de mármol que contrastaba con la oscuridad reinante. El pedestal había sido dispuesto con precisión matemática justo al lado del que ya custodiaba el arma de Eros, creando un altar donde el metal y el mito se daban la mano ante la mirada hambrienta de los mil ojos apostados en las gradas.

Después, presionó un punto preciso en la superficie de la caja. No hubo clic, sino un gemido grave, casi inaudible. Luego, los bordes comenzaron a reconfigurarse y las paredes se plegaron en segmentos que giraban sobre ejes invisibles, retirándose como cortinajes metálicos que revelaron un escenario diminuto. Cuando el mecanismo se detuvo, la caja se había convertido en una plataforma abierta, y sobre ella, como un insecto de oro agazapado, yacía el Chronostello.

La forma del Chronostello evocaba la de un escarabajo inmóvil, pero no inerte. Tenía el tamaño de la palma de una mano, y su cuerpo era una obra de orfebrería que parecía desafiar el paso de los siglos: un carapacho de élitros articulados, grabados con una finísima red de líneas astronómicas y símbolos herméticos que no guardaban relación con la iconografía de la isla, sugiriendo un origen tan remoto como desconocido.

Sus patas, seis, delgadas y articuladas en filamentos de oro pulido, se plegaban bajo su abdomen con la quietud tensa de un animal que finge dormir. Estaban diseñadas con extremos sutilmente ganchudos, hechos para adherirse a la piel con una firmeza helada pero sin llegar a lastimarla. Pero no eran las patas lo que atraía la mirada, sino los pequeños engranajes —también de oro— visibles en las junturas de sus élitros, diminutas ruedas dentadas que giraban lentamente, sin cesar, como si dentro del escarabajo latiera un corazón mecánico que nunca había conocido el reposo.

Sus ojos, dos rubíes pulidos de un rojo profundo y turbio, no eran simples piedras preciosas; eran la manifestación de una conciencia mineral que parecía observar al Santo de Piscis, reconociendo en su belleza el lienzo perfecto para su obra eterna.

Nhor extendió una mano hacia la reliquia, pero no la tocó de inmediato; en su lugar, permitió que el silencio del Odeón enfatizara el girar rítmico de los engranajes de oro.

—Este artilugio no es una joya ni un adorno —sentenció Nhor. Su voz no buscaba la solemnidad de un sacerdote, sino la precisión de un maestro artesano—. Es una reliquia milenaria, forjada en una época en que los dioses aún caminaban entre los hombres y los metales guardaban memoria de la tierra de la que fueron arrancados.

Entonces, con una delicadeza que rozaba lo sagrado, Nhor tomó el Chronostello entre sus manos. Sus dedos, expertos en el trato con las fibras del cosmos y el metal, sostuvieron el cuerpo de oro viejo mientras avanzaba con pasos lentos y precisos hacia Eros. La luz de las antorchas arrancó destellos sangrientos de los ojos de rubí del escarabajo, que ahora parecía vibrar con una expectación hambrienta.

—Quien reciba su picadura —continuó Nhor, deteniéndose a la distancia justa para que Eros pudiera oler el aroma a metal antiguo y sangre seca que emanaba de la pieza—, verá cómo el tiempo suspende su imperio sobre su carne.

Nhor elevó un poco más la reliquia, nivelándola con el rostro de Eros, cuya blancura invernal buscaba desesperadamente la validación de ese pacto oscuro.

—La juventud eterna... —susurró Nhor, dejando que las palabras flotaran en el aire denso del teatro— la belleza que no conoce el ocaso.

Eros se puso de pie con lentitud; sus manos encontraron el nudo de la bata de seda y lo deshicieron con un movimiento limpio y sin apresuramiento. La tela resbaló de sus hombros como agua que abandona una orilla y cayó al suelo del estrado en un susurro oscuro, acumulándose en pliegues a sus pies.

Se sentó de nuevo en la silla negra con la misma elegancia lánguida de antes, pero ahora la piel invernal de su torso capturaba la luz de las antorchas con una nitidez que el terciopelo y la seda habían estado ocultando. Cada sombra encontraba su lugar en las clavículas, en el esternón, en la línea suave que descendía por el centro de su abdomen. Era un cuerpo que parecía esculpido con la intención deliberada de no tener defecto alguno.

Nhor se inclinó y sin mediar palabra, depositó el Chronostello sobre la pierna de Eros.

Al contacto, el escarabajo pareció despertar de su letargo milenario. Los engranajes aceleraron su rotación con un zumbido metálico, y sus seis patas de oro viejo se movieron con la agilidad nerviosa de un insecto real. Eros mantuvo la respiración, sintiendo el frío gélido de las extremidades del artilugio trepando por su muslo, recorriendo su abdomen y ascendiendo por su pecho. Cada paso del escarabajo dejaba una vibración latente, un hormigueo helado de cosmos antiguo que reclamaba su territorio.

La reliquia se detuvo finalmente a la altura del cuello, justo sobre la clavícula. Los ojos de rubí del insecto brillaron con una intensidad febril, fijos en la pulsación rítmica de una vena que se traslucía bajo la piel nívea del Santo de Piscis.

Entonces, de las fauces metálicas del escarabajo emergió una trompa larga y afilada, una aguja de metal que recordaba al pico de un insecto hematófago. Con una lentitud ceremonial, el estilete descendió hasta encontrar la vena. El pinchazo fue seco, una punzada de fuego frío que atravesó la carne de Eros.

Ni un solo músculo en el rostro de Eros traicionó la punzada; en su lugar, una laxitud casi devota relajó sus facciones. Se limitó a cerrar los ojos mientras sentía cómo el Chronostello comenzaba a succionar su vida para devolverle, a cambio, la esencia de la inmortalidad.

Bajo sus párpados cerrados, el mundo se redujo al latido de su propio corazón, que ahora encontraba un eco metálico en la garganta del escarabajo. Nhor permaneció atento, observando la transferencia con la atención de un alquimista que vigila una transmutación crítica. Sus ojos, fijos en la unión del metal y la carne, mostraban una fascinación técnica.

—Siente cómo el ciclo comienza, Eros de Piscis —murmuró Nhor, su voz apenas un hilo de seda en el aire cargado del Odeón—. No es una simple herida. La aguja actúa como un puente entre dos naturalezas: la orgánica y la eterna.

El fino estilete de oro sirvió como un canal de doble vía. La sangre de Eros, roja y mortal, ascendió con rapidez, desapareciendo por completo en las entrañas oscuras de la reliquia. Allí dentro, tras la fachada de los engranajes, un movimiento sordo y ajeno a la mecánica procesó el tributo vital, para luego bombear de regreso un fluido transmutado, espeso y cargado de eternidad, que volvió a internarse en las venas del Santo.

—El Chronostello reclama tu tiempo vital directamente de la fuente —continuó Nhor, con la mirada fija en el sutil temblor del armazón—. En su vientre oscuro, tu mortalidad es devorada; se deshace el nudo que te ata a las eras y te purifica de la condena de la carne. Lo que ahora regresa a ti, Eros, no es simple sangre, sino la linfa inmunda del hombre convertida en el elixir eterno de la noche. Para no morir jamás, se debe dejar de ser puramente humano.

En ese instante, el zumbido de los engranajes cambió de tono, volviéndose más agudo y vibrante mientras el rubí de los ojos del escarabajo parecía encenderse desde dentro. Nhor sentenció:

—Olvídate de los tejidos que se marchitan; lo que regresa a ti es una suspensión absoluta. Ya no eres un hombre que fluye hacia su tumba, Eros, sino una obra terminada que el tiempo ha renunciado a tocar.

Eros apretó ligeramente los dedos contra los brazos de la silla. Sentía un frío glacial extendiéndose desde su cuello hacia sus extremidades, una rigidez deliciosa que prometía convertir su belleza en un mito inalterable. La Noche Eterna le estaba dando, por fin, la única corona que realmente deseaba: la de no marchitarse jamás.

El Chronostello operaba sobre una mente que siempre había repudiado el mundo de los sueños. Para los mortales, el descanso es el terreno donde el inconsciente procesa las flaquezas del espíritu; para Eros, perder el control de su propia psique era una humillación intolerable que delataba su propia vulnerabilidad. Su vida entera había sido una vigilia de escenarios idealizados, un teatro donde él gobernaba cada reflejo.

Por eso, mientras el flujo de la reliquia reconfiguraba su carne, el ritual no hacía más que consagrar su auténtico sueño lúcido: la juventud eterna. No se trataba de los engaños de la almohada, sino de la culminación de su mayor anhelo de control; el artefacto fijaba su belleza en un punto inmutable, transformando al hombre en la obra perfecta que siempre había exigido ser, atrapando el instante de su máximo esplendor para siempre.

En las gradas, el silencio de los mil ojos se volvió reverencial. Lord Sinister, desde la inmovilidad de su máscara de porcelana, asintió levemente. El pacto estaba sellado. Eros de Piscis ya no era un invitado; era ahora una joya eterna incrustada en el corazón de la Noche.

 



Capítulo 13: UNA NOCHE EN EL CASTILLO
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