
Capítulo 16:
LA ROSA NEGRA
***
En el jardín de la Noche Eterna,
una rosa negra había reinado sin rival.
Años de raíces hondas,
convencida de que la única belleza era su oscuridad.
Pero entonces llegó la roja.
Más joven. Más hermosa.
Con raíces como tentáculos en la tierra,
absorbiendo la savia de la que era dueña.
La negra vio cómo todo giraba hacia ese brillo invasor,
y comprendió lo que negaba:
que ya no era la mejor.
Relegada a la sombra del jardín,
la negra, marchita y sin voz,
en el olvido sepultada quedó.
***
1. Jardín Carmesí
En el extremo este de la isla, donde los acantilados recibían los primeros y más violentos embates del Caribe, Eros había obrado un milagro. En un terreno que antes solo conocía el salitre y la roca estéril, ahora se extendía un manto vibrante de rosas rojas, tan densas y encendidas que parecían una herida abierta en la geografía de la isla.
Eros estaba acostumbrado a sembrar belleza en entornos hostiles y ruinosos. Para él, el caos de la guerra o la decrepitud de las ruinas no eran más que lienzos en blanco.
En medio de aquel jardín carmesí, Eros permanecía sentado sobre una roca pulida por el viento, con las piernas cruzadas en una postura de relajada superioridad. La Espada Ébano estaba clavada en la tierra a su costado, inmóvil, como si hubiera echado raíces; el ojo encarnado en la guarda estaba abierto. Eros evitaba mirarlo directamente, aunque sentía su presencia con una claridad incómoda, cual mano apoyada en la nuca.
— ¿Qué es lo que ves? —murmuró sin esperar respuesta.
El ojo en la guarda no parpadeó. Sin embargo, un fulgor cósmico y difuso sombreó la córnea por un instante; una marea de luces muertas que sugería que aquella pupila no lo miraba solo a él, sino que contenía el reflejo de mil universos extintos y realidades olvidadas.
Eros había blandido aquella hoja oscura con el orgullo de quien recibe una corona. Era suya; se lo habían dicho, se lo había repetido a sí mismo en un eco de autocomplacencia. Incluso los intrincados relieves de la guarda, cuyas filigranas de metal negro se curvaban imitando las espinas de un rosal silvestre, parecían un homenaje directo a su propia naturaleza, un guiño del destino que le hacía sentir la pieza como una extensión legítima de su cuerpo. Pero aún no se acostumbraba a la sensación de sentirse observado. No era el acecho pasivo de los Mnemophagos, esos espías de mirada vacía que pululaban por la isla. Aquello era distinto… más antiguo.
El ojo lo miraba a él, pero no como un vigía que registra, sino como un juez que evalúa. Y detrás de esa mirada —Eros lo sabía, aunque nadie se lo hubiera dicho— había una voluntad mayor. Un designio que le precedía y que lo sobreviviría.
¿Era él quien blandía la espada? ¿O la espada lo blandía a él?
La pregunta se había posado en su mente la primera noche que durmió con ella en sus aposentos, y no se había marchado. Cada vez que el ojo se abría y su pupila se contraía para clavarse en él, Eros sentía un vértigo helado; empezaba a sospechar con horror que después de haber recibido la espada en la Isla de la Reina Muerte, el objeto valioso de la colección era él mismo, y no la hoja.
—Veo a un hombre que cultiva, con esmero ciego, las rosas que habrán de cubrir su propia tumba.
La voz de Oleander de Piscis Negro emergió de entre los riscos, como si sus palabras hubieran sido escupidas por la propia roca estéril. Después, se deslizó hacia el jardín cual serpiente que avanza entre la hierba, acechando a su presa.
Eros exhaló un suspiro, pero no era un suspiro de cansancio, sino el de un actor que se sabe observado por un crítico demasiado torpe para entender la obra. Una risa fatigada, breve, casi un bufido, escapó de sus labios mientras pasaba una mano por su cabello albino.
—Por todos los dioses, Oleander —dijo, y su voz arrastraba un fastidio tan pulido que parecía ensayado—. ¿De verdad no tienes otro asunto que atender más que seguir mis pasos con esa obsesión enfermiza? ¿No habrá algún rincón del castillo que necesite tus dotes de rastreador, en lugar de perder el tiempo persiguiendo a quien no te ha hecho nada, salvo existir con más gracia que tú?
Se giró hacia Oleander, y la luz implacable de la tarde atravesó sus pupilas, aclarando el habitual azul zafiro de su mirada hasta conferirle el brillo traslúcido del cobalto.
—Dime, ¿acaso la Noche Eterna no te ha dado lo suficiente para que tengas que alimentarte de las migajas de mi presencia?
Oleander cerró los puños con tal violencia que el crujido de los guanteletes resonó en el aire. Pero se obligó a relajar la postura. En lugar de estallar, dejó escapar una risa seca, fingida, que sonó como el crujido de hojas muertas bajo una bota. Era una risa que no buscaba compartir el humor de Eros, sino ocultar una irritación que ya rayaba en lo asesino.
—He venido a despedirme, Eros —dijo Oleander, recuperando una falsa calma que resultaba más inquietante que su furia.
—¿Te vas? ——preguntó Eros, cambiando la postura sobre la roca para apoyar el mentón en la palma de su mano con elegancia perezosa.
—Te vas tú —sentenció Oleander—. Hablaré con Lord Sinister —continuó, y cada palabra caía pesada como el plomo—. Le contaré todo acerca de la usurpación de Remo, la manipulación de Rómulo y de tu complicidad en todo esto. Pero no me malinterpretes, Eros; a la Noche Eterna no le importa el destino de Rómulo ni la integridad de su alma, pero le importa la soberanía. Remo ha reescrito la mente de su hermano para meterlo a la fuerza en nuestras filas, convirtiéndolo en un miembro de esta sagrada congregación por puro capricho personal y sin la autorización del Gran Maestro.
Eros parpadeó, procesando las palabras, pero antes de que pudiera replicar o burlarse de lo que consideraba una soberana torpeza marcial, Oleander dio un paso hacia él, acortando la distancia. Su sombra se alargó sobre las rosas rojas como una mancha de aceite.
—Actuar de forma unilateral, decidiendo quién es digno de servir a la oscuridad sin consultar a Lord Sinister, es un desafío a su autoridad. Y te advierto que el Gran Maestro no conoce la palabra piedad para aquellos que intentan jugar a ser dioses dentro de su propia fortaleza.
Eros no palideció, al contrario, echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada elegante, sonora, que pareció vibrar en sintonía con las rosas rojas. Se incorporó por fin, limpiando una lágrima imaginaria de la comisura de su ojo.
—¿De verdad, Oleander? —Eros lo miró con una lástima genuina, casi paternal—. ¿Acaso no recuerdas la lección que tú mismo me compartiste sobre los Mnemophagos cuando puse un pie en esta isla?
Eros caminó un par de pasos, señalando con un gesto perezoso las sombras que palpitaban entre las rocas del acantilado.
—Los Mnemophagos son los ojos que la Noche Eterna usa como vigías. Son parásitos de la memoria, testigos silenciosos que informan de cada susurro y de cada traición. Lord Sinister lo sabe todo. Sabe que Remo nunca fue Rómulo, sabe que el hermano menor fue moldeado a la fuerza para encajar en sus planes... y lo más importante, Oleander... no le importa.
Eros se acercó a Oleander, bajando la voz hasta convertirla en un secreto venenoso que eclipsó el aroma de las flores.
—En el mundo de Lord Sinister, el resultado justifica el horror. Remo pasó de ser un simple suplente despreciado en las sombras del Santuario a convertirse en una pieza clave para nuestra causa. Y no solo eso, ha logrado integrar a un pilar de la orden dorada como Rómulo en nuestras filas. Que haya sido contra su voluntad es un detalle técnico que Lord Sinister encuentra, si acaso, divertido.
Se detuvo a un palmo de distancia, dejando que cada palabra cayera sobre Oleander como gota de ácido.
—Para el Gran Maestro, Remo ha entregado un trofeo de guerra viviente, una fuerza de la naturaleza ahora atada a nosotros. Tus quejas sobre protocolos y autorizaciones no son justicia; son solo el llanto de un perro viejo que no entiende que el amo ha aceptado al nuevo lobo porque este trae presas más grandes a la mesa.
La compostura de Oleander, ya de por sí frágil, se quebró como vidrio bajo presión. Su rostro, que había mantenido la máscara de calma durante todo el intercambio, se contrajo en una mueca de furia apenas contenida. Los músculos de su mandíbula se tensaron hasta que los dientes rechinaron audiblemente.
—No descansaré —escupió Oleander, y su voz perdió toda pretensión de control, convirtiéndose en un gruñido ronco que parecía raspar la garganta al salir—. No descansaré, Eros, hasta sacarte de la Noche Eterna. Te arrancaré de este lugar como se arranca la maleza de un jardín bien cuidado. No me importa cuánto tiempo me tome, no me importa qué alianzas tenga que forjar ni qué secretos tenga que desentrañar. Te lo juro por la noche misma, que lo haré.
Su pecho subía y bajaba con respiraciones irregulares, como si cada palabra le arrancara un pedazo de cordura que ya no podía recuperar. El odio que emanaba de él era casi palpable, una corriente oscura que vibró en el aire entre ambos.
Pero Eros no retrocedió ni un centímetro, al contrario, su sonrisa se amplió, adquiriendo una cualidad casi beatífica, como si las amenazas de Oleander fueran un cumplido que acariciara su vanidad en lugar de una promesa de destrucción. Inclinó la cabeza levemente hacia un lado, estudiando al Santo Negro con la misma atención condescendiente con la que un coleccionista examina un insecto disecado en su gabinete de curiosidades.
—Oleander —dijo Eros con una dulzura envenenada, cada palabra pronunciada con la precisión de un escalpelo cortando carne—, has desperdiciado tu energía en el enemigo equivocado. En lugar de intentar ponerme trabas, deberías comenzar a adularme. Ahora. Mientras aún puedas hacerlo con algo de dignidad.
Se acercó un paso más, eliminando el último vestigio de distancia entre ellos, hasta que sus ojos cobalto quedaron a la misma altura que los de Oleander, reflejando el jardín carmesí como espejos ensangrentados.
—Porque cuando la Noche Eterna finalmente se imponga sobre el Santuario —continuó, y su voz descendió hasta convertirse en un susurro íntimo que prometía horrores con la delicadeza de una caricia—, yo no estaré entre los caídos, ni mendigando las sobras de una victoria ajena. No seré un simple Santo de Oro corrompido, ni un traidor de segunda categoría. Estaré donde la verdadera belleza merece estar: en el pináculo de la nueva era. Gobernaré un Santuario renacido, libre de la hipocresía dorada que hoy lo asfixia, donde cada rincón reflejará el orden perfecto que yo mismo habré cultivado.
Eros extendió una mano, acariciando con dos dedos el borde de la armadura oscura de Oleander, semejante a estar evaluando la calidad de un tejido particularmente mediocre.
—Y tú, querido Oleander —añadió con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—, estarás exactamente donde mereces estar. De rodillas, limpiando la suciedad de mis botas con esa lengua descontrolada que tanto te gusta usar para escupir amenazas vacías. No una vez, no como castigo temporal, sino por toda la eternidad. Cada amanecer de esa nueva era, te despertarás sabiendo que tu propósito es el de una gualdrapa con conciencia.
Eros se apartó entonces, dándole la espalda a Oleander con un desprecio tan absoluto que era casi físico; el Santo Negro ya no merecía ni el esfuerzo de sostenerle la mirada.
—Así que adelante —dijo por encima del hombro, regresando con pasos lentos hacia la roca donde había estado sentado—. Ve con Lord Sinister. Cuenta tus cuentos sobre usurpaciones y protocolos violados. Llora tu justicia y tu lealtad mal entendida. Y cuando regreses con las manos vacías y el orgullo aún más herido de lo que ya está, recuerda que tuviste la oportunidad de elegir el lado correcto. Y la desperdiciaste porque tu envidia te cegó más que cualquier otra cosa en esta isla.
Eros se sentó de nuevo sobre la roca, cruzando las piernas con la misma elegancia perezosa de antes, como si la conversación no hubiera sido más que un entretenimiento pasajero, una distracción menor en su contemplación de las rosas rojas.
—Ahora vete —ordenó sin mirarlo—. Arruinas la estética de mi jardín.
2. Las Sombras de la Rosa
La parroquia se alzaba sobre el risco como un diente roto de piedra coralina, el cascarón abandonado de una fe que pretendió reclamar estas tierras para su Dios y que la isla ya había comenzado a devorar. El salitre del Caribe había sido más implacable que cualquier doctrina, devorando la cal de los muros hasta dejar al descubierto la estructura porosa de la mampostería, que bajo la luz grisácea de un cielo parcialmente encapotado parecía estar hecha de hueso seco.
En el interior, el silencio era absoluto, roto solo por el siseo de la vegetación tropical que ya empezaba a quebrar el suelo de ladrillo cocido. No había oro, ni mármol, ni la opulencia que otros tantos veneraban; solo santos de madera de caoba con los ojos carcomidos por las termitas y manos rotas que señalaban al vacío. Lord Sinister no le prestaba atención a este lugar, y esa era precisamente la razón por la que Oleander lo había elegido.
Oleander de Piscis Negro permanecía inmóvil frente al altar despojado, cual sombra que el tiempo hubiera olvidado petrificar entre aquellas ruinas. Sus dedos rozaban el pétalo de una rosa negra mientras observaba el polvo bailar en el aire estancado, con la mirada de quien ha visto a aldeas enteras morir bajo el polen y sabe que, en esa isla, la única divinidad que realmente responde es la Noche Eterna.
Afuera, agazapada entre las grietas de la fachada coralina, una silueta deforme vigilaba el quicio de la entrada. Era un Mnemophago, uno de los tantos que Lord Sinister esparcía por la isla como soplones silenciosos. Su cuerpo menudo se mimetizaba con la aspereza de la piedra, pero su único y enorme ojo, desorbitado y sediento de secretos ajenos, parpadeaba con una fijeza perturbadora hacia el interior del templo.
La profanación visual, sin embargo, no tardó en verse interrumpida. Comenzó con un rumor lejano, un batir de alas pesado y constante que se mezclaba con el rugido del mar contra el acantilado. Luego llegaron los primeros graznidos: notas secas y ásperas que anegaron el entorno de la parroquia. Aquel espacio sagrado, despojado de sus fieles y entregado a la ruina, poseía una atmósfera dual y perturbadora: el eco de las viejas oraciones parecía flotar todavía en el aire, pero corrompido por un misticismo sombrío, una devoción que mutó en espanto cuando los cuervos reclamaron sus cielos.
Uno a uno, los cuervos empezaron a reclamar el lugar. Las primeras siluetas oscuras se posaron en la cruz torcida de la espadaña; después, docenas de ellas colonizaron los bordes del tejado derruido, las ramas esqueléticas de los árboles circundantes y los salientes de la piedra coralina. En pocos minutos, el paisaje alrededor de la iglesia quedó sepultado bajo un manto de plumas negras y estáticas. No se movían; solo observaban con ojos inteligentes y fijos, rodeando al intruso en un cerco silencioso y opresivo que devoraba la poca luz de la tarde.
El Mnemophago interrumpió su escrutinio, balanceando el cuerpo con evidente nerviosismo mientras su enorme globo ocular giraba de un lado a otro, registrando la marea negra que lo cercaba.
Entonces, la masa estática de las alturas se agitó. No descendieron todos; la mayoría permaneció en sus puestos como centinelas mudos, pero un puñado de aves se desprendió de la espadaña en ruinas y cayó sobre la criatura como una mortaja viviente. Con una saña casi depredadora, este selecto grupo se lanzó en picado directamente hacia su gran ojo, buscando cegar al espía a golpe de pico.
El Mnemophago emitió un chillido ahogado y agudo, contrayendo su cuerpo semiesférico en un intento desesperado por cubrir su único órgano vital con una maraña de tentáculos agitados. Perdiendo por completo su estabilidad en el aire, la criatura comenzó a flotar a la deriva en una huida errática y torpe mientras tres o cuatro cuervos particularmente tercos lo perseguían de cerca, propinándole picotazos implacables en el tejido blando y obligándolo a replegar sus apéndices hasta que se perdió, flotando a ras de suelo, entre los matorrales del acantilado.
Los alrededores quedaban ciegos; la reunión que allí tendría lugar permanecería en el más absoluto secreto, libre de la mirada y los oídos del Gran Maestro. Mientras que, en el interior de la capilla, Oleander aguardaba. Sabía que el descenso de las aves anunciaba la llegada de sus hombres.
Y tal como supuso, los cuervos precedieron el arribo de cinco sombras que, con más gravedad que ceremonia, pronto hicieron notar su presencia en la penumbra.
El primero en manifestarse lo hizo desde las alturas. De las vigas casi vencidas del techo, allí donde la madera podrida crujía bajo un peso que no pertenecía a las aves, brotó una risa baja y torcida. Mordecai estaba agazapado en el armazón del templo, con las extremidades encogidas como un depredador nocturno, observando el vacío de la nave central con sus ojos fijos bien abiertos antes de dejarse caer hacia el suelo de piedra.
El eco del descenso de Mordecai ni siquiera se había apagado cuando un golpeteo rítmico, seco e impaciente, resonó en un flanco. Sentada sobre un banco de coro, Locusta tamborileaba los dedos contra la madera; un gesto ocioso que recordaba que el veneno en sus uñas era tan fulminante como el de una mamba negra. La luz de una aspillera recortó su silueta, femenina pero endurecida por el rigor marcial. De facciones severas y cruzadas por cicatrices de batalla.
El sonido del tamborileo fue sepultado por un estrépito violento en el portal principal. Alighieri cruzó el umbral arrastrando un par de cadenas oscuras que siseaban contra la piedra; en su extremo, dos pesadas bolas de pinchos negros que dejaban surcos en el polvo. Justo a su espalda, Sadatoni hizo su aparición con un andar pausado, dando ligeras palmaditas a los discos negros que cargaba a los costados, un eco sordo que acompasaba el avance de ambos guerreros hacia el centro del recinto.
Un crujido violento en las alturas interrumpió el avance. El techo cedió y Basilius cayó con la fuerza de un meteorito a través de un boquete, plantándose con un impacto sordo justo en el centro del grupo. En el juego de luces y sombras de la capilla, su cabello caía en densas rastas que semejaban serpientes inquietas alrededor de su rostro. Sin inmutarse por el polvo que flotaba a su alrededor, acomodó el brazo derecho, donde descansaba un imponente escudo en cuyo relieve cobraba vida la mirada maldita de la Gorgona Medusa.
Oleander no se giró al instante; no necesitaba hacerlo. Sabía que, a sus espaldas, las cinco sombras ya guardaban una formación impecable. Eran hombres que obedecían a una fe ajena a las imágenes sacras y desgastadas de aquel recinto; una devoción proscrita, forjada no en los altares, sino en la lealtad de un nido tejido con espinas de rosal.
Basilius dio un paso al frente, haciendo que el metal de su protección resonara contra el suelo irregular de la parroquia. Aquella armadura, una réplica exacta en diseño a la vestidura de plata de Perseo, se ceñía a su cuerpo como una coraza de obsidiana que hacía resaltar la fijeza serpentina de sus ojos esmeralda; una mirada que parecía guardar el mismo destello latente con el que la Gorgona de su escudo despierta en el fragor del combate.
—Basilius de Perseo Negro —se anunció con una voz que carecía de cualquier inflexión emocional—. Al igual que los otros, he atendido tu llamado, Oleander. Dinos —prosiguió, mientras el resto del grupo aguardaba en un silencio sepulcral—, ¿qué es lo que necesitas de nosotros?
Oleander se giró lentamente, exponiendo sus facciones a la luz cenicienta. En la quietud de su rostro, antes imperturbable, comenzaba a dibujarse la sombra de una intención asesina que las ruinas de la parroquia ya no alcanzaban a contener.
—No daré rodeos —sentenció Oleander, y su voz recorrió las paredes de piedra coralina como un susurro cargado de ponzoña—. Necesito deshacerme de un estorbo que amenaza nuestra causa.
Ávida de carne en la cual clavar sus garras impregnadas de veneno, Locusta de Ofiuco Negro intervino con la misma ferocidad que dictaba su naturaleza.
—Tan solo necesitamos un nombre —dijo ella. Al hacerlo, hincó las uñas en la madera carcomida de un banco cercano y las arrastró hacia abajo en un rasguño lento y violento, desprendiendo astillas—. Yo misma me encargaré de extinguir su vida; hundiré mi veneno en su cuello hasta que la sangre se le pudra en las venas.
Su cabello azabache, recogido en una trenza que golpeaba su espalda al moverse, acentuaba la severidad de sus rasgos. En ese momento, no era una mujer; era el veneno mismo cobrando forma humana, esperando la orden para ser inyectado.
Oleander sostuvo el pétalo de la rosa negra entre sus dedos, ejerciendo la presión justa para que la savia oscura comenzara a manchar sus dedos.
—Exijo el corazón de Eros de Piscis arrancado de su propio pecho —sentenció, dejando que el nombre del Santo de Oro flotara en el aire como una sentencia de muerte.
Un silencio fúnebre cayó sobre el grupo, quebrando de golpe la arrogancia de sus posturas. A pesar de ser asesinos implacables, la revelación provocó un estremecimiento visible entre ellos. Eros no era un objetivo cualquiera; era el hombre cuya posición como heredero de la Noche Eterna parecía, hasta ese instante, indiscutible.
Fue Alighieri de Cerbero Negro quien rompió la tensión. El sonido de sus cadenas cesó por completo cuando dio un paso al frente, fijando sus ojos en Oleander. No era un acto de rebeldía, sino la duda pragmática del soldado que conoce el peso de la traición.
—Somos tus sombras más fieles, Oleander —dijo Alighieri, con una voz profunda que resonó en la piedra del templo—. Tus mercenarios más efectivos. Si ordenas que un hombre muera, su vida se extingue sin que medie una segunda palabra.
—No esperaba menos de ustedes.
—Cumpliremos tus órdenes, no lo dudes —continuó Cerbero Negro—, pero esta vez necesitamos una razón. ¿Por qué es necesario acabar con aquel que todos señalan como el legítimo heredero de la Noche Eterna?
Oleander cerró el puño con una violencia repentina, aplastando la rosa negra hasta que sus jugos oscuros chorrearon entre sus dedos como sangre espesa. Con un rugido de furia contenida, arrojó los restos marchitos contra una descolorida talla de San Nicolás de Bari; el impacto dejó una mancha negra sobre el pecho de la madera, que parecía observar la escena con una piedad inútil.
—¡Ese malnacido no es heredero de nada! —rugió Oleander. Su voz restalló contra las alturas del templo y ahuyentó a una bandada de cuervos que anidaba en las vigas carcomidas. Las aves alzaron el vuelo en una estampida de graznidos y alas negras, perdiéndose a través de las grietas del techo.
Se volvió hacia sus subordinados con la mirada sanguinaria de un depredador acorralado, cuyos instintos han sido espoleados por el desprecio y la provocación.
—Él y Remo han irrumpido en la Noche Eterna como maleza invasora, y como tal, deben ser segados antes de que terminen por secar nuestra tierra. La Noche Eterna es una congregación de Santos Negros elegidos por la voluntad misma de la oscuridad, no un nido de alimañas que cambian de bando con la misma facilidad con la que el viento cambia de dirección.
Oleander dio un paso hacia Alighieri, reduciendo la distancia hasta que el Santo de Cerbero pudo sentir el olor a flores muertas que emanaba de su señor.
—Yo mismo he sido testigo de lo que ese hombre es capaz. Remo de Géminis puede reescribir la mente de un guerrero con solo levantar un dedo. Lo hizo con su propio hermano, fragmentando su voluntad y ordenándola a su conveniencia. Rómulo no es un traidor por elección; es una marioneta con los hilos cosidos dentro del cráneo.
El silencio que siguió fue denso y opresivo. Oleander paseó la mirada por los cinco rostros, sembrando una semilla de duda que era más letal que sus propias rosas.
—¿Qué nos asegura que no haya más gente en nuestra congregación cuya mente ya haya sido reescrita, obedeciendo a la voluntad de Remo sin saberlo? —preguntó en un susurro que caló más hondo que su grito anterior—. Incluso el propio Lord Sinister podría estar siendo manipulado en este momento, convertido en una sombra de sí mismo por el capricho de ese hombre.
Basilius apretó el agarre de su escudo, mientras Locusta retraía sus garras, procesando la magnitud de la paranoia que Oleander acababa de desatar. Si el Gran Maestro era vulnerable, nadie en la Noche Eterna estaba a salvo de ser un infiltrado en su propio cuerpo.
—Si el peligro real radica en la reescritura mental de Remo... —dijo Alighieri. No se dejó arrastrar de inmediato por la marea de desconfianza. Ya estaba calculando los riesgos en un tablero de guerra—, si él es la mano que mueve los hilos y el que puede corromper nuestras voluntades con un parpadeo, la lógica dicta que él debe ser el primer objetivo. ¿Por qué ir entonces tras la cabeza de Eros? ¿Por qué arriesgarnos con el Santo de Piscis mientras el verdadero peligro anda por ahí comprometiendo mentes?
Un destello de pura fijeza asesina cruzó los ojos negros de Oleander. Sostuvo el silencio durante unos segundos, dejando que la presión de su cosmos dictara quién mandaba en aquella parroquia en ruinas. Era el silencio de quien se sabe descubierto; Alighieri había apuntado directo a la llaga de su resentimiento personal, exponiendo que la cacería contra el Santo de Piscis no nacía de una estrategia militar, sino de una envidia que le corroía las entrañas. Pero Oleander jamás reconocería ante sus hombres que sus hilos eran movidos por el despecho. Necesitaba un enemigo público, una amenaza lo suficientemente sagrada para disfrazar su obsesión.
—Porque me place que ese sea el orden —respondió, y su voz descendió a un tono tan cortante que pareció barrer el polvo en el aire—. Pero si tu pragmatismo necesita algo más que mi voluntad, Alighieri, entiende esto: Eros no es un ápice menos peligroso que Remo. Y la razón está clavada a su costado en el jardín carmesí.
El Santo Negro dio un paso hacia el altar, señalando vagamente hacia el este, en dirección a los acantilados.
—La Espada Ébano... —continuó, y su tono adquirió una gravedad litúrgica—. Esa hoja no es un simple trofeo. Esconde una voluntad antigua y oscura, una fuerza tan densa que oprime el pecho con el solo hecho de aproximarse. Es un arma sagrada, forjada por y para la Noche Eterna. No podemos permitir, bajo ninguna circunstancia, que un Santo de Oro blanda un poder que por derecho de sangre nos pertenece a nosotros.
Oleander barrió al grupo con una mirada inquisitiva, desafiando a cualquiera a replicar.
—Eros busca consolidar su posición usando nuestra propia oscuridad como peldaño. Si dejamos que despierte por completo el poder de la Espada Ébano, no habrá ejército ni rebelión capaz de moverlo de la cima. Se siega primero al soberbio antes de que aprenda a usar sus garras. ¿Queda claro ahora, Cerbero?
—Todo claro —respondió Alighieri, inclinando levemente la cabeza en señal de aceptación.
—Y tú, Mordecai... —Oleander desvió la mirada hacia Cuervo Negro, y añadió—: Ya sabes lo que tienes que hacer.
Como los cuervos que anidaban en las vigas, Mordecai poseía esa astucia retorcida que entendía la atracción por las joyas ajenas y los objetos deslumbrantes. Por eso supo, en ese mismo instante, que Oleander no solo quería el cadáver de Piscis; codiciaba el brillo maldito de la espada, y él sería el encargado de llevársela.
Y tras esas palabras, las cinco sombras se desvanecieron como pétalos negros arrancados por el viento. Dejaban atrás una parroquia maldita y a un líder consumido por los celos, una rosa negra que desde su rincón oscuro esperaría, ansiosa, a que le fuera entregado el corazón de su rival, servido en una bandeja de plata.
***
En el jardín de la Noche Eterna,
dos rosas se disputaban la misma savia.
Una roja como la sangre derramada,
orgullosa de su herencia inmortalizada.
Una negra como el odio que en las grietas germina,
convencida de que la oscuridad legítima
solo un único color admite en su doctrina.
No había espacio para ambas en el mismo jardín.
Una de ellas tendría que morir;
morir en la sombra, marchita y deshecha,
mientras la otra, victoriosa en la brecha,
florecería triunfante sobre su sangre seca.
***