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Saint Seiya Edad Oscura I: TERCERA GUERRA NEGRA

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93 respuestas a este tema

#61 Rexomega

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Publicado 26 May 2026 - 15:07 pm

Saludos

 

Aquí estoy con unos comentarios sobre el Capítulo 15: Vida y Muerte.

 

¡Vuelven las tres partes! Poco que decir de la primera salvo que me pareció muy simpática la escena. Extraña, no es la clase de tarea en que uno imagina a los santos de oro, pero divertida. ¡Yo mismo temí que los hubiese visto! 

 

Y así fue.

 

La segunda es una prolongación de lo que yo estamos yendo. Los peces no se tienen mucha estima y algo me dice que uno acabará matando al otro. Saca a relucir lo evidente: Ser longevo no te vuelve inmortal de verdad, Eros, de hecho eres menos inmortal que Muzan (referencia obligada a Kimetsu no Yaiba), con la salvedad de que tú sí puedes pillar un bronceado. Si quisieras.

 

El corazón del texto está en la tercera, que corrige un pequeño defecto que le veía a la primera. Me gustan las historias de detectives y valoro la emoción de desentrañar un misterio, al tiempo que me planteo la gran duda: una vez desentrañado, ¿vale la pena dedicar mucho tiempo a cómo los otros lo investigan? Pero claro, que Remo sea el hermano malo de esta historia no es el único secreto, hay más. Este Keriot, como ya nos tienes acostumbrados, no es lo que parece. Justo estaba por expresarlo con humor (Primero: No, el oro no vale nada; Tres doritos después: ¡El oro me hace digno!) y de repente se lo echa en cara... ¿Lionel? Sé que es un rebelde incorregible, pero se me hizo tan raro verlo a él de impulsivo y a Lysander de comedido, quizá porque espero de él que meta la pata. En cualquier caso, hay miradas que matan y esa que cierra el capítulo desde luego que lo es. Siento una gran curiosidad. 

 

Como apunte, admito que al leer Porfirión como título de la tercera parte pensé en el gigante de la mitología. No te mentiré, aunque intensa toda la parte del pastor, no pude evitar decepcionarme un poco. 


Editado por Rexomega, 26 May 2026 - 15:08 pm.

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#62 Cástor_G

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Publicado 26 May 2026 - 18:44 pm

Saludos   Aquí estoy con unos comentarios sobre el Capítulo 15: Vida y Muerte.   ¡Vuelven las tres partes! Poco que decir de la primera salvo que me pareció muy simpática la escena. Extrañ[...]

 

Hola!

 

-Esta escena se me ocurrió después de que ya había revelado a Remo como traidor. Siento que encajaba más antes (inmediatamente después de la reunión de los 5 Invencibles en el Synedrion donde compartieron sus sospechas sobre diferentes santos de oro), y la daba por perdida, hasta que finalmente encontré un hueco donde podría encajar. Justo aquí, donde se aprecia la diferencia entre la filosofía del Santuario y la de la Noche Eterna respecto a la vida y la muerte.

 

-Solo puedo decir que la tensión entre ambos en algún momento va a estallar juju. En este tercer arco conoceremos un poco más de Oleander.

 

-Las actitudes de Lionel y Lysander en este capítulo si tienen un por qué, que quizá no pude plasmar del todo. Aunque con Eros, Lysander tuvo razón al sospechar de él, realmente era porque la actitud de Eros chocaba mucho con la suya, no porque realmente fuera muy intuitivo. En este aspecto lo es más Lionel. Nadie ve en Keriot más allá de lo qe aparecenta, que es un santo sereno y buen samaritano, no es vanidoso ni venenoso como Eros o Denon, por eso Lysander se siente incómodo espiándolo. A Lionel le vale gorro xD, si algo le sobra es imprudencia.

 

-Después de decidir que el anciano era un pastor, empecé a buscar nombres griegos, y me topé con Porphyrion. A pesar de que es un nombre con mucho peso, decidí usarlo por una razón. Así se llamaba mi abuelo! (bueno, su variante Porfirio), el cual fue entre otras cosas, pastor. Un pequeño homenaje personal. De ehcho en ese instante me enteré que su nombre provenía de ahí, nunca había escuchado sobre ese gigante de la mitología.

 

-Saludos y gracias por leer!

 

Aprovecharé el espacio para no duplicar tantos post, y colocar algunos artes descartados para portada del capítulo 14 jeje.

 

-Los frescos en la cúpula del teatro:

Cupula-Odeon.png

 

-El Chronostello:

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Capítulo 23. MNEMOPHAGOS
(Pincha AQUI para Leer)

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#63 ALFREDO

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Publicado 29 May 2026 - 16:58 pm

Hola Castor

Buen capítulo. Me gustó ver a Lionel de Leo, porque aporta un poco de humor y personalidad al grupo.

Lo más fuerte fue Scar: está tan destruido por su derrota que prefiere morir antes que aceptar ayuda.

Y al final, la conversación entre Feanor y Rómulo sigue aumentando la desconfianza dentro del Santuario. Cada vez parece más claro que el verdadero peligro no está solo afuera.

 


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#64 Cástor_G

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Publicado 30 May 2026 - 00:25 am

  Hola Castor Buen capítulo. Me gustó ver a Lionel de Leo, porque aporta un poco de humor y personalidad al grupo. Lo más fuerte fue Scar: está tan destruido por su derrota que prefier[...]

 

Wena!

 

Lionel es quizá el Santo más relajado de mi historia jeje. De Scar no será lo último que veamos, y lo de Rómulo apenas empieza juju

 

Saludos y gracias por leer!



Capítulo 23. MNEMOPHAGOS
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#65 Cástor_G

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Publicado 31 May 2026 - 00:37 am

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Capítulo 16:

LA ROSA NEGRA

***

En el jardín de la Noche Eterna,

una rosa negra había reinado sin rival.

Años de raíces hondas,

convencida de que la única belleza era su oscuridad.

Pero entonces llegó la roja.

Más joven. Más hermosa.

Con raíces como tentáculos en la tierra,

absorbiendo la savia de la que era dueña.

La negra vio cómo todo giraba hacia ese brillo invasor,

y comprendió lo que negaba:

que ya no era la mejor.

Relegada a la sombra del jardín,

la negra, marchita y sin voz,

en el olvido sepultada quedó.

***

 

1. Jardín Carmesí

En el extremo este de la isla, donde los acantilados recibían los primeros y más violentos embates del Caribe, Eros había obrado un milagro. En un terreno que antes solo conocía el salitre y la roca estéril, ahora se extendía un manto vibrante de rosas rojas, tan densas y encendidas que parecían una herida abierta en la geografía de la isla.

Eros estaba acostumbrado a sembrar belleza en entornos hostiles y ruinosos. Para él, el caos de la guerra o la decrepitud de las ruinas no eran más que lienzos en blanco.

En medio de aquel jardín carmesí, Eros permanecía sentado sobre una roca pulida por el viento, con las piernas cruzadas en una postura de relajada superioridad. La Espada Ébano estaba clavada en la tierra a su costado, inmóvil, como si hubiera echado raíces; el ojo encarnado en la guarda estaba abierto. Eros evitaba mirarlo directamente, aunque sentía su presencia con una claridad incómoda, cual mano apoyada en la nuca.

— ¿Qué es lo que ves? —murmuró sin esperar respuesta.

El ojo en la guarda no parpadeó. Sin embargo, un fulgor cósmico y difuso sombreó la córnea por un instante; una marea de luces muertas que sugería que aquella pupila no lo miraba solo a él, sino que contenía el reflejo de mil universos extintos y realidades olvidadas.

Eros había blandido aquella hoja oscura con el orgullo de quien recibe una corona. Era suya; se lo habían dicho, se lo había repetido a sí mismo en un eco de autocomplacencia. Incluso los intrincados relieves de la guarda, cuyas filigranas de metal negro se curvaban imitando las espinas de un rosal silvestre, parecían un homenaje directo a su propia naturaleza, un guiño del destino que le hacía sentir la pieza como una extensión legítima de su cuerpo. Pero aún no se acostumbraba a la sensación de sentirse observado. No era el acecho pasivo de los Mnemophagos, esos espías de mirada vacía que pululaban por la isla. Aquello era distinto… más antiguo.

El ojo lo miraba a él, pero no como un vigía que registra, sino como un juez que evalúa. Y detrás de esa mirada —Eros lo sabía, aunque nadie se lo hubiera dicho— había una voluntad mayor. Un designio que le precedía y que lo sobreviviría.

¿Era él quien blandía la espada? ¿O la espada lo blandía a él?

La pregunta se había posado en su mente la primera noche que durmió con ella en sus aposentos, y no se había marchado. Cada vez que el ojo se abría y su pupila se contraía para clavarse en él, Eros sentía un vértigo helado; empezaba a sospechar con horror que después de haber recibido la espada en la Isla de la Reina Muerte, el objeto valioso de la colección era él mismo, y no la hoja.

—Veo a un hombre que cultiva, con esmero ciego, las rosas que habrán de cubrir su propia tumba.

La voz de Oleander de Piscis Negro emergió de entre los riscos, como si sus palabras hubieran sido escupidas por la propia roca estéril. Después, se deslizó hacia el jardín cual serpiente que avanza entre la hierba, acechando a su presa.

Eros exhaló un suspiro, pero no era un suspiro de cansancio, sino el de un actor que se sabe observado por un crítico demasiado torpe para entender la obra. Una risa fatigada, breve, casi un bufido, escapó de sus labios mientras pasaba una mano por su cabello albino.

—Por todos los dioses, Oleander —dijo, y su voz arrastraba un fastidio tan pulido que parecía ensayado—. ¿De verdad no tienes otro asunto que atender más que seguir mis pasos con esa obsesión enfermiza? ¿No habrá algún rincón del castillo que necesite tus dotes de rastreador, en lugar de perder el tiempo persiguiendo a quien no te ha hecho nada, salvo existir con más gracia que tú?

Se giró hacia Oleander, y la luz implacable de la tarde atravesó sus pupilas, aclarando el habitual azul zafiro de su mirada hasta conferirle el brillo traslúcido del cobalto.

—Dime, ¿acaso la Noche Eterna no te ha dado lo suficiente para que tengas que alimentarte de las migajas de mi presencia?

Oleander cerró los puños con tal violencia que el crujido de los guanteletes resonó en el aire. Pero se obligó a relajar la postura. En lugar de estallar, dejó escapar una risa seca, fingida, que sonó como el crujido de hojas muertas bajo una bota. Era una risa que no buscaba compartir el humor de Eros, sino ocultar una irritación que ya rayaba en lo asesino.

—He venido a despedirme, Eros —dijo Oleander, recuperando una falsa calma que resultaba más inquietante que su furia.

—¿Te vas? ——preguntó Eros, cambiando la postura sobre la roca para apoyar el mentón en la palma de su mano con elegancia perezosa.

—Te vas tú —sentenció Oleander—. Hablaré con Lord Sinister —continuó, y cada palabra caía pesada como el plomo—. Le contaré todo acerca de la usurpación de Remo, la manipulación de Rómulo y de tu complicidad en todo esto. Pero no me malinterpretes, Eros; a la Noche Eterna no le importa el destino de Rómulo ni la integridad de su alma, pero le importa la soberanía. Remo ha reescrito la mente de su hermano para meterlo a la fuerza en nuestras filas, convirtiéndolo en un miembro de esta sagrada congregación por puro capricho personal y sin la autorización del Gran Maestro.

Eros parpadeó, procesando las palabras, pero antes de que pudiera replicar o burlarse de lo que consideraba una soberana torpeza marcial, Oleander dio un paso hacia él, acortando la distancia. Su sombra se alargó sobre las rosas rojas como una mancha de aceite.

—Actuar de forma unilateral, decidiendo quién es digno de servir a la oscuridad sin consultar a Lord Sinister, es un desafío a su autoridad. Y te advierto que el Gran Maestro no conoce la palabra piedad para aquellos que intentan jugar a ser dioses dentro de su propia fortaleza.

Eros no palideció, al contrario, echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada elegante, sonora, que pareció vibrar en sintonía con las rosas rojas. Se incorporó por fin, limpiando una lágrima imaginaria de la comisura de su ojo.

—¿De verdad, Oleander? —Eros lo miró con una lástima genuina, casi paternal—. ¿Acaso no recuerdas la lección que tú mismo me compartiste sobre los Mnemophagos cuando puse un pie en esta isla?

Eros caminó un par de pasos, señalando con un gesto perezoso las sombras que palpitaban entre las rocas del acantilado.

—Los Mnemophagos son los ojos que la Noche Eterna usa como vigías. Son parásitos de la memoria, testigos silenciosos que informan de cada susurro y de cada traición. Lord Sinister lo sabe todo. Sabe que Remo nunca fue Rómulo, sabe que el hermano menor fue moldeado a la fuerza para encajar en sus planes... y lo más importante, Oleander... no le importa.

Eros se acercó a Oleander, bajando la voz hasta convertirla en un secreto venenoso que eclipsó el aroma de las flores.

—En el mundo de Lord Sinister, el resultado justifica el horror. Remo pasó de ser un simple suplente despreciado en las sombras del Santuario a convertirse en una pieza clave para nuestra causa. Y no solo eso, ha logrado integrar a un pilar de la orden dorada como Rómulo en nuestras filas. Que haya sido contra su voluntad es un detalle técnico que Lord Sinister encuentra, si acaso, divertido.

Se detuvo a un palmo de distancia, dejando que cada palabra cayera sobre Oleander como gota de ácido.

—Para el Gran Maestro, Remo ha entregado un trofeo de guerra viviente, una fuerza de la naturaleza ahora atada a nosotros. Tus quejas sobre protocolos y autorizaciones no son justicia; son solo el llanto de un perro viejo que no entiende que el amo ha aceptado al nuevo lobo porque este trae presas más grandes a la mesa.

La compostura de Oleander, ya de por sí frágil, se quebró como vidrio bajo presión. Su rostro, que había mantenido la máscara de calma durante todo el intercambio, se contrajo en una mueca de furia apenas contenida. Los músculos de su mandíbula se tensaron hasta que los dientes rechinaron audiblemente.

—No descansaré —escupió Oleander, y su voz perdió toda pretensión de control, convirtiéndose en un gruñido ronco que parecía raspar la garganta al salir—. No descansaré, Eros, hasta sacarte de la Noche Eterna. Te arrancaré de este lugar como se arranca la maleza de un jardín bien cuidado. No me importa cuánto tiempo me tome, no me importa qué alianzas tenga que forjar ni qué secretos tenga que desentrañar. Te lo juro por la noche misma, que lo haré.

Su pecho subía y bajaba con respiraciones irregulares, como si cada palabra le arrancara un pedazo de cordura que ya no podía recuperar. El odio que emanaba de él era casi palpable, una corriente oscura que vibró en el aire entre ambos.

Pero Eros no retrocedió ni un centímetro, al contrario, su sonrisa se amplió, adquiriendo una cualidad casi beatífica, como si las amenazas de Oleander fueran un cumplido que acariciara su vanidad en lugar de una promesa de destrucción. Inclinó la cabeza levemente hacia un lado, estudiando al Santo Negro con la misma atención condescendiente con la que un coleccionista examina un insecto disecado en su gabinete de curiosidades.

—Oleander —dijo Eros con una dulzura envenenada, cada palabra pronunciada con la precisión de un escalpelo cortando carne—, has desperdiciado tu energía en el enemigo equivocado. En lugar de intentar ponerme trabas, deberías comenzar a adularme. Ahora. Mientras aún puedas hacerlo con algo de dignidad.

Se acercó un paso más, eliminando el último vestigio de distancia entre ellos, hasta que sus ojos cobalto quedaron a la misma altura que los de Oleander, reflejando el jardín carmesí como espejos ensangrentados.

—Porque cuando la Noche Eterna finalmente se imponga sobre el Santuario —continuó, y su voz descendió hasta convertirse en un susurro íntimo que prometía horrores con la delicadeza de una caricia—, yo no estaré entre los caídos, ni mendigando las sobras de una victoria ajena. No seré un simple Santo de Oro corrompido, ni un traidor de segunda categoría. Estaré donde la verdadera belleza merece estar: en el pináculo de la nueva era. Gobernaré un Santuario renacido, libre de la hipocresía dorada que hoy lo asfixia, donde cada rincón reflejará el orden perfecto que yo mismo habré cultivado.

Eros extendió una mano, acariciando con dos dedos el borde de la armadura oscura de Oleander, semejante a estar evaluando la calidad de un tejido particularmente mediocre.

—Y tú, querido Oleander —añadió con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—, estarás exactamente donde mereces estar. De rodillas, limpiando la suciedad de mis botas con esa lengua descontrolada que tanto te gusta usar para escupir amenazas vacías. No una vez, no como castigo temporal, sino por toda la eternidad. Cada amanecer de esa nueva era, te despertarás sabiendo que tu propósito es el de una gualdrapa con conciencia.

Eros se apartó entonces, dándole la espalda a Oleander con un desprecio tan absoluto que era casi físico; el Santo Negro ya no merecía ni el esfuerzo de sostenerle la mirada.

—Así que adelante —dijo por encima del hombro, regresando con pasos lentos hacia la roca donde había estado sentado—. Ve con Lord Sinister. Cuenta tus cuentos sobre usurpaciones y protocolos violados. Llora tu justicia y tu lealtad mal entendida. Y cuando regreses con las manos vacías y el orgullo aún más herido de lo que ya está, recuerda que tuviste la oportunidad de elegir el lado correcto. Y la desperdiciaste porque tu envidia te cegó más que cualquier otra cosa en esta isla.

Eros se sentó de nuevo sobre la roca, cruzando las piernas con la misma elegancia perezosa de antes, como si la conversación no hubiera sido más que un entretenimiento pasajero, una distracción menor en su contemplación de las rosas rojas.

—Ahora vete —ordenó sin mirarlo—. Arruinas la estética de mi jardín.

 

2. Las Sombras de la Rosa

La parroquia se alzaba sobre el risco como un diente roto de piedra coralina, el cascarón abandonado de una fe que pretendió reclamar estas tierras para su Dios y que la isla ya había comenzado a devorar. El salitre del Caribe había sido más implacable que cualquier doctrina, devorando la cal de los muros hasta dejar al descubierto la estructura porosa de la mampostería, que bajo la luz grisácea de un cielo parcialmente encapotado parecía estar hecha de hueso seco.

En el interior, el silencio era absoluto, roto solo por el siseo de la vegetación tropical que ya empezaba a quebrar el suelo de ladrillo cocido. No había oro, ni mármol, ni la opulencia que otros tantos veneraban; solo santos de madera de caoba con los ojos carcomidos por las termitas y manos rotas que señalaban al vacío. Lord Sinister no le prestaba atención a este lugar, y esa era precisamente la razón por la que Oleander lo había elegido.

Oleander de Piscis Negro permanecía inmóvil frente al altar despojado, cual sombra que el tiempo hubiera olvidado petrificar entre aquellas ruinas. Sus dedos rozaban el pétalo de una rosa negra mientras observaba el polvo bailar en el aire estancado, con la mirada de quien ha visto a aldeas enteras morir bajo el polen y sabe que, en esa isla, la única divinidad que realmente responde es la Noche Eterna.

Afuera, agazapada entre las grietas de la fachada coralina, una silueta deforme vigilaba el quicio de la entrada. Era un Mnemophago, uno de los tantos que Lord Sinister esparcía por la isla como soplones silenciosos. Su cuerpo menudo se mimetizaba con la aspereza de la piedra, pero su único y enorme ojo, desorbitado y sediento de secretos ajenos, parpadeaba con una fijeza perturbadora hacia el interior del templo.

La profanación visual, sin embargo, no tardó en verse interrumpida. Comenzó con un rumor lejano, un batir de alas pesado y constante que se mezclaba con el rugido del mar contra el acantilado. Luego llegaron los primeros graznidos: notas secas y ásperas que anegaron el entorno de la parroquia. Aquel espacio sagrado, despojado de sus fieles y entregado a la ruina, poseía una atmósfera dual y perturbadora: el eco de las viejas oraciones parecía flotar todavía en el aire, pero corrompido por un misticismo sombrío, una devoción que mutó en espanto cuando los cuervos reclamaron sus cielos.

Uno a uno, los cuervos empezaron a reclamar el lugar. Las primeras siluetas oscuras se posaron en la cruz torcida de la espadaña; después, docenas de ellas colonizaron los bordes del tejado derruido, las ramas esqueléticas de los árboles circundantes y los salientes de la piedra coralina. En pocos minutos, el paisaje alrededor de la iglesia quedó sepultado bajo un manto de plumas negras y estáticas. No se movían; solo observaban con ojos inteligentes y fijos, rodeando al intruso en un cerco silencioso y opresivo que devoraba la poca luz de la tarde.

El Mnemophago interrumpió su escrutinio, balanceando el cuerpo con evidente nerviosismo mientras su enorme globo ocular giraba de un lado a otro, registrando la marea negra que lo cercaba.

Entonces, la masa estática de las alturas se agitó. No descendieron todos; la mayoría permaneció en sus puestos como centinelas mudos, pero un puñado de aves se desprendió de la espadaña en ruinas y cayó sobre la criatura como una mortaja viviente. Con una saña casi depredadora, este selecto grupo se lanzó en picado directamente hacia su gran ojo, buscando cegar al espía a golpe de pico.

El Mnemophago emitió un chillido ahogado y agudo, contrayendo su cuerpo semiesférico en un intento desesperado por cubrir su único órgano vital con una maraña de tentáculos agitados. Perdiendo por completo su estabilidad en el aire, la criatura comenzó a flotar a la deriva en una huida errática y torpe mientras tres o cuatro cuervos particularmente tercos lo perseguían de cerca, propinándole picotazos implacables en el tejido blando y obligándolo a replegar sus apéndices hasta que se perdió, flotando a ras de suelo, entre los matorrales del acantilado.

Los alrededores quedaban ciegos; la reunión que allí tendría lugar permanecería en el más absoluto secreto, libre de la mirada y los oídos del Gran Maestro. Mientras que, en el interior de la capilla, Oleander aguardaba. Sabía que el descenso de las aves anunciaba la llegada de sus hombres.

Y tal como supuso, los cuervos precedieron el arribo de cinco sombras que, con más gravedad que ceremonia, pronto hicieron notar su presencia en la penumbra.

El primero en manifestarse lo hizo desde las alturas. De las vigas casi vencidas del techo, allí donde la madera podrida crujía bajo un peso que no pertenecía a las aves, brotó una risa baja y torcida. Mordecai estaba agazapado en el armazón del templo, con las extremidades encogidas como un depredador nocturno, observando el vacío de la nave central con sus ojos fijos bien abiertos antes de dejarse caer hacia el suelo de piedra.

El eco del descenso de Mordecai ni siquiera se había apagado cuando un golpeteo rítmico, seco e impaciente, resonó en un flanco. Sentada sobre un banco de coro, Locusta tamborileaba los dedos contra la madera; un gesto ocioso que recordaba que el veneno en sus uñas era tan fulminante como el de una mamba negra. La luz de una aspillera recortó su silueta, femenina pero endurecida por el rigor marcial. De facciones severas y cruzadas por cicatrices de batalla.

El sonido del tamborileo fue sepultado por un estrépito violento en el portal principal. Alighieri cruzó el umbral arrastrando un par de cadenas oscuras que siseaban contra la piedra; en su extremo, dos pesadas bolas de pinchos negros que dejaban surcos en el polvo. Justo a su espalda, Sadatoni hizo su aparición con un andar pausado, dando ligeras palmaditas a los discos negros que cargaba a los costados, un eco sordo que acompasaba el avance de ambos guerreros hacia el centro del recinto.

Un crujido violento en las alturas interrumpió el avance. El techo cedió y Basilius cayó con la fuerza de un meteorito a través de un boquete, plantándose con un impacto sordo justo en el centro del grupo. En el juego de luces y sombras de la capilla, su cabello caía en densas rastas que semejaban serpientes inquietas alrededor de su rostro. Sin inmutarse por el polvo que flotaba a su alrededor, acomodó el brazo derecho, donde descansaba un imponente escudo en cuyo relieve cobraba vida la mirada maldita de la Gorgona Medusa.

Oleander no se giró al instante; no necesitaba hacerlo. Sabía que, a sus espaldas, las cinco sombras ya guardaban una formación impecable. Eran hombres que obedecían a una fe ajena a las imágenes sacras y desgastadas de aquel recinto; una devoción proscrita, forjada no en los altares, sino en la lealtad de un nido tejido con espinas de rosal.

Basilius dio un paso al frente, haciendo que el metal de su protección resonara contra el suelo irregular de la parroquia. Aquella armadura, una réplica exacta en diseño a la vestidura de plata de Perseo, se ceñía a su cuerpo como una coraza de obsidiana que hacía resaltar la fijeza serpentina de sus ojos esmeralda; una mirada que parecía guardar el mismo destello latente con el que la Gorgona de su escudo despierta en el fragor del combate.

—Basilius de Perseo Negro —se anunció con una voz que carecía de cualquier inflexión emocional—. Al igual que los otros, he atendido tu llamado, Oleander. Dinos —prosiguió, mientras el resto del grupo aguardaba en un silencio sepulcral—, ¿qué es lo que necesitas de nosotros?

Oleander se giró lentamente, exponiendo sus facciones a la luz cenicienta. En la quietud de su rostro, antes imperturbable, comenzaba a dibujarse la sombra de una intención asesina que las ruinas de la parroquia ya no alcanzaban a contener.

—No daré rodeos —sentenció Oleander, y su voz recorrió las paredes de piedra coralina como un susurro cargado de ponzoña—. Necesito deshacerme de un estorbo que amenaza nuestra causa.

Ávida de carne en la cual clavar sus garras impregnadas de veneno, Locusta de Ofiuco Negro intervino con la misma ferocidad que dictaba su naturaleza.

—Tan solo necesitamos un nombre —dijo ella. Al hacerlo, hincó las uñas en la madera carcomida de un banco cercano y las arrastró hacia abajo en un rasguño lento y violento, desprendiendo astillas—. Yo misma me encargaré de extinguir su vida; hundiré mi veneno en su cuello hasta que la sangre se le pudra en las venas.

Su cabello azabache, recogido en una trenza que golpeaba su espalda al moverse, acentuaba la severidad de sus rasgos. En ese momento, no era una mujer; era el veneno mismo cobrando forma humana, esperando la orden para ser inyectado.

Oleander sostuvo el pétalo de la rosa negra entre sus dedos, ejerciendo la presión justa para que la savia oscura comenzara a manchar sus dedos.

—Exijo el corazón de Eros de Piscis arrancado de su propio pecho —sentenció, dejando que el nombre del Santo de Oro flotara en el aire como una sentencia de muerte.

Un silencio fúnebre cayó sobre el grupo, quebrando de golpe la arrogancia de sus posturas. A pesar de ser asesinos implacables, la revelación provocó un estremecimiento visible entre ellos. Eros no era un objetivo cualquiera; era el hombre cuya posición como heredero de la Noche Eterna parecía, hasta ese instante, indiscutible.

Fue Alighieri de Cerbero Negro quien rompió la tensión. El sonido de sus cadenas cesó por completo cuando dio un paso al frente, fijando sus ojos en Oleander. No era un acto de rebeldía, sino la duda pragmática del soldado que conoce el peso de la traición.

—Somos tus sombras más fieles, Oleander —dijo Alighieri, con una voz profunda que resonó en la piedra del templo—. Tus mercenarios más efectivos. Si ordenas que un hombre muera, su vida se extingue sin que medie una segunda palabra.

—No esperaba menos de ustedes.

—Cumpliremos tus órdenes, no lo dudes —continuó Cerbero Negro—, pero esta vez necesitamos una razón. ¿Por qué es necesario acabar con aquel que todos señalan como el legítimo heredero de la Noche Eterna?

Oleander cerró el puño con una violencia repentina, aplastando la rosa negra hasta que sus jugos oscuros chorrearon entre sus dedos como sangre espesa. Con un rugido de furia contenida, arrojó los restos marchitos contra una descolorida talla de San Nicolás de Bari; el impacto dejó una mancha negra sobre el pecho de la madera, que parecía observar la escena con una piedad inútil.

—¡Ese malnacido no es heredero de nada! —rugió Oleander. Su voz restalló contra las alturas del templo y ahuyentó a una bandada de cuervos que anidaba en las vigas carcomidas. Las aves alzaron el vuelo en una estampida de graznidos y alas negras, perdiéndose a través de las grietas del techo.

Se volvió hacia sus subordinados con la mirada sanguinaria de un depredador acorralado, cuyos instintos han sido espoleados por el desprecio y la provocación.

—Él y Remo han irrumpido en la Noche Eterna como maleza invasora, y como tal, deben ser segados antes de que terminen por secar nuestra tierra. La Noche Eterna es una congregación de Santos Negros elegidos por la voluntad misma de la oscuridad, no un nido de alimañas que cambian de bando con la misma facilidad con la que el viento cambia de dirección.

Oleander dio un paso hacia Alighieri, reduciendo la distancia hasta que el Santo de Cerbero pudo sentir el olor a flores muertas que emanaba de su señor.

—Yo mismo he sido testigo de lo que ese hombre es capaz. Remo de Géminis puede reescribir la mente de un guerrero con solo levantar un dedo. Lo hizo con su propio hermano, fragmentando su voluntad y ordenándola a su conveniencia. Rómulo no es un traidor por elección; es una marioneta con los hilos cosidos dentro del cráneo.

El silencio que siguió fue denso y opresivo. Oleander paseó la mirada por los cinco rostros, sembrando una semilla de duda que era más letal que sus propias rosas.

—¿Qué nos asegura que no haya más gente en nuestra congregación cuya mente ya haya sido reescrita, obedeciendo a la voluntad de Remo sin saberlo? —preguntó en un susurro que caló más hondo que su grito anterior—. Incluso el propio Lord Sinister podría estar siendo manipulado en este momento, convertido en una sombra de sí mismo por el capricho de ese hombre.

Basilius apretó el agarre de su escudo, mientras Locusta retraía sus garras, procesando la magnitud de la paranoia que Oleander acababa de desatar. Si el Gran Maestro era vulnerable, nadie en la Noche Eterna estaba a salvo de ser un infiltrado en su propio cuerpo.

—Si el peligro real radica en la reescritura mental de Remo... —dijo Alighieri. No se dejó arrastrar de inmediato por la marea de desconfianza. Ya estaba calculando los riesgos en un tablero de guerra—, si él es la mano que mueve los hilos y el que puede corromper nuestras voluntades con un parpadeo, la lógica dicta que él debe ser el primer objetivo. ¿Por qué ir entonces tras la cabeza de Eros? ¿Por qué arriesgarnos con el Santo de Piscis mientras el verdadero peligro anda por ahí comprometiendo mentes?

Un destello de pura fijeza asesina cruzó los ojos negros de Oleander. Sostuvo el silencio durante unos segundos, dejando que la presión de su cosmos dictara quién mandaba en aquella parroquia en ruinas. Era el silencio de quien se sabe descubierto; Alighieri había apuntado directo a la llaga de su resentimiento personal, exponiendo que la cacería contra el Santo de Piscis no nacía de una estrategia militar, sino de una envidia que le corroía las entrañas. Pero Oleander jamás reconocería ante sus hombres que sus hilos eran movidos por el despecho. Necesitaba un enemigo público, una amenaza lo suficientemente sagrada para disfrazar su obsesión.

—Porque me place que ese sea el orden —respondió, y su voz descendió a un tono tan cortante que pareció barrer el polvo en el aire—. Pero si tu pragmatismo necesita algo más que mi voluntad, Alighieri, entiende esto: Eros no es un ápice menos peligroso que Remo. Y la razón está clavada a su costado en el jardín carmesí.

El Santo Negro dio un paso hacia el altar, señalando vagamente hacia el este, en dirección a los acantilados.

—La Espada Ébano... —continuó, y su tono adquirió una gravedad litúrgica—. Esa hoja no es un simple trofeo. Esconde una voluntad antigua y oscura, una fuerza tan densa que oprime el pecho con el solo hecho de aproximarse. Es un arma sagrada, forjada por y para la Noche Eterna. No podemos permitir, bajo ninguna circunstancia, que un Santo de Oro blanda un poder que por derecho de sangre nos pertenece a nosotros.

Oleander barrió al grupo con una mirada inquisitiva, desafiando a cualquiera a replicar.

—Eros busca consolidar su posición usando nuestra propia oscuridad como peldaño. Si dejamos que despierte por completo el poder de la Espada Ébano, no habrá ejército ni rebelión capaz de moverlo de la cima. Se siega primero al soberbio antes de que aprenda a usar sus garras. ¿Queda claro ahora, Cerbero?

—Todo claro —respondió Alighieri, inclinando levemente la cabeza en señal de aceptación.

—Y tú, Mordecai... —Oleander desvió la mirada hacia Cuervo Negro, y añadió—: Ya sabes lo que tienes que hacer.

Como los cuervos que anidaban en las vigas, Mordecai poseía esa astucia retorcida que entendía la atracción por las joyas ajenas y los objetos deslumbrantes. Por eso supo, en ese mismo instante, que Oleander no solo quería el cadáver de Piscis; codiciaba el brillo maldito de la espada, y él sería el encargado de llevársela.

Y tras esas palabras, las cinco sombras se desvanecieron como pétalos negros arrancados por el viento. Dejaban atrás una parroquia maldita y a un líder consumido por los celos, una rosa negra que desde su rincón oscuro esperaría, ansiosa, a que le fuera entregado el corazón de su rival, servido en una bandeja de plata.

***

En el jardín de la Noche Eterna,

dos rosas se disputaban la misma savia.

Una roja como la sangre derramada,

orgullosa de su herencia inmortalizada.

Una negra como el odio que en las grietas germina,

convencida de que la oscuridad legítima

solo un único color admite en su doctrina.

No había espacio para ambas en el mismo jardín.

Una de ellas tendría que morir;

morir en la sombra, marchita y deshecha,

mientras la otra, victoriosa en la brecha,

florecería triunfante sobre su sangre seca.

***



Capítulo 23. MNEMOPHAGOS
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#66 Rexomega

Rexomega

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Publicado 05 June 2026 - 16:10 pm

Saludos

 

-Después de decidir que el anciano era un pastor, empecé a buscar nombres griegos, y me topé con Porphyrion. A pesar de que es un nombre con mucho peso, decidí usarlo por una razón. Así se llamaba m[[...]

 

Vaya, sabía del nombre de Porfirio (por Porfirio Díaz), pero no esperaba esto. ¡Me parece un homenaje muy bonito!

 

Dicho esto, vamos con unos comentarios sobre el Capítulo XVI: La rosa negra.

 

¡De nuevo dos partes! Y la primera fue algo muy curioso, porque mientras Oleander hablaba, yo no dejaba de tratar de recordar si se suponía que Lord Sinister no sabía todo sobre Remo y Rómulo. De repente Eros, al que no le afecta nada al parecer, va y menciona a los Mnemophagos. Me sentí muy mal por Oleander, incluso si siento que su perorata sobre justicia queda extraña en esa secta. No sois la Liga de la Justicia, hombre. Pero eso se resuelve en la segunda parte.

 

Y es que Oleander no obra pensando en su secta... Ejem, la Noche Eterna. Tiene envidia y eso es todo. Comprensible, dadas las circunstancias. Es que incluso sin envidia, es fácil odiar a Eros, más que a Denon. Piscis es demasiado arrogante para su propio bien, cosa que le sienta muy natural. En cualquier caso, punto para Oleander por saber engañar a sus subordinados con un argumento plausible. De hecho, se quedó corto, pues aunque el verdadero riesgo es Remo, este no habría podrido lograr su hazaña sin la ayuda de Eros; matar al menos peligroso primero es, de hecho, una buena estrategia. Lo que ya no es tan buena estrategia es mandar a cinco santos negros de plata a matar a uno de oro. No sé en tu universo, pero por lo general los de plata, con honrosas excepciones, no tienen nada que hacer con los de oro en grupo. Como diría King Bradley: "No esperes a que el martillo de Dios golpee a tus enemigos, golpéalos con tu propio martillo". Tal y como yo lo veo, salvo que haya algún plan que desconozco (esa última mención a Mordecai me intriga), siento que Oleander va a desperdiciar a sus hombres, que encima tienen todos nombres muy buenos, incluso si no pillo todas las referencias. Todo por un capricho. Una pena.

 

Sea como sea, las palabras introductorias y finales (¿Son de tu cosecha?) auguran la muerte de Oleander. Me gusta cuando el perro viejo le gana al joven, pero no es lo que suele pasar y has dedicado muchas energías a este personaje, dándole la inmortalidad y una espada mítica, como para matarlo para dar calmar la envidia de un hombre condenado. Igual, está interesante el drama interno y no dejo de preguntarme si en algún punto Lord Sinister tendrá que decir: "Vaya, Oleander tenía razón". Solo el tiempo lo dirá. 


Editado por Rexomega, 05 June 2026 - 16:12 pm.

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#67 Cástor_G

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Publicado 05 June 2026 - 23:55 pm

Saludos     Vaya, sabía del nombre de Porfirio (por Porfirio Díaz), pero no esperaba esto. ¡Me parece un homenaje muy bonito!   Dicho esto, vamos con unos comentarios sobre el Capítul[[...]

 

Hola!

 

-Las dos partes atacan de nuevo xD. Normalmente esto pasa cuando un subcapítulo se exiende demasiado y tengo que dividir jeje. El otro día regresé a Cosmo Wars y Three Wars a revisar algunos detalles, y hay algunos capítulos divididos hasta en 7 partes!

 

-En teoría Lord Sinister sabe todo lo que ocurre en la isla gracias a sus soplones los Mnemophagos, que aunque no siempre se mencionen explicitamente en la escena, puede que ande alguno por ahí. Quizá haya cosas que se le escapen, pero en este caso confirmo que lo referente a Remo y Rómulo, sí lo sabe, y tal como dijo Eros, no considera necesario intervenir.

 

-La característica principal de Oleander podríamos decir que efectivamente es la envidia, y su falta de control emocional. En los planes originales de esta historia, su participación iba a ser muy corta, con un objetivo muy especifico en cierta parte de la trama. Pero conforme escribía sus interacciones con Eros, descubrí que tenía más potencial. Personalmente disfruto escribiendo sobre él, y me alegro de no haberlo matado en los primeros capítulos como estaba planeado xD.

 

-Un Santo de plata en mi historia también está muy alejado de un Santo de Oro, sin embargo, en la Noche Eterna puede haber Santos Negros superiores a sus equivalentes en el Santuario. Por mencionar un ejemplo, de los ya aparecidos, te puedo decir que Mordred de Capricornio está por encima del promedio de los Santos de Oro, quizá solo por debajo de Rómulo. Con esto no quiero decir que las Sombras de la Rosa lo sean también, eso ya lo veremos jeje. En este caso creo que más bien es el exceso de confianza de  Oleander que piensa que atacar en grupo puede hacr la diferencia. Y más tomando en cuenta que hasta el momento Eros realmente no ha mostrado hazanas sorprendentes.

 

-Los poemas del inicio y final son mios quizá en un 90%. Eran introduccion y cierre normales como en cualquier capítulo, pero cuando las leía sonaban a poema xD, así que decidí hacerlos así. Fragmenté los textos y escribí un monton de estrofas, y con IA probé combinaciones. Al final deseché muchas, y mezclé otras. Fue un rato insufrible de edición x.x, tardé mucho en que la estructura quedara así como quedó al final. No es perfecta, pero creo que los mensajes son claros!

 

Saludos y gracias por leer!  :aa72b10:

 

Como casi siempre, aprovecho el espacio para colocar algunas imagenes de portada descartadas o.o

 

-Eros y Oleander en el jardín de rosas.

Eros-Oleander1.png

 

-Eros en el jardín de rosas.

Eros11.png


Editado por Cástor_G, 06 June 2026 - 00:21 am.


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#68 zaktiel

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Publicado 06 June 2026 - 08:47 am

  Hola! Bienvenido!   La historia está narrada más o menos en arcos (Que llamo volúmenes) con una temática central que abarca varios capítulos, así que el tono quizá pueda varias entre un v[...]


Hola como estas Castor?

Sí, hay algun sitio que permite mas de 50.000 caracteres pero no son de buena calidad.

te hago una pregunta. Tienes todos los caps que has escrito, en pdf? es que los quiero pasar a un notebookLM y tener los caps ahi por si me olvido quien era algún personaje o alguna parte de la trama. La IA puede leer directamente el notebookLM y responderme rápidamente.

hoy o mañana te respondo por el cap 2.

Muchas gracias.

 



#69 Cástor_G

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Publicado 06 June 2026 - 18:42 pm

Hola como estas Castor? Sí, hay algun sitio que permite mas de 50.000 caracteres pero no son de buena calidad. te hago una pregunta. Tienes todos los caps que has escrito, en pdf? es que los quie[...]

 

Hola!

 

Desde hace tiempo he querido hacer una versión en PDF, donde pueda agregar cosas que se me ocurrieron después, e incluso quitar cosas que considere innecesarias... además de incluir el arte. Pero Eso quizá lo haga hasta que termine xD, pero si gustas sin problema puedo pasarlo a un PDF provisional.  Hice una versión rápida para probar cpon el Volumen I, me dices que tal  y te armo lo demás!

 

Nunca he pegado PDFs aquí, espero resulte xD.

 

Saludos!

 

https://www.ilovepdf...8nxgvny8nA1/10w



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#70 Cástor_G

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Publicado 07 June 2026 - 01:34 am

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Capítulo 17:

EL NIÑO DE SAMAELIA

 

La parroquia recuperó de golpe su silencio sepulcral. Las corrientes de aire que se colaban por las aspilleras agrietadas volvieron a ser dueñas del lugar, haciendo bailar las motas de polvo sobre los ladrillos cocidos.

Oleander permaneció inmóvil un momento; sus guanteletes negros, impregnados de la savia oscura y pastosa de la rosa que había triturado hacía un momento, goteaban lentamente sobre el suelo.

Con pasos lentos y pesados, caminó hacia la estatua que había sido víctima de su arrebato. El impacto de la rosa había dejado una mancha oscura sobre el pecho de madera, una herida vegetal que se extendía desde el esternón hasta el cuello de la talla. El santo de caoba continuaba señalando el vacío con sus manos rotas, ajeno al jugo negro que ahora le corría por el torso como sangre de árbol. Aquel madero carcomido pretendía ser la efigie de San Nicolás de Bari, el guardián de los navegantes, aquel que según las viejas oraciones tenía el poder de apaciguar las peores tormentas del océano para guiar a los marineros a puerto seguro. Sin embargo, en ese rincón olvidado del Caribe, el santo de los mares se alzaba impotente; su vieja mística cristiana nada podía hacer contra la tempestad negra que Oleander y sus huestes arrastraban consigo, una marea de azabache que no buscaba la calma, sino el naufragio definitivo del mundo.

Oleander se detuvo frente a ella y extendió los dedos, rozando la rugosidad de la madera herida. No miraba la efigie del santo cristiano, sino la geometría de sus proporciones: la cabeza ligeramente inclinada, el porte severo, la mano rota que señalaba la nada. La silueta era tosca, devorada por el abandono, pero la postura guardaba un eco geométrico que su mente identificó de inmediato.

Era la misma inclinación, la misma arrogancia estéril tallada en piedra que gobernaba las ruinas de su infancia.

Entonces, los recuerdos comenzaron a flotar como el aroma de las rosas después de la lluvia —lentos al principio, después arremolinándose, empujándose unos a otros, hasta volverse claros y vívidos, hasta volverse carne—. Oleander cerró los ojos, y cuando los abrió, ya no estaba en la parroquia.

 

1. Samaelia

El archipiélago de las Cícladas tenía muchas joyas, pero ninguna como Samaelia.

Vista desde el cielo —desde esa altura a la que solo los dioses o las aves podían ascender—, la isla no se parecía a ninguna otra. No era el fragmento informe de una cordillera sumergida, ni el capricho indolente de un volcán dormido; su orografía evocaba la de una rosa.

Una rosa abierta, flotando sobre el azul violento del mar Egeo, con sus pétalos de piedra desplegados hacia el sol como si acabara de florecer aquella misma mañana. Las ensenadas y calas dibujaban los bordes ondulados de una corola gigantesca, y los acantilados, cayendo a pico sobre el agua, marcaban el límite preciso entre el tallo invisible y la flor que se negaba a marchitarse.

Quienes navegaban cerca de ella decían que Samaelia no parecía obra de la naturaleza, sino el capricho de un dios: un dios que había decidido esculpir en piedra y sal la forma de su flor predilecta, y luego había sembrado sobre ella la herencia más salvaje de su jardín; porque la isla no solo tenía forma de rosa, sino que estaba cubierta de ellas.

Rosales silvestres trepaban por los acantilados como serpientes espinosas, aferrándose a las grietas de la roca con la terquedad de los náufragos. Invadían los valles, escalaban las colinas, se derramaban por los senderos hasta convertir cada paso en una ofrenda de pétalos. Los colores se mezclaban sin orden ni concierto: rojos encendidos que ardían contra el blanco de la piedra; amarillos brillantes que parecían atrapar la luz del mediodía y negarse a soltarla; púrpuras tan profundos que recordaban a la sangre de las uvas pisadas en otoño; y blancos, blancos puros que flotaban entre los demás como fantasmas entre llamas.

En mitad de aquel lienzo multicolor, donde la naturaleza gritaba una vitalidad desbordante, el silencio se asentaba como un letargo fúnebre. Al pie de la colina que dominaba el pueblo fantasma, tres montículos de tierra interrumpían la caótica marea de raíces. Y frente a ellos permanecía Oleander.

No era el imponente Santo Negro de la Noche Eterna, sino un niño de no más de once años, envuelto en ropas humildes de aldeano que le quedaban demasiado holgadas para su cuerpo enjuto. Su cabello, de un rubio pálido y descuidado, caía sobre sus hombros en mechones rebeldes, apenas contenidos por un listón de lino. Tenía las manos llagadas, los dedos ennegrecidos por el sustrato pedregoso y las uñas rotas de quien ha librado una batalla cuerpo a cuerpo contra la corteza de la tierra.

La tercera tumba tenía la tierra aún fresca. Bajo ese túmulo de granito triturado y fango descansaba su padre. La llamada Maldición de las Rosas no conocía la piedad; se cobraba las vidas con una lentitud litúrgica, una agonía perfumada que convertía cada bocanada de aire en un suplicio de espinas invisibles. Oleander había escuchado durante días el silbido asmático en el pecho de su progenitor, el eco de unos pulmones que se anegaban en la fina neblina de polen hasta que el último suspiro no trajo más que un hilo de sangre y el aroma dulzón de la entrega.

Él solo había tenido que arrastrar el cuerpo. Él solo, sin más ayuda que la indiferente mirada del sol de las Cícladas, había cavado el pozo, retirando los bulbos y las raíces de rosas que ya reclamaban el espacio del cadáver antes de que este tocara el fondo.

En Samaelia, la muerte exigía un ritual invertido que rozaba la crueldad. En cualquier otro rincón del mundo, los hombres cubrían a sus difuntos con flores como un último gesto de amor y despedida; aquí, el luto consistía en arrancarlas. Oleander tuvo que limpiar el perímetro con las uñas rotas y los dedos ensangrentados, arrancando brotes y raíces mientras protegía los tres montículos como quien defiende una trinchera con lo poco que le queda. Sabía que, si se descuidaba un solo día, aquel océano de espinas y pétalos multicolores sepultaría la memoria de su sangre, borrando las tumbas bajo un manto de belleza indiferente que terminaría por alimentarse de ellos.

Ahora, el niño se erguía frente al final de su estirpe. El viento sopló desde el este, sacudiendo los campos multicolores y levantando una ráfaga de polen dorado que danzó a su alrededor como una caricia envenenada. Los otros hombres habrían tosido hasta arrodillarse; las deidades habrían apartado la vista. Pero el pequeño Oleander simplemente respiró la ponzoña con una calma espantosa. Su pecho se expandió sin dolor, asimilando la muerte que flotaba en el aire como si, en sus venas, el veneno de la isla no fuera más que un hermano gemelo de su propia sangre.

 

2. Samael de Piscis

Varias semanas habían transcurrido desde que la última tumba quedó sellada. En esos días de reciente orfandad, el peñón se había vuelto un nido hostil donde la vida cotizaba caro. El pequeño Oleander caminaba arrastrando los pies, cargando una maltrecha canasta de paja con un puñado de higos silvestres —de las pocas frutas limpias que las rosas permitían brotar— y algunos insectos comestibles que le habían ayudado a no morir de hambre.

Exhausto, llegó hasta un espacio en la isla gobernado por los vestigios derruidos de una antigua gloria, y dejó caer la canasta sobre el suelo. Se sentó a los pies de la imponente mole de piedra que gobernaba el lugar, acurrucándose contra la base como un animal acorralado que busca la protección de una sombra fija.

Sobre él, la estatua de su ancestro se alzaba hacia el cielo de las Cícladas, pero el mármol original ya casi no era visible; el tiempo y el abandono lo habían entregado a la voracidad de la isla, dejándolo invadido por un abrazo asfixiante de enredaderas gruesas y rosas silvestres que trepaban por los muslos y el torso.

Con sus pequeños dedos maltratados —curtidos por las semanas de ruda supervivencia disputándole el alimento a los matorrales—, el niño buscó con melancólica reverencia el listón negro que ataba su cabello en la nuca, y comenzó a acariciarlo.

Aquel tejido no le pertenecía; era el último reducto de su madre. Oleander recordaba ver esa misma cinta de tela recoger la cabellera de la mujer durante los días en que la casa aún olía a pan y no a enfermedad, antes de que el polvo multicolor de los campos entrara en sus pulmones y la tos la doblara para siempre sobre el jergón, despojándola del aire hasta apagarla. El niño había tomado el listón directamente de sus manos frías durante el último amanecer que ella alcanzó a contemplar. Desde entonces, cada mañana, se peinaba con una solemnidad casi religiosa, imitando los trazos exactos con los que las manos maternas solían ordenar su pelo rubio y descuidado, usando su listón como el último vínculo que mantenía viva una caricia en mitad de la absoluta desolación.

La falsa madurez a la que la tragedia lo había obligado se desmoronó de golpe. Durante semanas, el niño había caminado con la rigidez de un hombre viejo, sepultando su propio espanto bajo la urgencia cotidiana de no morir; pero allí, frente a la fría inmensidad de su linaje, la frágil arquitectura de su resistencia se vino abajo. El peso de una adultez impuesta y prematura cedió ante la pura orfandad. Las lágrimas, contenidas con un estoicismo que no le correspondía a sus once años, brotaron limpias y furiosas, surcando sus mejillas sucias de tierra mientras miraba hacia arriba, clavando sus ojos desorbitados en el rostro cubierto de líquenes del coloso.

—¿Por qué? —su voz, quebrada y aguda, apenas fue un silbido que el viento de las Cícladas intentó apagar—. ¿Por qué nos has hecho esto? ¡Somos tu gente! ¡Somos tus hijos! ¿Por qué nos estás matando?

Pero la roca es sorda y muda. El niño lanzaba preguntas cuyas respuestas jamás brotarían de una boca de piedra, perdiéndose como un eco estéril entre las ruinas devoradas de lo que alguna vez fue un templo hermoso.

Aquel gigante de mármol era la viva imagen de Samael, el fundador de Samaelia y el primer Santo de Piscis en la historia de la orden ateniense. Las leyendas del Santuario, escritas en pergaminos que el tiempo ya había vuelto ceniza, hablaban de él con una mezcla de reverencia y terror. Samael poseía el don —y la maldición— de llevar en sus venas una sangre completamente envenenada, un fluido letal que desafiaba las leyes de la naturaleza.

El primer Piscis era capaz de impregnar cualquier rosal con su propia esencia envenenada, transmutando la savia común en una toxina devastadora. Con su mera presencia, las rosas dejaban de ser simples brotes de la tierra para convertirse en armas mortíferas y elegantes; pétalos capaces de desgarrar armaduras y espinas que inyectaban la muerte con la delicadeza de un suspiro. En los campos de batalla de la antigüedad, la belleza de Samael era el preludio de un cementerio.

Pero allí, en la plaza desierta, el mito se sentía como una burla macabra. El niño apretó los puños contra el pedestal, esperando un milagro, una señal o un castigo, cualquier cosa que rompiera la indiferencia de la piedra.

—¡Respóndeme! —gritó Oleander, golpeando el mármol con las palmas de sus manos llagadas, dejando pequeñas manchas rojas sobre la piedra fría—. ¿Por qué nos castigas de esta manera? ¿Qué fue lo que hicimos mal? ¡Dime qué hicimos mal!

La tragedia de la isla quizás no radicaba en una falta o en un pecado que hubiese enfurecido al ancestro, sino en el desgaste silencioso de la biología. Los habitantes de las aldeas de Samaelia eran, en efecto, los descendientes directos de la sangre de Samael; herederos de un linaje místico que durante siglos los había hecho inmunes al veneno que brotaba de las entrañas del peñón. Para sus antepasados, los campos multicolores eran un jardín de juegos y un escudo contra el resto del mundo.

Sin embargo, el tiempo es el peor enemigo de los mitos. Con el correr de las eras y las generaciones, el torrente místico de la estirpe se fue corrompiendo y debilitando, diluyéndose hasta perder la pureza original. La inmunidad se desvaneció de los cuerpos como un fuego que se apaga. Lo que una vez fue un don se transformó en una vulnerabilidad fatal: la gente de las aldeas comenzó a mirar con pánico el florecer de la primavera, pues el polen que el viento arrastraba por toda Samaelia se convirtió en una peste imperceptible.

El aire de la isla pasó a ser un verdugo perfumado. Los que tuvieron la fuerza o el miedo suficiente para abandonar sus hogares huyeron en barcas hacia el continente, dispersando los restos del linaje en el anonimato. Pero los que se negaron a dejar la tierra de su patriarca, atrapados por la tradición o la indolencia, murieron atrapados en sus propias camas, abrazados por el perfume funesto que se filtraba por las ventanas y les llenaba los pulmones de espinas invisibles. Aquellas aldeas se transformaron en un camposanto silencioso; toda la isla quedó devorada por una marea de pétalos que crecía con cada cadáver que asimilaba la tierra.

Hasta que la última hoguera se apagó, la última tos se extinguió en el vacío, y solo quedó un único cuerpo en pie en mitad del matadero multicolor.

Oleander, el niño que el veneno se negaba a tocar.

 

3. El Fantasma de las Rosas

Mientras Oleander lloraba frente a la eternidad de piedra que su voz de niño jamás podría quebrar, una corriente de aire frío recorrió el mar de rosas que se desplegaba a sus espaldas.  Más que el frío invernal que solía congelar la resaca del mar Egeo, era un espasmo gélido cercano al halo de la muerte que el pequeño ya parecía reconocer con espantosa familiaridad después de haber atestiguado, día tras día, la extinción de todo su pueblo.

El gemido de la maleza espinosa cesó de golpe; el entorno contuvo el aliento ante la inminencia del ente que teje universos como una araña teje la muerte en cada hilo de su red.

Sobre el manto multicolor de las rosas, emergió la figura oscura de un ser encapuchado. No caminaba sobre la tierra ni aplastaba los tallos; flotaba en el aire con una ligereza sobrenatural, suspendido a unos palmos de los brotes semejante a un pétalo negro reacio a ser arrastrado por el viento.

Sus túnicas eran de un tejido sepulcral, un jirón de noche desconocida donde la luz del mediodía moría sin remedio. Los intrincados grabados en oro de los bordes —símbolos arcanos que desafiaban la estética helénica— asemejaban a un centenar de ojos abiertos; pupilas doradas y fijas que a Oleander le recordaron, con un vuelco de horror, las miradas petrificadas de los aldeanos que la Maldición de las Rosas había sorprendido en sus lechos. Aquella silueta no se parecía a nada que hubiera visto en los libros de la isla o en los barcos que avistaban la costa.

El niño enmudeció. El llanto se congeló en sus pestañas y, con una mezcla pura de miedo primitivo y curiosidad desesperada, clavó los ojos en el recién llegado.

—¿Quién eres? —preguntó Oleander, con un hilo de voz que se sintió arrastrado hacia el vacío de la capucha; la nada misma parecía devorar sus palabras antes de que nacieran en el aire. Alrededor, las rosas rehuían aterrorizadas, reconociendo en aquella presencia un hambre capaz de tragarlas junto a la tierra que las sostenía.

El ser permaneció como un óleo antiguo clavado en la eternidad: una pincelada de negrura cuyo pigmento parecía haber sido extraído de las entrañas de la noche primordial, de ese tiempo anterior a que la luz osara existir.

Cuando habló, su voz no pareció salir de una garganta humana, sino reverberar desde el fondo de un pozo seco; un eco que emergía del vacío eterno donde los dioses duermen olvidados.

—Soy quien reclama lo que el tiempo ha dejado sin dueño.

Oleander dio un paso atrás, buscando refugio ciego al pegar la espalda contra la base de la estatua de Samael; se aferró a la fría piedra a la que instantes antes reclamaba, implorando un amparo que el mármol no podía darle. En su mente infantil, moldeada por los relatos de agonía y los cuerpos que había enterrado con sus propias manos, solo existía una entidad capaz de vestir la penumbra y flotar sobre el huerto.

—Eres la muerte… —susurró el niño, con los ojos fijos en el vacío de la capucha—. ¿Has venido por mí? ¿el polen finalmente me matará?

—Soy la muerte, pequeño vástago… —La voz de aquella entidad oscura carecía de humanidad; era algo que se deslizaba en la mente antes de que los oídos tuvieran tiempo de avisar—, pero solo para aquellos que osen llamarse mis enemigos. No para ti.

—¿Entonces quién eres?

—Algunos me llaman El Fantasma del Crepúsculo —La figura suspendida en el aire pareció inclinarse apenas un milímetro, un gesto sutil que distorsionó los grabados de oro de sus túnicas oscuras—. Te llevaré conmigo, lejos de esta flor de piedra… pero solo si tu voluntad así lo dicta.

 

Oleander parpadeó, confundido por las palabras arcanas de la aparición. El peso del aislamiento, una alimentación precaria y el puro agotamiento emocional de su luto en solitario nublaban su entendimiento de once años. Sacudió la cabeza, aferrándose al listón negro de su madre como si fuera un amuleto contra lo desconocido.

—No… no entiendo —alcanzó a decir, con la voz quebrada—. ¿De qué hablas?

—Hace tan solo un momento, tus gritos hicieron temblar el aire de estas ruinas —respondió el Fantasma, y su tono pareció cargarse de una antiquísima e indiferente sabiduría—. Hiciste preguntas al cielo. Le reclamaste a esa mole de mármol por qué los castigó, qué fue lo que hicieron mal para merecer la extinción. Pero los ídolos de piedra no tienen memoria; no sangran por el dolor de los hombres ni guardan las respuestas que buscas. Solo saben acumular el polvo del olvido. A diferencia de ellos… yo sí tengo tus respuestas.

—¿En verdad las tienes?

—La sangre de tu estirpe no cayó por un pecado, niño. Los dioses y los hombres débiles inventan la culpa para no aceptar su propia fragilidad. Lo que aconteció en Samaelia no fue un castigo divino, sino una siega absoluta.

El ser encapuchado descendió un palmo, quedando casi a la altura de los ojos desorbitados del pequeño. Los grabados en oro de sus túnicas parecieron brillar con una luz tenue y mortecina, reflejando una sabiduría tan antigua como el propio Caos.

—Mírate —continuó la aparición, y sus palabras poseían una cadencia magnética, un veneno tan sutil y perfecto como el de los campos multicolores—. Llevas semanas habitando el silencio de este camposanto. Has dormido arrullado por el susurro de las hojas espinosas y has enterrado a los tuyos con tus propias manos llagadas, sobreviviendo en mitad de una trampa de flores mortal que habría asfixiado a ejércitos enteros. Los demás se marchitaron porque sus cuerpos olvidaron el rigor de la estirpe; su sangre se volvió agua, se volvió dócil. Se volvieron débiles. Y en el orden natural del cosmos, lo débil está condenado a servir de abono para lo que ha de florecer.

Oleander escuchaba inmóvil, con el labio trémulo, pero sus lágrimas habían dejado de brotar. Las palabras del espectro operaban una alquimia extraña en su pecho, transformando el dolor sordo de la orfandad en una revelación helada.

—Ya no debes refugiarte en esa mole de mármol que te observa con indiferencia, ni busques respuestas o consuelo para tus lamentos —siseó el Fantasma, señalando con la penumbra de su manga la efigie invadida de vegetación—. Samael de Piscis no buscaba protegerlos, niño; los condenó. Sembró este peñón con su esencia más letal para asegurarse de que nadie, ni siquiera su propia sangre, fuera capaz de alcanzar su gloria. Diseñó este mar de ponzoña como una sentencia de muerte para toda su estirpe... Pero fracasó contigo.

 

La entidad se inclinó sutilmente, haciendo que la oscuridad de su capucha envolviera la mirada del pequeño.

—No te quiebres por ser el último... Congratúlate. Alégrate en tu soledad, porque eres la herida abierta en el orgullo de tu antepasado. Eres la única flor que su veneno no pudo marchitar; el brote supremo que humilló la Maldición de las Rosas y que ha domesticado a la muerte.

El niño bajó lentamente la mirada hacia sus manos cubiertas de tierra y costras. El viento sopló de nuevo, cargado de una densa neblina de polen dorado y púrpura que envolvió sus cuerpos. Oleander respiró hondo; el aire quemaba, olía a tumba y al listón gastado de su madre, pero sus pulmones se expandieron con una fuerza nueva, limpia, casi gloriosa. La debilidad del luto se evaporó en un suspiro.

—¿Qué debo hacer ahora? —preguntó el pequeño, clavando sus ojos negros en el vacío de la capucha, con una fijeza que ya no era de un niño, sino de un superviviente—. ¿Qué hace la última flor cuando se ha quedado sola en el mundo?

—Ven conmigo, Oleander —El Fantasma del Crepúsculo extendió una mano pálida y cadavérica—. Deja que este peñón se hunda en su propio olvido. En los confines del mundo, bajo el manto de la Noche Eterna, aguarda un lugar reservado para alguien especial como tú. Un trono para los que han sido purificados por el aislamiento y la ponzoña.

La silueta encapuchada flotó un palmo más cerca, rodeando al niño con un abrigo gélido y sepulcral que, extrañamente, comenzaba a reconfortarlo más que el inclemente sol de las Cícladas.

—Allá, en la oscuridad herética que el Santuario teme, aprenderás a encontrar la verdadera belleza de las rosas. Hasta ahora solo has conocido la cara de la muerte; las has visto como verdugos que ahogan, como parásitos que devoran las tumbas de tu sangre. Pero las flores de Samael son mucho más que un instrumento de agonía. Son la máxima expresión de la elegancia soberana. Te enseñaré a labrar tu cosmos para que esa ponzoña no sea tu prisión, sino tu corona. Aprenderás a gobernar el jardín del fin del mundo.

El niño contempló la palma extendida de la aparición. Con un movimiento lento, casi ceremonial, Oleander levantó la mano llagada y la posó sobre la piel gélida del espectro.

En un parpadeo, la quietud sepulcral de las ruinas florecientes devoró sus siluetas, disolviéndolas en el aire como si nunca hubiesen estado allí.

El viento de las Cícladas sopló una vez más, arrastrando una última marea de polen dorado sobre las colinas. En el corazón de la flor de roca, el coloso de mármol continuó vigilando la nada, convertido ahora en el único guardián de una isla completamente deshabitada.

 

 



Capítulo 23. MNEMOPHAGOS
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#71 zaktiel

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Publicado 07 June 2026 - 17:08 pm

Bueno, he escuchado el cap 2.

Me gustó el personaje Mordred, me gusta su personalidad. ya veremos (supongo que sí), si hay más desarrollo, o el origen de clarent. veremos, veremos. 

En fin, muy buen cap.
 



#72 ALFREDO

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Publicado 07 June 2026 - 17:17 pm

Hola Castor aquí dejo mis impresiones del capitulo 9.-
Aunque un cap de transición, sin acción pero con bastante tensión y conspiraciones q fueron expuestas al final.
Me agradó ver como se reunió el grupo de protagonistas, creo q es la primera vez q se juntan los cinco. 
Aquí es el estreno de Baldur de Libra, entrando a la historia. Que raro es leer un libra pelirrojo jaja. Parece q es el mas joven, mira q hasta le puso nombre a la guarida q tienen.
Al final de tanto desertor, q postulaban resultó ser cierto Rómulo jeje. Igual se olvidaron de Keriot pero ese es en la saga de Hades ups...
Me resultó bastante raro otro Piscis negro, aparte de Eros. Significa q hay más de una copia de la misma cloth de oro igual q las de bronce...

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#73 Cástor_G

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Publicado 08 June 2026 - 00:02 am

Bueno, he escuchado el cap 2. Me gustó el personaje Mordred, me gusta su personalidad. ya veremos (supongo que sí), si hay más desarrollo, o el origen de clarent. veremos, veremos.  En fin, m[..[...]

 

Hola!

 

Mordred de Capricornio, la Espada Negra de la Noche Eterna tiene una participación importante en este primer arco, pero su verdadero desarrollo está planeado para mucho más adelante (De hecho aún no llego a esa parte xD). Si algo se puede decir de mis historias, es que normalmente los antagonistas brillan más que los protagonistas!

 

 

Saludos y gracias por escuchar!


  Hola Castor aquí dejo mis impresiones del capitulo 9.- Aunque un cap de transición, sin acción pero con bastante tensión y conspiraciones q fueron expuestas al final. Me agradó ver como se re[[...]

 

Hola!

 

-Y aguarda porque las conspiraciones no para aquí juju

 

-Así es, este grupo de Los 5 Invencibles ya se había mencionado desde el anterior fic, pero nunca llegamos a verlos juntos, solo en un Flashback! Está es la primera vez que se ven reunidos ya de adultos (bueno adolescentes).

 

-Baldur tendrá el equilibrio de todos los Libra, pero manifestado de forma diferente! Basicamente es un guerrero nórdico ju.

 

-Recordaste lo de Keriot jaja

 

-Habrá 12 Santos Negros de nivel dorado, uno por cada signo. De los equivalentes a bronce y plata puede haber mas de uno, algunos hasta por montones.

 

 

Saludos y gracias por leer!


Editado por Cástor_G, 08 June 2026 - 00:10 am.


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#74 Rexomega

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Publicado 12 June 2026 - 13:17 pm

Saludos

 

Aquí vengo a comentar el Capítulo 17: El niño de Samaelia. 

 

Como nos tienes acostumbrado, la primera parte es muy descriptiva, aunque la narración y la introspección juegan un papel importante. Siempre es duro de ver a un niño enterrando a su familia, pero más aún saber que es el único que queda con vida, en una isla envenenada. Parece el trasfondo de un protagonista, y en cierto sentido lo es, pues Oleander protagoniza su propia historia. Solo que como es del bando de los malos, tener Flashback es una sentencia de muerte.

 

Al principio no caí en el nombre, Samaelia, incluso al leer el título de la parte 2 no caí. ¡Samael de Piscis! Nunca en toda la historia de Saint Seiya (canon, obras oficiales y fanfiction) podrá inventarse un nombre más épico para el primer santo de Piscis. ¡Sana envidia por ese nombre, desde la primera vez que lo leí! Me gustó mucho esta parte intermedia del capítulo, porque se siente como un mito. No preguntaré cómo es posible que Samael tuviera tanta descendencia con esa sangre maldita, porque suspensión de la incredulidad. Sí que señalaré que ese reclamo a la piedra es la guinda del pastel. Obviamente, me gusta la mitología, pero esa sensación de lejanía es lo que completa una leyenda. Es fácil sentir empatía por ese niño desamparado.

 

El tercer acto es el más turbio. ¿Qué es eso de un monje misterioso queriéndose llevar a un muchachito a no sé qué Noche Eterna? ¡Ejem! La secta de Lord Sinister, como de costumbre, sabe escoger las palabras apropiadas, razón por la que me hace ruido que defina como herética la oscuridad. Obviamente, para el Santuario lo es, pero un protestante no pensaría en su religión como una herejía. No sé si me explico. Me gusta pensar en el destino de esa isla como una tragedia, porque el veneno que acabó matándolos también los estuvo protegiendo por miles de años. De lo contrario, ¿no habrían podido quemar las flores hasta la raíz, cuando eran inmunes al veneno? O, cuando menos, la tasa de mortalidad no era tan alta. 

 

Seguro que no te sorprendo si te digo que, aunque puedo entender el miedo a la vejez, es más fácil empatizar con Oleander que con Eros. La idea de que toda la isla murió para que sobreviviera la rosa más fuerte también es poderosa, bien por el Fantasma del Crepúsculo, se nota que es le jefe de Recursos Humanos de Lord Sinister. De hecho, es tan impactante que me pregunto si no pensó Samael todo el tiempo en esa posibilidad...


Editado por Rexomega, 12 June 2026 - 13:19 pm.

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#75 Cástor_G

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Publicado 13 June 2026 - 00:24 am

Saludos   Aquí vengo a comentar el Capítulo 17: El niño de Samaelia.    Como nos tienes acostumbrado, la primera parte es muy descriptiva, aunque la narración y la introspección juega[[...]

 

Hola!

 

-Ciertamente Oleander es el protagonista de este arco, veremos qué más pasa o.o. La Isla Samaelia es un concepto que ya planeaba usar desde el anterior fic. He adelantado su presentación porque sentí que encajaba perfecto para darle trasfondo a Oleander. No será la última vez que veamos Samaelia, ni en este fic ni en el siguiente (cosmo Wars) juju.

 

-A mí tmbién me gusta mucho el nombre de Samel para Piscis! Aunque no lo parezc, este personaje existe en el plan desde el primer fic (Three Wars), pero no llegué a mostrarlo, y en Cosmo Wars no llega esa parte tampoco. Puedo adelantar que de alguna manera tendrá importancia en Cosmos Wars. El tema de la sangre y la inmunidad se explicará un poco más adelante.

 

-Tienes toda la razón! Aunque el texto habla de cómo lo percibe el Santuario, suena muy raro que lo diga el Fantasma. Debo modificar esa parte o.o. Y sí, de alguna manera el veneno los protegio durante mucho tiempo, no solo por ser inmunes, sino que los protegió del mundo exterior.

 

-Sin duda el Fantasma es uno de los mejores elementos de la empresa xD. Como ya había comentado a anteriores reviews, Oleander originalmente estaba planeado para una participación muy corta, pero ciertos elementos se juntaron para darle un trasfondo interesante y ampliar su participación. Justo en este momento es quizá mi personaje favorito del fic, auqnue creo que esto me pasa con un personaje diferente en cada arco xDD (Eros en el primero y Remo en el segundo).

 

Saludos y gracias por leer!

 

 

Aprovecho una vez más, para dejar algunos artes de portadas descartadas del capítulo 17.

 

-La Isla Samaelia

Samaelia1.png

 

 

-El Fantasma del Crepúsculo en Samaelia.

Fantasma4.png

 

 

-Oleander con la casnasta repleta de higos e insectos.

Oleander11.png


Editado por Cástor_G, 13 June 2026 - 00:32 am.


Capítulo 23. MNEMOPHAGOS
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#76 Cástor_G

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Publicado 14 June 2026 - 00:41 am

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Capítulo 18:

TRONO DE SANGRE

 

La marea del tiempo es caprichosa en la mente de los condenados. Aquella tarde, en la penumbra de la parroquia caribeña, la infancia desolada en Samaelia no fue el único fantasma que emergió de las profundidades de su memoria.

Al abrir los ojos frente a la efigie de San Nicolás de Bari, el hilo de los recuerdos no se cortó; simplemente cambió de curso, arrastrando a Oleander hacia una herida mucho más reciente. Una herida que todavía supuraba. Su mente fue arrojada de golpe a los eventos que habían acontecido apenas unas horas antes, justo después de haber sido humillado por Eros de Piscis en el jardín carmesí.

El eco de la humillación sufrida entre los rosales todavía ardía en las mejillas de Oleander con la misma intensidad que la furia en su pecho.

 

1. Lord Sinister

Los pasos de Lord Sinister resonaban con una cadencia firme, fría e implacable a lo largo del pasillo de piedra. No aminoraba la marcha ni se detenía, ni un milímetro de su porte acusaba recibo de la furia que venía pisándole los talones.

Detrás de él, Oleander acortaba la distancia con zancadas violentas, su respiración agitada y el aire a su alrededor saturado por el aroma espeso y ponzoñoso de sus rosas. Sus palabras brotaban atropelladas y cargadas de una frustración que amenazaba con asfixiarlo.

—¡Lord Sinister! Esos advenedizos de Oro no respetan su autoridad —reclamó el Santo Negro, con la voz vibrando de indignación—. Hacen lo que les place en este recinto; parasitan la Noche Eterna para sus propios y mezquinos beneficios. Corrompen el orden que construimos, manipulan las sombras a sus espaldas y contaminan nuestras filas integrando hombres sin su autorización...

Sinister no se giró; ni siquiera el movimiento de su túnica delató que estuviera escuchando el torrente de lamentos. Esa absoluta indiferencia solo avivó el fuego en el pecho de Oleander, quien acortó la distancia, casi gritando al espacio vacío entre ambos.

—¡Alguien como Eros de Piscis no tiene el derecho de empuñar la Espada Ébano! Es una afrenta para todos nosotros...

El crujido de las pesadas hojas de roble y hierro cortó el aire. Sin previo aviso, Sinister cruzó el umbral del salón principal y las monumentales puertas empezaron a cerrarse en la cara del Santo Negro.

Oleander contuvo el aliento, esperando alguna señal de que el Gran Maestro compartía su criterio. Pero no hubo nada. A través de la rendija que se estrechaba, solo alcanzó a ver la máscara de Lord Sinister; aquella porcelana blanca moldeada con las facciones de un niño, evocando la sonrisa inocente de un cupido de mármol. Sin embargo, en mitad de aquel silencio sepulcral, esa rigidez infantil no le transmitió paz ni pureza, sino una humillación más: la sonrisa de la máscara se convirtió ante sus ojos en una burla sorda y despiadada, negándole la oportunidad de saber si sus palabras habían sido verdaderamente escuchadas o simplemente toleradas.

Las puertas se sellaron de golpe. Las pesadas hojas de roble encajaron en el marco con un golpe seco y definitivo, dejando al Santo de Piscis frente a la madera fría.

Se quedó inmóvil, con las quejas muriendo en su garganta. El silencio del pasillo volvió a asentarse, pesado y humillante, recordándole que para el Gran Maestro, sus palabras no habían sido más que el molesto zumbido de un insecto.

Oleander dio media vuelta, sintiendo cómo el corazón se le desbocaba en el pecho en un galope caótico y asfixiante. Con la mirada extraviada y las facciones completamente desfiguradas por el insulto, asimiló la realidad: la entidad que tanto veneraba y a quien le había entregado su lealtad absoluta, lo había desechado como a un siervo cualquiera.

Salió del castillo como un torbellino negro, ciego de frustración, buscando un lugar donde su orgullo herido no tuviera que contenerse.

Sus pasos violentos lo llevaron hasta los límites del terreno, donde se alzaba una vieja y derruida parroquia, un esqueleto de fe abandonado que apenas se sostenía en pie. Oleander pateó las puertas de entrada, irrumpiendo en la penumbra del templo con el cosmos bullendo bajo su armadura negra.

Apenas avanzó unos metros por el pasillo central, y la rabia acumulada explotó en sus músculos. Extendió ambos brazos y, con un agarre de hierro, tomó las pesadas bancas de madera a sus lados. Las levantó en vilo, desafiando su peso con una fuerza descomunal nacida de la furia, y las hizo girar en el aire. El crujido de la caoba astillándose resonó en el recinto sagrado mientras los bancos caían al suelo convertidos en escombro.

Llegó al centro del altar, con los guanteletes temblando y los ojos fijos en la nada. Ahí, en el corazón del abandono, Oleander echó la cabeza hacia atrás y desató toda su frustración en un grito salvaje, agudo e inhumano.

La onda expansiva de su voz y su energía golpeó las paredes. Los pocos cristales de los ventanales que aún permanecían enteros, estallaron simultáneamente en una lluvia de esquirlas brillantes que tintinearon contra el suelo de ladrillo cocido.

El estallido de los vidrios dejó tras de sí un vacío inmediato, roto únicamente por el sonido de su propia respiración. Era un jadeo agitado, bronco, ampliado de forma grotesca por el eco de las paredes desnudas de la parroquia.

Oleander apoyó las manos en las rodillas, con la cabeza gacha, dejando que las motas de polvo flotaran a su alrededor. Estaba profundamente molesto y confundido. Su mente devota no lograba procesar la indiferencia de Lord Sinister. ¿Cómo podía el Gran Maestro ignorar una amenaza directa a su soberanía? ¿Cómo permitía que unos advenedizos de Oro pisotearan el orden sagrado del castillo?

Un pensamiento oscuro, amargo y soberbio comenzó a germinar en su mente mientras contemplaba sus guanteletes negros. Si Sinister no iba a defender a la Noche Eterna, él lo haría; nadie respetaba la doctrina como él. Oleander empezó a creer, con una certeza casi fanática, que él mismo amaba y entendía a la Noche Eterna más que cualquier otro ser viviente en ese castillo. Incluso más que su propio líder.

 

2. El Fantasma del Crepúsculo

En mitad de ese trance de introspección y delirio, las sombras de la capilla comenzaron a retorcerse, como si algo invisible estuviera tejiendo la oscuridad misma. Y entonces, desde esa trama de sombras vivientes, una voz familiar comenzó a fluir semejante a un viento que se siente más que se escucha.

—¿Qué ha sido del niño superviviente que hace años traje a esta isla?

Emergiendo de la penumbra, como de costumbre, el Fantasma del Crepúsculo se materializó en el centro del pasillo central. No tocaba el suelo de ladrillos; flotaba como un alma en pena, suspendido a unos palmos del suelo, envuelto en esas túnicas de oscuridad eterna.

Oleander irguió el torso de golpe, con los ojos abiertos de par en par.

Incluso en los dominios de la Noche Eterna, donde los imposibles eran moneda corriente, la presencia del Fantasma era casi mitológica. No era común verlo materializarse en el castillo; su existencia parecía más próxima a la leyenda que a la realidad. Días, meses o años podían pasar en silencio absoluto, y cuando finalmente se presentaba, siempre era para alterar algo fundamental en el orden de las cosas: piezas movidas en tableros cósmicos, disfavores concedidos a unos pocos elegidos, realidades entretejidas según su voluntad. Que se presentara ahora, en la soledad de una capilla abandonada, en el preciso momento en que Oleander ardía de frustración, no era coincidencia, era designio.

—¡Fantasma! —articuló Oleander, alzando la vista hacia la figura encapuchada. No hubo tiempo para cortesías, y simplemente escupió las palabras como si llevara horas ensayándolas en el silencio de su propia mente—. Lord Sinister... él no me escucha. Ha permitido que esos Santos de Oro profanen el castillo. Eros de Piscis porta la Espada Ébano como si fuera suya, pisoteando nuestro orden, y el Gran Maestro me ha cerrado las puertas en la cara. ¡A mí! Que he entregado mi vida entera a la Noche.

—Te quejas ante las puertas cerradas como un siervo que implora una limosna que no ha sabido ganarse —pronunció la aparición, dejando que sus palabras flotaran en la penumbra como un eco antiguo—. Lord Sinister gobierna la Noche Eterna con la soberanía de los dioses; a él no le importan las disputas de sus congregantes, ni los celos que carcomen tu pecho. Si Eros de Piscis ostenta la Espada Ébano, es porque su voluntad ha reclamado ese derecho ante los ojos de esta congregación. Eres un superviviente, deberías saber que, sobre los afectos, está la ley del más fuerte.

El espectro flotó un palmo más cerca, envolviendo a Oleander en una negrura que ahora pesaba. No era el abrigo gélido que lo había reconfortado años atrás en Samaelia, sino una presión que lo hundía, que lo empujaba hacia abajo como si todo el peso del cosmos descansara sobre sus hombros.

—Dices que amas a la Noche Eterna más que nadie. Dices que eres el brote supremo, la flor que doblegó a la ponzoña... Si tu convicción es tan vasta, demuestra que tu sangre es más digna que la de ese advenedizo de Oro. En la historia del cosmos, las coronas legítimas no se suplican en las antesalas de los palacios; las coronas se arrebatan. Si Eros es una afrenta para tu orgullo, bájalo de su pedestal con tus propias manos.

Las palabras del espectro quedaron flotando en la penumbra sacra como una sentencia ponzoñosa. Oleander entreabrió los labios, pero no fue el miedo lo que congeló su voz, sino una fascinación electrizante. ¿Realmente el Fantasma le estaba sugiriendo que eliminara a Eros, o acaso su mente, distorsionada por la furia, solo estaba escuchando lo que tanto ansiaba escuchar? Aquello parecía  una absolución anticipada, el último empujón que necesitaba para justificar la carnicería que ya bullía en su imaginación.

Su mente, educada en las crónicas más oscuras del poder y la tiranía, no buscó un asidero para retractarse, sino los precedentes históricos que legitimaran el derramamiento de sangre que estaba por desatar. Al fin y al cabo, el orden absoluto jamás había nacido de la diplomacia o la piedad.

Recordó los mitos primitivos de la antigua Grecia, donde la soberanía cósmica se fundó sobre el más puro de los regicidios: Kronos no esperó el beneplácito de Urano, sino que empuñó la guadaña de diamante para mutilar a su progenitor y arrebatarle el gobierno de los cielos.

Pero la historia de los hombres, esa que tanto le gustaba repasar en las noches de vigilia, no era menos implacable. En su memoria resonó el eco pérfido de Richard III, abriéndose paso hacia la corona de Inglaterra a través de un sendero de conspiraciones y cadáveres; o el eco sangriento de las crónicas escocesas, donde Macbeth no dudó en emboscar y teñir sus manos con la sangre de su propio monarca y pariente, el rey Duncan, demostrando que el acero y la audacia eran los únicos jueces legítimos sobre el derecho a reinar.

A lo ojos de Oleander, ninguno de ellos había sido un traidor; habían sido arquitectos del poder, hombres que entendieron que la corona exige pureza y que la competencia debe ser erradicada antes de que germine. Si aquellos señores del pasado no habían dudado en derramar la sangre de sus propios reyes y parientes por el trono, ¿qué le impedía a él extinguir la vida de un Santo de Oro que ensuciaba el suelo de ébano?

—Dices que Lord Sinister ha dejado de mirarte. Que ha entregado su atención a un advenedizo de Oro y ha cerrado sus puertas para ti... Entonces pregúntate, Oleander: ¿qué tendría que encontrar a los pies de su trono para volver a reparar en tu existencia? No vengas a este templo a romper maderas muertas. Si de verdad eres la última flor, deberías reclamar lo que te pertenece.

Tras las últimas palabras del Fantasma, sus negras vestiduras parecieron disolverse en la penumbra, fundiéndose con ella hasta volverse indistinguibles. Oleander cerró los ojos en medio de aquella oscuridad absoluta y, cuando volvió a abrirlos, su mente había regresado al presente. A su alrededor, sus cinco sombras ya habían dejado la parroquia y se deslizaban entre los riscos como pétalos negros dispersados por el viento de una tormenta venidera. Más allá, en el Jardín Carmesí, Eros observaba el horizonte bañado por la luz del ocaso, ajeno a la cacería que se cernía sobre él; una jauría hambrienta avanzaba en silencio, decidida a arrancar el corazón de su pecho.

 

3. Sombras al Acecho

A la vanguardia, barriendo el suelo plano con una velocidad aterradora, avanzaban Basilius y Locusta. Ambos se desplazaban al ras de la tierra, pegados a las losas de piedra y a la maleza seca en un avance serpentino y silencioso. No producían el más mínimo impacto, ni levantaban una sola mota de polvo; más que correr, sus cuerpos parecían derramarse, deslizándose de forma sinuosa como dos víboras negras que lamieran el terreno.

A unos metros de ellos, el silencio de la llanura se rompió bajo el peso de Sadatoni. Era la personificación misma del carro de Helios desatado sobre la tierra. Sus piernas golpeaban el suelo con la cadencia frenética de los caballos inmortales que tiraban del sol a través del cielo. Corría desbocado, con la cabeza baja y los músculos en tensión, impulsándose con una ferocidad salvaje que hacía crujir la tierra a su paso.

Alighieri ascendía y descendía en un movimiento perpetuo, casi acrobático. Su cadena pesada, rematada en una bola de púas de hierro oscuro, se clavaba en las formaciones rocosas buscando puntos de anclaje. Una vez asegurada, el mercenario se columpiaba desde ella, su cuerpo describía arcos amplios entre los peñascos, ganando altura y velocidad con cada impulso; era un péndulo viviente, utilizando la geometría de la roca para transformar el espacio en un instrumento de su propio avance.

Por detrás de todos, dominando el firmamento, avanzaba Mordecai. Se dejaba llevar, suspendido en el aire por una maraña de hilos oscuros atados a las patas de sus cuervos; docenas de ellos —quizás cientos— tiraban de su cuerpo. La parvada era una mancha negra en el cielo, un enjambre de plumas y picos que graznaba con un sonido semejante al chirrido de goznes oxidados. Los graznidos se entremezclaban en el aire formando una cacofonía que recordaba a los lamentos del inframundo, como si aquella masa de criaturas no fueran aves, sino una sola bestia de muchas cabezas, todas hambrientas, todas sedientas de la misma sangre.

Eran una sola entidad, una criatura de plumas y garras que surcaba el aire caribeño, y Mordecai colgaba entre ellos como un títere de su propia constelación, su cuerpo se balanceaba en los hilos mientras los cuervos lo arrastraban hacia el jardín carmesí con la determinación de psicopompos guiando almas hacia el infierno.

Desde aquella perspectiva aérea, los ojos de Mordecai devoraban la geografía insular. Los relieves de la isla revelaban un secreto macabro —aunque no para alguien como él, acostumbrado a surcar los cielos—: la caprichosa disposición de los riscos y las fosas de piedra dibujaban, con espeluznante precisión, el contorno de una calavera colosal grabada en la tierra.

Por esta razón, y por los inquietantes avistamientos de un fantasma encapuchado deambulando por los corredores del castillo, es que aquella isla era conocida con temor como La Isla del Espectro.

Contemplando aquel abismo óseo, las facciones del mercenario se deformaron en una risa torcida y grotesca, una locura que se derramaba a través de su rostro pálido.

El avance por fin se detuvo. Al borde de los acantilados que cercaban el Jardín Carmesí, las figuras oscuras convergieron en un mismo punto ciego, resguardadas por las sombras de la naturaleza. Desde allí, los ojos de la jauría se fijaron en un único objetivo: a la distancia, envuelta en la quietud del atardecer, la silueta dorada de Eros de Piscis destacaba en mitad de los rosales como un faro de arrogancia inmóvil.

—Tal como lo dijo Oleander —siseó Locusta, con una sonrisa que apenas alteró sus facciones—. Eros sigue ahí, absorto en sus pensamientos vanidosos.

—Nunca antes habíamos tenido una presa de este tamaño —advirtió Alighieri, con una solemnidad áspera y consciente del peligro—. ¿Realmente podremos con él? Es un Santo de Oro. Si damos un paso en falso, ese jardín será nuestra tumba.

—Su cosmos supera al de cualquiera de nosotros por separado, Alighieri, eso es indiscutible —intervino Basilius—. Pero no venimos a batirnos en duelos de honor. Si unimos nuestras fuerzas, podemos hacerlo pedazos. Además... —una chispa de orgullo fanático brilló en su mirada— confío plenamente en el poder de mi escudo. Si los ojos de esta reliquia se tiñen en un brillo esmeralda, ni siquiera un Santo de Oro escaparía a su abrazo de piedra.

Un batir de alas frenético cortó la conversación desde el cielo. La mancha negra de los cuervos descendió en un espiral silencioso, y con una delicadeza casi fantasmal, la parvada depositó a Mordecai en el suelo plano antes de dispersarse en los riscos cercanos. Los hilos se desataron y el pálido guerrero dio un paso al frente, arrastrando una risilla seca.

—Eros de Piscis no me parece la gran cosa —escupió Mordecai, ladeando la cabeza con esa mueca torcida que deformaba su rostro—. El verdadero peligro en este tablero lo representa la Espada Ébano, no el hombre que la ostenta. Dejen que se confíe en su juguete divino... Yo mismo me encargaré de quitársela de las manos.

Basilius asintió lentamente, asumiendo el mando táctico con un gesto severo, y fijó sus ojos en Cerbero Negro.

—Asegúrate de que no tenga oportunidad de reaccionar, Alighieri. Apenas estemos frente a él, debes inmovilizarlo con tu cadena. En cuanto esté atrapado y vulnerable, será el turno de Sadatoni: lanzará uno de sus discos para arrancarle la cabeza de un solo tajo. Así de simple. Una vez que su cuerpo caiga inerte, podremos arrancar con facilidad el corazón que Oleander exige.

El líder de la jauría negra hizo una breve pausa, deslizando los dedos por el borde de su defensa metálica mientras miraba de reojo al resto del grupo.

—Pero si las cosas se complican y la presa demuestra ser más escurridiza de lo que esperamos, pasaremos a nuestro plan de reserva. Locusta, harás lo imposible por clavarle tus garras y envenenar su cuerpo para mermar su cosmos. Y al mismo tiempo, yo usaré el escudo de Medusa para convertirlo en piedra.

***

El cielo crepuscular se disponía a ser testigo de una escena cuyo desenlace teñiría la isla de un escarlata tan intenso como el de las propias rosas. Quizás una rosa sería segada como maleza, arrancada de cuajo por una jauría de bestias oscuras. O quizás esa misma jauría sería ofrendada en el fuego de la envidia, sacrificada en el altar de un orgullo que no era suyo. Nadie sabía aún cuál de los dos finales escribiría la noche: la muerte de la flor o la muerte de las bestias. Lo único cierto era que alguien sangraría antes de que la luna tocara el horizonte.

La cacería estaba a punto de comenzar.


Editado por Cástor_G, 14 June 2026 - 00:44 am.


Capítulo 23. MNEMOPHAGOS
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Publicado 17 June 2026 - 15:33 pm

Saludos

 

Leído el Capítulo 18: El Trono de la Sangre.

 

Gran portada, por cierto. No puedo creer que la imagen de un santo de Cuervo tirado por cuervos quede tan bien con un simple, pero capital cambio: ¡No ser Jamian de Cuervo! 

 

La primera parte nos muestra que Lord Sinister sabe tan poco de recursos humanos como su homólogo, el Patriarca. Por un lado, lo entiendo, al fin y al cabo lo que está haciendo Oleander es una pataleta ("¡Ya no me miras como antes, papá!") y quién sabe qué planes tiene para Eros. Por otro, esa clase de actitudes son las que desmoronan las organizaciones de villanos y no tan villanos. ¡Tienes que cuidar de tus subordinados, Señor del Mal! ¡Está en la lista de 100 cosas que debe hacer!

 

La segunda me intriga. Llegué a pensar que el Fantasma del Crepúsculo será una entidad que sobrevivirá a Lord Sinister, aunque tengo mis dudas luego de que dijera que este gobierna la Noche Eterna con "la soberanía de los dioses". (¿Se refiere a que manda como a un dios, o esta secta también tiene su propio panteón?). Luego está su propuesta, que desde luego no es un delirio de Oleander. Fueron palabras formidables que me remontaron a una cita de King Bradley de FMA sobre "No esperes que Dios haga algo, golpéame con tu propio martillo". Como en cierta manera escribes desde el punto de vista de los personajes podríamos hablar de un narrador poco fiable, o que Fantasma del Crepúsculo tiene su propia agenda, o que es Lord Sinister el que quiere ver qué rosa vale más. La intensidad de este enfrentamiento es de tal grado que casi me siento mal porque me adelantaras, de forma implícita, su inevitable resultado: Oleander iba a morir desde un inicio, solo que ahora durará más. 

 

Poco que señalar de la tercera, nos recuerdas al grupo de caza de Oleander y los presentas como uno temible. Siempre es un placer ver a santos de plata (negros en este caso) que ni son relleno, ni son "santos de plata tan fuertes como uno de oro" (lo que le quita el punto a que sean de plata). Más que su gran estrategia, que estoy seguro de que fallará como suele ocurrir en estos casos, destaco la forma de la isla de la secta. ¿Es real, o una referencia a la isla donde Geist y su gente? 


Editado por Rexomega, 17 June 2026 - 15:34 pm.

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#78 Cástor_G

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Publicado 18 June 2026 - 00:19 am

Saludos   Leído el Capítulo 18: El Trono de la Sangre.   Gran portada, por cierto. No puedo creer que la imagen de un santo de Cuervo tirado por cuervos quede tan bien con un simple, pero [[...]

 

Hola!

 

 

-Este capitulo es quizá en el que más he dudado sobre la imagen de portada, parece que elegí la correcta! Aunque parezca un poco random la elección, anticipo que Mordecai tendrá su momento... interesante.

 

-jaja, definitivamente si la Noche Eterna fuera una empresa contemporanea, ya tendría varias demandas por negligencia laboral!

Lord Sinister representa a esa clase de líderes de sectas y falsos profetas que son hábiles para envolver la mente de sus seguidores, los hacen sentir especiales y con un propósito, pero no dudan en desecharlos si ya no los consideran útiles.

 

-Respecto al Fantasma creo que no podría responder sin revelar de más. Solo diré que hay un poco de cada cosa que dijiste xD.

 

-Originalmente Mordecai lo tenía en mente para el santo de plata en Cosmo Wars, pero la historia era un poco oscura y creo que encaja mejor aquí.

 

-La Isla del Espectro es la misma que aparece en el animé. En el lore de mi historia, la isla existe, aunque no necesariamente los santos de latex! Es uno de esos rellenos que siempre me gustó en concepto, no tanto en desarrollo. Incluso si llegó a completar ls guerras planeadas en el siglo XVI, me gustaría escribir una historia desarrollada en la época actual, donde sería importante esta isla, los santos negros... y Geist (un personaje de relleno que siempre he considerado con potencial).

 

Saludos y gracias por leer!  :a31:  :a51:

 

Y para no perder la costumbre... unos cuantos artes del capítulo descartados como portada.

 

-Oleander descargando su frustración en la parroquia.

Oleander12.png

 

-La Isla del Espectro.

Isla-Espectro.png

 

-Eros en su trono de sangre.

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Editado por Cástor_G, 18 June 2026 - 00:29 am.


Capítulo 23. MNEMOPHAGOS
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#79 Cástor_G

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Publicado 20 June 2026 - 01:25 am

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Capítulo 19:

LAS SOMBRAS DE LA ROSA

El crepúsculo sangraba sobre los dominios de la Noche Eterna, tiñendo las nubes de un naranja enfermo que pronto daría paso al violeta de la noche. En mitad de aquella agonía de luz, el jardín de rosas que Eros había alzado respiraba con una quietud narcótica; los pétalos escarlata y aterciopelados, devoraban los últimos rayos del sol moribundo, alimentándose de la propia decadencia del día.

Eros permanecía sentado sobre la roca pulida, el mismo lugar donde horas atrás había despedido a Oleander con indiferencia. Entre sus dedos de porcelana sostenía una única rosa de un azul iridiscente y magnético; con un movimiento lento e hipnótico, deslizaba los pétalos aterciopelados sobre sus labios.

Con los ojos de zafiro fijos en el horizonte, contemplaba el lento avance del ocaso con un deleite lánguido, atrapado en el eco de su propia victoria sobre el tiempo. Para él, el universo se reducía a esa belleza perenne que ahora corría por sus venas; un santuario de vanidad donde el invierno jamás tendría derecho a entrar.

No sospechaba, ni por un instante, que el silencio de su idilio estaba a punto de ser quebrado.

Lejos de la fragancia embriagadora de los rosales, deslizándose entre los pliegues de la penumbra que empezaba a devorar los riscos, cinco siluetas avanzaban. Más que guerreros, eran el brazo ejecutor de una voluntad resentida; cinco mercenarios malditos, esbirros moldeados por el rencor de Oleander, que se movían con la fría disciplina de los depredadores nocturnos. Habían replegado sus cosmos hasta dejarlos reducidos a un latido imperceptible, volviéndose invisibles para los sentidos de su presa, mientras en sus pechos latía una única y letal consigna.

 

1. Alighieri de Cerbero Negro

Un cambio sutil, pero aberrante, rasgó la quietud del atardecer.

Eros entornó los ojos, interrumpiendo su idilio. El aire, antes saturado con la fragancia embriagadora y letal de sus propias rosas, de pronto se volvió pesado y espeso. Un tufo rancio, una exhalación venenosa y purulenta que nada tenía que ver con el perfume elegante de su veneno, comenzó a filtrarse entre las rocas.

Con un movimiento súbito, el Santo de Piscis se incorporó. Sus piezas de oro crujieron levemente mientras se ponía en pie, con el cuerpo tenso y listo para enfrentar lo que fuese que estuviera osando asentarse en su jardín.

Con una mezcla de horror e indignación, observó la catástrofe que se desataba a su alrededor. En un parpadeo espeluznante, la vida se drenó del lugar. El fulgor carmesí de los pétalos se apagó, tornándose de un marrón cenizo; las hojas se retorcieron, los tallos se doblaron sobre sí mismos como dedos artríticos y todo el jardín que había alzado con tanto orgullo se marchitó, reducido a un cementerio de espinas muertas. Una niebla púrpura, densa y de olor sepulcral, emergió de las grietas del suelo, asentándose sobre la tierra como un manto de gasa flotante.

Después, el cielo pareció desplomarse; un graznido áspero rompió el silencio, seguido por una oleada de aleteos violentos. Como una tormenta de plumas negras, una inmensa parvada de cuervos descendió sobre el lugar. Las aves de mal agüero comenzaron a acomodarse en una sincronía perturbadora: se posaron sobre los tallos secos de las rosas, colonizaron las rocas elevadas y cubrieron las ramas desnudas de los árboles muertos de los alrededores. En pocos segundos, cientos de ojos brillantes fijaron su atención en el Santo de Oro. Los cuervos habían devorado el paisaje, cubriendo toda el área como testigos silenciosos de una ejecución inminente.

De entre la densa niebla púrpura y el manto de aves de mal agüero, la silueta del primer esbirro terminó por materializarse. La armadura que vestía, una copia oscura forjada como un reflejo profano del metal que pertenecía a los verdaderos héroes, delataba su identidad: Era Basilius de Perseo Negro. Sus ojos, cargados del resentimiento propio de quienes habitan las sombras de la Noche Eterna, se fijaron con desprecio en la imponente figura de Piscis.

—Te has convertido en una molestia intolerable para la Noche Eterna, Eros —pronunció Basilius, con una voz profunda que habría doblegado la voluntad de cualquier guerrero común—. Se te dio la oportunidad de retirarte con dignidad, de marcharte por tu propio pie... pero tu vanidad te cegó. Ahora, tendrás que hacerlo por la fuerza.

Sin apartar la mirada de su oponente, Eros elevó la rosa azul y atrapó el tallo directamente entre sus labios, dejando que la flor colgara con gracia absoluta. El gesto, cargado de una seguridad indolente, dejaba en claro que la calaña que acababa de irrumpir en su santuario no merecía siquiera el esfuerzo de apretar el puño.

—¿Ah, sí? No me digas... —murmuró el Santo de Oro, recorriéndolo con una mirada que parecía debatirse entre el desprecio más absoluto y la lástima, como si ni él mismo supiera en qué peldaño de la miseria catalogar a su rival—. ¿Tú y cuántos más de tu clase piensan que tienen el poder para forzarme?

La silueta de Basilius pareció distorsionarse. Su espalda cobró vida de golpe, y otras cuatro sombras emergieron detrás de él, desprendiéndose de su figura como si Basilius fuera una araña negra que descargaba su nidada de crías hambrientas.

Una de aquellas siluetas dio un paso al frente con una soltura macabra. Era un hombre de una palidez mortuoria, cuyo cabello oscuro y rizado caía en desorden. Su sonrisa, acompañada de un graznido chillón y burlón que imitaba el canto de los pájaros de mal agüero, quedaba oculta a medias por un mechón rebelde que cubría parte de su rostro. Vestía una armadura negra cuyas placas afiladas evocaban las alas y el plumaje de la constelación del Cuervo.

—¡Kja-kja-kja-kja! Tendrás que enfrentarnos a los cinco, delicado Santo de Oro —graznó Mordecai del Cuervo Negro, dejando que sus ojos desquiciados brillaran con fijeza sobre Eros por entre los rizos que enmarcaban su rostro—... a menos, claro, que decidas ahorrarnos el trabajo y te quites la vida tú mismo.

—El Santo de Piscis no parece ser el tipo de hombre que se rinde ante el deshonor de un suicidio —dijo Alighieri; su mirada era fría, calculadora, desprovista de la locura de su compañero—. Espero que hayas disfrutado de este atardecer, Eros... porque ten por seguro que será el último que tus hermosos ojos contemplen —continuó mientras observaba a Eros de arriba abajo, desde sus relucientes botas hasta la rosa azul en sus labios.

Sin dar un solo segundo de tregua, Alighieri se lanzó al ataque. De sus brazos se desplegaron un par de cadenas, rematadas en sus extremos por esferas erizadas de púas afiladas. Los eslabones surcaron el aire con un siseo siniestro y se enredaron alrededor de la armadura de Piscis, aprisionando su cuerpo como auténticas serpientes de obsidiana.

Al ver a la presa inmovilizada, Basilius esbozó una sonrisa de triunfo y comenzó a acortar la distancia a paso lento, disfrutando de la aparente sumisión del Santo de Oro.

—Veo que no eres tan ágil, Eros —sentenció Perseo, deteniéndose a unos pocos palmos de él mientras alzaba su escudo maldito—. Lo lamento, pero en tu muerte no conservarás esa belleza que tanto te esmeras en cuidar. Me encantaría desatar la maldición de mi escudo y convertirte en una perfecta estatua de piedra; serías un adorno magnífico para decorar el jardín del castillo... Pero tenemos otros planes para ti.

Basilius desvió la mirada hacia un costado, clavándola en Auriga con una complicidad sanguinaria.

—¡Sadatoni, hazlo!

Pero antes de que el portador de los discos pudiera dar un solo paso, la inevitable grandeza de oro salió a relucir.

Con un movimiento tan fulminante y veloz que resultó absolutamente invisible para los ojos de los cinco mercenarios, Eros exhaló. La rosa azul que descansaba entre sus labios salió disparada como un dardo celestial, hendiendo el aire en una fracción de suspiro. El tallo espinoso se deslizó con una precisión calculada hasta clavarse de lleno en el ojo izquierdo de Alighieri.

El alarido del portador de las cadenas rasgó la tarde. Víctima de un espasmo involuntario de puro dolor, Alighieri aflojó la tensión de sus cadenas, liberando el cuerpo del Santo de Oro en un instante. Con las manos temblorosas y desesperadas, el esbirro intentó aferrar el tallo para arrancar la flor de su órbita, pero la agonía que florecía en su cráneo fue superior a sus fuerzas; su mente se apagó para evadir el sufrimiento y se desplomó pesadamente sobre el suelo.

Allí quedó Alighieri, inconsciente sobre la tierra seca, mientras un incipiente charco de sangre comenzaba a expandirse bajo su rostro. Al mismo tiempo, los últimos vapores de la niebla púrpura se filtraban hacia las profundidades del suelo.

 

2. Sadatoni de Auriga Negro

El jardín marchito estalló en un caos de reacciones violentas.

El parpadeo fulminante de Piscis destrozó la sincronía de la jauría antes de que pudieran ejecutarla. Al ver caer a su compañero, el pánico y la furia sabotearon cualquier rastro de estrategia; Sadatoni se abalanzó de inmediato sobre el cuerpo caído de Alighieri, arrodillándose en la tierra para corroborar de primera mano si el portador de las cadenas seguía con vida.

Nadie se percató, en mitad de aquel desconcierto, de que una de las figuras se desvanecía sin dejar rastro. Mordecai no se quedó a presenciar el desastre; con la misma astucia tétrica con la que había emergido de las sombras, el Cuervo Negro se escabulló entre la penumbra de los riscos, abandonando el jardín en un silencio absoluto.

Al mismo tiempo, la sed de sangre arrastró a los otros dos atacantes. Locusta y Basilius se abalanzaron al unísono sobre el Santo de Oro en una pinza letal. Perseo Negro cargó con todo el peso de su armadura, buscando hundir sus puños de metal directamente en las facciones de alabastro de Piscis. A su lado, Locusta atacó con la ferocidad de una bestia venenosa; sus manos, rematadas en uñas largas y afiladas como navajas, se proyectaron en estocadas frenéticas que emulaban el rítmico latigazo de las fauces de una serpiente, buscando enterrar su mordedura ponzoñosa en la carne inmaculada de Eros.

Frente a la brutalidad combinada, Eros desató el verdadero esplendor de un Santo de Oro.

Sus movimientos se convirtieron en una danza aristocrática que desprendía pequeños destellos de oro con cada quiebro. Evadía cada uno de los golpes con una ligereza celestial; un sutil giro de hombros dejaba los puños de Basilius golpeando el vacío, y un paso lánguido hacia atrás hacía que las garras serpentinas de Locusta solo cortaran el aire de la tarde. Su defensa era perfecta, imperturbable, un despliegue de gracia heráldica que convertía el ataque desesperado de los mercenarios en un burdo intento de alcanzar lo divino.

Mientras el suelo vibraba bajo el ímpetu de los envites de los Santos Negros, en las alturas una mente animal ya analizaba el terreno. Oculto entre el follaje esquelético de los árboles muertos, un cuervo de ojos inteligentes y fijos seguía cada destello dorado con una paciencia fría, esperando el instante preciso en que la guardia del Santo de Oro cediera por completo.

Ese instante llegó cuando el combate alcanzó su punto más ciego. Como una flecha negra, el ave de mal agüero se arrojó en picado desde las alturas. Con un graznido ahogado, descendió directamente sobre la roca donde la Espada Ébano descansaba clavada. En un parpadeo, la criatura cerró sus garras en torno a la empuñadura oscura y, batiendo sus alas con una fuerza sobrenatural, se elevó de nuevo en el aire, llevándose consigo el metal ébano hacia el cielo crepuscular. Al unísono, desatando un estruendo de graznidos y alas batientes, el resto de la jauría alada que cercaba el jardín rompió su guardia; la masa negra de cuervos se elevó en una desbandada caótica, cubriendo el cielo como una cortina de luto en movimiento para escoltar la huida del ave portadora.

Eros desvió la mirada un milisegundo hacia el cielo, alcanzando a percibir el destello de la Espada Ébano mientras era izada por los aires, justo antes de que la densa cortina de plumas sepultara al ave ladrona en la negrura del enjambre. Aquel robo místico, camuflado por la desbandada de la jauría, le hizo comprender que la situación se estaba saliendo del guion; no podía seguir perdiendo el tiempo con asesinos de tan poca monta si quería recuperar el arma. Había que terminar con la farsa de inmediato.

Al eludir un nuevo latigazo frenético de Locusta, el Santo de Piscis aprovechó la inercia de la atacante. Saltó sobre ella con una ligereza letal, suspendiéndose un instante en el aire antes de descargar un golpe seco y brutal con el tacón de su bota dorada directamente en la nuca de la mujer. El impacto la mandó de cara contra el suelo estéril, donde quedó completamente inmóvil entre las espinas secas.

Libre por fin de la lluvia combinada de golpes y arañazos, Eros aterrizó con suavidad y tomó distancia de Basilius con un deslizamiento elegante. Perseo Negro intentó rearmar su ofensiva, pero ya era tarde; el cosmos de Piscis se había encendido.

—¡Piranhan Roses! —sentenció Eros, extendiendo su brazo con un desprecio absoluto.

Una marea violenta de rosas y pétalos negros como la noche brotó de sus manos, surcando el aire con el rugido voraz de un enjambre de cuchillas. La tormenta oscura envolvió por completo el cuerpo de Basilius. Fieles a su naturaleza, las flores actuaron cual pirañas hambrientas, devorando la resistencia del metal y rasgando la carne del mercenario por igual. Incapaz de soportar el castigo, Basilius soltó un grito ahogado y cayó al suelo, acompañando a Locusta en la derrota.

Eros clavó la mirada en las alturas, dispuesto a lanzarse a la caza del cuervo y recuperar la espada, cuando un filo invisible rebanó el aire a milímetros de su rostro.

Un disco metálico cruzó la penumbra girando a una velocidad endiablada; el aire zumbó con una vibración violenta al pasar frente a sus ojos, obligándolo a ladear la cabeza en el último instante. Casi al mismo tiempo, el instinto del Santo de Oro le advirtió de una segunda amenaza: otro disco idéntico buscaba rebanarle el cuello desde la espalda. Con un quiebro lánguido y preciso, Eros arqueó el torso, permitiendo que la cuchilla circular pasara de largo cortando únicamente un mechón de su cabello albino.

Ambos artefactos describieron una parábola perfecta en el aire, cambiando de dirección de forma antinatural como si respondieran a un imán invisible. Volaron de regreso sobre el jardín marchito, siendo atrapados con precisión por las manos de Sadatoni.

Eros enderezó el cuerpo, fijando su atención en el mercenario. Lo había dejado fuera de su ecuación por considerarlo una simple sombra que atendía a los heridos, pero Sadatoni seguía allí, de pie entre los caídos, sosteniendo sus armas circulares con una expresión de desesperada letalidad.

Sadatoni esbozó una sonrisa nerviosa, un gesto tenso que dibujaba un arco contrario a la prominente cicatriz que le cruzaba el rostro de mejilla a mejilla, pasando sobre el puente de la nariz. Había recuperado un ápice de confianza al ver que, flotando suavemente en el aire de la tarde, caía un único mechón del cabello de Eros, cercenado por el filo de su disco negro.

—¿Parece que he hecho enfadar al pez dorado? —alardeó Sadatoni al notar que el gesto de Eros se endureció al ver flotar los cabellos que acababa de perder. Después el mercenario creció en arrogancia, haciendo girar las armas circulares entre sus dedos—. Te aseguro que estos discos están lo bastante afilados como para reclamar un trofeo superior a tu cabello. La orden original fue llevar tu corazón en una bandeja de plata... pero antes, te cortaré esa hermosa cabeza.

Con un grito de guerra, Sadatoni imprimió todo su cosmos en el brazo y lanzó nuevamente uno de sus discos negros en una trayectoria recta y fulminante hacia el cuello de Eros.

Fue su último error.

Eros ni siquiera pestañeó. Con una facilidad pasmosa, extendió la mano derecha y cerró los dedos en el aire; el metal sibilante se detuvo en seco, atrapado firmemente por la palma dorada del Santo de Oro sin causarle un solo rasguño. Con la misma elegancia con la que arrojaría una de sus rosas, Eros ejecutó un leve movimiento de muñeca y devolvió el proyectil.

Sadatoni apenas fue capaz de gesticular espanto en sus facciones; sus ojos se abrieron desmesuradamente al comprender que su propia arma regresaba a una velocidad que su cuerpo no podía esquivar. El disco se enterró en su pecho, partiendo el esternón con un crujido seco.

Con la sangre saliendo a borbotones por la herida abierta y desbordándose por su boca en un gemido ahogado, Sadatoni dio un paso en falso hacia atrás y se desplomó sobre el suelo, tiñendo el jardín marchito con su propia osadía.

 

3. Locusta de Ofiuco

Eros contempló el cuerpo caído de Sadatoni con fastidio, asumiendo que la molestia en el jardín finalmente había concluido. Estaba a punto de dar la espalda a los caídos para concentrarse en la caza del cuervo, cuando un crujido áspero entre la maleza muerta congeló su movimiento. Algo volvía a arrastrarse entre las espinas secas.

De entre el suelo cubierto de pétalos marchitos, la silueta herida de Basilius resurgió como un espectro tenaz.

—¡Black Adder Tide! El Santo Negro encendió el remanente de su cosmos oscuro y extendió sus manos hacia el frente.

De la negrura de su sombra, emergió una marea siseante de serpientes negras, una ola de escamas y colmillos que se abalanzó directo al brillo dorado que se erguía frente a él.

Pero la horda de reptiles oscuros no pudo alcanzar su objetivo; la sola presencia de Eros emanaba un escudo invisible que les impedía el paso. La presión de su cosmos repelió el asalto frontal, forzando a la masa de serpientes a desviarse y rodearlo como un torbellino de negrura atrapado en la órbita de una estrella, girando en círculos sin poder tocar un solo milímetro de la armadura dorada.

Eros levantó la diestra; un seco chasquido de sus dedos resonó en el jardín como si rompiera el trance hipnótico que sostenía a las criaturas. Al instante, la danza frenética de los reptiles se entorpeció; sus cuerpos sombríos comenzaron a hincharse de forma grotesca bajo la súbita presión de una energía ajena, hasta que la marea de escamas estalló al unísono, disolviéndose en una inofensiva y perfumada lluvia de pétalos de rosas que flotó lánguidamente sobre el suelo.

La futilidad de su ofensiva espoleó el desespero de Basilius. Comprendiendo que la distancia era una quimera ante la grandeza legendaria de la eclíptica solar, el guerrero negro cambió de estrategia en un parpadeo; se disolvió en su propia oscuridad y se deslizó como una sombra reptante bajo los pies del Santo de Oro. Entonces emergió materializándose justo detrás de él, envolviendo sus brazos alrededor del torso de Piscis en un abrazo asfixiante que buscaba inmovilizarlo por la espalda.

—¡Ahora, Locusta! —rugió Basilius, escupiendo sangre mientras giraba la cabeza hacia su compañera, quien también se incorporaba con pesadez, espoleada por el dolor en su nuca.

Eros contuvo una mueca de absoluto desprecio. Más allá del agarre físico, lo que verdaderamente lo violentó fue la humillación sensorial: la repugnante sensación de un cuerpo sucio, sudoroso y sanguinolento pegado a su armadura dorada, profanando su pulcritud. Aquella podredumbre física despertó en el Santo de Oro una oleada de repulsión indomable.

Locusta incorporó el torso con un movimiento espasmódico. Levantó la diestra; las garras de sus dedos torcidos, evocaron las fauces dentadas de una serpiente sedienta de sangre; de inmediato, las puntas de sus uñas brillaron con un destello púrpura, denso y ponzoñoso.

—¡Black Viper's Bite! —chilló la mujer, proyectando su mano en un latigazo fulminante que buscó sepultar sus colmillos directamente en el abdomen de Piscis.

Como la mamba negra de los desiertos africanos —pequeña, sutil, pero capaz de derribar a un elefante con una gota de su veneno— Locusta pretendía obrar su milagro: una alimaña rompiendo la jerarquía del cosmos.

Las garras oscuras descendieron dispuestas a desgarrar la carne. Sin embargo, el cuerpo que encontraron no fue el de Eros.

En la fracción de milisegundo en que las uñas de Locusta hendieron el aire, la repulsión de Eros se tradujo en una velocidad inconcebible para los mercenarios. Se liberó del agarre y desplazó su anatomía con tanta ligereza que las garras ni siquiera rozaron el borde de su anatomía. El impacto limpio, sordo y brutal se hundió por completo en el pecho expuesto de Basilius.

Locusta cayó de rodillas junto al cuerpo de Basilius cuando este se desplomó sobre la tierra. La mujer contempló sus propias manos, teñidas con la sangre de su aliado, con una mirada fija, vacía e incrédula ante la magnitud del desastre que acababa de provocar.

No había espacio para las palabras, ni tiempo para que los labios de Locusta articularan una disculpa que ya no servía de nada; el veredicto de su propia técnica era definitivo. El cosmos ponzoñoso que fluía desde sus garras, engendrado originalmente para disolver las entrañas del Santo de Oro, se filtraba ahora por el torrente sanguíneo de Basilius, condenándolo de manera irremediable. Las toxinas de la Víbora Negra eran voraces, despiadadas y carecían de antídoto conocido entre su calaña. Apenas quedaban unos míseros minutos para que la infección purulenta avanzara por sus venas y apagara su corazón para siempre.

Basilius estaba muerto en vida, ejecutado por la misma mano que, en circunstancias muy ajenas a la crueldad del combate, solía acariciarle con devoción. Al comprender la magnitud de su tragedia, el frío semblante de la asesina se desmoronó por completo; un par de lágrimas cristalinas brotaron de sus ojos, surcando sus mejillas antes de perderse en la ponzoña de sus propios dedos. En mitad de aquel jardín agonizante, Locusta demostraba que incluso las almas condenadas que vestían las armaduras negras eran capaces de amar, y de llorar.

Sin dedicarle una sola mirada más a la patética escena que se desarrollaba a sus pies, Eros apartó los ojos de los mercenarios. Elevó el rostro hacia la negrura del cielo, buscando la silueta del ave ladrona; sin embargo, el cuervo y su botín ya se habían desvanecido por completo de su campo de visión, tragados por el crepúsculo.

Cualquier otro guerrero habría entrado en desesperación, pero él poseía sentidos que iban mucho más allá de la vista.

Incluso a la distancia, el cosmos y la naturaleza oscura de la Espada Ébano latían en el aire como una pulsación fría, dejando un rastro sutil pero inconfundible. Eros la sentía. Sabía exactamente en qué dirección se movía ese eco espectral. Entendiendo que no quedaba un solo segundo que perder en ese jardín marchito, el Santo de Piscis abandonó la escena con un destello dorado y se lanzó a ras de suelo en una persecución fulminante, siguiendo el rastro invisible de la espada hacia los riscos oscuros.


Editado por Cástor_G, 20 June 2026 - 01:39 am.


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Publicado 23 June 2026 - 15:40 pm

Saludos

 

Aquí vengo con un breve comentario sobre el Capítulo 19: La sombra de la rosa.

 

Poco que señalar de las primeras dos partes, pues encarnan lo que imaginaba que pasaría. Si bien todo está muy bien descrito, contada con el suspense de quien cuenta una historia que desconocemos, lo cierto es que la distancia entre los santos de oro y los de plata es como la que hay entre el cielo y la tierra. Si no más.

 

Si algo debo de destacar, al punto que me emocionó y todo, fue el acto de Mordecai de Cuervo Negro. ¡Pensé que había huido como una rata y en lugar de eso rapiñó como un cuervo! ¡Bien hecho!

 

En general, el capítulo presenta cuán abismal es la distancia entre Eros y sus atacantes (¡Qué ingenuo fuiste Oleander! ¿O ya estaba planeado lo de Mordecai? Me suena que este tenía instrucciones concretas...), por lo que las muertes de Cerbero y Auriga Negro no causan demasiada emoción que digamos, ni creo que haya sido tu intención. La guerra es así. Basilius y Lacusta, por otro lado, se cuecen aparte. De entrada que se relacionen esas constelaciones, considerando la relación de Perseo y Medusa, se siente muy SS. Luego está la referencia a la mamba negra, que por descontado me hace pensar en La Novia. (No, la novia de Frankenstein no, ¡La Novia! Esa que quizá es familia de Mitsumasa Kido). No sé si realmente el veneno de Locusta era un peligro para Eros, o se apartó por sádico. Pensaría lo segundo si no fuera porque no veo a Eros prestando tanta atención al escenario.

 

Asumo que Mordecai le lleva la espada a Oleander, que tendrá si soñada (¿y última?) batalla con Eros. Es llamativo que, además de Cuervo Negro, Ofiuco Negro sea una superviviente de este grupo. ¿Debo esperar algo de ellos en esta Tercera Guerra Negra? Quién sabe... 


Editado por Rexomega, 23 June 2026 - 15:40 pm.

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